Tema del Mes

AGOSTO 2013

La clase política y la política como espacio de lo común

26 / 08 / 2013 - Por Franco Bronzini

En esta primera década del siglo XXI vivimos un proceso donde la política profesional, en su desesperada necesidad por perpetuarse, concentra sus energías en la consolidación de un poder absoluto, cerrando bruscamente a las energías imaginarias la posibilidad de provocar cambios cuyo fin sea el de lograr nuevos equilibrios políticos, abriendo nuevas perspectivas, confirmando las singularidades. Generando futuro.

“En adelante, la verdad será lo que tras haber estado largo tiempo inexplorado y oculto, se exprese en un lenguaje claro y organizado por un logos deíctico, conciso y demostrativo”. (Peter Sloterdijk)

Todos los actos de la vida política son bien intencionados. Partamos de esta convención optimista (¿por qué no serlo?). Quienes interactúan en el mundo profesional de la política (políticos, lobistas, contratistas, financistas -incluyo a los especuladores-, gremialistas, empleados públicos,intelectuales, directores de coporaciones -no solo mediáticas-, académicos, periodistas, jueces y fiscales, opinadores... de acá en más definiré a este grupo como la política profesional) lo hacen siempre con buenas intenciones. Mejorar la vida de Todos, del Pueblo, es el fin último de las acciones que los movilizan cada vez. Las distorsiones comunicativas (maniqueísmo y golpes bajos) son exabruptos de la voluntad de estos operadores políticos y de su convicción en la necesidad de mejorar la vida de Todos, del Pueblo. Tienen como único interés que Todos, el Pueblo, estén mejor. Es una premisa ingenua. Es una premisa. Las premisas son ingenuas, y son optimistas. Son vocación de futuro (diálogo). “Conservar intacta la saludable ficción del diálogo libre es la última tarea de la filosofía”, escribió Sloterdijk.

El diálogo libre es también partir de premisas. Diálogo libre es la posibilidad de la risa ante el error (sobre todo el propio). Es el alivio de no tener que ser en cada instante una persona predeterminada ni un ser teleológico, estableciendo un vínculo que se renueva en cada instante con la realidad de manera ingenua y optimista. Para que un diálogo libre pueda desarrollarse hay que empezar por no tomarse demasiado en serio (a uno mismo), no dar por obvia ni necesaria nuestra función dentro de la estructura a la cual pertenecemos, ni a la estructura misma.

Un diálogo libre es sustituir el esquema lógico (lugar común del pensamiento) de causa/efecto por el actual y mucho más estimulante de correlación, muy familiar en el ámbito científico (CINAC: Correlation is not a Cause -la correlación no es una causa-) aún no integrado al lenguaje cotidiano. Asumir que la relación causa/efecto pertenece a un mundo desgastado, simplificado hasta la vulgaridad, dejando su lugar a la correlación, representaría un avance significativo de la comunidad en su persistente y dolorosa búsqueda de construcción de una sociedad igualitaria en derechos y posibilidades. Sería un triunfo sobre la macabra relación que el miedo establece a través de la premeditación (la amenaza) con las singularidades. Si A entonces no necesariamente implica B (o viceversa), entonces, ¿a qué temer? El poder desmesurado de las Ideologías, las religiones y sobre todo de la política, no tendrían justificación.

Substituir el eje causa/efecto por el de correlación además de resignificar al hombre como singularidad, implicaría desarticular toda relación de miedo y sujeción en base a la cual el hombre ha construido su genealogía y su historia.

Si la correlación no es una causa, cualquier relación es posible. Las estructuras de poder, sobre todo la última gran vigente, la política profesional, basada en el binomio Estado/Pueblo (Hobbes), y su consecuente statu quo de poder total, pierden su absoluta verdad, trasnformándose en una posibilidad más, diluida entre muchas.

Si A entonces no necesariamente implica B, B no necesariamente necesita de A para existir. Un mundo que tiende a equilibrarse (estadísticamente), que profanana lo sagrado e intocable del poder (la política profesional), devolviéndolo al uso común (las singularidades).

La libertad que implica la correlación se basa en la posibilidad de generar estructuras que se renueven con el uso común, en diálogo libre, sin dogmas.

Por eso intento iniciar un diálogo libre, al menos la saludable ficción del mismo, con la ingenuidad y el optimismo de suponer que todos los actos (y sus actores) de la vida política professional son bien intencionados. Sin embargo, cada vez más Todo pareciera estar en juego (porque todo siempre está mal irreversiblemente) por última vez, y Todo tiene que ser llevado al extremo intoxicado de la conclusión y la sentencia.

Todo pareciera estar muy enojado y entonces me pregunto si Todo tiene razón por tanto enojo. Me pregunto por Todo y llego a Pueblo y me pregunto si Pueblo es Todo y entonces ¿qué son Todo y Pueblo? Y qué es el Estado que a través de la política profesional se hace cargo de Pueblo/Todo…

Política profesional, Estado, Pueblo, Todo se parecen a una conclusión que deriva de la construcción Hobbesiana, Pueblo (Todo, sin singularidades para ser dominado)/ Estado (política professional, para dominar). En Hobbes Pueblo/ Estado adquieren un valor genéticamente tautológico.

Pero una conclusión también es un final. Las conclusiones se gastan a sí mismas. Asfixiadas por intransigentes, inmunizadas contra cualquier posibilidad de variación (dejarían de ser conclusiones), pierden su consistencia, dejan de tener sentido. Comienzan entonces a mutar hasta transformarse en una desprolijidad que dificulta con su solo existir el tiempo/espacio en el que se manifiestan. Se perciben como un olvido del pasado que ya se retiró, y en su apuro dejo, eso… El pasado es un rasgo tan violento que aun en su forma de desecho, perturba.

Pasado, no memoria. La memoria se regenera a cada instante. Traumas que reaparecen para ser reformulados, interpelados, profanados en el sentido de la desacralización, puestos en juego en las estructuras que emergen, vueltos a formular, sin solución de continuidad. Incorporar los traumas profanándolos, devolviéndolos al mundo de lo común, es sacralizar el albedrío, las singularidades que constituyen la comunidad; es la redistribución del poder que ya no pertenece a una ficción constituida (Pueblo/Estado) sino a la realidad de las singularidades que deciden por sí mismas en comunidad sin delegar en la política profesional (y en sus actores) sus derechos y su futuro. Democracia real.

“Profanar significa restituir al uso común lo que se encontraba separado en la esfera de lo sagrado”. Giorgio Agamben resalta esta definción de Trebacio. El mundo está incomodo. Demasiado evidentes son los crujidos que provoca en su necesidad por encontrar una estructura (lenguaje) que lo signifique. Este crujir doloroso de la realidad es la exteriorización violenta de la incapacidad del hombre por comunicar su espacio/tiempo. La realidad (crujiente) y la estructura lógica binaria en la que se basa el funcionamiento de la política profesional (obsoleta) empecinada en perpetuarse, solo tienen en común al hombre atrapado en un vacío de significados, ajeno a lo narrado, ajeno a lo real, que sufre la repulsión entre lo real y lo narrado (no me refiero a ese espacio intermedio entre lo externo y lo interno que es el lenguaje).

Las dicotomías izquierda/derecha, populismo/liberalismo, socialismo/capitalismo son narración, no realidad. Narración que se alimenta y se manifiesta a través del lenguaje de la política profesional y de su contracara necesaria, los grandes medios de comunicación. Narración que intenta perpetuar el sistema hobbesiano de poder en su forma Estado/Pueblo llenándolos de contenidos falaces, escondiendo su verdadera forma detrás de esloganes que simplifican hasta la barbarie una realidad mucho más compleja e inestable. La idea hobbesiana de la necesidad vital de los conceptos Pueblo y Estado (debería en realidad escribir Pueblo/Estado ya que son las dos partes del mismo concepto de poder) basada en una cabeza que piense y domine (politica profesional) y otra que ceda sus derechos y decisiones (Pueblo) a cambio de seguridad (?) y bienestar (?) poco tienen que ver con la sociedad del siglo XXI, la sociedad de la banda ancha, el WiFi y los drones, la sociedad que migra, la sociedad que aumenta demográficamente de manera exponencial, la sociedad que ha dejado de ser por pimera vez en centenares de años una sociedad de dominio blanco/cristiano (aun en su ateismo el comunismo soviético lo era), una sociedad con cada vez más jóvenes y más ancianos, la sociedad que está en condiciones de generar una nueva raza, casi humana, o destruir su mundo…

La narración de la política profesional y de los medios de comunicación a través de comunicados, noticias, decretos, no son otra cosa que un descuido del pasado, de la abominable manifestación del poder absoluto de la política profesional (y los medios), una creación del siglo XX (siguiendo los pensamientos de Hannah Arendt y de Antonio Negri) que se resisten al cambio.

La realidad es que el mundo hobbesiano requiere de la construcción de un pueblo con un pensamiento único, que deposite sus derechos y su voluntad en esa forma, el Estado, que le garantice libertad y seguridad a través (de manera unívoca y excluyente) de la política profesional. Sabemos qué libertad (control absoluto de las decisiones por parte del poder político profesional, sistemas de endeudamiento, sistemas de formación de ideas a través de las bajadas de línea políticas y mediáticas), y qué seguridad (las acciones de policía preventivas que ha substituido a las guerras y las políticas de “gran hermano” donde incluyo la cesión voluntaria y deseada de compartir la intimidad a través de las redes sociales). Democracia representativa y sus variaciones, que van desde el totalitarismo hasta la anarquía. Es un sistema donde un grupo minúsculo de personas (los políticos profesionales y las grandes corporaciones que forman parte de este poder absoluto) deciden a cada instante el destino de cada uno…

Pero este mundo on line, donde siempre habra más personas mucho más inteligentes fuera de cualquier corporación (repito: el concepto de corporación define a la política profesional y a sus actores, todo forma parte del mismo sistema lógico binario) que dentro de ella. Estamos en el mundo de la Multitud, donde las singularidades (no individualidades) reclaman su necesidad de ser, no simplemente de obedecer. Singularidades, no Pueblo, la suma de cada uno, no la simplificación abstracta que es Todos (Pueblo). La participación permanente no esporádica (como en la democracia representativa). Multitud no es anarquía, es la redistribución del poder, el regreso a lo común (que no es el Estado). Antonio Negri reflexiona: “La vitalidad, la curiosidad y el deseo de conocimiento exigen la destrucción de la opacidad y de la confidencialidad (los secretos) del poder. Cada función social regulada por el Estado que pueda ser gestionada igualmente bien en común, debería ser transferida al común. Para que cualquier (nueva forma de) democracia sea posible, debe generarse una nueva producción de afectos políticos que cultiven el apetito de las personas por la participación y autogobierno de las mismas”.

¿Pero cómo se construye un nuevo sistema político con un lenguaje sin historia? Siglos de acumular palabras, reflexiones, de construcción de instituciones que consolidan y anquilosan un sistema, generando anticuerpos, anticipando cualquier forma de enunciar que no sea la propia. La seguridad, el miedo, los medios de comunicación, los sistemas de producción, de educación, las creencias, cada uno en función de preservar una costumbre, la del Estado/Pueblo. El mundo de lo siempre previsible, de la causa/efecto. Un mundo imposible que se sostiene a traves de la amenaza.

Pero estamos en tiempos/espacio de la correlación, de la afirmación de las singularidades, de la rebelión contra lo que se empecina en subsistir como necesario y probado. Las falsas dialécticas políticas, capitalismo/socialismo, populismo/neoliberalismo, son un acto desesperado por perpetuar un sistema extinto, el de la centralización del poder. De nuevo Negri, que apunta: ”Las formas de planificación practicadas por el socialismo de Estado han fracasado de manera miserable, y no habría que intentar reanimarlas. La crueldad y la ineficiencia de estas prácticas dependían principalmente de la centralización del proceso de decisión”. Lo mismo podría ser aplicado para el capitalismo, la otra forma de poder absoluto de la política profesional.

Es necesario subrayar que el intento de crear un sistema político que se base en las singularidades, plural, no es tampoco una forma de populismo. Los gobiernos populistas intentan combinar las diversas expresiones de los movimientos sociales con las fuentes del poder soberano de manera de crear una mezcla opaca y potencialmente demagógica… Negri, junto a Paolo Virno, Giorgio Agamben, Franco Berardi, Felix Guattari y Gilles Deleuze, a lo largo de sus obras, anticiparon y reflexionaron sobre este sistema (hobbesiano) en extinción y la necesidad de la creación de uno nuevo y de un lenguaje ad hoc.

En un mundo previsible y acumulado es importante que todo sea tomado en serio, demasiado en serio. Si así no fuera, si la posibilidad de que las cosas se den sin el apremio de la necesidad, de la oprimente contundencia de la necesidad y de su explicación urgente, dejando en cambio su lugar a lo variable, lo contingente, cada vez en diálogo, sin otro fin que el diálogo mismo (no la acumulación premeditada y teleológica de poder), lo demasiado serio no tendría cabida como regla sino como excepción. Solo las creencias (fundamentalistas), las ideologías, la ignorancia, se toman tan en serio que deciden perpetuarse. Tomarse demasiado en serio es anular el diálogo, es negar otra posibilidad (maniqueísmo, intolerancia, muerte).

El mundo que migra, el mundo que se conecta con banda ancha, el mundo que estalla demográficamente, el mundo que sabe puede destruirse a sí mismo o generar otro nuevo a través de la naturaleza artificial es un mundo que no tiene ni puede tener referencias tan fijas que sean dogmas. El mundo de las once dimensiones matemático/fisicas conocidas (cuatro de ellas muy afines a nuestra percepción, las volumétricas y la de tiempo) no puede tomarse demasiado en serio, salvo en la convicción de que lo serio es la seriedad con la que un niño juega (Nietzsche) y no el gesto severo e irreversible del adulto (o del poder acumulado de la política profesional).

Rebelarse contra este sistema establecido de fuerzas que constituyen el mundo globalizado tiene sentido, mejor dicho, ¿se puede cambiar este equilibrio de fuerzas que constituyen el mundo globalizado y reemplazarlo por otro? Muy poco probable, nos dice Paolo Virno, además de remarcar que de suceder sería a través de un proceso gradual que, utilizando las herramientas que el capitalismo sofístico (una vez muerto el socialismo), no serviria para subsitituir la globalizacion, sino simplemente para ingresar en uno de esos períodos que solemos denominar como post, neo, etc. No se puede pensar, aun no existe siquiera el lenguaje capaz de enunciar una estructura que rompa con la actual. La globalización, abstracta, ubicua, contundente en cada detalle de la vida del hombre, está para quedarse, por mucho tiempo. Entonces ¿qué sentido tienen las rebeliones, la búsqueda de un nuevo sistema de fuerzas basado en las singularidades, las correlaciones? ¿Son autoinmolaciones innecesarias? Todo lo contrario, son lenguaje en formación. Símbolos que comienzan a constituirse a través de relaciones que se develan al manifestarse. Un nuevo hablar del mundo (un balbuceo aún) que cruje y resquebraja estructuras atrofiadas, ficciones de una lógica (binaria) que se destruye a sí misma.

Las rebeliones van generando símbolos que intentan ser enunciados y relacionados por primera vez, o ser reformulados. Con el tiempo lo esporádico se afirmará en su espacio/tiempo y se conectará con otro esporádico, que a su vez lo hará con otro (y otro, y otro,y otro…), generando un sistema de relaciones, funciones, que constituirán la realidad, el nuevo lenguaje.

Lo común en lugar de lo privado o lo estatal (comun y estatal se encuentran en las antípodas), lo transversal guiado por la voluntad común, la política profesional desposeída del poder absoluto y opresivo, trasnformada en un compomente más de la nueva estructura de fuerzas, ya no el componente exclusivo.

Un mundo solidario, no de beneficiencias. Un mundo basado en la creación, no en la opresión.

Vivimos una cotidianidad que pesa como nunca antes. Solo a través del diálogo libre se podrá pensar una nueva política (profesional), desacralizándola, evidenciando que su poder oscuro solo esconde ignorancia, corrupción, negación. La política profesional se ha convertido en la más grande corporación que jamás haya existido, basada en el delirio religioso del poder hobbesiano, el binomio Estado/Pueblo.

¿Se puede confiar en lo que definí en el segundo párrafo de este artículo como política profesional (revisemos qué y quiénes la componen) dejando en sus manos cada decisión que afecta tanto nuestra vida publica como privada (familiar), nuestro trabajo, nuestra salud, nuestra privacidad (intimidad), nuestro futuro a cambio de una garantia de libertad y seguridad que es el slogan del sistema hobbesiano de poder, cuyas acepciones ya conocemos? ¿Qué y quiénes componen la política profesional? La reforma de la política profesional redistribuyendo el poder ilimitado que ostenta en el conjunto de la sociedad debería ser una alternativa, al menos considerar la posibilidad de dicha reforma no tomándola como dogma sagrado, desacralizándola y delvolviéndola al uso común, a la comunidad de las sigularidades, a la sociedad, al diálogo libre, entre pares, no ya entre el poder sagrado (inasequible e immutable) y sus fieles (que en las minorías revisten en esta logica el rol de paganos).

Partí de la premisa de que todos los actores de la política profesional actuaban con buenas intenciones. El problema radica en que la política profesional (y sus actores) se resiste a reformarse, y como toda resitencia se basa en la conservación negando el devenir.

En su libro “Felix” (por Felix Guattari) Franco Bifo Berardi reflexiona sobre los años ochenta, el momento donde la carrera armamentista llegó a su apogeo decretando el final del comunismo soviético y el inicio de la carrera desenfrenada del capitalismo hasta esta forma exacerbada y abstracta que llamamos globalización: “Las energías imaginarias, que en las décadas precedentes se habían dirigido hacia el cambio, hacia el desplazamiento progresivo de los equilibrios políticos, hacia la apertura de nuevas perspectivas, se cerraban bruscamente de un golpe y se replegaban sobre la Guerra”.

En esta primera década del siglo XXI vivimos un proceso similar donde la política profesional, en su desenfrenada y desesperada necesidad por perpetuarse, concentra sus energías en la consolidación de un poder absoluto cerrando bruscamente de un golpe a las energías imaginarias la posibilidad de provocar cambios cuyo fin sea el de lograr nuevos equilibrios políticos, abriendo nuevas perspectivas, confirmando las singularidades. Generando futuro. La vida se ha replegado sobre la política profesional, asfixiándose.