Tema del Mes

JULIO 2014

La literatura como acto, como arco.

26 / 07 / 2014 - Por Luis Chitarroni

Luis Chitarroni ensaya un erudito recorrido acerca de la literatura como un acontecimiento que se nutre de la reminiscencia, lo enigmático y la secreta capacidad para devolver espesor a lo aparentemente trivial.

Según Otto Jespersen, los idiomas “primitivos” estaban compuestos de palabras larguísimas, llenos de sonidos dificultosos y complejos, y no se hablaban: se cantaban. Las palabras eran a las palabras actuales lo que los plesiosaurios y los triceratops a los reptiles de ahora. Algo de eso debe de haber querido restituir James Joyce en el Finnegans Wake antes de convertirlo en el rig veda de un accidente occidental. Esas palabras tempranas  debían de ser un acontecimiento.
Para deshabitar la noción de “acontecimiento” hay que desistir en literatura de la yuxtaposición de planos que ayuda a no discernirlos. Una jurisprudencia de moda en los ochenta es un compendio de posibilidades necias: el acontecimiento estaría en condiciones de liberar a la literatura y sus alrededores por parecerse --haccecidad-- a su doble de riesgo: el acontecimiento de la historia o de la naturaleza. Este, a su vez, cedería de antemano cualquier solicitud --cualquier singularidad--  en aras de someterse meramente a la conducta de un acto o de un hecho. Un arco causal. Debe de estar en el Zohar: un nido de causalidad que inicia un arco necesario.

Pero “A un puente, a un gran puente no se lo ve…” No es que Lezama Lima llegara a una conclusión cuando emite o exhala, jadeante --- gueuloir --- estas aparentes ficciones asertivas, against the tranquility of the axioms. En la casa museo de Lezama -Analecta del reloj-, en la calle Trocadero, el profesor Antelo y yo recibimos una sola, sólita orden, pero era una orden histórica: “Recórranlo en sentido cronológico…”. Aunque hubiéramos querido, no hubiéramos podido, y no solo a causa de la ortopedia de los tiempos verbales compuestos: somos víctimas del tiempo -cronófobos- y víctimas por añadidura de la época. Destino es carácter y además, la histeria es histórica, ya ha quedado claro, aunque bien se supiera en la Salpetrière: no se da un solo paso sin comprometer el destino.
El acontecimiento tiene que despojarse de sus capas protectoras. Sin un principio de orden, la que pretende que un acontecimiento sea el continente o el transporte de una cuota enigmática de acontecimientos, falacia de la que no está exento Deleuze como víctima natural de la literatura anglosajona, elegida para ejemplificar (Lawrence, Kerouac o Woolf ayudan a salir a la palestra solo para extenuar el rigodón del escamoteo). La que se adueña de la brevedad y califica lo contrario: lo intenso en medidas que admiten una vigente e imperativa subjetividad; la que suspende el juicio hasta extinguir el vapor (adentro, mirar atrás, adelante, siempre en dirección cronológica: hacia la historia). La que consigna el espesor -la hondura, la gravedad- de la incisión en la lengua en que opera, tal vez la más parecida al régimen gravitacional del acontecimiento de estas hipótesis.
Podemos descartar que el acontecimiento esté relacionado con un recurso estilístico, porque no lo proyectan ni lo reflejan el estilo de escrupulosa mezquindad (“scrupulous meanness” con el que Joyce se jacta de haber escrito los cuentos de Dublineses, ni el grado cero que Barthes averigua en El extranjero de Camus).
Hay un ejemplo en el idioma de Barthes que, acaso por eso,  por sufrir la depreciación de lo próximo, de lo cercano, Deleuze se olvida de consignar, e incluso de ver. Pero tal vez esté empedrado, disimulado, purloined en la mesa de disección, entre los artificios metálicos del instrumental quirúrgico. Acaso también porque a nadie le gusta apelar a la literatura con un pie en la Academia, por acendrado prejuicio del que no estoy exento. La observación, el apunte novelesco de Queneau, su oscilación entre el pretérito indefinido y el presente son la mordedura, la incisión del acontecimiento “en la literatura”. Basta Les fleurs bleues:
“Después de rezar sus paternósters y de aligerar su vejiga en las escaleras se dirigió hacia la capilla resueltamente para asistir a la misa oficiada por su capellán Onesíforo Birotón. Osinóforo Birotón.”
Discernir de qué manera Queneau logra conferirle el mismo espesor a una información trivial y a una catástrofe (gramatical, sintáctica: poética, artística= significativa) es un bello ejercicio de incertidumbre. Se puede sospechar que esto supo aprenderlo de dos maestros difíciles, disímiles, que aunque pudieron leerse mutuamente, es casi seguro que no: Lewis Carroll y Flaubert. No debemos considerar que los libros -Alice in Wonderland, digamos, y Madame Bovary- son difíciles de traducir: son mucho más difíciles de leer (por eso los niños y los adolescentes son los más capaces de hacerlo). Podemos asegurar que el exceso de discreción de ambos, en aras de alisar la lectura, entreverarla, contribuir engañosamente a ampliarla es como la idiotez, no tiene límites. Hay un punto de equilibrio, un punto de fluctuación: van de Bovary a Bouvard y Pécuchet, los que, en sentido inverso, vuelven de Humpty Dumpty a Twedledee y Twedledum, con sus veredictos de lógica aplicada: “En sentido contrario”, dice alguno de los dos,”si así fue, así podría ser; y también si así fuera, así sería. Pero como así no fue, no será. Eso es lógica.”

Sospecho ahora que buscarlo en Flaubert y Lewis Carroll para encontrarlo en Queneau comporta, sin embargo, un guiño (el guiño, gestual, nos permite obviar la legibilidad opresiva). Que la frase, el ínfimo enunciado activo, performativo (Austin) de Queneau es un equivalente gráfico, tipográfico del acontecimiento, en términos -Duns Scoto nos perdone-- de haeccesidad, pero habría que retroceder secretamente hasta la K. de Kafka para entender de nuevo la justicia de la precedencia alfabética, para inculcarnos de nuevo la torpeza tautológica de averiguar que la Q viene después de la K.
El enunciado de K. es a menudo más desnudo, secreto e “histórico” que el de cualquier otro. No solo el consignado por la costumbre, el que atañe a Gregor Samsa, sino, por ejemplo, “Hubo un tiempo en el que iba cada día una iglesia, pues una chica de la que me había enamorado rezaba allí de rodillas media hora por las tardes y yo podía observarla con toda tranquilidad”, párrafo con el que comienza “Conversación con el orante”, que culmina a su vez con una voluptuosa observación ajena… “las confesiones son más claras que nunca cuando las revocamos.”*
Esta desmayada quietud, que atañe a veces al paso de la noche, al peso de la noche, prefiere como prueba de arrepentimiento la contrición religiosa… “Igual que todo ser humano me plantaron en el centro de un círculo del que había que partir recorriendo el radio adecuado para trazar un hermoso círculo. Pero yo, en lugar de eso, me he dedicado permanentemente  a iniciar el recorrido del radio e interrumpirlo de inmediato una y otra vez”.
En Kafka se trata sobria, finalmente de eso, aunque parezca despojado de método: vamos a encontrar a fin de cuentas todo lo que quiso escribir, pero de la manera más engañosa posible, como si se tratara de un ejercicio espiritual, algo que está muy bien, sobre todo si no ha sido programado: tanta es la gente que retrocede ante el engaño (pensemos en Saki, pensemos en Firbank, pensemos en Wilde, y tratemos de salir del círculo de tiza de esta gragea emponzoñada por la ironía). Vale decir que la travesía, el viaje, la Wanderjahre se cumplirá a partir de la negación, de la recusación, del revocamiento.
Esta circulación de ahogo, irrespirable, con sus turbulencias exclusivas y sus giros inesperados, accede al lector en la inmediatez soberbia del enunciado kafkiano, exento por completo de arrogancia, habitado por el desasosiego. Por medio del malestar y la insatisfacción, la emisión verbal de Kafka, escrita sin atenuaciones ni ambages,  se transforma de inmediato, en un sentido sensual y fenomenológico, que acaso reduzca la anagnórisis a la mera detección de una reminiscencia, estrictamente en un acontecimiento.

*Me doy cuenta de que mis dos ejemplos textuales incluyen iglesias. Por qué, si no tengo ganas de llorar. Ahora sí, respaldado, estoy en condiciones de incrustar un Deleuze de barricada: “Yo sustituiría mi gusto por la muerte, que solo era un fracaso de la voluntad, por unas ganas de morir que correspondieran a la apoteosis de la voluntad.”