Tema del Mes

AGOSTO 2014

Así le gané al Santos

09 / 08 / 2014 - Por Ezequiel Fernández Moores

¿Estrategias de ataque o de defensa? ¿Espectáculo o resultado? El futbol a través de los medios o vivido en la cancha ¿es el mismo fútbol?

Crecí con la leyenda del Santos de Pelé. Esa tarde estaba, entonces, ante el partido de mi vida. Recordé lecturas (eran tiempos de tele escasa) de los golazos que hizo Pelé en tardes gloriosas del Maracaná. O cuando Santos, como los Harlem Globetrotters, viajaba por el mundo y había países africanos que detenían una guerra para verlo jugar. Si en Europa veías camisetas blancas era por el Real Madrid de Alfredo Di Stéfano. Para nosotros, camiseta blanca era sinónimo del Santos de Pelé. Y allí estaba esa camiseta aquella tarde ante mí. Sucedió hace varios años, en una tarde de playita brasileira. Después de un generoso frango a milaneza y algunas caipiroskas. Armamos el equipo con hermanos, hijos y amigos. Los de Santos, por supuesto, eran mucho mejores. ¿Cómo enfrentarlos? Decidimos aplicar la gran Bilardo de Italia 90. Una Armada Brancaleone. “Todos atrás y Dios de 9”, pero sin Dios. Nuestros postes, montañitas de arena, se redujeron sorpresivamente a sólo medio metro. Y el travesaño imaginario bajaba según cual fuera la altura del remate rival. “¡Alto!”, grité ante una pelota que entró, como mínimo, casi rozándome la pelada. Fútbol-playa, se sabe, es fútbol sin arqueros. Pero esa tarde jugué casi parado en la línea del arco. Impusimos nuestro conteo. Nos sumamos goles truchos. Anulamos goles legítimos. Sólo nos faltó poner el bidón. La hago corta: ganamos y hasta dimos vuelta olímpica. “¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina!”. No todos los días le ganás al Santos en Brasil. Nuestros amigos del Supermercado Santos, en la playa de Lagoinha, en Florianópolis, sur de Brasil, todavía deben estar riéndose.
Me emocionan los triunfos logrados a pura garra pero, ante todo, me considero un periodista amante del juego lindo y limpio. Aquella tarde, sin embargo, cuando el partido se puso caliente, me tiré al piso como nunca, raspé tobillos, cuidé el arco como un tesoro y recé para que algunos de los nuestros hiciera el gol definitivo, con la mano, las dos manos o como fuera. Lo recuerdo porque luego de ese partido me imaginé, en un momento, cómo debería sentirse un jugador en serio cuando estaba ante el partido de su vida. No ante el Santos de supermercado, sino ante el Santos real. Qué haría por defender su arco. Cómo lo pensaría dos veces, tres, cinco, diez veces, antes de animarse a cruzar mitad de cancha, sabiendo acaso que podía desproteger su puesto y exponer a su equipo. Y recordé una frase de Nick Hornby en “Fever Pitch” (Fiebre en las gradas), uno de los mejores libros que leí sobre fútbol. El escritor inglés cuestionaba a quienes decían que el fútbol debe ser espectacular y entretenido: “Quejarse de que en el fútbol se sufre o sea aburrido –dijo Hornby- es como quejarse de que el Rey Lear tenga un final tan triste: es no haber entendido nada”.
Los Silvio Berlusconi que algunas décadas atrás aterrizaron en las canchas tampoco entendían casi nada de fútbol. Berlusconi, un empresario de TV y de dineros sospechosos, y que precisaba popularidad para lanzarse a la política, encontró a la pelota como herramienta ideal. El fútbol, igual que en sus canales de TV, debía entretener. Su Milan, entonces, tenía que jugar al ataque. Fútbol-espectáculo. Por conveniencia, no por convicción. Un partido cero-cero no servía al negocio. Vio jugar a Claudio Borghi una hermosa final de Copa Intercontinental que Argentinos Juniors perdió contra la Juventus de Michel Platini y dijo que un talento así debía jugar en Milan. El técnico, Arrigo Sacchi, un DT italiano, pero que curiosamente apostaba al ataque, eligió sin embargo al holandés Frank Rijkaard, volante de contención. En las primeras prácticas, cuando Borghi todavía no había completado su primera vuelta a la cancha, Rijkaard ya iba por la tercera. Berlusconi quería divertir. Sacchi quería ganar. El empresario aceptó la decisión. El también entendió que, si quería obtener votos, primero tenía que lograr títulos.  
Jugar un fútbol de ataque, arriesgado y estético suele agradar a una gran mayoría de neutrales. Posibles futuros votantes del presidente de club y político de turno. Pero, paradójicamente, a los propios hinchas del equipo suele preocuparles tanto riesgo. Algo así le sucedía al propio Hornby algunas décadas atrás cuando el Arsenal de su corazón, que entonces tenía fama de jugar muy mal, quiso cambiar y comenzó a copiar el llamado “fútbol total” de la Holanda de los ‘70 y a golear uno, dos, tres partidos. La prensa se deshacía en elogios hacia la nueva sensación del campeonato pero los hinchas, los que iban todos los días a la cancha, mantenían sus reservas. Hasta que un día el rival aprovechó tanto adelantamiento, jugó al contragolpe y al Arsenal le metieron cinco. Otros lo copiaron y las derrotas se sucedieron. “Dejamos el fútbol total y volvimos a jugar al fútbol”, ironizó Hornby.
En Inglaterra, justamente, fue donde fútbol y rugby nacieron juntos, hasta que uno eligió avanzar con las manos y pasando hacia atrás y el otro con los pies y pasando, preferentemente, hacia delante. El rugby, si bien creó rapidamente una Liga profesional, fue durante décadas espacio de “gentlemen” que practicaban el “fair play”, jóvenes de clases acomodadas que jugaban por amor al deporte, porque el dinero no les hacía falta. Ya lo tenía papá. El fútbol, en cambio, pasó a ser un ámbito “podrido” por el dinero, con violencia dentro y fuera del campo, y esquemas que sólo privilegiaban el resultado, y en los que el fin, se decía, justificaba los medios. Las cosas cambiaron. En las últimas décadas, el rugby se alió con el dinero y sus jugadores, ya profesionales, lucen publicidades de tarjetas de crédito hasta en las camisetas de las selecciones nacionales, algo a lo que ni siquiera se animó aún el fútbol. En nombre del dinero y del espectáculo hecho negocio, el rugby modificó también sus reglamentos para tener un juego más veloz, dinámico y ofensivo. ¿Y el fútbol? Apenas prohibió el pase al arquero. Sus reglamentos permiten defender 90 minutos amontonados alrededor del arco propio y ganar acaso en el descuento y con un gol con la mano, porque si el árbitro no la ve, no hay siquiera derecho al recurso de la TV, como sí lo permite el rugby. El rugby conservador se casó con la modernidad. El fútbol corrupto mantuvo la tradición. El rugby se adaptó para seducir a la TV. El fútbol no necesita seducir a nadie.    
El año 2014, justamente, marcó para muchos seguidores del fútbol el fin del “tiki-taka”, el juego bonito de toque y posesión de Barcelona, estético y ofensivo. Y también ganador. “Tiki-taka”, en realidad, fue un apodo despectivo de sus críticos. De quienes solo veían abuso de pases, falta de verticalidad y, acaso también, falta de combate. Barcelona llegó a ganar tan fácil finales que se suponía que debían ser más parejas que entonces se lo acusó de “aburrido”. No había dramatismo en sus victorias, sino puro placer. En Argentina, a César Menotti se lo acusó siempre de lírico. Pero ni siquiera los defensores del “tiki-taka” y del Menotti lírico refutaron las críticas destacando lo que pocos veían. Que, por ejemplo, el gran Barcelona de Pep Guardiola recuperaba la pelota con una voracidad inédita. Acaso no lo veían porque el Barca de Pep recuperaba la pelota evitando el choque. Anticipaba. Era la única manera de ganar a los físicos más grandotes del equipo rival. Y los admiradores de Menotti, a su vez, casi omitían que aquella gran selección del Mundial 78 fue campeona no sólo porque arriesgó jugando al ataque y con pelota al piso, sino porque además corrió y combatió cada pelota como si le fuera la vida. Siempre me gustó recordar una anécdota que cuenta Jorge Messi, sobre el día que advirtió que a su hijo, Leo, el fútbol parecía importarle realmente mucho. “Era pibe, jugábamos un loco y le tocó ir al medio y lo primero que hizo fue tirarse al piso para recuperar la pelota”.
A Lionel Messi, eso sí, le interesaba recuperar la pelota porque la quería para hacer un gol. El problema de los fundamentalistas de la recuperación es que, en la mayoría de los casos, no reparan qué hacer una vez que tienen la pelota. Cuidan tanto su arco que olvidan el de enfrente. Si los reglamentos de la FIFA autorizaran a jugar con doce, elegirían seguramente a un segundo arquero, es decir, uno para el poste derecho, otro para el izquierdo. Los amantes del cero-cero, el partido perfecto, como alguien lo definió alguna vez, saben que ese fútbol, sin embargo, servirá para unos pocos fanáticos de culto. Los dueños del negocio jamás promocionarían su producto anunciando “vendemos el único producto del mundo que todavía permite que un partido termine cero a cero”. Por algo el fútbol no ha funcionado seriamente en Estados Unidos, un país que hace de la vida misma un espectáculo. Esa resistencia a la modernidad le da una cierta fascinación al fútbol. Pero el reino del cero-cero, digámoslo, sería insoportable. Igual que el reino de la mera posesión. Si los fundamentalistas del tiki-taka habían hecho un espectáculo de la posesión, los fundamentalistas de la recuperación hicieron un espectáculo del sacrificio. Y, sabemos, el fútbol es posesión y sacrificio. Juego y batalla. ¿El mejor ataque es una buena defensa o la mejor defensa es un buen ataque? Ningún estilo, está claro, serviría si falta el gol. Es el mismo gol que precisan los Berlusconis para ganar votos. El mismo gol que precisa Adidas para vender zapatos. La TV para vender sus canales de cable. El mismo gol que también precisábamos nosotros para ganarle al Santos en Brasil. Porque aquella tarde, es cierto, hicimos un fortín tramposo para clausurar nuestro arco. No teníamos los jugadores que, por ejemplo, tiene un técnico como José Mourinho que, aún así, se defiende a veces con dos micros delante del propio arco. Sin dinero para talentos, aprovechamos igual el primer error de nuestros admirados rivales brasileños para llevarnos el triunfo. Un triunfo inolvidable.