Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2012

La lengua como problema (primeras pistas)

23 / 09 / 2012 - Por Damián Tabarovksy

La lengua como problema: literario, económico, jurídico, económico. El escritor, editor y crítico literario Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) plantea en esta, la primera entrega de una serie de tres ensayos, un abanico de cuestiones críticas para reflexionar sobre el estatuto de la lengua en el capitalismo global.

Uno. Pensar la totalidad es totalitario, incluso en el caso de la lengua; de la lengua como problema literario, económico, jurídico, económico. Pensar la lengua desde esas perspectiva –en el cruce de esas perspectivas– involucra al fragmento como forma –como modo de pensamiento– porque la lengua nunca es lineal, y los problemas que surgen de su abordaje son demasiado novedosos, inéditos: dificulta la argumentación arquitectónica (una hipótesis de la que se desprenden otras habitaciones, otros cuartos, que van dando sentido general al asunto). Es preferible plantear un mapa, una topografía de escenas sin centro, pero que funcionan como un abanico de cuestiones críticas para reflexionar sobre el estatuto de la lengua en el capitalismo global. O aún más: todavía no un mapa –eso sería demasiado pretencioso- sino algunas pistas de la existencia de esa mapa. Pistas que, seguramente, habremos de seguir en próximas entregas.

Dos. El 5 de diciembre de 2011 se presentó en Nueva York –dato no menor- el proyecto encarado por la empresa Telefónica llamado “El valor económico del español: una empresa multinacional”. Se trata del punto de llegada de un largo proyecto, que incluyó investigaciones, publicaciones y discusiones sobre el tema (ver "El español en los flujos económicos internacionales"). Pero, ¿de qué tema estamos hablando? O mejor dicho: ¿qué significa pensar el valor económico de una lengua? O todavía antes: ¿quiénes piensan en el valor económico del idioma? La primera respuesta es evidente: lo piensa una empresa multinacional, con sede societaria en España, dedicada a comprar y vender idioma. La lengua es una mercancía –en tanto opera en el mercado– que circula por líneas, fibras ópticas, teléfonos celulares, pantallas de todo tipo, nodos, tablets, mensajes de texto, redes sociales; una mercancía capaz de ser depositada (archivada) en discos duros, elementos móviles, procesadores digitales, y también, claro está, en soporte papel (libros, revistas, actas judiciales, certificados de defunción). Según el informe de Telefónica, en España, el idioma español genera el 16 por ciento del valor económico del PBI. La lengua se ha convertido en uno de los recursos económicos clave, como el petróleo, la agroindustria y la industria armamentística.

El idioma, considerado antaño como una riqueza intangible, se ha vuelto un valor cotizable en el mercado. Con 450 millones de hispanohablantes (el tercer idioma más hablado del mundo), la lengua castellana va en camino a convertirse en uno de los commodities del capitalismo global (como ya lo es el inglés).

Josefina Ludmer, en Aquí América Latina. Una especulación (Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010) llama a este asunto, de manera bien pertinente, industria de la lengua. A nosotros, por ahora, esa definición nos alcanza como para superar el viejo paradigma de la industria cultural y reemplazarlo por esta nueva industria: la de producir lengua. Porque lo que sugieren decisiones estratégicas como la tomada por Telefónica al costear caras investigaciones sobre el tema es que el secreto de la industria reside, como siempre, en abaratar costos de producción y ampliar mercados de consumo. La lengua tiene que producir más lengua para ser rentable. Y quizás por eso, hoy, como nunca en el pasado, circula tanta lengua: en todas sus formas, dispositivos, almacenamientos y rangos, la lengua está sobrepresente en nuestra vida cotidiana (como están sobrepresentes todas las mercancías de consumo masivo).

Ludmer se detiene también en el valor de la lengua de los migrantes, en su singularidad: una lengua dentro de otra lengua, en algunos casos, y en otros, un modo del castellano dentro de otro modo del castellano. Los migrantes giran divisas a sus países de origen, producen narraciones –novelas familiares– sobre su situación, hacen circular la lengua en otros mercados (el peso de lo latino en los Estados Unidos). Una reflexión crítica sobre la lengua –incluso, también sobre la literatura– no debería dejar de lado estas cuestiones. La producción económica de la lengua aparece como un nuevo territorio de investigación social.

Tres. Comencemos por un dato: en la Argentina, sumadas, la mayor parte de las traducciones de ficción y ensayo cultural las realizan las pequeñas editoriales (ahora también llamadas editoriales independientes). Las grandes multinacionales, por lo general, realizan las traducciones en sus casas matrices en España, y luego esos libros llegan a la Argentina; ya importando ejemplares; ya impresos aquí por la filial local que toma la traducción española (recibe por email un PDF con los interiores y la tapa del libro, le agregan un ISBN local, y lo manda a imprenta). Y no solo la mayor parte de las traducciones se realizan en España, sino que allí se contratan los derechos. Es decir, se decide el criterio sobre qué autor se traduce, se imponen estéticas, acuerdos económicos y contractuales.

Por lo tanto, entre nosotros estamos totalmente acostumbrados a leer traducciones cargadas de españolismos, localismos catalanes o madrileños, expresiones que a veces comprendemos con dificultad, giros que se pierden de manera incomprensible: The unquiet grave, de Cyril Connolly, traducido por Ricardo Baeza para la editorial Sur en 1949 como La tumba sin sosiego, es retraducida en 2005 por Miguel Aguilar para el sello Debolsillo bajo el literal La tumba inquieta (debemos agradecer que al menos no le pusieron La tumba intranquila…).

A veces pasan cosas curiosas, por decirlo de algún modo. En 1945 José Bianco traduce, también para Sur, The turn of the Screw de Henry James con un título que logra vertir al castellano toda la complejidad del título inglés, en una verdadera obra maestra de la traducción: Otra vuelta de tuerca. Pero desde entonces asistimos a innumerables traducciones en España que mantienen el título (¡copian lo difícil!) pero cambian el resto de la novela (por dar un ejemplo, la traducción de Soledad Silio, de 1991, para Planeta, linda con lo vergonzoso).

Por supuesto que, a veces, recibimos buenas traducciones: las de Javier Marías de Ashbery son muy buenas, la de Vila-Matas de Copi también, las de Mecedes Cebrián de Perec otro tanto. Pero no se trata solo de una cuestión de gusto o una cuestión estética. La traducción, como problema, toca directamente temas políticos (de política cultural) y, sobre todo, económicos (el gusto y la estética también: por eso tiene algo de falaz la frase de más arriba: “solo una cuestión de gusto”: ese solo siempre está sobredeterminado por lo social, lo político, lo económico). Volvamos al principio: la mayor parte de las traducciones literarias en la Argentina la realizan, sumadas, las editoriales pequeñas. Dos, tres, cuatro, o hasta cinco títulos traducidos por año, multiplicado por la creciente cantidad de editoriales independientes, da un volumen de libros traducidos pequeño, pero significativo; en especial, como decíamos, ante la renuncia de las grandes casas multinacionales de contratar traducciones en sus respectivas filiales (esto mismo ocurre en toda América Latina: en México –su mercado más grande–, Colombia, Chile, etc. también reciben mayoritariamente libros traducidos por la casas centrales españolas). Con una dinámica de guerrilla (se mueven rápido), editores bien formados, aprovechando muchas veces los subsidios a la traducción que otorgan algunos países (Brasil, Francia, Alemania, Irlanda, Corea, etc.), las pequeñas editoriales han hecho un gran aporte a la traducción en la Argentina.

Pero el mercado nacional es pequeño, y también muchas de ellas han crecido, lo que genera que una buena parte de esas editoriales comiencen a exportar, en especial a España, el mercado dominante en castellano. Lo han hecho de diversas formas: unas pocas, abriendo oficinas, imprimiendo allá (con ISBN español), contratando servicios de prensa locales. La mayoría, en cambio, exportando en pequeñas cantidades, a través de distribuidores que compran ejemplares en la Argentina, en firme (no en consignación) en pesos, consolidan un envío (es decir: compran a varias editoriales la cantidad suficiente de libros como para amortizar el costo del traslado) y los revenden en España en euros. Pero en uno u otro caso, se presenta la misma pregunta: ¿A qué castellano se traduce? (pregunta que ya encierra una postura: se dice “castellano” y no “español”: el triunfo del “español” por sobre el “castellano” es la marca de una disputa ideológica).

Las decisiones de traducción son, otra vez, estéticas. Pero también, nuevamente, económicas. Si una pequeña editorial traduce, digamos, un autor francés a un castellano “muy argentino”, ¿tiene posibilidades de ser aceptado en España? Es probable que allí genere cierto (o mucho) rechazo, especular al nuestro frente a las traducciones españolas. Pero a la inversa, traducir al español de España es imposible (no solo porque no estaríamos de acuerdo, sino porque no sabríamos cómo hacerlo). Aparece entonces la tentación del castellano neutro, mejor dicho, del castellano neutralizado. Un castellano que, dejando algunas marcas de que fue traducido en Buenos Aires, sea más “suave”, menos local, más apto para el lector de la metrópoli. Ese es el camino que habitualmente se elije. Un español que no espante a los lectores de España, y que sea aceptable, que aparezca como local para los lectores argentinos. Pero, en mi opinión, esta opción habitual es igualmente insatisfactoria en términos estéticos: en su mayoría, terminan siendo traducciones timoratas, que no hacen apuestas lingüísticas fuertes, que borran todo conflicto en la lengua.

Si la traducción es un mercado (como lo es), entonces necesariamente prima lo económico. Por lo tanto, como viene ocurriendo en América Latina en otras esferas, en lo editorial quizás haya también que pensar en los modos de politizar el mercado. Aún conociendo los riesgos que eso implica: el riesgo del populismo nacionalista, del chauvinismo, del patrioterismo vacío (valga la redundancia). Pero, como nunca, es necesario abrir una fuerte discusión sobre el estatuto de la lengua, del castellano; una discusión sobre la tensión (y los reenvíos mutuos) entre mercado y estética, entre dinero (porque de eso se trata) y radicalidad literaria. Aún corriendo esos riesgos.

Cuatro. En 1927 el diario Crítica organizó una encuesta sobre el argentino como idioma. ¿Es una lengua propia? ¿Hay un idioma de los argentinos? Es una pregunta que se remonta, al menos, al Salón Literario de 1837. En el Salón aparecen por primera vez –o quizás no por primera vez, sino por primera vez de un modo tan visible– varias cuestiones que van a recorrer la historia argentina. Por un lado, la idea de generación joven, de la juventud ligada a la novedad cultural, política y literaria. En segundo lugar, la noción de que la juventud, y por lo tanto la cultura, está ligada a una lengua, característica típica de la sensibilidad romántica. Y finalmente, que esa lengua debe ser objeto de debate. ¿Qué es lo que vuelve argentina a la literatura argentina? Es conocida la frase de Echeverría: “Busco una razón argentina y no la encuentro”.

Esa pregunta, esa búsqueda, vuelve y vuelve, una y otra vez; y vuelve entonces también en la encuesta de Crítica, casi un siglo después de la generación del 37. Convocando a reflexionar a partir de la pregunta “¿Llegaremos a tener un idioma propio?” el propio medio editorializa en esa interrogación: el verbo desplazado al futuro (“Llegaremos”) indica que aún no hemos llegado. ¿Es ésa una debilidad de origen? Por supuesto que no. ¿Por qué no pensarlo desde otro lugar, desde el de la rareza, la diferencia y la excentricidad? La excentricidad del “vos”, del voseo como rastro subterráneo, obturado, muchas veces prohibido (en 1939 el Consejo Nacional de Educación prohibió el uso del voseo y “demás formas bárbaras” en las escuelas primarias) y que reaparece, como la punta de un iceberg, como lo reprimido de la norma, de la ley, del diccionario de la RAE; reaparece como un apéndice de algo mucho más profundo y extraño y oscuro: el devenir raro de lo más interesante de la literatura argentina. Su carácter periférico, menor, desviado, y, tal vez por eso, radical y heterodoxo (Como decía Héctor Libertella: “Si Argentina es un país periférico, su escritor más periférico será entonces centralmente argentino. A mí me ha costado mucho sostener esta paradoja… ¡Cuando más marginal, más central!").

Pero volvamos a 1927, a la encuesta. Crítica, el diario leído por los inmigrantes –por los tanos, los gallegos–, el que titula muchas veces en lunfardo, piensa ahora sobre la fundación de una lengua propia, el lenguaje de los argentinos (Arlt le dedica más de una Aguafuerte irónica al tema). Y Crítica entonces llama a responder a Borges, a Cancela, a Rojas, a Payró, a Larreta, entre otros. Nadie del grupo Boedo. Arlt trabaja en Crítica (en la sección Policiales) pero no es llamado para la encuesta. La mayoría condena el lunfardo (salvo Last Reason) y recelan del nacionalismo. Sin embargo, un tufillo conservador recorre las respuestas. Lo hispánico está demasiado presente. Y si bien Borges sospecha también de lo español, en 1927 todavía el campo literario argentino no está en condiciones de generar esa excentricidad, que será bastante posterior. En 1963 Cortázar escribe Rayuela, donde usa el vos. Pero es insuficiente. Córtazar es todavía un escritor convencional ¿Dónde aparece el quiebre? ¿Cuándo se despliega? No se por qué, pero ahora recuerdo una frase de Osvaldo Lamborghini, siempre citada por Libertella: “La Argentina no es ninguna raza ni nacionalidad, sino puro estilo y lengua.” Dicho de otro modo: hay una cierta tradición argentina que piensa a la literatura en conflicto con el mercado, bajo la utopía de una lengua que se sustraiga a la doxa cotidiana.

Cinco. Patricia Willson, en el número 2 de Cuadernos del Inadi, reflexiona sobre la traducción y la lengua en otro contexto. Ya no la traducción literaria, tampoco como asunto teórico, sino en el marco de la relación entre lengua, política, migraciones y economía: “Basta con detenerse a pensar en el papel sociopolítico in situ que les toca desempeñar a traductores e intérpretes en los pedidos de asilo, en las situaciones de migración legal o clandestina, en los casos de conflicto bélico e incluso de ayuda humanitaria cuando sobrevienen desastres naturales. De la traducción durante los juicios de Nüremberg al derecho –ideal– de todo extranjero que va a un hospital a contar con la asistencia de un intérprete en su lengua o en alguna que conozca, o en el caso de que esté alfabetizado, a disponer de material escrito en su propia lengua, hay un espectro vastísimo de situaciones en las que traductores e intérpretes hacen posible la observancia de derechos civiles y políticos, así como la administración de justicia, incluidos los casos de crímenes de lesa humanidad”. Opera allí una tensión entre lengua y mercancía: la lengua es ante todo una cuestión de derechos. El acceso a la lengua es un derecho sujeto a disputas, contradicciones y conflictos. El migrante, e incluso el refugiado político, genera riqueza al capitalismo global: es mano de obra barata, fuerza de trabajo en espera; lengua en estado latente.

Una política que lleve a cabo un programa de ampliación de derechos civiles (matrimonio igualitario, ley de género, ley de migrantes, etc.) debería también colocar en su horizonte de discusión el derecho a la lengua. A las lenguas (el castellano de argentina, y las de los pueblos originarios).

Instalar a la lengua como un derecho y no como una mercancía es una de las batallas políticas centrales de nuestro tiempo.