Tema del Mes

AGOSTO 2014

Un diálogo que nunca tiene fin

23 / 08 / 2014 - Por Marcelo Gantman

Un tenis basado en la defensa, en el desgaste o el error del rival, tiene sus límites competitivos. Pero no necesariamente determina un espectáculo aburrido como en el fútbol. Sus virtudes pueden parecerse a las de una obra de arte (siempre inconclusa), a una hábil conversación donde se simula aceptar los argumentos del otro, a los rodeos de un empresario chino, a la estrategia de un guerrero que, en inferioridad de condiciones, resiste el asedio y aguarda sigiloso su oportunidad.

“Segundo saque y a correr...”. Ése era el lema de Martín Vassallo Arguello cuando era tenista profesional. Casi un mantra. Para quienes conozcan del juego, una definición tan simple que incluye un mensaje muy profundo sobre cómo se compite. Si hay un segundo saque es porque se falló el primero. Y si no se metió ese primer servicio, se sabe, el segundo será más meditado, algo más conservador y en consecuencia menos incisivo. El riesgo de cometer una doble falta deriva en una frustración con penalidad: se pierde un punto porque el error es propio, sin influencia del rival. Sin embargo, salir corriendo después de un segundo saque no implica huir: pasa a ser una lucha por la supervivencia porque el peligro acecha y es el adversario el que manda.
“Siempre me pregunté si mi estilo era defensivo por elección o porque no tenía otras herramientas. Ya retirado medité sobre si jugaba así porque era mi manera o porque no contaba con un golpe de derecha más desequilibrante y potente. La cuestión definitiva era si mi modo de jugar era mi virtud o el resultado de una deficiencia: no poder ser más ofensivo”, cuenta Vassallo Arguello, que llegó a ser 47 del ranking mundial y que hoy alterna su tarea como entrenador con la conducción televisiva en un programa de tenis que se llama, obviamente, Segundo Saque.
Fragmentar el tenis en defensa o en ataque puede ser un ejercicio parcialmente inútil. Las dos situaciones conviven y son evidentes. Quien conozca poco del juego o sea un espectador ocasional podrá determinar claramente cuando un tenista se defiende y cuando ataca. Pero plantear el tenis competitivo desde una postura defensiva puede ser un arte. Y como toda obra artística de trazo grueso, imperfecta e incompleta. La imperfección radica en que no alcanza enteramente para triunfar y en consecuencia el trabajo no estará terminado. Un jugador defensivo se sostiene en base a esperar el error del rival. Pero en algún momento hay que agregarle algo a la espera. La paciencia tiene que ser alimentada con ambición.
Vasallo Arguello intenta encontrarle el sentido a su mantra: “La idea de hacer 'segundo saque y a correr’ formaba parte de una certeza: no tenía argumentos como para imponer la superioridad de entrada, entonces invitaba al diálogo. Sacar y correr para salvar situaciones era una manera de decir: ‘conversemos un rato para ver hacia dónde va esto. A ver que tiene cada uno y el que tenga las mayores fortalezas, al final, será el que gane’”. La escena parece casi el final de “La cosa”, la película de John Carpenter, cuando el protagonista, abatido por luchar contra el mal, sólo ruega por una pausa para descansar y poder seguir una pelea que intuye no tendrá fin. El mal nunca muere. Es una pelotita de tenis que cruza la red sin detenerse jamás.
Un partido de tenis es de algún modo una conversación que necesariamente debe ser interferida para que pueda terminarse. “Afrontar el juego desde una faceta defensiva implica convivir permanentemente con una sensación de ahogo que a veces es insoportable. No cualquiera puede estar horas en una cancha soportando una piña detrás de otra. Pero eso tiene un sentido: el que ataca es el que tiene el peso del partido, el que se hace cargo del desgaste. Quien defiende sufre, pero en algún momento tiene que mostrar algo más. Es una doble tarea: obligar al otro a que haga todo el gasto, a que proponga, para finalmente obligarlo a quedarse sin nada. Eso es muy frustrante. El que defiende elige convivir con el asedio para cuando tenga su oportunidad, como el boxeador, meter la mano salvadora”
Ese golpe de nocaut no es encomendarse a la fortuna. Es tener un plan y saber que el juego conservador, el invertir sacrificio para ganarse el cielo en otra vida, en cierto momento precisa de un salto de calidad. “Hay tenistas con mucho éxito que se podrían considerar defensivos como el escocés Andy Murray y el francés Gilles Simon. Pero en un determinado momento los dos se dieron cuenta de que, con lo que tenían, no les alcanzaba. Debían aportarle algo extra a su juego. Simon es un caso emblemático: en un momento nadie podía defender tan bien y tan completo como él. Con eso pudo ser top ten (6 del ranking mundial) y sin embargo encontrar ahí su techo. Sin una herramienta ofensiva, a un determinado nivel, ya todo lo que se tiene no alcanza. Por supuesto que algunos tienen su techo muy alto, pero el concepto no cambia: cada uno choca contra su límite cuando la esencia es defender y esperar que el rival tenga la iniciativa”
Andy Murray tuvo esa llamada de atención luego de un triunfo resonante y de boca de su vencido. Que era Roger Federer. Fue en la primera ronda del torneo de Cincinnati en 2006. Federer ya era un jugador imprescindible para la historia del tenis y Murray, una especie de recién llegado que jugaba a mantener la pelota “viva”; esto es, proponer una conversación sin apuro, interminable y desquiciante. “Me habrá ganado hoy, pero si no busca un tenis más ofensivo y con algún golpe más potente, no lo veo ganando muchas cosas”, fue el discurso didáctico y con bronca de Roger Federer. El destino de Andy Murray tuvo como premio ganar la medalla dorada de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, en Wimbledon y un año más tarde, en esa misma cancha, poder ser el primer tenista británico en ganar el abierto inglés desde 1936. Para lograr semejante desembarco triunfal tuvo que dotar a su juego de un golpe más potente, como había advertido Federer seis temporadas antes.
“Murray fue a buscar como entrenador a Ivan Lendl, el jugador que más fuerte le pegaba a la pelota en su era. Ese es un recurso que siempre tienen los tenistas: buscar en la figura del entrenador aquello que no tienen en su repertorio. Recuerdo que en su momento yo entrené con Guillermo Pérez Roldán, un jugador que tenía un tiro de derecha que hacía tronar estadios. Jamás había hablado con él, no sabía cómo pensaba, pero quería lo que él tenía: esa sensación de firmeza, de contundencia que mi juego obviamente no tenía. Eso no lo supe en el momento, sino cuando ya finalizada la relación me puse a pensar en por qué lo había buscado”, dice Vasallo Arguello.
El tenis argentino no responde exactamente a un parámetro de juego defensivo, pero reconoce un parentesco cercano con otra característica que evita la vía rápida: la construcción de una estrategia. Desde Guillermo Vilas hace 40 años hasta Charly Berlocq ahora, un tenista que conoció el sabor del éxito pasando los 30 años, la idea central es que resulta necesario practicar un tenis de mucho intercambio antes de lograr imponerse. En la sintonía de ese ir y venir como una larga conversación, los tenistas argentinos actúan como se dice que actúan los empresarios chinos cuando hacen negocios: nunca van directo al asunto sino que prefieren la ficción de entablar una relación que luego derive en una transacción comercial. En ambos casos se saludarán al final y si a los dos les fue bien, volverán a encontrarse para volver a negociar.
Las nuevas estadísticas del tenis contabilizan con cuáles porcentajes de eficacia se imponen los jugadores para ganar puntos según se jueguen de 1 a 5 pelotas, de 5 a 9 y más de nueve. Se supone que, cuánto más corto sea el punto, menos desgaste físico y mental tendrán los jugadores. Pero no todos saben jugar así ni tampoco lo sienten como viable. Los tenistas argentinos suelen ingresar en el tercer rubro: más de nueve pelotas para poder encontrar el desenlace favorable.
“La matriz del tenis enseñado según jugaba Guillermo Vilas todavía existe. Agarrar un canasto lleno de pelotas y repetir los tiros a cada punta de la cancha, parados detrás de la línea de fondo. Eso todavía existe como método de enseñanza y es muy difícil cambiarlo. El tenis argentino sacó jugadores muy diferentes entre sí: Del Potro no se parece a Coria ni Nalbandian es parecido a Gaudio. Pero todos se sienten parte de ese tenis de construcción, de mucho peloteo antes de derivar en el punto ganado”, sostiene Vasallo Argüello.
Para otro especialista como Christian Miniussi, ex jugador, organizador del ATP de Buenos Aires y comentarista de la señal DirecTV, Del Potro tendría todo el perfil para ser un jugador más expeditivo pero no escapa al método argentino: “Bien analizado, Del Potro es un jugador bastante conservador. No busca mucho las líneas, prefiere jugar seguro y mantiene bastante la pelota en juego. Tiene condiciones como para arriesgar más”. Otro referente como José Luis Clerc apoya esa idea: “La diferencia con Del Potro es que pega duro desde el comienzo del punto. Cuando me tocaba enfrentar a Lendl, sabía que en algún momento iba a tratar de jugar potente, pero lo hacía luego de cuatro o cinco pelotas, jamás de entrada”.
Los deportes profesionales analizados como un show que busca el entretenimiento de las audiencias suelen tener pruritos con aquellos que son defensivos. El tenis escapa a ese encasillamiento. Los partidos de fútbol, cuando ofrecen a un equipo en la cancha con un esquema muy defensivo, suelen aburrir hasta a los comentaristas. Pero es frecuente encontrar no menos de ocho jugadas en el compacto de “Los 10 mejores tiros de la semana” que muestran defensas heroicas de las estrellas del tenis que ganan un punto luego de salvar su pellejo con movimientos y tiros imposibles. “La gente valora esas cosas. Jugadores como David Ferrer y especialmente Rafael Nadal han pasado a ser ofensivos desde su forma de defenderse. Ferrer es un gran contragolpeador y Nadal ofrece un despliegue tal que la defensa y el ataque forman parte de la misma estrategia”, dice Vasallo Arguello.
¿Y Roger Federer también se defiende? “Federer resuelve con clase una situación típica que lo hace único. Cuando da ese paso largo del lado del revés y juega de sobrepique, está en un encierro defensivo. Cualquier otro jugador le pega con slice (efecto de cortar la pelota y amortiguarla) para bajar la intensidad del tiro, no ser desbordado y luego sí defenderse desde el fondo de la cancha. Federer evita todo eso con el paso largo y el sobrepique. Su clase no permite que nos demos cuenta de que, en realidad, está en una situación defensiva y no en un derroche de talento”.
El tenis bien jugado puede oscilar entre el tedio de excelentes estrategas que buscan la equivocación ajena y los jugadores que escapan a la telaraña de la conversación. El juego atractivo está en aquellos que puedan manejar la mayor cantidad de variantes. Un partido entre tenistas que no arriesgan nunca puede aburrir igual que el que animen dos “bombarderos” que sacan a altas velocidades y hacen del tenis una mera contabilidad rápida de puntos sin que haya trama.
“De todos modos el tenista defensivo es una especie en extinción. Ya nadie sobrevive en el circuito con la sola pretensión de no equivocarse. Como los equipos de fútbol que se defienden el 98 por ciento del partido: en algún momento tienen que hacer algo para ganarlo. En el tenis es igual”, cierra Vassallo Arguello
El concepto de defensa en el tenis también se vincula a la misión de volver al lugar donde se fue feliz. Los tenistas que ganan un torneo tienen que “defender los puntos” la temporada siguiente para no caer en el ranking. Es habitual leer y escuchar que un tenista “Defiende Roma” cuando entran en juego los puntos conseguidos por una victoria en esa ciudad el año anterior. Contra esa idea fue una vez Gastón Gaudio en una conferencia de prensa en el marco de un torneo exhibición en Buenos Aires. Era diciembre de 2004 y se cerraba el año en el que Gaudio había sorprendido al mundo al ganar Roland Garros. Le preguntaron si iría a la siguiente edición a defender el título:
-No tengo nada que defender. Lo ganado, ganado está. Ya es mío, ya lo gané. El Roland Garros que viene será un nuevo torneo, será otro...
Tener la respuesta adecuada cuando se enfrenta a la prensa, para un tenista, también es un modo acertado de mostrar la capacidad de defensa.