Tema del Mes

AGOSTO 2014

El Muñeco Gallardo versus Jim Jones

29 / 08 / 2014 - Por Andrés Burgo

Una revelación no necesariamente cambia el curso de las cosas: muestra que algo distinto es posible. El River de agosto 2014 es sin duda una medida mínima, un punto en el tiempo. Pero es también la oportunidad de soñar con un fútbol donde el sacrificio vuelva a ser un arte del equipo hacia sus hinchas, y no al revés.

Desde hace mucho tiempo, ir a un estadio del fútbol argentino se transformó en una especie de sacrificio, no en el sentido literal de sufrimiento (de hecho, vamos a la cancha impulsados por algo parecido a la felicidad) sino en su acepción original, la de “ofrenda a una deidad en señal de homenaje”. Nuestro ofrecimiento somos nosotros mismos, algo así como una inmolación voluntaria: “Tomá River (por mencionar a mi club, mi deidad), este soy yo y hacé de mí lo que quieras”. Para los hinchas de todos los equipos (recuerdo un título de Crítica de la Argentina: “Pegame y llamame Racing”), ver un partido desde las tribunas se convirtió en una ofrenda en doble sentido, desde la corporal (el riesgo de la violencia) hasta la deportiva: convivimos con espectáculos de somnolencia a veces y de acrimonia en otras y a lo sumo rescatamos la migaja de algún buen partido cada 10 fechas. Hicimos propio el “jugá horrible, tratame mal, que te voy a seguir queriendo”. Menos mal que a Jim Jones, el religioso que lideró un suicidio colectivo en Guyana, no le gustaba el fútbol.
Aunque subir a una tribuna y transitar las inmediaciones de la cancha son experiencias menos peligrosas de lo que se cree, en definitiva tienen algo de ruleta rusa. Será que los barrabravas se convirtieron en parte del sistema y con tanto negocio asegurado (reventa de entradas, tráfico de carnets, estacionamientos, connivencia policial, complicidad dirigencial) ya no pierden tiempo en los negocios marginales de antes, como el pungueo en las tribunas (a la gente del propio club) o el robo de banderas a las hinchadas rivales (una práctica que dejó de tener vigencia incluso antes de que los visitantes fueran prohibidos). Hace un tiempo era imposible lo que hoy es habitual: mirar el partido, en la popular, sin estar atento al movimiento en el resto de la tribuna, temerosos de algún robo. El miércoles por la noche en el partido de River contra Defensa y Justicia en el Monumental, Coco, un amigo gallina, quiso comprar un paquete de garrapiñadas y en el apuro sacó un fangote de billetes de su bolsillo (de 5, 10 y hasta uno de 100 pesos). En otro momento habría sido un movimiento temerario. Ahora parece no serlo.
Aclarada esa relativa tranquilidad que se vive en los estadios en 2014 (por supuesto, al perverso costo de que no haya visitantes y de haber sumado al negocio a los barrabravas, lo que derivó en que el principal foco de violencia se concentre en las peleas intestinas de una misma hinchada para, justamente, participar en ese tesoro), ir a ver fútbol tampoco implica un plan despreocupado. Los ingresos al Monumental son un espacio denso con policías en estado de alteración, revendedores como hormigas, barrabravas oficialistas y opositores al acecho, bastonazos listos para ser revoleados, perros con colmillos afilados y gases lacrimógenos ocasionales. Pero a no quejarse porque ya sabemos que forman parte de nuestra quijotada quincenal, la de ir a la cancha.
El otro sacrificio al que nos entregamos los hinchas en los últimos años (y se entiende que no hablo sólo por los de River) fue el fútbol, al punto que lo convertimos en un espectáculo secundario. A falta de placer en el campo de juego, pasamos a festejar victorias (reales o ficticias, qué importa eso) en las tribunas. El “decime qué se siente” dedicado a Brasil en el Mundial es la sublimación de esa lógica. Si los protagonistas de abajo no eran capaces de hacernos felices, lo haremos nosotros. Años y años de figuras exiliadas, dirigentes corruptos, técnicos de doble discurso, ídolos de dos partidos, partidos horrorosos y periodistas al servicio del poder o de la alcahuetería derivaron en un único refugio: los colores, el club, el equipo. Y a eso nos abrazamos, como los osos.
En Ser de River (2011, Sudamericana), un libro en el que alterné la primera persona, suscribí a esa renuncia al placer. Más que haber trazado una crónica deportiva, la del descenso, escribí sobre las enseñanzas que te deja el sufrimiento de tu equipo. “A ras del piso, con el sol en contra, y al lado de un corner, lo que mejor vi durante 90 minutos fue el alambrado. Del partido mucho no me enteré, pero a la cancha no vamos para ver fútbol. Vamos para ser de River. Empatamos 0 a 0”. La frase despertó la adhesión de las tribus que con fidelidad ricotera todavía podíamos ir de visitante a las canchas (esa imagen fue de un partido contra Argentinos, en La Paternal) y el enojo de los últimos románticos que, a pesar del Apocalipsis, seguían reclamando derechos de espectador.
Desde entonces, en los tres años que pasaron (ascenso, campeonato y supercampeonato incluidos), me seguí preguntando cuál de las dos posturas era la acertada. Nunca lo tuve claro, hasta que tres partidos, tres míseros y a la vez grandiosos partidos que jugó el River de Gallardo en agosto de 2014, contra Rosario Central, Godoy Cruz y Defensa y Justicia, actuaron como una revelación: las dos partes teníamos razón. Por un lado los que, en aquellos años del desastre y sin ninguna otra certeza a mano, nos asumimos como hinchas no del fútbol sino de nuestros equipos. Pero también tenían razón “los amantes del sillón y el televisor” (según la definición de Nick Hornby en Fiebre en las Gradas), quienes incluso en medio del desierto mantuvieron la lucidez necesaria para seguir reclamando por el fútbol (entonces desaparecido) y no solo por la reivindicación de los colores o de los próceres.
Ir a ver a este River de Gallardo en el comienzo de este torneo de Transición 2014 es, en cierto modo, igual que siempre. Encuentro con amigos y preguntas hermosas:
¿Es la primera vez que un equipo de camiseta amarilla juega en el Monumental?, arranca Esteban.
No, el Barcelona de Ecuador por las Libertadores 86 y 90, dice Coco.
¿El Nantes de Francia no jugó acá?, repregunta Edu, y explica rápido que ese club en tiempos de Jorge Burruchaga y Julio Olarticoechea hizo una gira por Argentina en el verano de 1987.
¿Central y Atlanta no usaron la camiseta suplente?, cierra Esteban, para pasar enseguida al pelo gris de Julio Chiarini y preguntar por nuestro último arquero canoso.
Pero en cierta forma, ir a ver a este River de Gallardo en el comienzo de este torneo Transición 2014 es totalmente diferente, no a toda la vida pero sí cómo mínimo a los últimos 15 años. Es muy pronto para hablar de revolución, y tres partidos no son medida de nada (corren el riesgo de quedarse en una burbuja en el tiempo). Sin embargo, el River de Gallardo consiguió algo que no habían podido los últimos equipos campeones, los de Manuel Pellegrini, Leonardo Astrada, Diego Simeone y Ramón Díaz en su tercer ciclo, y Matías Almeyda en el ascenso: pellizcarnos, emocionarnos, redescubrir que el fútbol puede hacerte feliz a cambio de nada y no sólo por ganar un partido o un título o por prender la tele para ver al Barcelona de Messi y Guardiola.
Aunque vendrán derrotas y hasta es posible que finalmente no consiga ningún título, el River de Gallardo nos devolvió a una época feliz, inocentemente feliz, el regreso a nuestra infancia o juventud. Esta versión 2014 tiene las semillas del último gran equipo que vimos los que tenemos entre 30 y 50 años, aquel ballet que ganó el tricampeonato entre 1996 y 1997, La Máquina en colores. Ya no queremos que los partidos se terminen. Queremos que duren más. Queremos seguir viendo a un equipo que hace un gol y que, en vez de replegarse, quiere hacer otro y después otro y después otro. Que juega para atacar. Que sabe defenderse, pero que no se encierra en una cueva. Que es más ambicioso que poético. Y que muchos años después (una vida después) nos da una versión diferente del fútbol, la del equipo que se inmola por nosotros, y no al revés.
Tal vez el enamoramiento dure tres o cuatro partidos más, o ni siquiera eso, y el agosto de 2014 ya no se repita; pero qué importa, si lo estuvimos esperando más de 15 años. O, mejor dicho, muchos ya nos habíamos olvidado que esto era posible.