Tema del Mes

AGOSTO 2014

Memoria de la lengua

30 / 08 / 2014 - Por Damián Tabarovsky

¿Es posible en nuestro tiempo del registro, el de las marcas sin huella ni densidad, ejercer una memoria de la lengua? Klemperer lo hizo al estudiar cómo el nazismo impregnó el habla cotidiana. Una lengua no es una esencia dada sino un campo de batalla, y el trabajo consiste en estar atento a esos combates, encontrar las tensiones donde en apariencia no se ven, y devolverle a la lengua su contingencia política, que el poder intenta siempre borrar.

Deberíamos comenzar ensayando una pequeña teoría –subrepticia, menor- acerca de la diferencia, o más aún, del conflicto entre registro y memoria. Es éste, el nuestro –nuestro tiempo- aquello que llamamos “actualidad”, el ahora del presente, quizás como nunca antes, el tiempo del registro. Se deja registro. La tecnología está disponible para favorecer este tipo de marca que no deja marca, y el inmenso aparato publicitario –la publicidad es siempre publicidad del presente, no de tal o cual producto, sino publicidad de la época misma- exige que se deje registro. El artista presenta cuadernos ordenados día por día, hora por hora, en los que registra su vida cotidiana. El usuario de las (auto) denominadas redes sociales registra sus estados y los estados que provienen de los estados de los demás, en la evanescencia de la forma “entrada”, en el “post” (el propio término post, en su polisemia que remite tanto a “entrada”, como a “artículo” o “noticia”, pero también y sobre todo, a su uso como prefijo, como la introducción a un tiempo después, a un tiempo futuro que ya es presente, o dicho de otro modo, como prefijo que señala que algo ya terminó, que un tiempo ya pasó, que una época concluyó; y a la vez –siempre a la vez: el pensamiento crítico reside en pensar a la vez-  “post” que debería señalar un quiebre, una violencia en la cadena discursiva que opera por única vez, como una bisagra que cierra un antes y abre un después, en su uso –en la filosofía, en la estética, incluso en el habla cotidiana- está ya en condiciones de ser historizado, de ser datado en su duración: “post” se eterniza, y se habla en términos de “post” desde hace ya varias décadas, como si “post” hubiese durado hasta volverse él mismo una temporalidad larga, no un punto de fractura, sino una estructura de larga duración. “Post”, entonces, en su polisemia roza un nudo central de nuestro tiempo –el de registro- que ameritaría un trabajo exhaustivo de descripción y análisis de sus usos. No es este el lugar ni yo la persona que pueda llevar a cabo tal empresa. Pero este largo paréntesis deja testimonio de la necesidad de ese tipo de mirada crítica frente a las más poderosas formaciones discursivas del presente).
Vuelvo al tema, a la discusión entre memoria y registro. Diré, para resumir –resumir lo que no se deja resumir- que el registro no deja huella. No deja marca. No ancla más allá de la superficie. El registro en su inmediatez no porta testimonio, no es rastro más que del encogimiento de una cierta densidad cultural. La memoria (palabra o concepto sobre el que no podemos avanzar sin atravesar bibliotecas enteras, sin detenernos en políticas estatales que favorecen, obturan o abusan de su invocación, sin pensar en los combates societales que se juegan en su nombre o ante la ausencia de su nombre. Palabra o concepto que no podemos mencionar impunemente, sin tomar nota de ese campo de fuerzas que la sobredetermina) la memoria, entonces, en su indeterminación y dificultad, evoca otra clase de espesura cultural, otras formaciones políticas, otras compromisos con la pregunta por la ética, y por la pregunta por el relato. ¿Se puede narrar la memoria? ¿En que consistiría tal operación?
Quizás sea conveniente plantear otra pregunta, tal vez más específica, más acorde a lo que venimos diciendo: ¿se puede narrar la memoria de la lengua? ¿Devolverle la memoria a una lengua perdida? ¿Dar testimonio del momento en que una lengua se extravía? ¿Tomar nota, en tiempo real, de la densidad de los combates por la lengua? La dos obras cumbres de Victor Klemperer van en esa dirección: primero sus diarios, sobre los que editorialmente se han seleccionado los tomados entre 1933 y 1945 bajo el nombre de Quiero dar testimonio hasta el final, y luego, como prolongación y reformulación histórico-teórica de esos diarios,  LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Victor Klemperer, noveno hijo de un rabino, nacido en 1881 en una región que hoy pertenece a Polonia, filólogo de profesión, alistado voluntariamente en el ejercito alemán durante la Primera Guerra Mundial, a partir de 1933 sufrió la persecución nazi: despedido de la universidad, obligado a abandonar su casa y confinado a vivir en una Judenhaus, conminando a realizar trabajos forzados, gravemente enfermo, lo salvó de la deportación el hecho de estar casado con una mujer no judía, según la situación especial de los denominados “matrimonios mixtos” bajo el régimen nacionalsocialista. Klemperer, en ese contexto, escribió un diario e inmediatamente después un libro (LTI es de 1946) en los que toma nota de manera minuciosa, dramática pero siempre intelectual; “impresionista” y cargado de agudeza teórica, de los cambios en la lengua alemana, de la aparición del nazismo como acontecimiento político, por supuesto, pero también y sobre todo como acontecimiento discursivo, como la búsqueda de una nueva lengua alemana. Pocos casos en la historia de la cultura de la modernidad son tan intensos como los libros de Klemperer, intensos en el sentido de un poder de observación in situ para detectar la fascitización de una lengua, los cambios brutales en el habla, en la lengua del poder pero también en su imbricación con el habla cotidiana, en la lengua de la conversación diaria. Y también, quizás como pocos (como el Barthes de “el lenguaje es fascista”) para observar las terribles líneas de continuidad entre el fascismo, el nazismo, y eso que viene después, eso que, por comodidad, llamamos “democracia”. De hecho, así comienza LTI:

“Debido a las nuevas necesidades, el lenguaje del Tercer Reich incrementó el uso del prefijo de privación ent (des-, de), si bien queda por ver, en cada caso, si se trataba de una nueva creación o de la adopción, por parte del lenguaje de la comunidad, de ciertas expresiones ya utilizadas en círculos especializados. Había que oscurecer las ventanas ante el peligro de los bombardeos aéreos; así pues, luego se requería un trabajo diario de ‘desoscurecimiento’. En caso de incendio, los trastos y escombros no debían obstaculizar el paso a quienes acudían a apagar el fuego; así pues se procedía al ‘desescombro’.
Para definir de una manera más amplia la tarea necesaria del presente, se ha acuñado una palabra formada por analogía: Alemania casi sucumbió del todo por causa del nazismo; el esfuerzo por curarla de esta enfermedad mortal se llama hoy día ‘desnazificación’. No creo ni deseo que esta horrorosa palabra tenga una vida duradera; desaparecerá y sólo llevará una vida histórica tan pronto como haya cumplido su deber actual”.

Es necesario reparar en varios aspectos clave de este párrafo: pocas veces el primer párrafo de un libro adquiere una dimensión tan programática, tan cargada de sentido, de una dirección que atraviesa el conjunto de preocupaciones de un libro. El primer aspecto, quizás el aspecto nodal en Klemperer, es lo que bien podríamos denominar su proyecto: devolverle la memoria a una lengua. ¿Qué significa devolverle la memoria a una lengua? En primer lugar –esto es evidente- reponer algo que se había perdido, dárselo de nuevo, reponerlo. Pero sobre todo, supone concebir a la lengua como un corpus contingente, sujeto a la tensión entre poder y uso, o mejor dicho, a la tensión entre uso y acontecimiento (político-lingüístico). La aparición de nuevos giros, nuevas palabras, nuevas expresiones, otros usos, puede ser pensado –Klemperer lo piensa así- en sincronía con una derrota político-cultural. El poder despótico pervierte a la lengua y se vuelve doxa cotidiana. En ese hiato -el que va del poder a la doxa cotidiana- es donde Klemperer posa su mirada, ya que el acontecimiento nazi no es solo discurso del poder, sino reproducción y recreación en la vida cotidiana, en el ruido ambiente. Si LTI es demoledor, no es por realizar una semiología del discurso de Hitler (1) –que aparece en el libro lo necesario, pero no más- sino por efectuar una etnografía discursiva del habla corriente de la Alemania nazi. De la forma en que la lengua absorbe el acontecimiento, del modo en que la lengua se abre al acontecimiento y pierde dimensión crítica.
En segundo lugar, Klemperer repara en el uso casi técnico, anodino de la lengua, casi en el detalle, en un prefijo (de, des) al que le otorga, de entrada, un carácter ideológico. Es un “prefijo de privación”: la lengua alemana de los nazis, la reproducción cotidiana de la lengua de los nazis, es una lengua que priva, que quita, que obtura, con un tono casi neutro, administrativo (de la misma manera que el exterminio de los judíos fue pensado y llevado a cabo sin épica, de un modo administrativo, nuevamente técnico).
En tercer lugar, al tener una mirada historicista de la lengua, es decir, al pensar a la lengua como producto de combates ideológicos, Klemperer expresa una visión contingente de la sintaxis. Tiene la convicción de que “esta horrorosa palabra (…) desaparecerá y sólo llevará una vida histórica tan pronto como haya cumplido su deber actual”. No hay esencias en la lengua, no hay identidades fijas, sino la posibilidad de que una palabra, el uso de una lengua “desaparezca”. Si la lengua está en condiciones de desaparecer, pertenece al orden de la ética llevar a cabo una memoria de la lengua. Estamos aquí muy lejos del modo superficial del registro contemporáneo. La pregunta por la memoria de una lengua introduce, de un lado, la conciencia de los combates políticos -la irrupción del acontecimiento-, pero a la vez, del otro, una reflexión sobre la ética. ¿Hay una ética de la lengua? ¿De la memoria?
Klemperer prefiere siempre el detalle, la mirada lateral, la escucha para lo menor como modo de acercamiento a esas preguntas. Todo ocurre como si Klemperer conociera la frase que Lyotard pronunciará décadas después: “pretender la totalidad es totalitario”. Esa capacidad para entrar por la puerta de servicio de la lengua (propia de la mejor tradición alemana de entreguerras, la que va de Robert Walser a Walter Benjamin), le permite escaparse precisamente de la dimensión totalitaria del alemán nazi.
Un momento ejemplar de LTI es aquel en que Klemperer se detiene en la primera palabra nazi que escuchó. Y si digo “ejemplar” es porque el propio Klempeler adopta el tono de la anécdota ejemplar, la historia que esclarece el sentido con su mera narración. Estamos en 1933 y Klemperer transcribe este diálogo que mantuvo por teléfono: 

— ¿Cómo van las cosas en su empresa?, le pregunté.
—    Muy bien –respondió-. Ayer pasamos un día grandioso. Había unos cuantos comunistas insolentes en Okrilla y organizamos una expedición de castigo.
—    ¿Qué hicieron?
—    Nada, hacerlos pasar por un túnel de porras y darles un poco de aceite de ricino, nada sangriento, pero, eso sí, muy efectivo. Una expedición de castigo.
Expedición de castigo (Strafxpedition) es la primera palabra que percibí como específicamente nazi, la primera de mi LTI y la última que oí de T. (mi interlocutor); colgué el auricular sin rechazar siquiera la invitación a cenar.
Todo lo que podía imaginar en cuanto a arrogancia brutal y a desprecio a la diferencia se resumía en esa palabra, Strafxpedition. Sonaba a colonialismo, se veía una aldea de negros rodeada, se oía el chasquido del látigo de piel de hipopótamo (…).
Como millones de personas, yo sin dudas habría olvidado el termino nazi (o fascista) ‘expedición de castigo’ si no hubiese guardado relación con mi experiencia personal: de hecho, la expresión pertenece a los inicios del Tercer Reich y la mera fundación de éste régimen hizo que acabara superada e inutilizada como la flecha por la bomba que se lanza de un avión. Las expediciones de castigo privadas y parecidas más que nada a una actividad deportiva dominical fueron sustituidas enseguida por las operaciones policiales de carácter regular y oficial, y el aceite de ricino por los campos de concentración.

Nuevamente aparece el carácter historicista –contingente, casi me animaría a decir- de las palabras, del empleo de las palabras. Klemperer viene a decir que en la lengua no hay ninguna esencia ni menos ninguna trascendencia, sino que es un campo de batalla en el que se juega siempre el sentido político de la frase. Y que el trabajo del intelectual reside en estar atento a esas batallas, encontrarlas allí donde en apariencia no se ven, darle visibilidad pública, reconstruir el contexto que la lengua del poder intenta siempre borrar. Como si Klemperer retomara la noción nietzheana de genealogía, según la cual la historia es un campo de batalla en la que el ganador impone su lengua y luego inmediatamente borra de la memoria de que hubo una batalla, para que la lengua se imponga como doxa, sentido común, habla cotidiana. Si una enseñanza trae Klemperer es que hay que sospechar de la lengua. Siempre.

Un último punto, una frase que aparece más de una vez en LTI:

Son escasísimas las palabras acuñadas por el Tercer Reich que fueron creadas por él; quizás probablemente ninguna.

No se trata solo de “tener buen oído” para detectar la “primera palabra nazi” sino de llevar al extremo la noción de la lengua como un espacio de batalla contingente, en la que no es necesario (solo) inventar neologismos u otras formas “novedosas” (dejo sin comentar el agudo capítulo en el que Klemperer analiza las siglas de la lengua nazi: BMD -liga de muchachas alemanas-, HJ -juventudes hitlerianas-, DAF -frente alemán del trabajo-, etc., etc.) sino que la lengua, atravesada por combates, está en condiciones de invertir el sentido de una frase. Y lo hace a menudo. Muy a menudo (2). Reside allí otra tarea intelectual y política: no ya mantener el sentido original de las palabras ante el temor a que se perviertan o se invierta su sentido (acción que remite habitualmente a un cierto halo conservador, nostálgico, cuando no lisa y llanamente reaccionario) sino procurar que las palabras, que la frase, que la lengua efectivamente varíe, gire, se transforme, se altere, se bifurque, prolifere en un nuevo sentido, en nuevos sentidos. En sentido revolucionario. Cuando la lengua se somete al ejercicio de una sintaxis revolucionaria tiene, al menos para mí, un nombre: literatura.

(1)    De hecho, Klemperer  describe su dificultad para acceder a los discursos de Hitler: “Nunca lo vi; nunca lo oí hablar en directo, estaba prohibido a los judíos; al principio se me presentaba a veces en películas sonoras, luego, cuando me prohibieron el cine y tener aparato de radio, oí sus discursos o algunos fragmentos por los altavoces instalados en la calle y en la fábrica”
(2)    Sobre este aspecto, se vuelve imprescindible mencionar El nuevo espíritu del capitalismo, de Luc Boltanski y Eve Chiapello (Akal, Barcelona, 2002) en el que indagan en el modo en que el capitalismo contemporáneo se apropió –invirtiendo el sentido- de las consignas contraculturales de los 60, como “flexibilización”, “red” “conexión”, etc.