Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2014

Toda la vida tiene (demasiada) música

05 / 09 / 2014 - Por Fernando García

A pocos días del referéndum por la independencia de Escocia, una campaña unionista recurre a la eficacia persuasiva de la canción pop. Cómo la música pasó de ser una experiencia subjetiva a un medioambiente indistinto, y cómo en esa trama se tejen los intereses de la industria del entretenimiento y las estrategias de la política blanda.

No es la falta de cariño de la Reina lo que impulsó a los escoceses, o a una parte de ellos, a pensar en cortar el lazo que los integró a la estructura política del Reino Unido por trescientos siete años. Sin embargo, a pocos dias del referéndum por la independencia, la desesperada campaña no oficial “Let’s stay together” recurre al afecto intangible (ya no se habla de economía política u organización social) entre ingleses y escoceses para salvar la configuración actual de la isla. Ideada por dos publicistas con base en Londres, la campaña utiliza una de las armas de persuasión más formidables que ha dado Inglaterra desde la posguerra: la canción pop.
El aviso de “Let’s stay together” arranca con un paneo aéreo sobre el verde territorio limítrofe entre las Midlands y las Highlands. Casi nadie (en el Reino Unido) recuerda, pero seguramente vio que, en la prehistoria del video-clip (promo), a este paneo percusivo que abre el film le correspondía otra toma aérea, esta vez una cámara grúa en travelling por los tambores de Roger Taylor, el baterista de Queen. De eso se trata, entonces, la emoción de un sonido conocido elevada a una equivalencia visual.
Al revés, la visión-idea de Escocia como el “best friend” de Inglaterra es sonorizada por un viejo hit de los setentas cuya letra, dedicada en rigor por el bajista John Deacon a su mujer, devino con la voz de Freddy Mercury y el tiempo, postal o suvenir de la fraternidad o el amor homoerótico. You’re my best friend, que fue uno de los discos simples que acompañó el lanzamiento del bombástico A Night at the Opera (1975), resultó ser uno de los hits más duraderos de Queen. Una canción sencilla, fresca, propulsada por un sustain de piano eléctrico que se abre a un delta manierista de arreglos vocales, con esa ubicuidad que hizo del grupo una estación de servicio emocional (y de mercado) intermedia entre Led Zeppelin (poder fálico) y The Carpenters (tersura uterina).
Aquí vuelve, cargado de simbolismo (el nombre del grupo se ha naturalizado pero no deja de ser “Queen”, la reina, susurrándole al oído a la súbdita Escocia), el boomerang, como soundtrack para un desfile de famosos (Eddie Izzard, Ian Rush, entre otros) que escriben mensajes amorosos para el norte separatista, usando una cartulina y marcadores indelebles (un meme de la videografía desde que Dylan se hizo filmar dejando caer la letra de Subterranean Homesick blues en grandes carteles) para transmitir mensajes al borde del ataque amoroso como “We love Scotland” o “Team G.B”.
El video que explota la viralidad rampante de You Tube, la canción que echa raíces en memorias personales para expandirlas en un sentimiento colectivo, y hasta el meme videográfico, no son más que una suerte de diplomacia pop. A la realpolitik del independentismo escocés (1), la propaganda inglesa responde con una escaramuza de softwar (así, sin “e”), la guerra blanda, la batalla de los contenidos, tal como la definió Frédéric Martel en su frondosa investigación Cultura Mainstream (2).
        

Hace más de una década, en el tren de novedades que siguió al éxito de Alta Fidelidad de Nick Hornby, el periodista Giles Smith dio con la mejor definición del nuevo paradigma. “En los años 60 y 70 se pensaba que el Pop era una fase de la juventud; hoy la juventud resultó ser una de las tantas fases del Pop”, escribió en el libro Lost in music (3). El libro, que pasaba por una bitácora en la vida de un entusiasta del Top of the pops, luego un músico y connaisseur y, al fin, un periodista especializado en música popular, es más que eso: una radiografía del tejido sensible de millones de personas de entre 15 y 65 años en, al menos, las grandes ciudades occidentales. Obras de literatura “menor” como Alta Fidelidad y Lost in Music anticiparon un mundo en el que toda la vida, parafraseando a Spinetta, tiene música (pop). Acaso demasiada.


La portabilidad de la música a partir de la compresión digital impuso un nuevo objeto-paradigma: el i-pod. Metonimia del software (ahora sí con “e”), todos los reproductores portátiles devienen ese genérico. El nuevo objeto-paradigma no solo es el envase de la revolución portátil sino que alberga una vieja utopía pop: vivir en una autobiografía sonora permanente.
Tal es así que desde Obama (4) a Tony Blair y a la mismísima Reina (otra vez) los equipos de difusión se mostraron presurosos por difundir en los medios las listas de i-pod respectivas. ¿Cuál es el objetivo de estas campañas de propaganda política blanda? Sugerir e instalar una suerte de igualitarismo sensible en el que los líderes más (o menos) poderosos del mundo se equiparan a la ciudadanía. En lugar de exhibir credenciales de vida común, les alcanza con difundir una lista que necesariamente genera empatía con la mayor cantidad de votantes posibles. Como decía Andy Warhol (5), no hay una Coca-Cola más rica para Elizabeth Taylor que para cualquier americano. Del mismo modo, el mensaje aquí es que los poderosos no solo escuchan música sino que escuchan nuestra música. Este “nosotros” no solo se aplica a una cuestión de mercado sino que refiere a un set común de asociaciones. No hay entonces un You’re my best friend o un Queen plus o de luxe para mandatarios. Ellos pueden sentir lo mismo que cualquiera con, por caso, What’s going on de Marvin Gaye o Like a rolling stone de Dylan.
Instrucciones para un set-list G8: habrá que mostrarse sobre todo clásico (sobrio) pero con la suficiente elasticidad para acercarse a ciertas estéticas cutting edge (el hip hop en Obama) como para trasuntar compromiso con el presente y voluntad de innovación.


¿Recuerdan el hilo musical o elevator music? La traducción del easy listening y el ambient electrónico a una sucesión sedante de kitsch new age podría pegar la vuelta como vanguardia ya mismo. Hoy, el consumo más perentorio (no hablemos de tiendas de denim con máximo volumen de rave quieta), el del supermercado, es un paseo de gondolieri (se atraviesan canales de góndolas multicolor) canoro que susurra canciones como microsucesos de una vida común en el sonido. Una radio como Aspen segmenta un oyente entrenado en el songbook anglo de las décadas pop (60’s a hoy), es cierto, pero a la vez funciona como un radar emocional que barre el nervio activo de la ciudad. No hay escapatoria posible al escaneo de la discobiografía. La relación íntima con la música sobreviene a cada paso. La excepcionalidad de la magdalena proustiana como reposición del tiempo ido en el presente sensorial llegó al paroxismo con semejante cinta abierta de moebius pop. Ya no un detalle que se recorta del resto de la experiencia cotidiana sino un sinfín de manchas emocionales, como en esas fantasías de lunares de la artista japonesa Yayoi Kusama.


En esa repetición rumiante, la lista de clásicos se devora a sí misma (6) para resonar en el oyente como un estímulo automatizante. Los mismos slogans de la radio de clásicos apuntan a subrayar el compromiso vital (“la música de tu vida”) con ese canon. La radio misma emula al objeto-paradigma y se propone como un i-pod de masas, justamente cuando la posología de este tipo de gadget es hiper-subjetivo e individualizante. Es así como la catarsis intransferible de la canción pop se socializa en el conjunto y pierde su subjetividad. Cuanto más parece que vivimos auxiliados por nuestras memorias pop, menos nos pertenecen.


La omnipresencia del songbook pop hace que la situación ritual (ya fuera social o individual, de discoteca o de habitación) se pierda en un continuo que no deja margen para la experiencia diferencial de escuchar música. Es sencillo: si toda la vida tiene música es probable que ya no la distingamos del resto de las situaciones. Esta cotidianeidad hiper-sonorizada no se sostiene en una emergencia generacional sino que, por el contrario, establece relaciones transversales entre padres e hijos en el bunker de los afectos personales.


Poner una vieja canción de Queen a rotar para persuadir a los escoceses de que no rompan con la Union Jack parece la más natural de las posibilidades en este contexto. Esta naturalización fue habilitada por los hits del software (de Napster a Spotify) y por la altísima instrumentalización del songbook a partir de los acuerdos y fusiones en la industria del entretenimiento. El pop es la lengua franca (de la banda de sonido de un blockbuster como Iron Man a una película “de autor” como Lost in Tokyo) que construye afectos comunes entre audiencias dispares. Por eso, el panfleto anti independentista recurre a un sentimiento común entre ingleses y escoceses que no es el manifiesto-peluche “We love Scotland” sino la música de Queen. Lisa y llanamente, el recuerdo común que apela a la superficie (letra) pero que se afirma mucho más en un sonido evocador de días supuestamente felices.


Una segunda parte de la campaña se propone, de hecho, crear una lista de descargas con Let’s stick together (Bryan Ferry), We are family (Sister Sledge) y Stay by me (Annie Lennox), entre otras canciones, para ser bajadas sin costo por los usuarios que se sumen a la causa unionista. Mientras se les pide un trabajo patriótico, llamar a cada familiar o amigo escocés y convencerlo del “no”, estas canciones podrían terminar sedimentando en el futuro de la isla un imaginario sensible para amigos ausentes.


(1)    Si bien el independentismo escocés se remonta al siglo XIX su influencia en la opinión pública de las Highlands no se hizo sentir sino hasta fines del XX. Su brazo político es el Scotish National Party (SNP) que se alzó con la mayoría absoluta al interior del Parlamento escocés en las elecciones de 2011.
(2)    Frédéric Martel: Cultura Mainstream, cómo nacen los fenómenos de masas. Flanmarion, París, 2010.
(3)    Giles Smith: Lost in music. Picador, Londres-Nueva York, 1987.
(4)    http://www.theguardian.com/world/2008/jun/25/barackobama.uselections2008
(5)    Andy Warhol: Mi filosofía de A a B y de B a A (fábula). Tusquets, Barcelona, 1988.
(6)    Pop will eat itself: nombre de un grupo de rock industrial inglés de mediados de los 80.