Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2014

El síndrome de autodestrucción racinguista (o la nostalgia por el aguante)

12 / 09 / 2014 - Por Alejandro Wall

Un mártir es primero un ser de carne y hueso que le pone el cuerpo a la adversidad; después su imagen se eterniza como recuerdo de un contexto que ya fue. ¿No será hora de terminar con la autoflagelación del aguante racinguista, la distorsión de ser hincha de la hinchada, y disfrutar de construir un club a la altura de su presente favorable?

Hay una nostalgia en los hinchas de Racing, esa especie de relación kármica con el fútbol que se convirtió en una forma de autodestrucción. Si durante los treinta y cinco años de desgracias, que incluyeron un descenso y una quiebra, lo que añoramos fue el gol del Chango Cárdenas, esa película en blanco y negro que se nos repitió como un loop hasta resultar una pesadilla, ahora parecemos atrapados en los tiempos de la desdicha, los días en los que las únicas proezas ocurrían en la tribuna. Nos dedicamos a exaltar la resistencia, enfrascados en la idea de que somos perseguidos por la mala fortuna, que todo nos sale mal y que tenemos una vida de mierda pero que acá estamos, haciendo el aguante.
Soltemos eso de una vez.
Hubo un instante de nuestra vida reciente que nos puso frente al espejo de lo que tenemos que dejar de ser y fue la ovación a Ezequiel Videla después del tercer gol de Lanús. Nuestra ofrenda al esfuerzo, aunque se trate de un esfuerzo sin eficacia. Porque vamos a decirlo sin vueltas: Videla marcó mal. Acompañó a Silvio Romero en toda la carrera, pero nunca lo alcanzó. Recién se tiró a cortarlo adentro del área y falló en el intento. Cuando Romero pateó, si se fijan bien, Videla tampoco se levantó en el rebote que dio Sebastián Saja: miró todo desde el piso. Ah, pero lo que vale es transpirar la camiseta, correr por toda la cancha, poner huevo, mucho huevo, y esas cosas que decimos para generarnos héroes como Pablo Lugüercio.
No tengo nada contra Videla –menos contra Lugüercio- pero el ejemplo viene al pelo. Porque es la contracara de las puteadas que se comieron en este tiempo los pibes, los más chicos, los que salieron del predio Tita Mattiussi, los mejores cuadros futboleros que conseguimos en muchos años. Los putearon igual, sin piedad, como ahora algunos putean a Saja, el arquero que salvó a Racing de no haber tenido que jugar los últimos años por el ascenso o la promoción. El otro día, antes del partido contra Lanús, mientras entraba a la popular escuché a un hincha pedirle a otro que se pusieran justo detrás del arco para darle lija a Saja. “Al boludo de Saja”, dijo. Lo lamento por ellos y por el que no lo note -por el que se quede con los errores de los últimos partidos- pero Racing tiene suerte de tener a Saja. Y ya sabemos que no hay bandera que se muestre sin la autorización de la barra, por eso no hay banderas –salvo por las remeras de sus amigos y familiares- que pidan justicia por Nicolás Pacheco, asesinado en la sede de Villa del Parque, lo más grave que nos pasó en estos años y acaso lo que menos le importa a la mayoría.
Ahora que compartimos nuestros lamentos futboleros por guasap, mi amigo Bollino -también conocido como Matías Varela, corresponsal de Telesur en Buenos Aires- me mandó una nota de voz con un monólogo que es para imprimir en un volante y repartirlo en el Cilindro. Bollino no escribe en el guasap, manda audios, botellas al mar desde el smartphone a las que a veces hay que ponerle play con el volumen bajo. Bastó que yo le dijera lo mal que estaba con Racing para que Bollino me lanzara toda su catarsis:


Seguimos creyendo que estamos viviendo en una adversidad permanente y ya no hay más adversidades, Wall. Las adversidades las pasó otra generación, la tuya, la mía, las anteriores. Racing ya no tiene más adversidades que enfrentar, Racing ya está, Racing ya salió campeón en el 2001, no tiene más quiebra, es un club solvente en la medida en que lo supieran manejar. Vendió por quince millones de palos verdes, no entiendo en dónde está esa necesidad de sentirse permanentemente perseguidos para demostrar que en la adversidad somos fuertes y toda esa pelotudez, que en un momento sirvió pero que ya no sirve más porque ya pasó, ya pasó lo peor. Ya está, ¿entendés? No le enseñamos a las nuevas generaciones a comportarnos como un club que tiene todo para salir adelante, en un contexto histórico completamente a favor, con descensos de otros equipos grandes y con un pésimo fútbol local, y nosotros sacando jugadores de inferiores, una cosa insólita para Racing, que no pasaba desde hace treinta o cuarenta años, decime vos. La mentalidad del hincha de Racing, de los dirigentes de Racing, está cagada. Estoy re caliente.

Bollino tiene razón.Terminemos con la payada del equipo desgraciado y perseguido. Empecemos por ahí, por nosotros. Porque nos hace mal. Nos convierte en los pastorcitos mentirosos del fútbol argentino, compañeros, porque ya no nos creen. Antes de ser campeones les caíamos simpáticos a todos porque era cierto: porque nos habíamos ido a la B, porque habíamos quebrado, porque nos dijeron que habíamos dejado de existir, porque estuvimos más de ocho años manejados por una empresa y sin poder elegir un gobierno. Y fue cierto todo eso que cantamos, que resistimos el remate de la sede, y que llenamos la cancha cuando no jugamos, y que llenamos dos canchas un mismo día.
Ya está bien.
Después de ganarle a Arsenal, mientras caminábamos por Alsina, un hincha dijo más o menos en voz alta que antes esos partidos los perdíamos. ¿Cuándo sería ese antes? ¿Qué nos marca ese antes y ese después? Escuché mil veces esa frase saliendo de la cancha después de ganar un partido complicado. Nunca supe cuándo era el antes y qué era el después. Creo que hasta con Rodolfo Della Picca de técnico dijimos que antes lo perdíamos. Porque lo repetimos como repetimos desde hace décadas que no tenemos peso en la AFA. ¡No existe eso! Hagan la prueba boba y gugleen la frase “no tenemos peso en la afa”, así entrecomillada y van a tener más de cinco mil resultados y con todos los equipos, desde Boca hasta Vélez. Es imposible dejar de putear a los árbitros, lo sabemos, porque esas cosas están en el ADN del hincha, pero la victimización, además de ser un acto horrible, nos hace más vulnerables. Y nos hace ciegos, nos impide ver nuestros errores. Digamos que en los últimos partidos Racing fue perjudicado, demos por válido ese asunto que nos tiene tan mal. Pero también digamos que en los últimos tres años se fueron al descenso River e Independiente, y que San Lorenzo jugó la promoción. No parece un escenario tan desfavorable.
Pero necesitamos villanos para generarnos una supuesta fortaleza, para cantar más fuerte y saltar más alto. Entonces el villano un día es el árbitro y otro día es Hugo Moyano, que nos gasta después de ganar el clásico. Nos hizo un chiste, uh, qué ofensa, uh, qué barbaridad, oh, es el presidente del club, cómo va a hacer eso. ¿Y qué querían? Echamos humo negro y les apagamos las luces del Cilindro en un velorio institucional; les bailamos que te vas, te vas, te vas, con la complicidad de los altoparlantes del estadio, y les viralizamos al fantasma de la B. Salvo por el apagón y el humo negro, por el mal gusto de armar un velorio en tu cancha, el resto fue saldar cuentas con la historia. Todo bien, pero después hay que bancársela. Entre las mejores cosas que hizo Víctor Blanco en estos días, además de haber publicado las cifras oficiales del mercado de pases, está la de no haberse sumado a la comparsa del repudio y la indignación contra los árbitros y Moyano. Bien ahí.
Otro día el villano es el periodismo que contó sobre Cristian Bragarnik, el representante de Diego Cocca que enchufó jugadores en el equipo. Lo hacen todos los clubes, dijeron, lo hizo Carlos Bianchi con su hijo, lo hace Bragarnik en Independiente, y en Godoy Cruz, y en Defensa y Justicia, pero les gusta hablar mal de Racing. Hasta que Racing perdió con Independiente y entonces se acordaron de Bragarnik y de Cocca. Esas volteretas son históricas y vienen de lejos: haber sido campeones hizo que muchos silenciaran las críticas al gerenciamiento, las cuales volvieron a aparecer apenas nos alejamos del título. Ahí sí empezó toda la cancha a cantar que Racing es mi vida y no la empresa de Marín.
Lo de Bragarnik nunca debió pasar y los primeros que debieron haberlo evitado fueron los dirigentes. Tenés a Diego Milito otra vez, aprovechalo: revisá los refuerzos, fijate que no te vuelvas a equivocar, chequeá que estén a la altura y que no tengan que llevar un estigma en cada partido. Y es una pena por Cocca, porque no lo creo enganchado en un negocio, pero actuó con torpeza, hizo un movimiento que va a tener que explicar siempre. Es posible también que haya actuado con torpeza antes del clásico. Ahora, ponele que no lo tenés que decir, ponele que él es el técnico y tiene que tener más cuidado, ponele que ahora que lo perdimos suena todo más doloroso, pero ponele todo eso, yo también prefiero pelear el campeonato a ganar el clásico. ¿Y qué?
Si nos sentamos y lo charlamos, la mayoría lo prefiere porque lo contrario es una mente provinciana, un asunto de aldea que deberíamos resolver en una semana pero que lo terminamos convirtiendo en nuestro Vietnam. Ya estaba todo mal, ya habíamos perdido, pero nos juntamos en la cancha para echarnos limón en la herida. Fue la fase superior de un plan perfecto de autoboicot que en los últimos años incluyó la guerra de guerrillas del presidente y el vicepresidente, el apriete de la barra a Gio Moreno, el fierro de Teo Gutiérrez en el vestuario y su raje posterior, la gestión de cinco partidos de Carlos Ischia, los despidos a técnicos como eyaculaciones precoces, y otros varios capítulos menores. Y si estos son días de rosca política tampoco es para escandalizarse: un club con política es un club con vida; con agrupaciones que debaten, con socios comprometidos y con oportunistas, con impresentables y con laburantes. Habrá de todo pero siempre será mejor que te gobierne un socio que eligieron otros socios a que te maneje una empresa. Lo único que queda es saber votar en diciembre.
-La de Racing es la mejor hinchada los días del partido, pero en la semana es la peor. No le importa nada. Quiere ganar, quiere que entre la pelotita. Siempre fuimos así. No defendemos al club. Por eso nos chorearon como nos chorearon. Porque hicimos el tres por ciento de lo que debimos hacer. Y no alcanzó –me dijo una vez Marcelo Stone, uno de los fundadores de los Racing Stones.
Marcelo fue parte de la resistencia, como tantos otros, parte de una generación de hinchas que se bancó el descenso, la quiebra, los años sin título, los destéfanos, los oteros, los lalines, y la empresa. La que construyó con esfuerzo y dedicación el predio del que salieron los mejores jugadores de Racing de los últimos años. Aprendamos de eso, aprendamos a construir un club. Esa generación de hinchas, como dice Bollino, fue la que vivió la adversidad y la que supo salir adelante. Nuestros dramas, dice Bollino, se terminaron el día que huyó Fernando De Tomasso, el día que se fue Blanquiceleste. Para mí, aunque después quedara echar a la empresa, se habían terminado con el título: la tarde del 27 de diciembre de 2001 debió marcar el final de la resistencia. Pero seguimos en la misma, le dimos para adelante con la nostalgia del aguante, con nuestro cancionero del desgraciado fiel, y no nos dimos cuenta de que ya todo había terminado, que éramos como el japonés que treinta años después del final de la Segunda Guerra seguía escondido en la selva esperando las órdenes del emperador Hirohito.
Ahí mismo, el día de las dos canchas, tendríamos que habernos reinventado, bajarle el telón al aguante, romper la letra del aunque ganes o pierdas, y hacer que nuestros hijos sean mejores hinchas, contándoles nuestra historia pero sin trasladarles nuestras frustraciones y prejuicios. Dejemos la melancolía por ese pasado de tres décadas y media, ese regocijo perverso con la derrota. Ya no va a volver Mostaza a defendernos con su filosofía zen del paso a paso –¡rompimos el juguete dos veces!- aunque la estatua nos recuerde los días en que fuimos felices. Podemos decirles a nuestros hijos cómo hicimos para atravesar el desierto, que lo sepan todo, que lo tomen como un legado, pero aclararles que por suerte ellos no van a tener que encadenarse a la sede, ir a la cancha un domingo sin que el equipo juegue, o hacer marchas a lo del juez Gorostegui. Pidámosle que de una vez por todas dejen de lado el hinchismo, la distorsión de ser hinchas de la hinchada, antes de que otra vez nos empiecen a cantar el feliz cumpleaños, como me dijo Flavio Nardini por Twitter el otro día. Quizá estemos a tiempo de hacerles entender que ellos y nosotros también podemos dedicarnos a disfrutar. A hacer un club. A que los asesinos de Nicolás vayan presos y que nunca más pase algo así en nuestra sede. Es cuestión de intentarlo.