Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2012

La web como hombre lobo contemporáneo de la lengua

23 / 09 / 2012 - Por Juan Terranova

¿Cómo afectó Internet a la lengua? ¿Realmente modificó el sistema regidor de los sistemas de signos? Para el escritor y crítico Juan Terranova (Buenos Aires, 1975) la respuesta es sí: algo importante pasó (y está, y seguirá sucediendo) con la lengua y la web. Y este artículo intenta dilucidar alguna de esas novedades.

Empiezo con un cita del crítico de rock Simon Reynolds, extraída de su libro Después del rock. El fragmento pone en escena una situación clásica del periodismo especializado. Reynolds escribe: "A fines del año pasado, mientras se acercaba el tiempo del balance anual, me encontré preguntándome: ¿qué demonios van a inventar para el 2007? Quiero decir, ¿realmente pasó algo? Hmmmmm… Estuvo la estrategia de Radiohead para vender su último disco directamente a los fans a través de una descarga del tipo paga-lo-que-te-parece-que-vale. Pero eso significó un avance en términos de distribución, y no sumergirse en nuevos y desafiantes universos sonoros (de hecho, In Rainbows no podría haber sido más de lo mismo, más dejá entendu).

La cita me interesa menos por su capacidad para hablar del estado de la música o apreciar el nuevo desempeño de Radiohead que por el planteo de oposición que realiza entre “avance en términos de distribución” y esos pretendidos “nuevos y desafiantes universos sonoros”. Los términos, que Reynolds enfrenta, se proponen subrayados por una pregunta burda, de corte oral, que bien podría ser nuestro humilde punto de partida en este artículo: “¿Realmente pasó algo?”. La distancia escéptica que adopta el critico suena aparatosa. Una respuesta, tan típica como la pregunta, heredera de los malabares deconstructivistas, podría ser “siempre pasa algo”. (“Y si pensás que no pasa nada, es porque no lo estás percibiendo” sería la adenda coloquial.)

Más allá de este juego de retórico, ¿por qué Reynolds, un crítico esmerado, dictamina que la libertad de acceso que trajo la web no modifica “la música” sino apenas “su distribución”? ¿Es posible diferenciar con tanta eficiencia crítica esas entidades? Reformulando ahora la pregunta, iniciemos nuestro cuestionario: ¿Realmente pasó algo con la lengua y la web? ¿Realmente la web modifica al sistema regidor de los sistemas de signos? (Al repetir el adverbio se comprende hasta que punto es Reynolds un atolondrado.) Con sus matices, problemas y rebarbas, la respuesta es afirmativa. Algo pasó con la lengua y la web. Si este artículo necesita comenzar tan atrás, hacerse la pregunta desde su mismo origen, esto se debe a que el estado de la cuestión, sin consenso, se presenta tironeado por conservadurismos y opacidades varias. Cualquier intento de explicar qué fue lo que pasó con la interacción de la lengua y la web nos excede y al mismo tiempo nos convoca. Primera precisión necesaria y piedra de toque de todos los avances sobre el tema: no se trata de aportar argumentos a qué pasó con la lengua cuando apareció Internet en su horizonte de sentido sino, más bien, que es lo que está pasando.

2. Eficiencia comunicativa y cuarta revolución industrial

Desde principios de los años ochenta, teóricos de la lectura casi masivos como Roger Chartier vienen insistiendo en que la producción material incide de forma determinante sobre la producción del significado y que la organización física de un “contenido” condiciona su recepción y lectura. Karin Littau en su Teorías de la lectura es eficiente cuando dice que la tecnología –en este caso algo tan anacrónico y obsoleto como la máquina de escribir– “no es un aparato neutral ni un medio transparente sino que tiene efectos físicos sobre nosotros y no sólo modifica nuestro modo de escribir sino nuestro modo de crear”. La pregunta de Reynolds, en la medida en que no entiende a los cambios en la distribución como productores y transformadores de sentido, se presenta ociosa y ciega. (Recuerdo que Heiddeger escribió un suelto contra la máquina de escribir. Supongo que lo escribió a mano. Luego, me encuentro en la necesidad de señalar, un poco obscenamente, que Reynolds no es Heidegger.)

¿Por dónde empezar a buscar, entonces, esas fluctuaciones, esos prometidos cambios? Para muchas entidades alfabetizadas de la clase media argentina educadas a la sombra castrense del conocimiento –bachilleres, taxistas, maestras normales–, la ortografía y el vocabulario resultan los puntos sensibles del edificio del idioma. Celadores irredentos, estos brutos conceptualizadores podrían discursear largamente –un viaje entre Retiro y Flores, una hora de radio AM, toda su vida desde el nacimiento al deceso– sobre la pérdida dolosa de incorporar palabras como “software” y “mail” a las expresiones de uso ordinario y, desde luego, la corrupción a la que es sometido el idioma. Pero nosotros sabemos que ironizar a la RAE es tan propio de oligofrénicos como tenerla de autoridad última.

No ahondaremos en estos gestos de conocida infertilidad. Pensar las modificaciones en nuestra sintaxis –entendiéndola de una manera no escolástica, ligada más a su propiedad de ritmo y duración antes que a su “correcta” formulación– resultaría más productivo, menos errado. Hay otros, muchos, acercamientos posibles. Algunos, concernientes a los nuevos géneros de la web, los trabajé en un artículo que, abusando tanto de la yuxtaposición como de los conceptos, titulé Internet y literatura. También se podría citar aquí el excelente conjunto de ensayos de Nicolás Mavrakis #Findelperiodismo y otras autopsias de la morgue digital, de descarga gratuita (ver aparte).

Desglosemos aquí, bajo peligro de ser redundantes, algunas cuestiones generales. La web, esto ya sí me parece innegable, trae una era de acceso. El acceso genera esa cálida sensación de arrobamiento narcisista que el Homo sapiens ha designado con el nombre de “democracia”. William Burroughs, lúcido, sentenció que el cáncer de la democracia era la burocracia. El anudamiento de dos sistemas pesados de la filosofía política con el nombre de un enfermedad no debe ser tomado a la ligera. (Burroughs habría resultado más exacto diciendo que la burocracia es un cáncer inevitable. Finalmente fueron los Estados no democráticos del siglo XX los que se derrumbaron presionados por sus muchas oficinas parasitarias. La aseveración habría sido, no obstante, menos lírica.)

Retomo. Con el acceso, la democratización; con la democratización, una serie de efectos secundarios y a la vez relevantes. En otra ocasión hablé de la desjerarquización de la lengua en la web. Sería fácil enhebrar conceptos. Desjerarquización, caos, contaminación, engrudo. Pero también eficiencia comunicativa y cuarta revolución industrial. La fruta jugosa y su cáscara incomible, llena de espinas lacerantes. Nos interesa comunicarnos pero con la comunicación llegan los cuestionamientos y la ansiedad. Nos complace bajar música gratis y series de TV sin pagar pero con esas prácticas se pierden oportunidades de lucro. Así, toda teorización se vuelve muy compleja, muy rápido y enseguida parece obsoleta. (Mavrakis señala esto con especial capacidad crítica ya desde el título mismo de su libro.)

Para no naufragar en el abismal océano contemporáneo de la comunicación digital propongo triangular aquí la encrucijada de lengua en la web con el dinero. Y enseguida cito una conocida frase del Dr. Samuel Johnson: "No man but a blockhead ever wrote except for money”, cuya traducción piadosa sería: “Sólo un zoquete escribe sin que haya dinero de por medio”. La sentencia nos alcanza a través de los siglos y nos tipifica, sobre todo a los que alguna vez –somos muchos, millones, de hecho– hemos caído en la pulsión comunicativa de echar nuestros fragmentos, nuestras opiniones, nuestras excrecencias egocéntricas a la web, sostenidas y presentadas en forma de posteos en blogs, tuits, comments, epígrafes de fotos, enfáticas recomendaciones, oprobiosas defensas, siniestros ataques, y demás géneros y subgéneros, no necesariamente epigramáticos, de los conocidos soportes digitales. Que el dinero haya dejado de regular y atravesar la publicación y la extensión del “periodismo”, gran sinécdoque de la literatura y la lengua misma, es síntoma de nuestra época. (También lo son las acusaciones, celebraciones y lamentos que rodean este hecho.)

Como apostilla estética se podría decir que la idea del continuo que practica César Aira en sus narraciones debe ser leída de una manera en el marco de los años noventa, donde lo más cerca que se estaba de ese continuo era la televisión por cable, a esta porción del siglo XXI cuando el continuo tiene una expresión escritural en cada pantalla conectada a Internet. “Yo no corrijo” decía Aira con arrogancia. ¿Es eso hoy una excepción?

Antes, en algún momento del siglo XX, el periodista contaba con paciencia artesanal las palabras de su artículo y muchas veces recibía a cambio, incluso cuando se ajustaba a la premisa de su editor, un cercenamiento que lo sumía en la indignación masoquista. ¿Quién no escuchó la anécdota del artículo truncado? En la web, los problemas de espacio no funcionan de esa manera. Hay derroche de lugar, medidas según los temperamentos y estilo autorregulatorio que a veces no funciona. (¿O no escribiría de otra manera el crítico alucinado formerly known as Quintín, no sería otro tipo de autor, menos verboso, menos visceral, más sosegado, más pudoroso, si tuviera que contar y administrar sus caracteres? Otro ejemplo, diferente, es Carlos Busqued. Su excelente y hasta el momento única novela, Bajo este sol tremendo, puede ser leída como una obra periférica que sirve para la consagración de su ambicioso proyecto actual, su cuenta de Twitter, escritura que construye con dedicación, día a día, en un work in progress del ocio genial.) La web, lo dije en otra parte, nos da infinitas posibilidades de comunicación. No es de extrañar que usemos una buena parte de esa libertad para injuriarnos y condenarnos con dedicación.

3. Lengua y mercado persa

En algún momento entre el 2007 y el 2008 –mientras Reynolds se preguntaba si había pasado algo– dos personas se encontraron por primera vez gracias a Facebook en algún lugar público (verosímilmente un bar). Se estudiaron, se aceptaron y luego fornicaron. Tiempo después, otras personas hicieron lo mismo y llevaron la fornicación a la santidad del matrimonio. Mientras tanto, transacciones comerciales que evitaban la comisión de Mercado Libre y otras plataformas de venta web florecieron en las redes sociales. Se dieron las primeras discusiones políticas, se escribieron las primeras chicanas, se insultó y se militó por causas elogiables o dudosas. Se fundó una policía, moral y represiva, que impide ciertas actividades no del todo bien legisladas. ¿Cómo podría la lengua, primer insumo de nuestra comunicación digital, atravesar este mercado persa, esta plaza pública, y no sufrir abolladuras, rectificaciones, pérdidas y ganancias?

4. El futuro como enigma seductor

Mientras el pathosformel del vampiro y el también muy ecuménico dibujo plástico del zombie gozan de una buena y reeditada vida en la producción simbólica contemporánea, el melancólico personaje del hombre lobo aparece devaluado y sólo asoma arrastrado por sus antiguos compañeros de andanzas. Sobran referentes para volver a narrar historias de vampiros y zombies (o mejor dicho no dejar de narrarlas). Al día de hoy, los protestantes del norte revalidan sus títulos de sacamantecas y chupasangres en una Europa lerda para levantarse de un grave problema financiero. Y todos los días nos merodean seres putrefactos que perdieron la conciencia. Vulnerables en solitario, temibles en grupo, se mueven listos para atacarnos en masa y desgarrar nuestra carne cuando demos un paso en falso. Nuestras actualizadas paranoias que no contemplan al velludo séptimo hijo varón. El miedo a los hombres lobo perdió vigencia. ¿Quién conserva recuerdos de los villorrios de corte medieval que temen al invierno? ¿Dónde perduran imágenes de manadas hambrientas saliendo de los bosques para atacar campesinos indefensos? El lobo como fiera se extingue y se ausenta de nuestro imaginario colectivo. De hecho, en nuestro mundo actual es más fácil ser atacado por un auto que por un lobo. (En la Argentina, una nación sin producción autóctona de esa fauna, “el emperrado”, sincretismo fallido, es todavía más ridículo.)

Pese a todo, la oscuridad de la noche guarda algo de su poder. La fiera, enjaulada, nos mira con odio a través de los barrotes. Y tanto ella como nosotros sabemos que el llamado de la vida salvaje existe dentro de la modernidad y puede emerger recrudecido incluso de la mano de la más positiva de las tecnologías. Si el hombre lobo encarna el ritornello benjaminiano de que “todo documento de cultura es un documento de barbarie”, con excursos a Jekyll y Hide, Batman y otras versiones fantásticas de pliegues, doblecaras y personalidades ocultas, la web mantiene y reedita esa tensión. ¿Su primera doncella ingenua es la lengua? ¿O Internet encarna la luna llena, alarmante y predecible, que se levanta y transforma nuestros idiomas en cruda amenaza para Guelfos y Guibelinos? Desjerarquizadora, mutante, pero al mismo tiempo rutinaria, habitual, parte indisociable de nuestra vida, la web puede mordernos, dañarnos, neurotizarnos, comprometernos, psicotizarnos. ¿Quién logra hoy pensarse a sí mismo sin mails, sin mensajes de texto, sin sistemas operativos? Incluso en las zonas donde el Estado se ausenta hay antenas de transmisión y conexión a telefonía celular. Y la tecnología, que modifica nuestra manera de escribir y hablar –y por lo tanto nuestra manera de pensar y de ser–, ya no asusta ni a los viejos, ni a las mujeres, ni a los niños. Pero al mismo tiempo percibimos que está lejos de ser inofensiva. Hay cosas que se mueven por atrás. La web es hoy el hombre lobo contemporáneo de la lengua. Un animal domesticado que puede cambiar, que de forma potencial alberga sorpresas terribles. Así y todo el futuro solo tiene forma de atolladero para los que se dejan avanzar por la angustia de la incertidumbre. Para aquellos que lo ven como un enigma seductor no hace más que ofrecer atractivas posibilidades de cambio. Pase lo que pase, el siglo XXI alberga ya intensas transformaciones, visibles lejos de la asfixiante moralidad estática de los restos del siglo XX.