Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2014

Martín Buber, un sionista desgarrado

27 / 09 / 2014 - Por Ariel Hendler

La tierra de Israel alojó también otro sueño, no de soberbia imperialista, no de opresiones de otros pueblos, sino de convivencia pacífica y productiva de trabajadores hermanados más allá de sus diferencias religiosas. Donde esas diferencias, en vez de igualarse en el espejo de la agresión al otro, nutrieran la construcción de un espacio político inclusivo. Ese sueño, atesorado en la palabra de Martín Buber, aún aguarda su oportunidad.

Que muchas de las calamidades que ocurren hoy en día en Medio Oriente habían sido al menos previstas por algunos de los sionistas más lúcidos lo prueba el hecho de que durante el 12º Congreso Sionista celebrado en Karlsbad, en 1921, el filósofo judío y vienés Martin Buber, de 43 años, se vio obligado a aclarar un punto que, al parecer, no era tan obvio para todos los presentes: “No es para desplazar o dominar a otro pueblo que nos estamos esforzando en retornar al país con el cual estamos ligados espiritual e históricamente en forma imperecedera, y cuyo suelo, habitado espaciosamente, ofrece suficiente lugar para que nosotros vivamos y también las tribus arraigadas hoy en día en él”. Un profeta en el desierto, podría decirse más que literalmente.
Revisar la historia de este malentendido trágico desde el punto de vista de un visionario como Martín Buber tiene la utilidad adicional de iluminar los ideales de los sionistas mejor intencionados –el ala izquierda del movimiento– para entender hasta qué punto los acontecimientos se desmadraron hasta terminar en el estado de guerra cuasi permanente que caracteriza hoy al conflicto árabe israelí. Por lo pronto, en el discurso citado, el filósofo se ocupó de señalar los peligros del nacionalismo, destacando que, en su aspecto positivo, éste “viene a remediar las carencias básicas de la vida nacional: de unidad, de libertad, de base territorial”; pero que, cuando traspone cierto límite, “es atrapado y cae en la trampa de la soberbia, lo cual es un signo patológico, y entonces se vuelve opresor de otros pueblos”. Lo llamativo es que haya llamado la atención sobre este peligro en un momento tan prematuro: la prehistoria del estado de Israel.
Para la época en que Buber pronunció estas palabras, en la tierra de Israel –tal como la llamaban los sionistas antes de la creación del Estado– ya se había instalado una voluntariosa avanzada de jóvenes pioneros que se dedicaban a preparar el terreno , dicho otra vez literalmente, para las futuras oleadas de inmigrantes. Fertilizaban el suelo árido y construían rutas y viviendas para empezar a hacer realidad el sueño del país propio en la Palestina que por entonces se hallaba bajo el mandato británico. Pero al mismo tiempo se preocupaba  por aclarar, en el mismo discurso citado, que la “colonización sionista no persigue la explotación capitalista de un territorio ni sirve a ningún designio imperialista en la región”.
En un escrito muy posterior, La revolución en la vida del pueblo, de 1939, precisó retroactivamente el alcance del antipático término “colonización” cuando esta ya era un hecho consumado: “Nuestros colonos no llegan como los de los países occidentales para hacer trabajar a los nativos por ellos, sino que se empeñan ellos mismos, su fuerza y su sangre, para trocar en fértil el país por medio de un tremendo esfuerzo humano, en condiciones políticas adversas y con un presupuesto muy reducido”. Ese era el ideal al que se había volcado una parte importante de la juventud judía de todo el mundo, los llamados pioneros, que abandonaban en muchos casos la comodidad de sus países de origen, de los que no necesariamente precisaban huir.
En numerosas oportunidades, Buber se deshizo en elogios hacia estos pioneros, a los que llamó “el ejemplo más llamativo del nuevo tipo judío, que quiere dedicar todo su ser al trabajo físico porque desea participar como trabajador y sólo en esa forma, no como alguien que explote el trabajo de los demás”. Quizás, como buen socialista de su época, debía confiar en que los trabajadores de todo el planeta, incluidos los árabes palestinos, iban a abrazar los ideales de la revolución. Eso hermanaba a priori a todos los que vivían por sus manos, más allá de nacionalidades y religiones: “En el carácter social de nuestra meta nacional subyace nuestra confianza de desarrollar entre nosotros y las masas trabajadoras árabes una solidaridad profunda y duradera”, aseguró en su Propuesta sobre el tema árabe en Palestina (1921), también leída en el encuentro de Karlsbad.
Desde muy joven, Buber se había distanciado del fundador histórico del movimiento sionista, Teodoro Herzl, por entender que éste orientaba sus esfuerzos hacia la diplomacia y la macropolítica, es decir, a buscar acuerdos con las potencias para que apoyaran la creación de un Estado judío en Palestina. En cambio, él se sintió atraído por el abordaje “intra-nacional” o micropolítico, germen de lo que se dio en llamar también sionismo “realizador”, que se esforzaba por crear un hecho consumado, fundar una comunidad realmente existente en el territorio y recién después ocuparse del derecho internacional. Esta atención a la realidad concreta y cotidiana de la labor pionera lo llevó a decir que una de las tareas a resolver por el sionismo se refería precisamente a la “responsabilidad que tenemos respecto a este pueblo del que nos hemos hecho vecinos y a cuyo destino nos hemos asociado en muchos aspectos” (El estado nacional y la política nacional en la tierra de Israel, 1928).
Se trataba también –y es un dato esencial– de fundar el derecho a la tierra sobre bases materiales, con una argumentación casi socialista: Buber sostenía que el sionismo había llevado adelante la tarea de domesticación del territorio: “Después de miles de años en los que el país fue un desierto solitario, lo convertimos en un país poblado gracias al trabajo de decenas de años”. Algo así como reclamar la tierra para el que la trabaja, concepto básico de la reforma agraria, pero que en ese caso aludía sobre todo al polémico eslogan sionista de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, como si realmente Palestina hubiese estado vacía antes de su llegada. De todas formas, aclaraba más adelante: “Los problemas de nuestra colonización comprenden la vida de los pobladores árabes del país, a quienes no podemos expulsar, y por lo tanto debemos incluirlos en nuestra empresa”.
Lo cierto es que el filósofo del diálogo, el autor de Yo y tú (su texto filosófico más conocido, publicado en 1923), todavía rebosaba de optimismo a principios de la década del 20, al augurar la armonía que debía reinar entre los colonos sionistas y los pobladores árabes de la tierra de Israel, a quienes invitaba a “salvar todas las diferencias producidas por confusiones momentáneas en nuestras relaciones”. Sin embargo, esta “confusión momentánea”, como él la llamaba, o no tan momentánea, como iba a quedar demostrado, ya había dejado una huella de sangre difícil de borrar en la relación entre ambos pueblos, y tenía un nombre propio: el Pogrom de Jerusalén, en el que una multitud árabe supuestamente incentivada por sus “efendi” –dirigentes, señores feudales y líderes religiosos– atacó a la población judía jerosolimitana causando más de diez muertes y más de doscientos heridos.
Aunque no existían aún los términos “palomas” y “halcones”, de inmediato quedaron bien en claro las distintas actitudes en respuesta ante esta agresión. Muchos colonos judíos, seguramente la mayoría, comenzaron a organizar sus primeras milicias irregulares de autodefensa: la Haganá. Buber, en cambio, argumentó que las masas árabes estaban siendo manipuladas y desviadas de sus objetivos de clase mediante odiosas consignas nacionalistas. Pero también, alarmado por la violencia desatada, elaboró una serie de argumentaciones a las cuales volvió una y otra vez para explicar lo que se veía venir. “No hay vida sin injusticia, todo ser vivo se alimenta de otros y pasa a ocupar su espacio –decía una de ellas–. Pero lo humano comienza cuando nos decimos: no cometeremos más injusticia al prójimo que aquella a la que estamos obligados para mantener nuestra mínima existencia”, aclaró en un discurso pronunciado en Berlín en  1928, bajo el título El estado nacional y la política en la tierra de Israel.
También admitió en esa ocasión que el derecho que, a su criterio, el pueblo judío poseía sobre la tierra de Israel no debía confundirse con el mero hecho de haber vivido allí antes que algunos pueblos, ya que también había otros que lo habían antecedido, como el caso de las primitivas tribus canaanitas. La explicación más completa de este derecho la brindó una década más tarde, en una célebre –y no muy amistosa– carta al Mahatma Gandhi, fechada en 1939. Allí, Buber aclaró definitivamente que la emigración a la tierra de Israel era una misión “supranacional que buscaba la realización plena en una sociedad que, de acuerdo a las enseñanzas bíblicas, se basara en la posesión colectiva del suelo, la equiparación “a intervalos regulares” de las diferencias sociales, la libertad individual unida a la ayuda mutua, el descanso sabático para seres humanos y animales, y el año sabático para la tierra”. Pero también le advertía al libertador indio, que cuestionaba las credenciales sionistas: “No abrimos La Biblia en busca de una justificación, sino que, al contrario, advertimos cómo las promesas del retorno y la reconstrucción siguen brindando su impulso a las generaciones presentes”.
Para entonces, se multiplicaban las revueltas de los árabes contra los colonos judíos que parecían disputarles el espacio. Aunque estas reacciones no habían conseguido evitar el aumento de la inmigración ni la expansión de sus tierras bajo la forma de granjas agrícolas, Buber advirtió ya en 1928 que la armonía entre ambos pueblos ya se vislumbraba como difícil o directamente imposible. Cultor del diálogo y del respeto por el prójimo, Buber parecía tener una opinión no del todo favorable sobre la población árabe, pero igual se mostraba compresivo, tal como expresó en su discurso en Berlín: “Hay muchas cosas de los árabes de la tierra de Israel que no nos placen, pero no hemos de desconocer que su ligazón con el país revistió para ellos una forma vital e incluso vegetativa, algo que a nosotros nos llevará aún algún tiempo”, admitía. Decía respetar su sentido de la hospitalidad con los viajeros, costumbre que remitía a los tiempos bíblicos, pero, por sobre todo, postulaba que se debía juzgar a otro pueblo “de la misma manera que queremos que éste nos juzgue a nosotros, no de acuerdo a sus actos de bajeza sino por sus actos de grandeza”.
Sin embargo, era consciente de que la realidad era muy distinta: “Ya no podemos regresar al estado de residir uno al lado del otro, aunque todavía está abierta la posibilidad de convivencia. Lo que ignoro es hasta cuándo dispondremos de esa posibilidad; pero sé que, de no llegar a ello, no llegaremos jamás a la meta de nuestras aspiraciones”, concluía amargamente en ese discurso. Esa posibilidad tenía los días contados. Si incluso a él le quedaban pocas esperanzas, la llamada Matanza de Hebrón en agosto 1929, a la que le siguió poco después la de Safed, las enterró definitivamente. Entre ambas dejaron un saldo 133 judíos y 116 árabes muertos, y las consecuencias de esas jornadas fueron irreversibles. A partir de entonces la Haganá se convirtió en una poderosa organización armada de autodefensa de los asentamientos judíos, germen de la Tzahal, el futuro ejército israelí. 
Martín Buber emigró a la tierra de Israel recién en 1938, un año antes del comienzo de la guerra mundial, imposibilitado por la legislación nazi de ejercer la docencia universitaria en Alemania, país en el que había estudiado y donde vivía. Desde entonces, todos sus testimonios y opiniones sobre la realidad sionista son de primerísima mano, tal como lo relató en una conferencia que brindó en 1958 en Nueva York: “Nuestro trabajo de colonización se vio invadido por las consecuencias del acontecimiento más espantoso de la historia moderna (la shoah). Las perseguidas y atormentadas masas se amontonaron en Palestina”. La inmigración masiva, producto de la shoah, cambió completamente los parámetros de la población judía: “Para los pioneros, ningún sacrificio era demasiado grande; en cambio ellos vieron en esta tierra sólo seguridad y resguardo. Llegaron las masas, y con ellas la necesidad de seguridad política”.
Por esos años, Martín Buber apoyaba públicamente la creación de un Estado binacional judeo-árabe con autonomía cultural y política para ambos pueblos: el ideal por el que más luchó y debatió. Pero la mayoría del movimiento sionista, encabezada entonces por David Ben Gurión, había aprobado el Programa de Baltimore, en el que se reclamaba la creación de un solo Estado, el judío. Buber criticó duramente esa postura: “Lo que necesitamos es una carta magna que incorpore el postulado ineludible de la salvación del pueblo judío, y no un Estado judío, porque cualquier Estado nacional dentro de una vasta región hostil que lo rodea significaría un suicidio nacional premeditado”, escribió en un documento de 1947, titulado El camino binacional hacia el sionismo. Ben Gurión aceptó más tarde la partición aprobada ese mismo año por las Naciones Unidas, demostrando que su criterio era más bien el de un hábil negociador: pedir cien para obtener cincuenta.
Pero, para Buber, la “desdichada partición de Palestina” era justamente la peor solución, tal como lo explicó en su conferencia de 1958: “La grieta entre los dos países se rajó extensamente, la guerra ardió. Todo procedió entonces con una consistencia lógica que horrorizaba, y al mismo tiempo con un sinsentido espantoso Aconteció un día que, fuera de toda conducta corriente de la guerra, una pandilla de judíos armados cayó sobre una aldea árabe y la destruyó. A menudo, en tiempos anteriores, hordas árabes habían cometido atrocidades de este tipo, y mi corazón sangraba por el sacrificio que esto significaba; pero aquello fue una cuestión nuestra, era mi propio crimen, un crimen de los judíos en contra del espíritu”. Se refería a la masacre en la aldea árabe de Deir Yassin, perpetrada en abril de 1948 por las bandas paramilitares Irgún y Leji, comandadas respectivamente por los futuros primeros ministros Menahem Beguin e Isaac Shamir. Ambas actuaban, según la versión oficial, al margen de las fuerzas regulares israelíes; pero el razonamiento buberiano debería servir como ejemplo luminoso para todos aquellos que buscan en los pecados ajenos la absolución por los propios.
A pesar de todo, el filósofo no escondía el bulto y, como los profetas, eligió quedarse en Israel para alzar allí mismo su voz crítica y a contramano: “He aceptado como mío al estado de Israel y la forma de la nueva comunidad judía que ha surgido de la guerra –explicó diez años después de los hechos–. El mandato de servir al espíritu debe lograrse ahora, por nosotros, en este Estado, partiendo desde aquí. Pero el que sirva verdaderamente al espíritu debe buscar cumplir lo que aún no se ha hecho. Debe buscar un camino hacia la comunicación con los pueblos árabes. No puede haber una paz entre árabes y judíos que sea sólo un cese de fuego: sólo puede haber una paz de cooperación genuina”.
Retroactivamente, también fue capaz de admitir errores graves de apreciación: “Durante la etapa de colonización de la tierra, que de hecho fue igual a una conquista pero por medios pacíficos, ni los mejores de nosotros conservaban la esperanza de mantenerse inmaculados y sin culpa en esta guerra por nuestra supervivencia nacional. En tanto que estábamos asegurando un lugar para las futuras generaciones, reducíamos el espacio para la futura generación de árabes”, confesó en una entrevista con fecha incierta.
Falleció en 1965 en Jerusalén, dos años antes de la guerra de los seis días, que, a pesar del declamado propósito de los gobernantes de los países árabes de “echar a los judíos al mar”, culminó con la ocupación por parte de Israel de los territorios de Cisjordania y Gaza, destinados a los palestinos árabes según el plan de partición de la ONU. Sin embargo, el drama de los desplazamientos de población palestina a causa de la guerra de 1948 ya le había hecho prever una situación similar: “Para nosotros era obligatorio buscar el máximo de justicia compatible con las exigencias de nuestra vida, pero cuando ese momento había pasado y no se había hecho nada, esa inacción nos condujo al problema de los refugiados, y a un aumento enorme de nuestra objetiva culpabilidad”.
Un nudo en la garganta que persiste hasta hoy. De hecho, Martin Buber, que toda su vida luchó por el reconocimiento y el entendimiento entre los hombres, ya había experimentado como un desgarramiento interior la partición de la tierra de Israel en dos mitades irreconciliables.