Tema del Mes

OCTUBRE 2014

Hecha la trampa, hecha la ley

04 / 10 / 2014 - Por Valeria González

Vandana Shiva (Dehradun, 1952) es una protagonista de la resistencia ecofeminista. Aboga por la biodiversidad como medio fundamental de la soberanía alimentaria y cultural. Impulsa a las comunidades agricultoras a preservar sus semillas y sus conocimientos milenarios, negándose a obedecer las leyes internacionales de comercio o a someterse al mercado global. En su página web nos recibe un verso: Has hecho todo lo posible para enterrarme/ Pero has olvidado que soy una semilla.

The Corporate Control of Life (El control corporativo de la vida) es el nombre del texto con el que Vandana Shiva se sumó a los 100 documentos que compusieron el horizonte conceptual, ético y político de la última Documenta, que tuvo lugar en la ciudad de Kassel en 2012. La autora desnuda la falsedad conceptual que subyace a los derechos de propiedad intelectual otorgados sobre organismos vivos a las grandes corporaciones, su vinculación directa con los mecanismos de dominio de los capitales trasnacionales, y su efecto devastador sobre las poblaciones del Tercer Mundo y la ecología del planeta. Asimismo, refiere algunas victorias significativas de los movimientos de resistencia colectiva contra esos monopolios en la India, su tierra. Sintetizamos aquí, en español, sus reflexiones.


La primera patente o derecho de propiedad sobre la vida fue otorgada en 1971 a General Electric para una bacteria producto de un procedimiento de ingeniería genética. Ananda Mohan Chakrabarty  tomó plásmidos de tres tipos de bacterias y los trasplantó en una cuarta. En sus propias palabras: “yo simplemente mezclé genes, modificando bacterias que ya existían”. Sin embargo, la patente fue otorgada bajo el argumento de que el microorganismo no era un producto de la naturaleza sino su invento y, en consecuencia, patentable. Sobre bases tan resbaladizas-y a pesar de que la ley norteamericana impide patentar plantas y animales- surgió el primer precedente, y desde entonces Estados Unidos se ha apurado para otorgar patentes sobre una enorme variedad de formas vivas.
Su bacteria vive y se reproduce según las fuerzas que gobiernan toda vida celular. Avances recientes en la recombinación de DNI permiten la manipulación bioquímica más directa de genes, pero éstos también son sólo modulaciones de procesos biológicos. Estamos incalculablemente lejos de ser capaces de crear vida de novo. El argumento de que la bacteria es obra de la manufactura de Chakrabarty  y no de la naturaleza exagera el poder humano y muestra la misma arrogancia e ignorancia de la biología que ha tenido un impacto tan devastador en la ecología de nuestro planeta” afirmó Robert Key Dismukes, de la Academia Nacional de Ciencias de Norteamérica.
La arrogancia y la ignorancia se vuelven más conspicuas cuando los biólogos reduccionistas que reclaman patentes sobre la vida declaran que el 95 % del DNI es “DNI basura” para indicar que su funcionamiento les es desconocido. Cuando los ingenieros genéticos aducen estar “diseñando” vida, a menudo deben usar este “DNI basura” para obtener sus resultados.
Tomen el caso de la oveja llamada Tracy, una “invención biotecnológica” de los científicos de Pharmaceutical Proteins Ltd. (PPL), quienes,  a través de la introducción de genes humanos, buscaron hacer de sus glándulas mamarias una “fábrica” de la proteína hepática alpha-1 antitripsina para medicamentos. Como reconoce Ron James, director de la compañía, tuvieron que usar “DNI basura” – “esencialmente como Dios lo provee”- para apostar a que sus injertos “al azar” dieran resultados. De los 550 embriones inyectados solo 499 sobrevivieron; de los 499 implantados en vientres sustitutos, solo 112 corderos nacieron; de esos 112, sólo tres produjeron la proteína; y de esos tres, sólo una, llamada Tracy, lo hizo en una cantidad relevante. Claramente, la supuesta “invención” de los científicos no es sino el producto de la capacidad adaptativa y regenerativa de los organismos vivos.
Los organismos vivos, a diferencias de las máquinas, se organizan a sí mismos y se auto reproducen. Tratarlos como “productos de la mente” que requieren ser protegidos por la “propiedad intelectual”, como si la vida pudiera ser creada y poseída, es una forma de violencia.
La ingeniería genética y las patentes sobre la vida son la última expresión de la comercialización de la ciencia y de la industrialización de la naturaleza que comenzó con las Revoluciones Industrial y Científica. La naturaleza, declarada inerte y sin valor, devino objeto de explotación y dominación, con total indiferencia de las consecuencias sociales y ecológicas. Este proceso coincidió con la dominación de las mujeres y de pueblos no occidentales. Otros sistemas de conocimientos diferentes, no reduccionistas, integrales, fueron tratados como científicamente ilegítimos, y marginalizados. El paradigma de la ingeniería genética está ahora expulsando los últimos remanentes de modelos de biodiversidad ecológica.
Las patentes sobre la vida fueron transformados en ley internacional a través del Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio, (Acuerdo sobre los ADPIC o, en inglés, TRIPS) incorporados en 1994 al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (en inglés, GATT) que pasó a estar bajo dominio de la Organización Mundial del Comercio (OMC o, en ingles, WTO). El marco de trabajo para dicho Acuerdo fue concebido y formado por tres organizaciones: IPC (Intellectual Property Commitee), una coalición de grandes corporaciones norteamericanas (Bristol-Myers, Squibb, DuPont, General Electric, General Motors, Hewlett Packard, IBM, Johnson & Johnson, Merck, Monsanto, Pfizer, Rockwell y Warner, entre otros), Keidanren (una federación de organizaciones económicas de Japón) y la UNICE (Unión of Industrial and Employers´Confederation of Europe), hoy llamada BUSINESS EUROPE. Ese acuerdo no es resultado de negociaciones democráticas entre los intereses comerciales y el público en general, o entre los países industrializados y el Tercer Mundo. Es la imposición de valores e intereses de las corporaciones transnacionales occidentales en las diversas sociedades y culturas del mundo.
La aspiración a los mayores beneficios comerciales (imposición de monopolios) genera efectos devastadores no solo sobre la biodiversidad entendida como interacción ecológica entre especies (imposición de monocultivos) sino también en tanto derecho de una comunidad a la conservación de su entorno, y a los valores éticos, sociales y culturales que ella conlleva (imposición de monoculturas). En efecto, amén de los riesgos de polución química y biológica, la expansión compulsiva de monocultivos genera un desmantelamiento de las éticas de conservación, en tanto el valor intrínseco de las especies es reemplazado por el valor instrumental del beneficio y la propiedad privada, y un desmantelamiento de los derechos y las capacidades de las comunidades a conservar su biodiversidad.
Estas patentes no solo promueven los monopolios de semillas de ingeniería genética; también permiten la apropiación privada de variedades y propiedades tradicionales, usadas por los campesinos durante milenios, sin pagar regalías. Las semillas, los conocimientos y la biodiversidad de sociedades no occidentales son definidas como “material crudo”. Lo que las corporaciones llaman “material crudo” es el resultado de siglos de innovaciones creativas y colectivas de diversas culturas. El derecho a patentar privadamente estas formas de conocimiento ha llevado a una epidemia de biopiratería.

El 8 de marzo de 2005, el Día Internacional de la Mujer, obtuvimos una victoria importante en un caso de biopiratería luego de diez años de batalla legal. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos, junto a W. R. Grace reclamaron haber “inventado” el uso del árbol neem (Azadirachta indica) para el control de pestes y enfermedades en la agricultura. El reclamo derivó en la patente número EP 0 436 257 B1, otorgada por la Oficina Europea de Patentes. El neem, o azad darakht, para usar su nombre persa, que significa “árbol libre”, ha sido usado como medicina y pesticida natural por más de 2.000 años. En 1984, como respuesta al desastre provocado por la fábrica de pesticidas de la compañía Union Carbide en Bhopal, yo inicié una campaña bajo el lema “No más Bhofals, plante un neem”. Un década más tarde, nos encontramos con que, a causa de que W. R. Grace alegaba haber inventado el uso del neem, el árbol libre ya no sería libremente accesible para nosotros. Comenzamos la resistencia contra la biopiratería del neem y más de 100.000 personas se unieron. Una década más tarde triunfamos: la patente fue revocada. Pudimos lograrlo porque combinamos investigación con acción, construyendo movimientos a nivel local, porque dos mujeres me acompañaron siguiendo el caso diez años sin perder la esperanza (Magda Aelvoet, Presidente de los Verdes en el Parlamento Europeo y Linda Bullard, Presidente de la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica) y porque nuestro abogado, el Dr. Dolder, de la Universidad de Basel, dio lo mejor de sí sin esperar los típicos honorarios de los abogados-de-patentes.
Otro caso emblemático es el del arroz basmati, producido por centurias en el subcontinente, como testimonia, entre otras fuentes antiguas, el famoso poema épico Heer Ranjha (Waris Shah, 1766). Esta variedad de arroz naturalmente perfumada ha sido evolucionando a través de cientos de años de observación, experimentación y selección de los campesinos que han desarrollado numerosas variedades para adecuarse a diferentes condiciones ecológicas, alimentarias y culturales. Existen 27 variedades documentadas de basmati en la India. El 2 de septiembre de 1997, gracias al otorgamiento de una patente, la compañía RiceTec obtuvo el “derecho” de cobrar regalías a los campesinos que quisieran seguir sembrando variedades desarrolladas por ellos mismos y sus ancestros.  Luego de una campaña de cuatro años, logramos desactivar la mayoría de las marcas patentadas (Kasmati, Texmati, Jasmati) derivadas principalmente del basmati tradicional de la India.
Se supone que las patentes deben respetar el criterio de novedad, de no obviedad, y de utilidad. Pero dichas patentes no se basan en invenciones: sirven como instrumentos para impedir que los pobres puedan satisfacer sus propias necesidades utilizando su propia biodiversidad y su propio conocimiento.
Un último caso: el trigo. El trigo es parte integral de la vida para la mayoría de los habitantes de India. Ha sido el cereal principal en varias regiones por miles de años. India es la segunda productora de trigo después de la China (73,5 millones de toneladas, 25 millones de hectáreas cultivadas). Además de ser el alimento básico de la mayoría de la población local, el trigo está íntimamente asociado con ceremonias y festivales religiosos. Cada variedad tradicional tiene su propio significado religioso o cultural. Sus diferentes variantes, el uso de diferentes tipos de trigo en rituales, y sus propiedades medicinales y terapéuticas han sido profundamente documentadas en antiguos textos y escrituras de la India. La patente de Monsanto registrada en la Oficina Europea de Patentes afectaba a una variedad derivada de un trigo tradicional de la India supuestamente llamado Nap Hal. No existe ninguna variedad tradicional con ese nombre, cuyo significado en Hindi –“aquello que no provee ningún fruto”- más bien podría aplicarse a las semillas exterminadoras de Monsanto. En febrero de 2004, Greenpeace y la Research Foundation elevaron una demanda contra la biopiratería de Monsanto. La patente fue revocada en septiembre. 
Estas victorias no significan que nuestro trabajo esté acabado. Las corporaciones continúan patentando formas de vida y pirateando conocimientos tradicionales, imponiendo principios legales injustos e inmorales sobre nuestros países. La forma más actual de este dominio recae sobre especies con tolerancia al estrés climático (sequías, inundaciones, sal). La resiliencia climática también ha sido explorada y practicada por comunidades agrícolas por milenios en base a su creatividad, a la biodiversidad y a procesos agro-ecológicos. Dos tercios de las 1.663 patentes de este tipo publicadas están en manos de tres compañías: DuPont, BASF y Monsanto. Sólo un 10 % pertenece a investigaciones del sector público.
Uno de las maneras típicas de asegurarse el control monopólico es crear demandas dependientes de insumos a través de tecnologías de no-renovabilidad. La ingeniería de la esterilidad sirve para que las comunidades locales se vean obligadas a comprar semillas para cada nueva siembra. Es decir que los biomateriales no solo dejan de ser un bien común para ser “propiedad intelectual” de una firma privada, sino que además pierden su potencial natural de recursos renovables, regenerativos, multiplicadores.
En 2004, un masivo movimiento –Seed Satyagraha- inspirado en el legado de Ghandi, logró frenar una iniciativa legal cuyo objetivo era someter a toda la población agrícola india al registro compulsivo de sus variedades tradicionales. Este tipo de procedimientos ha sido la vía principal de extinción de la biodiversidad y de los derechos campesinos en los Estados Unidos y en Europa. De acuerdo a datos oficiales, más de 200.000 campesinos han cometido suicidio en India desde 1997. Para las comunidades agrícolas del Tercer Mundo, el control corporativo de la vida se traduce en el exterminio de sus vidas.

Sobre la imagen: El asentamiento 13 de Mayo es el escenario del intento de unas 40 familias paraguayas por sobrevivir y mantener sus cultivos tradicionales en medio de un océano de soja. La comunidad  fue desalojada e incendiada por empresarios sojeros unas 17 veces en los últimos seis años. Cada desalojo se espera como antes se esperaban las tormentas, y significa que hay empezar de cero otra vez. Los campesinos plantan para el autoconsumo e intentan mantener las semillas locales, como un tráfico secreto que resiste a los transgénicos.
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