Tema del Mes

OCTUBRE 2014

La pornocrítica como disciplina perdida

25 / 10 / 2014 - Por Juan Terranova

¿Podría existir una comunidad de lectores sin “fastidiosos” críticos intermediarios? Finalmente, más allá de las virtudes o defectos atribuidos al crítico-personaje, basta con que alguien lea así y un otro asá, que esas diferencias se registren y, al cabo, surgirá la crítica. Decir que la pornografía como arte no ha avanzado porque carece de crítica equivaldría entonces a decir que la pornografía realiza esa mítica comunidad donde todos gozamos igual. Es decir, sin un cuerpo.

De todas las instituciones de la modernidad, la crítica debe ser la que peor comunica su función, la que más equívocos genera, la que menos consenso logra como disciplina, la que siempre es reenviada a su punto de partida en la discusión contemporánea. (Desde mi perspectiva, solo resulta superada en malentendidos por otra institución igualmente amplia, indispensable y conflictiva, el Estado moderno). Así, en eterno retorno atolondrado, cada cierta cantidad de tiempo alguien –un neófito,  un desprevenido– pregunta “¿para qué sirve la crítica?” y la rueda se activa desde cero otra vez. ¿Por qué? Los avances en la actividad de la lectura, con mayor o menor presencia, forman parte de todas las currículas universitarias. Pero el periodista, el interrogador de turno, elige no saber -tabula rasa- e incluso quizás rubrique su emprendimiento inquisitivo con la fórmula “es un debate que nos debemos”. Rápidamente, entonces, se pasa de la genuina interrogación a la desconfianza y a la pregunta retórica: ¿Tiene sentido la crítica? ¿Sirve para algo la crítica? ¿No estaríamos mejor sin la crítica? ¿Quién es usted –se le habla desde ya al crítico, se lo enfrenta–, quién es usted para señalar qué debo ver, leer, cómo debo consumir o apreciar el arte, las letras, una película, un par de zapatos, quién es usted para encarnar finalmente la crítica? Pero ya en este simple recorrido se activan contradicciones y justificaciones que ponen en evidencia a los locutores. El que cuestiona ese auto adjudicado “rol de la crítica” ejerce la crítica. ¿Cómo escapar, entonces, de ese espiral? ¿Cómo saltar afuera de la modernidad, de nuestro romanticismo intrínseco, de nuestras mínimas vanidades? No, la casa de piedra de la lengua está habitada también por los fantasmas de la crítica. Esta vez, al menos, la ignorancia no nos salva.

En la misma división entre la cosa –el objeto– y el que la lee –el sujeto– se encuentra el germen, la realización primaria de la crítica. Si el escultor trabaja la piedra, el crítico luego juzgará ese trabajo. Discutirán por eso, polemizarán, formarán escuelas artísticas, partidos políticos, fundarán revistas especializadas, dejarán que las miserias, el narcisismo y el dinero los obsesionen, se batirán a duelo, se escupirán en la cara, o se golpearán ya caídos, y luego la misma vida se los llevará a la muerte. Pero ¿qué sucede cuando son palabras las que deben ser juzgadas? Para ablandar su relación brutal con la lengua, el hombre recibe –todavía no sabemos desde dónde llega– la poesía y sus derivados, verbigracia, todos los géneros literarios. Cuando la poesía entra en la lengua, la lengua se transforma en cosa. Y entonces el crítico puede juzgarla. Cosificado, el poeta se llena así de odio. ¿Cómo mis sentimientos, mi magnífico artificio, mi talento, esta entrega y mi sacrificio, sufren la evaluación de otro? Por supuesto, la pregunta llega cuando el veredicto es negativo. Ningún poeta presenta queja o batalla si se lo celebra. La fantasía última, entonces, se constituye en una sociedad feliz donde todos sus individuos gozan sin necesidad de intermediarios, donde nadie explica ni complejiza nada porque ya todo es percibido en sus rasgos sublimes. Esta fantasía social intenta borrar la incómoda voz del crítico, ese personaje que, insisto, acompaña desde siempre a la modernidad.

¿El último avatar en la ilusión del destierro final y definitivo del incordio de la crítica es Goodreads? No tanto. Veamos. En un primer acercamiento, Goodreads se presenta como algo muy simple. Wikipedia dice que “se trata de una comunidad de catalogación de lecturas lanzada como el proyecto privado del programador independiente y emprendedor Otis Chandler en 2006.” El sitio ayuda a “seleccionar libros del catálogo de la propia página para crear sus propias estanterías digitales en su perfil y listas de lecturas.” Con la lógica de un red social especializada, Goodreads alienta la creación de grupos de debate, foros de intercambio, largo etcétera. En diciembre de 2007, y siempre según Wikipedia, había superado los 650.000 miembros y los 10 millones de libros. En julio de 2012, declaró tener 10 millones de miembros. Hace muy poco se supo que lo compró Amazon. Esta compra, desde luego, cruza arte y comercio. La situación ideal se esbozaría de la siguiente manera: mientras el lector lee y comparte, clasifica o le otorga un puntaje a lo que está leyendo en su Kindle u otro dispositivo similar, Amazon toma esa información y la aprovecha para ofrecerle obras que podrían llegar a ser de su interés. Las opciones llegarán por género, por autores, por idioma, u otras afinidades. Nos hallamos una vez más frente al viejo juego aproximativo de las estadísticas. Extremando el mecanismo aparece la utopía mencionada. “Ya no necesitamos que nos digan qué leer, el acto mismo de la lectura informado a un algoritmo nos abastecerá con precisión” podrían decir los fundamentalistas de Goodreads. Pero ¿cuántas veces prometieron los números medirnos más allá de nuestros desvelos filosóficos? ¿Y cuántas veces nos decepcionaron? La burbuja –tomo el término de un artículo de Nicolás Mavrakis– da la idea de autonomía. Pero si el círculo se estrecha demasiado, la sociedad utópica se licúa. ¿O será Goodreads como quería Oscar Wilde una nación de críticos? La idea de comunidad, digital o analógica, parece inherente a la rutina de la lectura. Desde el monasterio medieval en adelante leemos en soledad pero rodeados de otros lectores que condicionan nuestra forma de leer, nuestros libros, nuestras manías. La pregunta, formulada de manera más tendenciosa, sería: ¿Hay alguna posibilidad de que un robot digital reemplace al lector especializado que da su juicio como parte de un trabajo remunerado? Esta fantasía –la ciencia ficción exploró a conciencia sus reflejos– implicaría el fin de la modernidad. Ningún robot ni programa ni algoritmo va a poder reemplazar la artesanía dispendiosa del crítico. En esa comunidad ideal, agresiva o complaciente, estará el que lea más rápido, el que lea con más precisión, el que marque un ritmo, otra tendencia, y si esas lecturas se escriben y exhiben con la suficiente asiduidad, el crítico terminará por aparecer. Mientras esta etapa de la modernidad siga adelante, nosotros, los críticos, siempre estaremos ahí.

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Pasemos ahora a la pornografía generando un discutible y pringoso salto de la letra a lo visual. ¿Quiénes son los críticos del porno? Hasta hace muy poco tiempo, la pornografía era una actividad secreta, privada, demasiado íntima. Desde las postales eróticas del siglo XIX hasta los sexshops de fines del siglo XX, los hombres conseguían sus materiales masturbatorios con sigilo. La socialización de estos productos, en sus más diversos soportes, era discreta. Todo ocurría entre sombras. (“Tout ce qui est intéressant se passe dans l’ombre. On ne sait rien de la véritable histoire des hommes” decía Celine y Carlo Ginzburg lo citaba para abrir El queso y los gusanos). ¿Internet trajo la luz? Al menos abrió una persiana que nos obliga –subrayo el verbo– a espiar. En ella, en la Web, el paisaje de la democratización global de la pornografía hiperconectada arrecia de tal forma que hace quedar al atentado contra el World Trade Center como un incidente libidinal doméstico.

La otra democratización masiva, la de la lectura vía las mejoras en los procesos de impresión y la invención del lector de novelas a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, terminó de definir la figura del crítico como la conocemos hoy, con toda su histriónica gestualidad, y lo transformaron en un actor imprescindible del recorrido del libro. Recién hace quince años, el porno comenzó su expansión abrasiva volviendo nuestra percepción más exigente y confusa. Y ahora mismo penetra nuestra vida diaria digital con publicidades de Enlarge your penis, ofreciéndonos sexo con mujeres maduras, instalando categorías amatorias o regularizando una pedagogía que incorpora los gadgets del exhibicionismo contemporáneo. Siempre lo hizo. Siempre hubo gente que se filmó teniendo relaciones sexuales, incluso antes de que se inventaran las cámaras y el cine. Hoy simplemente la máquina trabaja a otra escala.

Por eso vale preguntarse: ¿La democratización de la pornografía nos traerá también sus críticos? ¿Los necesitamos? ¿O seguiremos los consejos de nuestras computadoras, sus relaciones y propuestas, ese método de asociaciones paradigmáticas que esperamos de Goodreads? Atracción, saturación, sofocación, ¿cuándo llegará el período de sofisticación? ¿O ese crítico, ese lugar de la pornocrítica, existe y no lo estamos viendo? ¿Es demasiado ingenuo decir que la pornografía como arte no avanzó porque carece de críticos que la contrasten y confronten?

Mi sensación con la pornografía ahora es que necesito conocer más. Y, para conocer más, lo que necesito es conocer más críticos, y críticos que entiendan la crítica como un arte. ¿Espero que me cuenten qué es la pornografía, cómo funciona, qué extrañas sinopsis concurren en mí cuando mis fantasías son atendidas o desatendidas? Creo que no. Y los pornstudies de las universidades progres de los Estados Unidos, que responden estas preguntas, o intentan responderlas, no llenan el vacío de la crítica. Al contrario, lo amplifican. Ya cansa un poco la academia con sus chiclosas cargas de conciencia, sus bibliografías obligatorias, sus manuales de género, y esos papers donde se cita a Hegel para hablar de Rocco Siffredi. La taxonomización utilitaria del periodismo se acerca un poco más a mi demanda. Pero cuando termino de leer el muy completo informe comparativo de Pornohub sobre qué prefieren los norteamericanos y qué eligen los rusos sigo en el mismo lugar, sin enriquecer mi acervo personal de nombres, películas, fotos o libros. (Aunque ahora sé que America runs on anal). ¿Es The porno critic el estado de la crítica sobre porno? Más bien se trata de una parodia del crítico. 

Pero al menos cita una buena cantidad de films, jerarquizando y armando un corpus. Quizás la crítica del cine porno que parodia historias y personajes del cine mainstream deba ser necesariamente paródica. Luego hay sitios especializados, como Orgasmatrix.com, que se animan a recomendar pero muy pocas veces a desestimar. Y en la Argentina, entre el periodismo especializado y la teoría filosófica, tenemos a Luis Diego Fernández, cuyo expertise desperdiciamos porque no se le abre un espacio rentado con el fin de que comunique su saber y su trabajada filmoteca. Por eso sigo pensando que la pornocrítica es una disciplina perdida y vivimos más cerca del modelo de comunidad horizontal que plantea en abstracto Goodreads. Los sitios que proveen material gratuito, como TubeEight, Pornotube, Redtube, ofrecen un entramado frondoso pero demasiado homogéneo. Encontrar un plus depende de las horas invertidas –o minutos– y la curiosidad y la ansiedad del cibernauta.

Pese a esto, hubo movimientos recientes. A la grilla de base que clasificaba según sus prácticas –oral, anal, threesome, gangbang– se le fue oponiendo otra sintaxis narrativa con innovaciones que la pornocrítica podría describir y señalar como aciertos. Desde luego, la escuela que domina todavía es el realismo-documental; domina y se perfecciona, pero también se estanca. El grueso de la producción hace hincapié en la variedad de actrices y una acotada y previsible, ya casi estandarizada, selección de posiciones. La película arquetípica de hoy –que ya nadie ve completa, si esto alguna vez sucedió– es la parodia del film exitoso o de moda –desde El planeta de los simios hasta Titanic– que, en determinados momentos se detiene para dar paso al coito, tomado en planos y secuencias que abren con una felación y cierran con una eyaculación. Algunas innovaciones proponen el cruce entre el monstruo y la ternura. En una habitación cerrada un panda gigante juega con una chica joven. La inocencia es torpe. Pero el panda es macho. La refriega sexual se da entonces entre ella y la bestia de peluche. Aunque el juguete para niños erotizado quiebra un margen, la escena es primitiva y rústica. Bastante más sofisticada se me antoja la mujer flexible, donde el cuerpo elástico torsiona la relación con el partenaire desde el mismo cuerpo pornográfico.
Sin terminar de romper la cronología sexual, pero descartando el humor, encontramos las estilizaciones seudo-experimentales de Andrew Blake. Lo de Blake es porno de alta gama, donde las mujeres son siempre bellas y los encuadres y la iluminación aparecen ligados a la idea de “calidad.” Podría decirse que para Blake la trama sería un residuo burgués de mal gusto, una convención innecesaria, que fondearía el arte de filmar cuerpos. ¿Por eso la música que utiliza es atonal? Su cine avanza sobre fetiches más delicados, relativizando las funciones genitales: pies, sedas, vouyeurismo, bondage con cadenas de plata, cuero, sonrisas, suspenso. En diálogo con la pornografía estandarizada, Blake le da un toque europeo al pragmatismo estadounidense. Sus escenarios son lugares lujosos, sus modelos miran mucho a cámara. Algunas de sus películas son tan sofisticadas que los trailers atraviesan la censura y podemos verlos en YouTube.

Ahora bien, supongamos que existiera un Goodreads gastronómico. ¿Lo aceptaríamos? ¿Cómo sería? ¿Siempre los mismos productos, combinados de maneras ligeramente diferentes? ¿Sorpresas suavizadas, picantes que no sorprenden? Sabiendo que nadie es compulsivamente vanguardista con la comida –más bien todo lo contrario– se comprende muy rápido que la misma carne, la misma salsa y el mismo pan que hoy nos satisfacen, en repetición, terminarán por hartarnos. En nosotros queda, entonces, conocer algo más, saltar sobre el cerco de un paladar que vuelve sobre sí mismo. La forma de socialización de mercancías de Goodreads tiene ventajas, esto es indudable, pero ¿cómo evitar el aburrimiento, la pobreza, el aislamiento? ¿Cómo no caer en las trampas, ya conocidas, en los gestos siempre ingenuos del socialismo utópico? Y sobre todo, ¿por qué aceptamos el Funcionamiento Goodreads en nuestra pornografía, la situación de repetición de una escena, la baja modulación de propuestas? La trampa de todo esto se ve cuando comprendemos que comida, pornografía y libros, aunque estén íntimamente ligados, se encuentran muy lejos de ser y funcionar de la misma manera. En todo caso, más allá de fantasías y perversiones, satisfacen necesidades diferentes.

Hoy la pornografía audiovisual avanza de manera lenta en sus tramas y muy rápido en su producción y soportes. ¿Cuánto falta para que la masividad pornográfica encuentre a su Jean Luc Godard, a su Werner Herzog, a su Leonardo Favio? Si existen –y es probable que existan, de hecho Bruce LaBruce se parece un poco a los tres – es el crítico el que debería ayudarnos a conocerlos. ¿O lo que debería llegar es un Cervantes?

En esta diversificada y arborescente parte de la modernidad que nos toca, refinar nuestro amor y nuestro odio parece ser el único proyecto posible. La frase suena bien, épica, noble. Luego está el día a día, la subsistencia, el roce cotidiano con el mundo. Por eso nunca dejemos de dedicarle un pensamiento a esos héroes mundanos que navegan entre la hipocresía y las pasiones, como el protagonista del suelto que publicó el Beaver County Times, un modesto periódico de Pensilvania, hace poco más de cuarenta años, el 13 de junio de 1974. El titular decía: “Porno soviet critic caught”. Y en media columna se contaba la historia de Alexander Nikolukin, profesor moscovita que mientras mantenía un rígido juicio sobre la literatura de Norman Mailer –condenándola por viciosa– distribuía, atrás de la Cortina de Hiero, películas triple X que había conseguido en un viaje a los Estados Unidos. Con un mercado cautivo y una firme demanda, el profesor Nikolukin pasó de intermediario a rodar producciones propias. ¿O no tuvo acaso la Nouvelle Vague sus orígenes en un grupo de críticos? Me imagino filtros azules y celestes, mujeres rubias sonriendo, interiores decorados con el estricto y austero gusto soviético. ¿Dónde estarán ahora esas películas? Según el Beaver County Times, el profesor Nikolukin había conseguido la ayuda de su mujer y dos amigas. “His interest obviously became more than academic”, señala la nota. El paso de la dirección a la actuación estaba asegurado y Nikolukin llegó a protagonizar algunas escenas. Después de todo se trata de un desplazamiento clásico, la tentación comprensible: dejar de juzgar y contemplar el arte para comenzar vivirlo. Un corrimiento que, en algún momento de su carrera, todo buen crítico contempla.