Tema del Mes

OCTUBRE 2014

Memorias de un defensor que extraña cometer un foul táctico

09 / 10 / 2014 - Por Juan Manuel Herbella

La solidez defensiva en perjuicio de la inventiva del ataque fue, entre otras cosas, resultado de la evolución paulatina del fútbol a través de las décadas. En 1872, en el primer partido internacional de la historia, Inglaterra jugó con un solo defensor. Las razones de esta transformación fueron múltiples; pero no debiera olvidarse lo que saben los chicos cuando entran a la cancha: que la defensa esencialmente es un medio, y no un fin.

Sentado sobre la pequeña y única platea de tablones que tenía el estadio, el hombre cavilaba. Dentro del campo de juego, su hijo era uno de los veintidós protagonistas que corrían detrás de la pelota como si ésta fuese de metal y los jugadores estuviesen imantados. Recostado sobre la tribuna, el padre recordaba sus comienzos en el fútbol, unos cuantos años atrás, y cómo había llegado más allá de lo imaginado. Pero ahora, ya sentado del lado de afuera, el hombre no se sentía protagonista. Seguía amando con locura el juego y, sin embargo, había dejado de percibirlo como propio. Los amigos le cuestionaban esa mirada, eso de sentirse ex jugador. No eran pocos quienes consideraban que el futbolista nunca “deja de ser”. Pero él disentía. Ya no era el mismo de antes.
El espacio entre las maderas dejaba pasar un viento frío y fuerte que le enfriaba la espalda. Subió el cierre de su campera y se acomodó mejor sobre el tablón. Algo parecido sucedía allá abajo. El clima también condicionaba el partido. El viento le soplaba en contra al equipo de su hijo y los chicos no podían pasar siquiera la mitad de la cancha: intentaban despejar la pelota pero les volvía enseguida. La dinámica le hacía acordar a uno de aquellos entrenamientos de su época de jugador, defensa versus ataque, en los que unos buscaban únicamente convertir el gol y los otros solo tenían que evitarlo.
El déjà vu lo empujó a reflexionar sobre la naturaleza del juego y el valor que cada uno le aporta a defender y a atacar. También recordó a un ex compañero suyo que se ufanaba, al concluir su carrera deportiva, que se había retirado con el record de no haber recuperado una pelota en toda su trayectoria. En medios de esos divagues, sus pensamientos oscilaban de un lado al otro y se dio cuenta de que, a pesar del privilegio de haberlo jugado profesionalmente y de conocer también el desarrollo de su historia, no encontraba una definición simple y sintética: ¿cuál era la esencia del fútbol?
Al momento de afrontar el dilema con una mirada resultadista sobre el juego, habría que pensar que la esencia del fútbol es la victoria. Si la visión fuera romántica, la esencia sería la emoción o el espectáculo. Con una mirada práctica se priorizaría el gol. Con un telescopio estético el objetivo sería el movimiento colectivo en relación a la pelota. Con una contemplación técnica se reconocería la supremacía del más capaz. Una mirada táctica, en cambio, premiaría a la disposición de las piezas para doblegar al adversario. Una postura financiera se enfocaría en el negocio económico. Y una sentimental sólo prestaría atención a los colores de la institución.
Incluso en lo ideológico, el fútbol ofrece diferencias: para los espíritus revolucionarios, la esencia de este deporte es la transformación generada por el ataque. Para los conservadores, la estabilidad y lo inexpugnable en defensa. Al fin de cuentas, para valorar al fútbol hay tantas posturas como personas lo han jugado y nunca habrá un criterio unánime.
El juego con el pie más antiguo del que se tiene registro gráfico es el TsuChu (2500 AC)  que se jugaba en territorio chino. Tsu significa “patear el balón con los pies” y Chu es "balón de cuero y relleno". El juego comenzó como celebración para el cumpleaños del emperador, se difundió como entrenamiento de soldados y se masificó al popularizarse su contenido táctico. A simple vista, consistía en patear el balón a través de una pequeña red abierta enmarcada con cañas de bambú. Cualquier parte del cuerpo, salvo las manos, era útil para anotar. También se sospecha que en Mesoamérica existía un juego de balón similar llamado Pok-A-Tok, aunque no existe bibliografía que lo compruebe. En todo caso, el campo de juego más antiguo que se ha descubierto es posterior, del 1600 AC, y queda en Paso de la Amada, México. Siglos después de estas civilizaciones, los griegos también desarrollaron un juego de patear llamado Piskyros (o Phaininda). Lo practicaban desnudos. El Imperio Romano lo adoptó, lo vistió y lo reformuló hacia un juego un poco más violento llamado Harpastum, el cimiento del calcio florentino. Lo que hoy denominamos fútbol nació el 26 de octubre de 1863 en la Freemason’s Tavern de Londres cuando los ingleses instituyeron las catorce reglas que desde entonces gobiernan el deporte. A partir de esas leyes, se desarrollaron las tácticas.
Terminó el primer tiempo de los chicos y el hombre se paró para estirar las piernas. Cuando permanecía mucho tiempo sentado y con las rodillas flexionadas, el cuerpo le recordaba los catorce años de fútbol profesional con abusos, golpes y sesiones de pliometría incluidas. El partido continuaba 0 a 0. Para el equipo de su hijo no era un mal resultado teniendo en cuenta que los chicos casi no habían pasado la mitad de la cancha. Sin embargo, habían cumplido con la primera máxima y eso era importante: un equipo que no consigue defender bien, no tiene la mínima chance de ganar. Ya lo decía Tsun Zu, en su libro “El arte de la guerra”. En tiempos de escasez, la defensa; el ataque es para tiempos de abundancia.
El debate en cuanto a preferencias en el fútbol lo ha polarizado todo. La disputa dialéctica entre unos y otros no tiene frontera y se extiende a todos los países que sienten pasión por el juego. Un individuo puede llegar a pararse, circunstancialmente, en distintos lados de la vereda: a su equipo le pide que gane, al resto que juegue. ¿Pero qué significa jugar bien? ¿Jugar de manera estética? ¿Jugar al ataque? ¿Jugar en campo contrario? ¿Jugar el mayor tiempo posible con la pelota y no ser atacado? ¿Jugar eficientemente? ¿Todas estas posturas juntas? Hay dos posiciones al momento de responder y no hay frase que describa mejor la disputa que una acuñada hace muchos años por los brasileños: “Futbol arte vs futbol resultado”.
Sólo partiendo desde un gran egocentrismo se puede decir que hay una única forma correcta de jugar al fútbol. Si realmente la hubiese, debería ser aquella que -cumpliendo con las reglas- permitiera ganar siempre. Al fin de cuentas, para eso se juega. Pero como nadie gana siempre y además no se gana de una sola manera, está claro que no existe una fórmula única y mágica. Analizando las formaciones de los equipos a lo largo de los años, se puede observar cómo se fue modificando el estilo. La estructura fue rotando, tendiendo a agrandar la base defensiva y buscando que los atacantes lleguen por sorpresa desde atrás, en lugar de jugar estáticos adelante.
El primer partido internacional de la historia lo disputaron Inglaterra y Escocia en noviembre de 1872 y empataron 0 a 0. Pese al magro resultado, lo curioso de aquel día fueron las formaciones. Mientras Ernest Greenhalgh fue el único defensor del equipo inglés (1-2-7), William Kerr con Joseph Taylor (2-2-6) formaron la dupla defensiva de Escocia, equipo que no veía con malos ojos el empate. Pero, paulatinamente en la historia, las formaciones fueron aumentando su número de defensores y disminuyendo sus delanteros. En la primera Copa del Mundo, jugada en Uruguay en 1930, los dos finalistas (Argentina y el local) ya habían hecho retrasar a un atacante para que jugara como mediocampista: 2-3-5. Después vendría la invención de Herbert Chapman, un mítico entrenador inglés que diseñó la WM (3-2-2-3), una disposición táctica que recibió ese nombre porque, colocados en el campo y vistos desde arriba hacia abajo, cada uno de los jugadores conformaba un extremo de cada letra (la W eran tres defensores y dos mediocentros, mientras que la M eran dos volantes ofensivos y tres delanteros). Más adelante sería el tiempo de Vittorio Pozzo y Helenio Herrera con el catenaccio (candado), un sistema en el que se continuaban sacrificando más delanteros y se dejaba un hombre libre en defensa (líbero). La lectura histórica es clara: el fútbol se fue acostumbrando a priorizar lo más sencillo, el equilibrio de la defensa, en perjuicio de la inventiva del ataque. Ya lo decía el maestro Alfredo Di Stéfano: “Para construir una casa tengo que ir cinco años a la universidad. Para demolerla solo necesito un martillo”.
El trámite del partido de los chicos había cambiado en el segundo tiempo: lo que antes era monólogo se convirtió en diálogo. Los niños seguían corriendo detrás de la pelota pero ahora, sin el viento en contra, recorrían todo el campo de juego. Al fin de cuentas, en la infancia el fútbol es eso, solo perseguir la pelota. El que mejor la maneja es al primero que eligen y, a partir de esa premisa, se seleccionan los siguientes. El que no sabe jugar, o no se puede mover con soltura, va al arco.
A medida de que crecemos y nos desarrollamos ya no importa sólo el elemento: el fútbol pasa a ser una cuestión de forma y de movimiento, de espacio y de tiempo, aunque por supuesto siempre en relación a la pelota. Ya no es necesario tener el balón para jugar ni alcanza ser bueno con la pelota para ser el mejor. El poder de hipnosis que genera el balón deber servir para obnubilar a los adversarios pero sin distraer a los propios compañeros. Y ya al llegar al profesionalismo, al futbolista se le exige tener otro nivel conceptual sobre el deporte. La diferencia entre unos y otros es tan inmensa como la que existe entre jugar al fútbol y jugar a la pelota, algo que suena parecido pero es diametralmente opuesto. Jugar al fútbol implica defender, que es el arte de evitar la acción del adversario, pero también atacar, que es la conjunción entre verticalizar y tener la pelota con el objetivo de convertir goles. Embestir sin cerebro enerva y la posesión “ad eternum” aburre. La diferencia en el fútbol profesional es que no separa entre defensores y atacantes sino que organiza transiciones entre defensa y ataque: se ataca antes de tener la pelota y se defiende antes de perderla, lo que vulgarmente se conoce como “marcar en ataque”.
Los minutos del partido de los chicos pasaban, el juego se desvanecía y el gol no llegaba. Ambos equipos se prodigaban en la cancha pero no eran capaces de vulnerar el arco. Ya sin influencia del viento, el trámite de ida y vuelta mantenía la expectativa hasta el final. No necesariamente un partido sin goles es un mal espectáculo aunque indudablemente algo le falte. En los adultos, el problema con los 0 a 0 es que, en la mayoría de los casos, resulta fruto de dos equipos que juegan a no dejar jugar al rival y eso aburre: el sentido de defender es recuperar la pelota para tener la posibilidad de atacar. Defender es un medio (recuperar la pelota para hacer un gol), no un fin en sí mismo. En cambio, en el fútbol que juegan los niños esto no sucede: ninguno entra pensando en defender. Todos quieren atacar. Por eso todos los padres estaban disfrutando por más que miraran un empate.
Los mitos sobre defensa-ataque son innumerables y reiterados como mantras sin reflexión. No hay pruebas concretas de que la mejor defensa sea un buen ataque (sino, miren al seleccionado argentino). Tampoco resulta automático que, teniendo la pelota más tiempo, será más sencillo ganar o más difícil que te conviertan. Son frases que no tienen un fundamento estadístico que las sostengan. Todo depende de con qué se siente cómodo el equipo. Defensa y ataque no son compartimientos estancos si no un todo relacionado a la capacidad y la idiosincrasia de los protagonistas. Dentro de un grupo, difícilmente exista un criterio monopólico y es imposible garantizarse la potestad sobre la verdad.
Sentado sobre la pequeña y única platea del estadio, el hombre seguía cavilando. Dentro del campo de juego, su hijo era uno de los veintidós protagonistas que se saludaban tras el empate. La pelota descansaba a un costado. El fútbol es más que simplemente ganar: también es aprender, divertirse y compartir. Recostado sobre el tablón, el hombre entonces se dio cuenta de cuánto lo extrañaba. Extrañaba el ruido de los tapones golpeando contra el cemento del túnel que lleva a la cancha. Extrañaba el griterío de la hinchada cuando el equipo pisaba el campo. Extrañaba el nerviosismo de esos minutos previos al pitazo inicial del árbitro. Extrañaba el murmullo del hincha cuando el equipo iba perdiendo y el aliento eufórico cuando iba ganando. Extrañaba el desafío de adaptar su juego a lo que proponía su rival en ataque. Extrañaba gritar un gol como desaforado y abrazarse a sus compañeros en el centro del campo. Extrañaba la sensación de plenitud con la victoria y, también, la congoja amarga de la derrota.
El hombre extrañaba tantas cosas que llegó a temer que, si un día intentaba recapitular algunas de las vivencias que le habían generado placer, tal vez no pudiese volver a recordarlas. Pensó en esto sin caer en la cuenta que ya se había olvidado de algo, tal vez por querer borrarlo de su memoria o por temor a que muchos no entendiesen de lo que estaba hablando: extrañaba estar parado frente al árbitro, con la sensación de deber cumplido y las manos detrás de la espalda, recibiendo tarjeta amarilla en el último minuto, por cortar una jugada de gol con un foul táctico. Lo extrañaba porque sabía que el fútbol no es simplemente aprender, divertirse y compartir. El fútbol es también ganar.