Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2012

Buenos Aires es la puerta de entrada fundamental para hacer negocios en América Latina

23 / 09 / 2012 - Por Damián Tabarovksy

La editora y traductora Gabriela Adamo (Buenos Aires, 1970), directora de la Fundación El Libro, repasa en esta charla los desafíos para insertar a la literatura argentina y a la Feria del Libro de Buenos Aires en el mercado global. Y repiensa la actualidad de las discusiones sobre la existencia de un idioma agentino.

Gabriela Adamo es directora ejecutiva de la Fundación El Libro, entidad a cargo de la organización de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Anteriormente dirigió el programa de letras de la Fundación Typa. Fue también editora en las casas Sudamericana/Random House y Paidós. Tradujo a diferentes a autores del alemán y el inglés, y es la compiladora de La traducción literaria en América Latina.

-Comencemos por una pregunta general. Si tuviera que hacer una primera gran definición sobre el mercado del español, ¿cómo lo definiría? ¿Cuáles son sus potencialidades, sus dificultades?

-La definición del “mercado en lengua española” ya es un problema en sí mismo. La primera respuesta apunta a que se trata de uno de los mercados más grandes del mundo, tanto por cantidad de hablantes como por el volumen de negocios que genera. Sin embargo, quien se guía por esa opinión está viendo sólo una parte de la cuestión: está sumando la cantidad de hablantes en América Latina, España y la población latina de los Estados Unidos y mirando los informes de ventas globales. La realidad es que ese gran mercado está dividido en muchos mercados: algunos grandes; la mayoría medianos y pequeños. El “mercado en lengua española” es en realidad una sumatoria de países con fronteras físicas, trabas aduaneras, lectores con intereses divergentes y fuertes variedades dialectales del idioma. Entonces, si uno mira cada uno de estos “sub-mercados” por separado, se encuentra con unidades comparables con los países “menores” de Europa (Holanda, Noruega, Grecia, etc.). Con la diferencia de que nuestros sistemas de apoyo a la industria editorial (educación, bibliotecas, subsidios a la creación literaria y a la investigación, estímulo a las librerías, etc.) son mucho menores y de que, en nuestra lengua, existe un país hegemónico con posibilidad de intervenir activamente en nuestros mercados (el paralelismo podría darse entre Francia y Bélgica o Gran Bretaña y Australia, por ejemplo). Para la mayoría, la potencialidad está en ese hipotético gran mercado a conquistar. Yo prefiero verla en la riqueza y diversidad de una lengua tan extendida, que comprende situaciones, discusiones, búsquedas de recursos y emprendimientos editoriales de todo tipo; creo que es de ahí de donde, a cada tanto, salen esas sorpresas que pueden sacudir al mundo.

-Existe una vieja polémica en la Argentina, que se reaviva cada cierto tiempo, sobre la existencia o no de un lenguaje argentino. ¿Cómo piensa el tema? ¿Cómo piensa al castellano?

-Esta pregunta la puedo responder desde mi lugar como traductora y, también, desde la experiencia vivida en el Diálogo de Escritores Latinoamericanos que organizamos en la última Feria del Libro. Creo que estamos todos de acuerdo en que no existe “un” español; que el lenguaje es un organismo vivo que muta permanentemente en el tiempo y en su movimiento geográfico. En ese contexto, tampoco podemos decir que haya un “castellano argentino”: hay convenciones y modismos que compartimos, pero cuando yo traduzco en un escritorio en Buenos Aires sé que no estoy usando las palabras que elegirían un correntino o un salteño. Tampoco elijo las que hubiera preferido un traductor porteño en los años ’50. ¿Entonces, qué sería lo típicamente argentino? En el Diálogo discutimos mucho acerca de qué es -si la hay- la literatura latinoamericana. Por supuesto, no llegamos a ninguna respuesta, como supongo que tampoco llegaré a una conclusión sobre esta pregunta que me plantean. Existe, sí, la sensación de que hay algo que une a la literatura del continente y la distingue de otras literaturas, pero a la vez parecía haber más diferencias que otra cosa. Siento que lo mismo pasa cuando pensamos en un “castellano argentino”.

-Hay también otra discusión sobre la partición de derechos de autor por territorios, para España, para América Latina, incluso para la Argentina solamente. ¿Qué perspectivas tiene sobre esa modalidad? ¿Cuáles son los riesgos y los beneficios?

-Quienes ofrecen derechos partidos lo hacen por dos motivos, uno “altruista” y otro “egoísta”. El primero apunta a un hecho real: muchas veces se compran los derechos totales para la lengua española, pero la realidad hace que el libro en cuestión sólo circule por la librerías que corresponden al país de la editorial que los compró (España, México, Argentina). En ese caso, la partición de derechos, sobre todo para títulos de tirada modesta, podría ser una opción y una garantía de que cada zona geográfica se haga cargo y lo comercialice de la mejor forma posible. El segundo apunta a la posibilidad del agente de sacar más ganancias si vende el mismo derecho varias veces, aunque sea por montos menores en cada caso. De todos modos, las complicaciones burocráticas y formales que suelen acompañar a estas ventas -por cifras que en general son pequeñas- no parecieran darle mucho crédito a esta teoría. Quienes se oponen a la partición suelen ser las editoriales grandes y medianas, que tienen la mejor intención de aprovechar todo el mercado y así hacer más redituable su compra. Sin embargo, vuelvo al punto primero: muchas veces las cosas quedan en la intención y el libro no circula, ni la editorial –ya sea grande, mediana o pequeña– logra amortizar su inversión. Un aspecto que hay que tener en cuenta aquí es el de la traducción. Partir derechos tiene un atractivo especial, que es la posibilidad de compartir el costo de la traducción entre dos o tres editoriales. Sería bueno, sin embargo, que luego cada casa hiciera su propia revisión y adaptación del texto, aunque acá entramos en otro terreno complejo que mejor dejo para otra entrevista.

-¿Cómo se inserta la Feria del Libro de Buenos Aires en el mercado global del castellano y en el de las ferias del libro en general?

-Comparar ferias no es tarea fácil, ya que en general suelen ser organizadas por entidades de perfiles muy distintos, con objetivos muy distintos, y por lo tanto a veces resulta que estamos comparando peras con bananas. En nuestro caso, creo que lo interesante es destacar que la Feria la organiza una institución (la Fundación El Libro) en la cual se dan cita todos los componentes de la cadena de valor del libro: la CAL y la CAP, la SADE, los libreros a través de CAPLA y los imprenteros a través de FAIGA. Por lo tanto, lo que vemos en la Feria es la parte más visible del gran iceberg que la sostiene y que es la industria editorial argentina. En ese sentido, si uno piensa en las Jornadas Profesionales (donde se dan cita más de 5000 profesionales de todo el “mercado global del castellano”, donde vienen personas de distintos países porque saben que se van a encontrar acá, y donde las editoriales medianas y pequeñas llegan a concretar el 20 por ciento de sus exportaciones anuales), creo que se puede pensar que Buenos Aires es la puerta de entrada fundamental para hacer negocios en América Latina.
A la vez, las Ferias en América Latina, con su combinación de actividades profesionales y gran festival literario para el público, cumplen una función importantísima a la hora de hacer circular libros y autores por un continente que, como ya vimos, tiene más de una traba en este sentido. Eso es lo que nos propusimos cuando decidimos seguir el ejemplo de la Feria de Chile y tomar la posta en Buenos Aires del Diálogo de Escritores Latinoamericanos. Por supuesto, la educación, el fomento del hábito de lectura, la integración de los menos lectores y el estímulo a todos los mediadores son otras funciones centrales para las ferias en América Latina, muy distintas en este aspecto de sus pares europeas, pero creo que ya es otro tema…