Tema del Mes

OCTUBRE 2014

El beso negro de Google

09 / 10 / 2014 - Por Nicolás Mavrakis

Mientras durante lapsos discriminados de nuestro tiempo somos destinatarios o consumidores de mercancías formalmente catalogadas como “pornografía”, permanentemente, en cada minuto de nuestra vida “privada”, somos objeto de la mirada pornográfica de Google, un verdadero aparato universal de desnudamiento compulsivo.

1.
La liquidación de la pornografía bajo el peso de su propia masificación sirve para tener en cuenta (rastreando algún resabio de sincera excitación) las palabras de Blas Pascal sobre la Fe (“si no creés, arrodillate, actuá como si creyeras, y la creencia va a llegar por sí sola”) y una oportunidad todavía mejor para pensar lo pornográfico como un asunto referido más a una forma de verlo todo que a una forma de hacerlo todo (después de veinte años de porno amateur online, la mayoría sexualmente activa sabe que es más probable morirse de falta de imaginación en la cama que de las peores ETS). En tal caso, ante el despliegue de ese amplio escenario —algo ridículo y pubescente— en el que se ubicó el “éxito cultural de la pornografía”, un lugar donde siempre hay especialistas con credenciales a mano para analizar sin ironía las múltiples aristas de la industria de la masturbación, las fantasías y los deseos no desaparecieron —ni podrían— sino que se replegaron en zonas que antes no se diferenciaban de las verdaderas necrópolis de la sensualidad. La paradoja es que, en la medida en que esas fantasías y deseos se volvieron verdaderamente privados otra vez, se transformaron en el nuevo objetivo de una mirada tan fragmentaria, obscena, focalizada y fascinada como la mirada pornográfica; una mirada obsesionada por verlo todo.

Desde esa perspectiva, YouPorn y PornHub son versiones decadentes y anémicas de la imaginación pornográfica — estandarizadas hasta el aburrimiento, además— si se las compara con el teatro non-stop de intimidades que circulan en nuestras propias cuentas de Gmail. ¿No es ahí donde están ahora nuestros genuinos objetos de deseo y todos nuestros proyectos pasados, presentes y futuros de goce, además de esas imágenes y videos (a veces formalmente porno) que nunca nadie querría ver subidas a Instagram o Vimeo?

A partir del uso más mínimo y circunstancial, profesional o personal, Gmail está en condiciones de saber sobre uno —y registrar, archivar y almacenar sobre uno— más de lo que probablemente sabe nuestro analista. Y es por eso mismo que Gmail —como cualquier analista— no puede ser nuestro amigo. La verdadera amenaza libidinal, por lo tanto, estaría en que, con la ventaja de una “mirada pornográfica” sobre nuestras pulsiones secretas, Gmail se convirtiera en nuestro enemigo. ¿Y qué significaría que eso pudiera pasar? E incluso, para darle un poco más de suspenso a la historia, ¿qué significa que eso ya esté pasando?

2.
Propiedad de Google y depositaria de la confianza diaria de cuatrocientos millones de clientes en todo el mundo, Gmail no solo funciona como oficina móvil (Google Drive), navegador (Google Chrome), canal de comunicación instantánea (Google Hangouts), agenda, calendario y mapa (Google Calendar, Google Maps) o clave de acceso mayoritario a redes sociales como Facebook (donde se pide un “correo electrónico o teléfono”) sino que también se está preparando para permitir transferencias monetarias entre particulares (Google Wallet). Dentro de poco, hacerlo todo va a ser una de las capacidades de Gmail; mientras tanto, lo que atraviesa su fase de pleno perfeccionamiento es la capacidad de verlo todo.

Si alguna vez, por ejemplo, en un correo cualquiera escribieron la palabra “adjunto” —algo del estilo “en el próximo mail te adjunto el archivo”—, es probable que el propio Gmail les haya advertido al momento de apretar "Enviar" lo siguiente: “Parece que te has olvidado de adjuntar un archivo. En tu mensaje has escrito adjunto, pero no lleva ningún archivo adjunto. ¿Quieres enviarlo igualmente?”. Esa función se llama Escaneo Automático de Contenido de Correo y creer que su sentido se debe a un estricto motivo de solidaridad con los distraídos tal vez sea demasiado ingenuo. Tal como funciona en la actualidad, Gmail no solamente puede ver todo lo que comunicamos sino que lo puede ver antes de que lo comuniquemos.

Trasladado a una pornografía de lo cotidiano —un plus ultra de las barreras del pudor—, cualquier comparación con el poder megapornográfico de Gmail transforma lo que se expone voluntariamente como “intimidad” en Twitter o Facebook en simple softcore, y a la existencia misma de un Twittstar en algo entre la ridiculez de Ron Jeremy y la de Jenna Jameson, aunque no dejen de ser oficios donde el principal recurso es la opinión que se tiene de uno mismo. La relación de Gmail con la verdadera pornografía, de hecho, es tan formal que en agosto de este año un hombre de 41 años fue arrestado en los Estados Unidos por mandar desde su cuenta de correo imágenes de pornografía infantil a un amigo. Pero ni el destinatario lo había denunciado, ni el hombre lo había hecho desde algún equipo público a la vista de testigos. Integrado desde 2008 a los sistemas digitales de rastreo y denuncia de poseedores de pornografía infantil en la web —una categoría del porno que representa entre un 20% y 30% del total de pornografía en internet—, el relevamiento analítico de todas las imágenes que circulan a través de los usuarios es otra parte del Escaneo Automático de Contenido de Correo de Gmail (y en el caso de la pornografía infantil, esa misma tecnología funciona en Google Imágenes, Facebook y Twitter). En cuanto Gmail identificó la imagen transferida por correo, Google alertó al National Center for Missing and Exploited Children y, después de una orden judicial y una inspección policial, John Henry Skillern —que en 1994 había acosado a un chico de ocho años— fue acusado y encarcelado por el crimen federal de tener pornografía infantil en su tablet y su celular.

La historia se transformó en un caso testigo de la capacidad de penetración de Gmail en los secretos de las personas y las dudas de los defensores usuales del derecho a la intimidad, ante la prueba de que una de las corporaciones multinacionales más influyentes del mundo tuviera tal grado de omnisciencia sobre la información de sus usuarios, y sobre los usos privados de esa información —exceptuando el caso poco discutible de un pederasta con antecedentes—, no se agotaron después de la respuesta infantil de Google (“solo usamos esta tecnología para identificar imágenes de abuso de menores y no para otros contenidos en correos”). La pregunta, sin embargo, no es qué más puede mirar, escanear e identificar nuestro propio correo cada vez que lo usamos —la respuesta, otra vez, es todo— sino qué es relevante para el poder de la mirada pornográfica de Gmail.

Es cierto que no todos envían a través de su correo la clase de secretos que tiemblan como huevos de reptil —como también es cierto que no hace falta ser un terrorista de ISIS para experimentar cierta ansiedad ante el hecho de que todo lo que hacemos esté siendo registrado—, aunque en este punto conviene entender que la lógica del negocio de Google —y Google es el mejor en su negocio— se basa en la premisa de que cada evento, cada archivo, cada palabra y cada cifra, cada imagen y sonido, cada chat y videoconferencia, plano o fórmula escrita en la web es un dato inerte en la infinita marea digital de datos en la web, hasta que alguien lo necesita. Entonces se convierte en información valiosa. Sin embargo, contra lo que parece a primera vista, a Gmail no le interesa sacar. Lo que realmente le interesa —por elegir un verbo más patriarcal— es meter.

3.
En principio, al menos, Gmail no nos estudia ni nos mira para saber quiénes somos. Nos mira para saber qué puede vendernos y cómo hacerlo de una manera eficiente. Toda la publicidad metida alrededor de lo que hacemos y vemos en la pantalla —la que aparece, por ejemplo, encima del ítem Administrar del correo— está diseñada de manera tal que un algoritmo almacena los términos clave de nuestras búsquedas (o lecturas, descargas y demás acciones) y las adapta de forma “no invasiva” al abanico visible de nuestras propias demandas de productos y servicios, en un arco que va de lo explícito a lo inconsciente. Si los temas recurrentes en los correos que enviamos y recibimos son la música o el deporte —o los restaurantes y los hoteles, las separaciones y las mudanzas, el sexo y el amor—, no es por azar que la noticia o la promoción en el Clip de la Web encima de Recibidos tiene relación con alguna variante del mismo tema. Mientras yo mismo escribo esto, de hecho, mi Gmail promueve en el Clip de la Web este contenido: “Barrapunto: La FSF traduce la campaña Email Self Defense” (hice click y, como en el mundo sin ironías de la pornografía tradicional, también leí: “La vigilancia indiscriminada viola nuestros derechos y compromete la libertad de expresión”). En ese sentido, Gmail es políticamente más correcto que el actor porno más sensible: toda su entrega esforzada y desinteresada apunta a penetrar al cliente para complacerlo, una consideración que solamente logran superar los publicistas de Facebook cuando se trata de embarazadas —a las que la industria del porno tradicional, por su lado, tiende a descartar— ya que, en términos de consumos, representan un valor diez veces mayor que cualquier otro usuario.

El conflicto final de la historia está exactamente en todo lo que Gmail y sus tentáculos intentan meter a sus clientes por los cuatro costados de la pantalla, y es el mismo tipo de problema que mina la base imaginaria de la pornografía: en realidad, a nadie sensato ni inteligente le interesa en serio hacer o ver todo lo que la pornografía muestra que se puede hacer o ver (y no es un tema de pasión, goce, placer o potencia; es el simple dominio no-patológico de la satisfacción narcisista). En internet, en el mismo sentido, hay una verdad tan amplia, sólida y consensuada como la suma de todos los dispositivos conectados: a nadie le gusta que quieran venderle algo. A nadie le provocan goce los banners, los pop-ups y el spam, por sofisticado que pueda volverse hasta en esas micropublicidades filmadas para YouTube. En internet, de hecho, nadie quiere pagar por nada (muchos menos por pornografía). Y es por eso que el poder de verlo todo parece estar cada vez más cerca del poder —y la necesidad y el negocio— de mostrarlo todo. ¿Desde hace cuánto tiempo Twitter o Instagram les muestra a sus usuarios “a modo de sugerencia” cuáles contactos ya conocidos siguen a tal o cual otro? ¿Desde hace cuánto tiempo Facebook usa amigos conocidos de sus usuarios para sugerir que “nos guste” tal o cual fan page o producto porque a esos amigos conocidos “ya les gusta”? En esencia, desde que el arte de mirarlo todo se transformó en marketing conductista.

El uso de esa información apunta a seguir perfeccionando el método de identificación de cada persona online —a través de cuestiones abstractas como sus gustos, búsquedas, consumos, lecturas, afinidades, imágenes y deseos, pero también a través de cuestiones concretas como qué clase de equipo usa, cómo y durante cuánto tiempo lo usa y desde dónde lo hace— para seguir haciendo de la publicidad un servicio efectivo y redituable para los anunciantes. El especialista norteamericano en seguridad Bruce Schneider lo sintetizó con precisión cuando dijo que “todos los grandes sitios web funcionan hoy gracias a la publicidad, y mientras más personal y directa sea esa publicidad, más ganancias van a tener; por lo tanto, mientras que los usuarios seamos el producto, el incentivo para que estas compañías ofrezcan privacidad real es mínimo”.

Es probable que en el futuro haya que pagar para lograr el privilegio de un poco de privacidad en internet —el privilegio de que la mirada pornográfica sobre nuestra intimidad se distraiga un poco—, pero en el presente, mientras tanto, no hace falta que personajes como Edward Snowden o Julian Assange sufran ataques repentinos de conciencia ciudadana y violen muchísimas normas de seguridad para “revelar los secretos” que se acumulan sobre nosotros. Simplemente hace falta una oferta seria en nombre de una empresa con la que Google esté dispuesta a hacer negocios para que la mirada más hardcore sobre todo lo que hacemos, fantaseamos y deseamos cada día de nuestras vidas se vuelva material explícito.