Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2014

Memorias de un poema para River Plate

30 / 09 / 2014 - Por Juan José Becerra

Crónica de una memoria boquense y de la iniciática sustitución de las arduas ecuaciones de matemáticas por las marcas indelebles y unívocas de la pasión, que perduran en poemas y estadísticas.

El 15 de junio de 1980 cumplí 15 años en las tribunas del Monumental. Fue mi primer clásico de espectador-testigo y perdimos 2 a 1. El gol nuestro lo hizo Salinas después de un centro atrás de Pernía. Los de River, que dieron vuelta el partido en el segundo tiempo, Passarella y Luque. Todos fueron en el mismo arco, bajo la hinchada de Boca, donde vi cosas asombrosas, en especial un hombre sin brazos sentado a caballo sobre el perfil de hormigón, colgando al borde del vacío, un modo llamativo -pero muy común en las canchas- de arriesgar la vida por un buen punto de vista.
Que el partido se hubiera jugado en el estadio del Mundial '78, escenario de la proeza del dúo técnico Menotti/Videla adulterada por los hilos que la movieron en la oscuridad (entonces, para mí no era eso sino un espacio de gloria pura), alivió la derrota de una versión envejecida del Boca multicampeón del Toto Lorenzo, cuyas ruinas dirigía al borde del descenso Ubaldo Rattín. Créase o no, el viaje al Monumental fue una expedición escolar, supuestamente educativa, que partió de Junín organizada por Virgilio Magallanes, un profesor de matemáticas que nos hacía delirar cuando intentaba desarrollar ecuaciones en el pizarrón y, al no poder resolverlas nunca, limpiaba con la manga del blazer azul sus garabatos sin sentido y decía, para nosotros, para sí mismo y posiblemente para el fantasma de Pitágoras: “No, no, así no es”.
La salida de la cancha fue espectacular. Me quedé merodeando la zona, extasiado por el hormigueo humano, la vitalidad zombie que llevan los hinchas después de dos horas de nervios y una concentración de gritos alrededor de un Torino coupé que, lentamente, llevaba a José María Muñoz hacia la Avenida Udaondo. A la pasada, alguien me dio una fotocopia con un poema anónimo que, desde entonces, nunca estuvo en ningún lado, excepto en mi memoria:

River Plate gran campeón
en torneos de entre casa,
siempre haciendo tabla rasa
con galera y con bastón,
llenás de satisfacción
a tus fieles seguidores
pero en la Libertadores
no sos ni patrón ni sota,
porque no tienen pelotas
tus amargos jugadores.

Han pasado varios años
desde en que en Chile ardió Troya,
cuando el dúo Spencer/Joya
te supo dar con un caño.
Ya no me parece extraño
que te quedés con la pica,
tu historia será muy rica
como es coqueta tu ropa,
más la historia de la Copa
no se hizo para maricas.

Hoy. para mal de tus males,
Vélez, verdugo de turno,
en un partido nocturno
te hizo ensuciar los pañales.
El uruguayo González
centreó como con la mano,
saltó a cabecear Damiano,
la hizo besar el piolín
y el delirio en el Fortín
no dejó un garguero sano.

Sin gran memoria ram para almacenar la poesía que leí, de la que recuerdo a duras penas algunos versos de T.S. Eliot (“¿Quién es ese que camina a tu lado?/Si cuento, sólo estamos tu y yo”), Juan L. Ortiz (“Amor mío: ¿qué será de nosotros de aquí a doscientos años?”), Fabián Casas (“Los chicos ponen monedas en las vías”), Pablo Neruda (“Hay más bellas que tú, hay más bellas. Pero tú eres la reina”), Vicente Huidobro (“Los cuatro puntos cardinales son tres: el norte y el sur”) y pará de contar, no entendí en su momento cómo pude registrar de inmediato, para siempre y en forma completa esos versos de modestos propósitos martinfierristas.
¿Con qué sangre entra la letra? A la luz difusa de los años veo que si ese poema quedó en mi memoria fue por lo que su “motivo” tenía de histórico y de argumental. Aludía a dos episodios desgraciados en la vida de River que valen su bien ganada tradición de frialdad toráxica. El primero, referido enigmáticamente como el momento en que en Chile “ardió Troya”, recuerda la final de la Copa Libertadores de 1962, que nuestros descendientes perdieron con Peñarol en un desempate jugado en Santiago. El segundo, más reciente respecto de aquel 15 de junio de 1980, se correspondía con la enésima eliminación de River de la Copa Libertadores, en ese caso puntual a expensas de Vélez Sarsfield, ocurrida dos meses antes del modo en que se describe: centro de González, cabezazo de Damiano.
El argumento de ese poema irrefutable nace cuando Boca le gana a River la única final que disputaron, el 22 de diciembre de 1976, con un tiro libre sagaz que nunca se filmó y, por lo tanto, tuvo desde su origen un rango mitológico. Las imágenes de las fotos a contraluz en blanco y negro captando, con la suciedad que le da prestigio al documento histórico, el instante en que un círculo de resplandor extraterrestre (la pelota) se mete en un ángulo ante la incredulidad de Fillol valen, como diría Confucio, más que mil palabras. Ese momento esperó su lápida casi dos años y, finalmente, la obtuvo el 17 de octubre de 1978, cuando River, que nos había jurado venganza por aquella afrenta, intentó en vano sacarnos en las semifinales de otra Libertadores. Pero pasamos nosotros y la historia comenzó a manifestarse como lógica.
Hace unos meses, mi hijo “del medio” (el mayor ya lo sabe; el menor ya lo sabrá; la niña lo está aprendiendo) me preguntó por qué Boca era mejor que River si River se autoproclamaba “el más grande”, como bien señalaba la calcomanía en la luneta de una Toyota Hillux que nos adelantó en la autopista. Primero le dije que si era por ponerle un nombre cualquiera a las cosas, si yo quería podía poner en la luneta de nuestro auto una calcomanía que dijese: “Brad Pitt al volante”. Luego le contesté seriamente inspirándome en el contenido de los párrafos anteriores y reforzándolo con la idea -que es una idea pero también una estadística muy estricta- de que en los momentos más importantes entre Boca y River siempre se impone Boca, y comencé a enumerarlos: la final del Nacional de 1976, las semifinales de las Libertadores de 1978 y 2004 y los cuartos de final del 2000, el 2 a 0 del 2011 que lo deslizó hacia el Nacional B, el Boca campeón del 2008 con River último, la paternidad durante más de un siglo de clásicos... “Bueno, bueno, ya está, ya entendí”, me frenó mi hijo cuando me lanzaba en densa carrera hacia los pormenores del background que ningún hincha de Boca deja de tener presente cuando surge la obligación moral de poner las cosas en su lugar.