Tema del Mes

NOVIEMBRE 2014

Juanito Laguna: Crónica de un niño (no tan) solo

01 / 11 / 2014 - Por Fernando García

En paralelo a la exposición en el MALBA, Informe Escaleno inicia con este primer artículo un dossier sobre Antonio Berni. En medio de otros niños marginales redimidos por el cine, el arte, la historieta o la música, Juanito Laguna adviene en una materialidad que resiste a la traducción y a la fijeza del estereotipo. Más cercano a estos collages parece estar el testimonio de Teresa, cartonera, y los significados singulares que asigna a las cosas del mundo que la excluye.

En el largo invierno de 2002, un artista conceptual holandés se distinguió especialmente de la pléyade de becarios europeos que peregrinaron a Buenos Aires (1) para hacerse L’argentine. Por entonces, la oportunidad de la crisis era propicia para que fundaciones e instituciones pudieran sostener la aventura del arte contemporáneo (con su multiplicidad heterodoxa de medios e intereses) en una especie de viaje etnográfico a la ruina más radiante del capitalismo posindustrial. Mathijs de Bruijne, el holandés (h)errante (neologismo propio de este texto: léase y olvídese), por ferroso, por indagar la herrumbre, llevó adelante el proyecto “Liquidación.org”, un sitio web que resignificaba objetos de desecho como piezas de colección. De los basurales de José León Suárez a una colección de Zurich, Amsterdam o Stuttgart, los objetos no eran comprados como artesanías tercermundistas (una pietá coleccionista) sino que eran la materialización de la idea de De Bruijne: organizar un mercado virtual con las “cosas” del derrumbe del mercado capitalista en Argentina. Una re-circulación vindicativa de los bienes de consumo y del colapso de la estratificación social que garantizaba ese movimiento. Y hasta una compensación en negro desde las arcas del coleccionismo de arte contemporáneo a la intemperie del sistema: cada cartonero bonaerense recibía un pago por el objeto que De Bruijne colocaba en una colección privada de Europa.
Holandés (h)errante, De Bruijne supo ganarse la confianza de los cartoneros del Tren Blanco; salió a caminar la calle revolviendo la basura y curando objetos para su proyecto, que además incluía audios de los recolectores dando una explicación posible, una interpretación, del objeto encontrado. Se escuchaba a Teresa, cartonera de José León Suárez, decir sobre un juguete dañado con la forma de Buzz Lightyear, uno de los personajes centrales de “Toy Story”:

Bueno…este es un hombre de otra galaxia…debe ser antiguo…como un astronauta…porque viste que los astronautas venían así antes, en una cápsula…

Ese testimonio no puede ser mejorado por cualquier consideración crítica que se haga sobre el trabajo de De Bruijne. Teresa cartonera lleva tantos años fuera del sistema (que incluye al entretenimiento en su sistema nervioso) que no le ha sido dado participar del fenómeno global, de masas, que fue la saga “Toy Story”. Por lo tanto no hay Buzz Lightyear para ella sino una forma tan extraña y arcaica como “un astronauta”, sujeto emblemático de la carrera espacial al que sí llega a reconocer. “Un hombre de otra galaxia” y ya no una pieza de merchandising de la película que renovó una forma agotada de sentimentalismo en Hollywood. Ese extrañamiento entre el desempleado que vive de reconvertir la basura en (muy poco) dinero y un objeto-fetiche que llegó a una bolsa negra de polietileno perdiendo todo su valor es la voz silente de una fractura. De Bruijne, el (h)errante, practica allí una sutura de sentido: reconecta.

Si se sigue la idea de la desmaterialización del arte que ocupó indagaciones teóricas y una paulatina salida del objeto durante los primeros años 70, podría concluirse que Teresa cartonera explicando Buzz Lightyear al holandés (h)errante (eso, la materialidad sonora de su entendimiento) es un eslabón actualizado de la saga de Juanito Laguna que Antonio Berni empezó en 1961. Pensar que todos los cartoneros que brotaron en masa a partir de 2001 son Juanitos en potencia es una coartada sociológica. Porque Juanito Laguna es, en palabras de su Gepetto rosarino, “un chico pobre” pero es sobre todo una construcción de política estética. Y parte de su potencia radica en esa misma relación dislocada con los objetos que lo rodean y lo eluden excepto en su versión de descarte, en su finitud de pieza comercial, en su no-valor. Mejor: para disponer de sus enormes collages, Berni razona un poco como Teresa cartonera. En el vértigo de la basura, nada es lo que fue.
Pensemos en una obra del hall of fame de la serie como “Juanito goes to the Factory” (1977) realizado para más datos en Nueva York, el centro operativo de la sociedad de consumo (pensemos “sociedad de consumo” en los términos que podía hacerlo un intelectual filocomunista en esos años). El camino que guía a la Factory (Fábrica) está sembrado de rosas y espinas en la forma de restos, herrumbre del shopping-mall. Todo ese mundo de colores y diseño propio del packaging se deshace en fragmentos que el Berni que piensa en clave de Juanito Laguna sitúa en la perplejidad aquella del merchandising de “Toy Story” devenido “hombre antiguo de otra galaxia”.      
Esta clase de Juanito Laguna tardío (de 1973 en adelante), cuya figura es realizada en el plano de la pintura pero que es progresivamente rodeado por la materialidad del mundo, no se parece en nada al que deslumbró y escandalizó en Witcomb, nada menos que la galería emblema del sistema artístico de Buenos Aires. Es interesante rebobinar y ver como la aparición de Juanito Laguna en el paisaje cultural arma sentido con otros niños-personajes del arte popular. Pensemos en una iconografía en progreso que debe hundir raíces en la literatura de Dickens (“Oliver Twist”) y la pintura de desarrapados de Murillo pero que se vuelve más específica si se piensa en torno a sus reflejos contemporáneos. La opción de Berni por edificar a Juanito Laguna con los propios materiales de su destino obturado es posible de transpolar al sonido en Fernando Birri. Los chicos del seminal documental “Tire Dié” (1960), definido por el realizador santafecino como “primer encuesta social filmada”, son captados en su singularidad acústica: el grito de “tire dié” (tire diez centavos), con esa resonancia de pájaros de Hitchcock o de recurso de la música concreta. Ese sonido agudo, desesperante y desesperado los define tanto o más que la imagen, a la que podríamos terminar acostumbrándonos. En la muestra de Witcomb, donde Berni hace de Arcimboldo en el siglo del ready made, esos retratos donde la forma humana apenas aflora (¡nuestros informalistas hubieran querido presentar pleito en La Haya!) entre maderas quemadas y rezagos de hojalata hicieron todo para que nadie se acostumbre a mirarlos.
Crónica de un niño solo” (1965), la ópera prima de Leonardo Favio, arma época con la “encuesta social filmada” de Birri y los collages y grabados del nuevo Berni (un artista reinventándose al borde de los 60 años) en Witcom y, luego, la Bienal de Venecia. Donde lo autobiográfico revelaba un sesgo anti-institucional en Favio (¿Juanito en el reformatorio?), la proyección de la crítica en Berni ya era anti-sistémica. Y donde el peronismo encontraba en Favio la fuente de redención de los chicos “tire dié”, en Berni ese lugar apenas si puede leerse como encapsulado, camuflado, en su ácida lectura del desarrollismo.
El hecho de que Berni haya asumido la pregnancia del arte popular (la insistencia en la figura) sin descuidar los procedimientos radicales (2) puso a Juanito en otra órbita, la de los personajes de ficción. Si la serie pude pensarse como un largo cómic no lineal es porque el personaje de extramuros dialoga con figuras emblemáticas de una súper-niñez cuya creación revela cierta necesidad de la posguerra de expurgar la culpa adulta de haber sometido al mundo a la pesadilla de la guerra total. En la iconografía de fines de los 50 y principios de los 60, al alter ego de Berni (3) aparece en un mismo frente con Astroboy (4), de Osamu Tezuka, e Hijitus, el más cercano personaje de Manuel García Ferré. En la magnífica pintura collage “El mundo prometido a Juanito Laguna” (1963) el cielo está atravesado por la ominosa figura del hongo de Hiroshima compuesto por retazos de chapa y papel. Es el camino que une a ambos personajes y que va de la sofisticada central atómica japonesa a la frágil materialidad de la villa miseria; de la utopía pacifista nipona a la distopía del sub-desarrollo en Latinoamérica. Se pasa por alto que Hijitus empezó como personaje secundario de una tira llamada “Villa Leoncia” y que su orfandad (ecos porteños del tío Walt D. aquí) está acentuada por su hábitat: un caño (5). García Ferré lo redime de su galera rotosa como un “Súper”; Berni como un justiciero en el envase aurático de una obra de arte radical.
Aún así, Juanito Laguna proyectó una sombra melancólica que se terminó por verificar en la música popular. Ya en el nuevo cancionero (Lima Quintana con Mercedes Sosa) que musicalizó puntualmente algunas de sus escenas;  como en el incipiente rock de Almendra, de “Plegaria…” a “Fermín…”, y más tarde, el Piero de “Para el Pueblo”. Si la música popular persistió en el mitologema del niño solo faviano para rodear el aura de Juanito, la pintura volvería sobre él como re-escritura política cuando Daniel Santoro sumó su historia (que no es tal: no hay sino sucesos congelados, fotogramas de una película dispersa) a la estetización del peronismo clásico.
En su mirada, obras de Berni como “Las vacaciones de Juanito Laguna” (1972) no pueden explicarse sin el amparo del estado de bienestar y del progreso de la clase obrera a partir de la segunda mitad del siglo XX. Eso le dio, en otras manos, un extraño epílogo a la saga de Juanito Laguna. Obras figurativas, hieráticas, de pintura pura, donde Santoro lleva a Juanito al mundo de la ucronía. Eva Perón y una supuesta madre de Juanito Laguna (6) -que tampoco tiene entidad en el corpus berniano- comparten escena en cuadros que componen el paraíso de la justicia social. Para Santoro, Juanito Laguna no fue un niño solo porque el aparato asistencial peronista lo cobijó aunque Berni haya compuesto (pintado es tan…insuficiente) otra imagen.
Sin embargo, más allá del registro de época (ya vimos que su irrupción no fue aislada) o de la relectura como sujeto histórico pos peronista, hay obras/escenas donde Juanito parece abandonado (casi gozosamente) por su creador. Juanito parece más solo en aquellas obras de la serie donde el juguete ocupa un lugar de preponderancia en el texto pictórico.
Hay algo indescifrable allí, algo que no se termina de comunicar (Que nadie, nadie, despierte al niño, dejenlo que siga soñando felicidad, destruyendo trapos de lustrar alejándose de la maldad). Algo que esperaba por una realidad durísima, tanto como la que nos trajo la voz de Teresa cartonera poniendo en la vida misma aquella perplejidad del juguete encontrado en la basura. Toda esa escena: un Berni.
Porque Teresa cartonera habló allí en lenguas. En la voz incomprobable de Juanito Laguna.

1)    La muestra “Ex Argentina”, patrocinada por el Instituto Goethe de Buenos Aires, reunió a un grupo de artistas alemanes trabajando in situ sobre la crisis.
2)    Carlos Gorriarena: “Juanito conmocionó el ambiente. Hasta ahí, nuestra vanguardia era dependiente…” (Fernando García. Los Ojos, vida y pasión de Antonio Berni. Editorial Planeta. Buenos Aires, 2005)
3)    Así hablaba Berni de Juanito: “Juanito Laguna no pide limosna, reclama justicia; en consecuencia pone a la gente frente a esa disyuntiva; los cretinos compadecerán y harán beneficencia con los Juanito Laguna; los hombres y mujeres de bien, les harán justicia. De eso se trata” (José Viñals, Berni. Palabra e Imagen. Galería Imagen, Buenos Aires, 1976)
4)    Tal es el nombre con que se estrenó en Buenos Aires siguiendo la denominación de la televisión estadounidense. El personaje original se llamó Tetsuwan Atom (chico atómico), nombre que se evitó en Occidente.
5)    Son los mismos años en que se populariza un tipo de vivienda prefabricada y barata conocida como “medio caño”.
6)    Obras como “La mamá de Juanito es atacada en los alrededores de la ciudad justicialista”.