Tema del Mes

OCTUBRE 2014

Don Draper no conoció a Teo Gutiérrez

31 / 10 / 2014 - Por Alejandro Wall

Ya es impreciso en la memoria el claro Paraíso, pero yo sé que existe y que perdura, aunque no para mí. (…) Y, sin embargo, es mucho haber amado, haber sido feliz, haber tocado, el viviente Jardín, siquiera un día. (Jorge Luis Borges, “Adam cast forth”, 1967)

A mi segundo hijo le quise poner Teófilo. Fue medio un arrebato pero yo pensaba en llamarlo Teo, que suena tan dulce y extraño. Era la primera forma de imaginarlo, porque ponerle el nombre a tu hijo, además de una decisión trascendental que él va a llevar por siempre, es una manera de adivinarle la cara incluso antes -y mejor- que esas ecografías 4D en las que no ves nada pero creés ver todo. A mi hijo lo imaginaba Teo, llamándolo Teo, lo iba probando en mi cabeza, repitiendo, contándoselo a su hermano, diciéndole Teo como Teo Gutiérrez, y no porque creyera que se iba a parecer a Teo sino porque amaba a Teo, porque Teo me hacía feliz y entonces lo único que quería era repetir esas tres letras de la apócope de Teófilo el resto de mi vida.
Me acuerdo que cuando llegó a Racing hicimos una cuenta muy absurda. Dijimos que como ahora íbamos a tener dos colombianos igual que en 2001 -cuando teníamos a Gerardo Bedoya y Alex Viveros- eso era una señal de que podíamos ser campeones. Estaba Giovanni Moreno, que para nosotros era Gio, y estaba Teófilo Gutiérrez, que para nosotros era Teo. Gio y Teo. Habían pasado diez años, una década, y todo nos resultaba un guiño divino por esa cosa mística que tienen los hinchas. Hasta que un día a Gio lo rompieron y nos quedamos rengos de colombianos. El día en que se supo que Gio estaría varios meses sin jugar puteé fuerte, en voz alta, por qué siempre a nosotros, la puta que lo parió. Un amigo me paró, me dijo que había que terminar con esas historias de victimización, que esas cosas les pasan a todos. Tenía razón.
Teo hizo veintidós goles en Racing. Goles a un toque, goles de zurda, goles de derecha, goles con la cabeza, goles después de una gambeta, goles picándola, goles pegándole fuerte, goles para un triunfo, goles para una derrota digna, y hasta algunos goles de penal. Todos muy distintos. Ahora que lo veo hacer goles en River -en una mezcla de placer y dolor- noto que Teo hace más goles a un toque. De los diez goles que hizo este torneo hasta ahora, siete los hizo de un único golpe, siempre bien perfilado, siempre listo para el engaño, y en algo debe tener que ver también cómo juega River. Que el gol sea a un toque no significa que sólo sea un gol de oportunista: hay que ver mil veces el primero de los dos que le hace a Belgrano, cómo engancha la pelota, es de otro planeta.
En Héroes de nuestro tiempo, el libro que reúne sus artículos, el periodista español Santiago Segurola cuenta que una vez un colega de la sección Economía del diario El País, José Antonio Navas, le advirtió esa particularidad sobre Hugo Sánchez, el goleador de la vuelta carnero. “Creo que nunca toca la pelota dos veces antes de marcar”, le dijo. En la temporada 89-90, el mexicano igualó el récord de tantos en la Liga española que Telmo Zarra tenía desde 1951. Un récord que ahora posee Lionel Messi –y antes ya había sido batido por Cristiano Ronaldo- por mucho margen. Como en esos años no existía You Tube, Segurola se pasó tres días en los archivos de Televisión Española para constatar los trucos de magia de Hugo Sánchez. Y todos fueron a un toque, cada uno de los 38 goles de esa temporada.  “Sin que por ello –escribió Segurola- se significara como uno de esos goleadores monótonos que viven al borde del fuera de juego y barren todo lo que llega al área”. Se puede decir lo mismo de Teo.
La estadística sobre la cantidad de goles que hizo en Racing es probable que resulte mentirosa para mi hijo mayor. Las estadísticas no cuentan algunos sentimientos, ciertas subjetividades con las que también está hecho el fútbol. Cuando todavía no había nacido su hermano –al que yo quise llamar Teófilo o simplemente Teo- lo llevé por primera vez al Cilindro para ver un Racing-River. Camilo tenía cuatro años. Esa tarde Juan Pablo Carrizo se atajó todo y Mariano Pavone hizo un gol de penal. Fue el torneo en el que River iba a terminar en la B, pero esa no es la historia: resulta que a Teo le anularon un gol que llegamos a gritar. Suele pasar. Camilo siempre creyó que ese gol de Teo había sido válido. O sea, que el partido había terminado en un empate. Me pueden juzgar, decir lo que quieran, pero me pareció un poco cruel contarle que lo había gritado para nada. Ya había festejado, ya había apretado los puños, ahora bajaba y subía los escalones de la platea alta y cada tanto levantaba la cabeza para ver qué pasaba en la cancha. ¿Quién era yo para andar explicándole que al final no fue y sacarlo de su mundo de inocencia? No sé si hice mal o bien, yo creo que a los hijos hay que enfrentarlos siempre a la verdad, pero lo vi tan contento con ese gol que no quise desilusionarlo. Hace uno días le conté esta historia, le confesé lo que había pasado, que aquel gol no había sido gol. No le dio mucha importancia.
El pase es la esencia del fútbol, pero el gol es el éxtasis, un instante de felicidad salvaje. El gol es como la fiebre, un síntoma, la expresión de algo más profundo: la jugada. Don Draper, el vendedor de ilusiones de “Mad Men”, el capo de los creativos de la agencia Starling Cooper, dice en la primera temporada de la serie que la publicidad se basa en una cosa: la felicidad. “¿Y saben qué es la felicidad?”, dice, “la felicidad es el olor de un coche nuevo, es librarse de las ataduras del miedo, es una valla a un lado de la carretera que te confirma que lo estás haciendo lo estás haciendo bien”. Draper dice eso porque es un publicista y además porque en los años sesenta en Nueva York no conocían a Teo Gutiérrez, a la sonrisa blanca, hermosa, ese trotecito canchero. El gol. Eso también es la felicidad, Draper. Ver a Teo hacer goles y levantar los brazos. Ahora en River hace un pasito de baile, una coreografía que no es una plegaria, pero yo, que no soy religioso, lo disfrutaba verlo señalar el cielo con la camiseta de Racing. La primera vez que hizo eso fue en un gol con el Junior. Apuntó con los índices al cielo, contó una vez Roberto Parrottino, para dedicárselo a Cosquillas, un amigo de la infancia al que le decían así porque metía las manos en los bolsillos ajenos para robar y lo hacía con tanta delicadeza, con tanta suavidad, que sus víctimas sólo sentían una caricia. Cosquillas era del barrio La Chinita de Barranquilla, donde nació y creció Teo. Cosquillas le regalaba los botines y le decía que no siguiera su ejemplo. A Cosquillas lo mataron mientras hacía de las suyas, pero Teo nunca se olvidó de esos consejos. Ni siquiera cuando hizo su primer gol.
Tal vez había que entender toda esa historia, ese universo de pandilleros, cuando se fue de Racing después de sacar un arma en el vestuario de la cancha de Independiente durante una pelea con sus compañeros. “Sacó la máquina”, como dijo Alfio Basile, que ese mismo día renunció. Teo se fue en un taxi de Avellaneda para no volver nunca más. Esa tarde hizo el último gol para Racing. Fue una pena, pero fue lo que tuvo que ser. Confieso, aunque suene un poco salvaje, que yo quería que le perdonaran todo. No quería que se fuera ese colombiano maldito y genial que nos hacía felices con pequeños comprimidos. Pero tenía que irse. Y aunque tantas veces hayan actuado así en los últimos años, los dirigentes no pueden resolver como hinchas, irracionalmente. Teo no podía seguir después de sacar el bufoso y se fue.

El miércoles 31 de julio de 2013, a las 12.56, en la ventanita del chat de Gmail, tuve esta conversación con mi amigo Emiliano Gullo, hincha de River:
-Cómo lo ves a Teo? Me puedo ilusionar?
-Es un crack
-Sí? Tanto? Uf… groso
-Lo amo
-No me lo recordaba así
-El drama es que es un quilombo
-Vos decís que sigue limado?
-No creo que haya cambiado su espíritu, pero se viene el Mundial y quizá Ramón lo doma bien. Si lo logra, un gol por partido te hace.
-Uhh, qué lindo
“Lo amo”, le puse a Gullito ahora que me doy cuenta y releo la conversación en el archivo de los chats. En presente lo escribí. Porque era cierto. Aunque Teo hacía más de un año que ya no estaba en Racing. Aunque ya ni rastros quedara de su figura barranquillera. Aunque mi mujer me haya limpiado en un segundo el arrebato fanático de querer ponerle Teófilo a mi hijo, que al final se llama Santiago y la explicación no importa. Como sea, aunque ya no esté más, me gusta ver a Teo. Me gusta que se haya quedado acá, me gusta verlo jugar porque también me gusta ver jugar a River, verlo tocar, como me gustaba ver pisar la pelota a Juan Román Riquelme con Boca y me gusta verlo ahora en Argentinos; como me gustaba -perdonen los comisarios de la pureza racinguista- ver jugar a Bochini. No me importa ahí la camiseta. Aún en la contradicción me gusta ver a Teo bailar. Me gusta ver a Teo ir con el pecho hacia adelante, la espalda recta, y dar el toque a la red. Es una felicidad ajena, pero siento –todavía- que también es un poco nuestra.