Tema del Mes

NOVIEMBRE 2014

El país en el que los ataques venden entradas y las defensas ganan títulos

08 / 11 / 2014 - Por Julián Mozo

La época de Jordan, el mayor talento ofensivo de la historia, fue también la del comienzo del básquet de defensa. Y así fue que el mejor atacante del planeta fue también elegido el mejor defensor de 1988. Pionero y menos cargado de prejuicios, el básquet logró imponer la nueva moda, hasta en el grito eufórico del público.

Michael Jordan puede dar fe. El gran atacante que ha dado la historia del básquet sufrió una revolución paralela, y no justamente ofensiva. Sucedió cuando su carrera recién estaba comenzando, a fines de la década de los años 80, y MJ ya era el mejor atacante del mundo y en camino de ser el mejor de la historia: alguien capaz de promediar 36,5 puntos entre 1986 y 1990.
La estrella que había llegado a Chicago Bulls desde la Universidad de Carolina del Norte tenía el paquete completo: velocidad y potencia, habilidad y fortaleza, tiro y penetración, un salto deslumbrante y buenos fundamentos en el piso. Las defensas sucumbían ante su avasallante arsenal ofensivo. "Fue Dios vestido de jugador de básquet", dijo Larry Bird al ver cómo Jordan le anotaba 63 puntos en su cara, justamente ante los Celtics. Pero no siempre sería así: en 1988, MJ comenzaría un calvario que duraría tres años. Fue cuando, silenciosamente, surgiría un movimiento que cambiaría la historia del básquet: los chicos malos de Detroit Pistons, los reyes de la defensa.
La capacidad individual de Jordan era tal que los Bulls, sin tener un gran equipo, se irguieron como una amenaza en la costa Este de Estados Unidos. En esa conferencia, cada vez que se aproximaban a la definición, se encontraban con Detroit. Pero los Pistons eran el máximo obstáculo que Jordan tenía que superar para llegar al anillo de campeón.
Como si fuera el típico aprendizaje que todos los grandes tuvieron que atravesar, Jordan debió sufrir primero para luego gozar. Todo comenzó en la semifinal del Este de 1988, cuando los Pistons sacaron del camino a los Bulls por 4-1. Al año siguiente, la historia se repitió, aunque con algo más de dificultad: 4-2. Y ya en 1990, con los Bulls en la cornisa de convertirse en el equipo ganador con Scottie Pippen y Horace Grant que luego sería tricampeón, Detroit volvió a ganarle a Jordan: 4-3. Sería recién en 1991 cuando Su Majestad y compañía se sacaron de encima a su bestia negra con una barrida 4-0. Entonces Phil Jackson a bordo ya les había transmitido a los Bulls una madurez de equipo ganador y una ofensiva especial que le impidió a los Pistons generar el cuarto colapso consecutivo de MJ.
Cuenta la leyenda que el punto de inflexión llegó en el primer choque de playoffs de la tremenda rivalidad Bulls-Pistons que signaría el final de esa década. Aquella tarde, Jordan anotó 59 puntos en Detroit para el triunfo por 112-110 que puso el 1-0 en la serie. Todos recuerdan el enojo de Chuck Daly, aquel maestro que diría a los Pistons y que juró que ese dominio no sucedería nunca más. Así fue que el técnico puso en práctica una ejecución defensiva que había maquinado y que, con el tiempo, cambiaría la mentalidad en este deporte.
La estrategia se hizo famosa como "The Jordan Rules" (Las Reglas de Jordan) y sus premisas eran claras: jugarle duro, desafiarlo físicamente y variar las tácticas de una defensa que se mostraría como agresiva y escalonada. A veces se le negaba la recepción de la pelota, otras se lo defendía cara a cara y en la mayoría de las ocasiones se le doblaba la marca con dos y hasta tres jugadores para que, cuando Jordan recibiera, tuviera que desprenderse de la pelota. Y si, luego de semejante despliegue, Su Majestad igual lograba espacios para encarar al aro, los Pistons se aseguraban que al menos ese ataque de Jordan estaba siendo desafiado. Y si era necesario, golpeado... Sí, golpeado.
A Jordan nunca un rival le costó tanto. Nunca una defensa lo frustró de esa forma. Y nunca una estrategia cambió tanto una forma de llegar al éxito.
Estamos hablando de la década de los años 80, una época que quedó en los libros como la de las épicas batallas entre los Lakers de Magic Johnson y los Celtics de Larry Bird. Clásicos duelos que fueron la llave de la popularización de la competencia por el mundo. Y como si no alcanzara con esos míticos enfrentamientos de playoffs, repletos de figuras y de gran juego, una estrella como Jordan emergía con la capacidad de cautivar al espectador promedio con su devastador poder de anotación. Entre MJ y el Show Time de los Lakers parecía que el jogo bonito se adueñaría de la mejor liga del mundo, pero aparecieron Daly y los Pistons para empezar a contrarrestar con otra propuesta.
Aquellos Pistons contaban con dos estilistas como Isiah Thomas y Joe Dumars, pero detrás de ellos se levantaba una armada de tipos duros, verdaderamente ásperos, que no tenían dramas en rasparse o pegar un codazo si fuera necesario. Justo en una competencia que se había vuelto limpia como el agua, Dennis Rodman, Bill Laimbeer, James Edwards, Rick Mahorn, Adrian Dantley, John Salley e incluso Mark Aguirre lograron que aquel conjunto tuviera el calificativo de "sucios".
Fue justamente Rodman, en su visita a la Argentina durante 2014, el que resumió el cambio de filosofía a fines de los 80 que modificó para siempre el escenario del básquet. "Cuando llegué a los Pistons me di cuenta de que podía ocuparme de algo que no hacía nadie: defender y tomar rebotes. Así me gané la vida...", contó mientras fumaba un habano y tomaba un trago de color naranja. El Gusano, más allá de sus excentricidades y polémicas, hizo más que ganarse la vida en la NBA: su estilo de juego dejó un legado como especialista defensivo.
El éxito de Detroit fue una semilla que, de a poco, creció y dejó una huella. La NBA primero y el mundo después comprendieron que se podía ganar con defensa. Y como la marca en básquet es básicamente actitud y no necesita de luminarias ni de grandes nombres, los menos poderosos comprendieron que ésa podía ser su llave, la chance histórica de codearse con los de la billetera gorda. Así entonces, año a año, la defensa cobró más valor. Los Knicks de Pat Riley usaron parte de las estrategias de Daly desde 1992 a 1998 y, sin gran talento ofensivo, fueron animadores permanentes y hasta llegaron a la final del 94, que perdieron contra Houston. Es obvio que no tuvieron tanto éxito, pero potenciaron sus posibilidades y tuvieron más de una vez contra las cuerdas a Su Majestad y los ganadores Bulls. Pat Ewing era la estrella, pero detrás de él se encolumnaban tipos duros como John Starks, Charles Oakley, Anthony Mason y Derek Harper.
Aquel legado de los Chicos Malos volvió a reencarnar en Detroit, a mediados del 2000, con otro equipo sin juego ofensivo lucido pero con mucha determinación y una defensa física de elite. Virtudes que le permitieron ser campeones en el 2004 y finalistas en el 2005. No es casualidad que, otra vez, una formación tan industrial haya salido de una ciudad obrera y automotriz. Una metrópoli dura pero real, como aquellos Bad Boys que cambiaron la historia y reescribieron el reglamento defensivo de la NBA.
Si se comparan los dos grandes Detroit de la historia, ambas versiones tuvieron diferencias pero también similitudes. Y los dos equipos se consagraron contra los glamorosos Lakers, equipos con sobreabundancia de estrellas. Los Pistons del 89 ganaron el primer título sobre los Lakers de Magic Johnson, James Worthy y Kareem Abdul-Jabbar que buscaban el tricampeonato, pero perdieron 4-0 luego de haber llegado invictos (11-0) a la definición. La segunda versión, con Larry Brown como entrenador, repitió ante los mismos Lakers, esta vez con el único plantel que juntó cuatro figuras históricas, como Shaquille O'Neal, Kobe Bryant, Karl Malone y Gary Payton (los dos últimos ya más veteranos), y que sin embargo sufrieron una histórica barrida (4-0).
En el primer partido, los Pistons avisaron en Los Ángeles y dejaron al favorito en 75 puntos y 38% de efectividad en lanzamiento de campo, mientras que en el tercer juego minimizaron a los Lakers en apenas 68 puntos. Los que más lucían, quizá en un paralelismo con aquellos Chicos Malos, eran Chauncey Billups (haciendo de Isaih Thomas) y Rip Hamilton (de Joe Dumars), pero el alma había que buscarla cerca del aro, en Ben Wallace, el nuevo Chico Malo. Cuatro veces el Mejor Defensor de la NBA, con un peinado afro que lo hacía tan malo como Rick Mahorn o James Edwards, el capitán era capaz de no tirar al aro, ni siquiera cuando tomaba un rebote ofensivo. Su misión era jugar duro, defender, rebotear y taponar. Justamente, en aquellos playoffs se consagró sin anotar, promediando 14.3 rebotes y 2.4 tapas. Como había hecho Rodman. Era, una vez más, el legado de la defensa.
Y esto de defender para ganar no fue propiedad de los equipos limitados. Los Bulls de Jordan, en ambas versiones (más la del 96/98 que la del 91/93), tuvieron un enorme talento y recursos para atacar, pero su piedra fundacional era la marca asfixiante que desplegaban Ron Harper, Jordan, Pippen, Jordan y Luc Longley, todos tipos de más de dos metros que, con los brazos abiertos y una agresividad natural, desbarataban al ataque más aceitado, como por ejemplo el de los Jazz que desplegaban John Stockton y Karl Malone. Utah, durante dos finales, se encontró con que lo que le había servido durante el resto del año ya no tenía los mismos resultados en las finales y debían buscar un plan B.
La defensa de Chicago era un arte y el ejemplo de Jordan es uno de los mejores para explicar el valor de la marca, incluso en el caso del mejor talento ofensivo de la historia. MJ nació con facilidades para el juego de ataque, alguien capaz de anotar de las más variadas formas. Incluso, con el tiempo, cuando sus prestaciones físicas disminuyeron, el escolta desarrolló nuevas armas, como un tiro externo más mejorado, para seguir dominando y burlando a las cada vez más aceitadas defensas. Pero, a la par de sus progresos ofensivos, estuvieron los defensivos. Y así fue que el mejor atacante del planeta fue también elegido el mejor defensor de 1988. Promedió 35 puntos para ser el goleador (con 53% de campo y 5,9 asistencias) pero también aportó 3,2 robos y 1,6 tapas, máximas de su carrera, y 5,5 rebotes. De otro planeta.
La preeminencia de la defensa se volvió una moda que se popularizó y hoy, sin una gran marca, nadie gana. Existieron y existen algunos "menotistas" en la NBA, como Don Nelson y Mike D'Antoni, dos entrenadores que tuvieron éxito en fase regular pero cuya filosofía de ofensiva-primero no les permitió ganar cuando la presión sube y las defensas aprietan al máximo. Nelson, por caso, tuvo muy buenos conjuntos en Milwaukee, Golden State y Dallas, pero no pudo acercarse al título y su éxito fue significativamente menor en la postemporada. Lo mismo que D'Antoni en Phoenix. A comienzos de 2014, justamente, acaba de irse de los Lakers sin ser capaz de tener suceso en la temporada regular.
Son tiempos defensivos en la NBA y hay que aggionarse. Hace ya más de una década que la pieza más importante de los cuerpos técnicos es el asistente defensivo, la carta de triunfo. Por eso han ganado mucha fama tipos como Tom Thibodeau, Dwane Casey, Nate McMillan, Mike Brown y Lionel Hollins. Tanto ha crecido la importancia de la defensa que, si bien el premio al Mejor Defensor del Año se entrega desde 1983, a partir desde los años 90 tomó mayor relevancia y hoy los jugadores se pelean por ganarlo. El caso que resume la valoración e importancia de la defensa en el juego es el de Joakim Noah. El hijo del ex tenista Yannick Noah terminó cuarto en la votación del mejor jugador (MVP), pese a promediar apenas 12.6 puntos y ser el sexto anotador del equipo. Lo logró por ser un eximio defensor y eso le valió ganar el galardón al mejor defensor en la 2013/2014.
A tal punto ha llevado la relevancia de cuidar tu aro que, en los estadios, al público se lo escucha a gritar "De-fen-se" y no "O-ffen-se". Y, desde los tableros, que son como los barra brava "tecnológicos" de la NBA (pero sin violencia, contactos políticos ni "aportes" de jugadores), se les pide justamente que griten eso, sabiendo que es el arma que más te acerca al triunfo.
El básquet siempre ha sido pionero. En cambiar las reglas para mejorar el juego y en modificar el juego para hacerlo más rico. Lo que en otros deportes todavía se discute en el básquet a nadie se le ocurre. Siempre seguirá ganando quien meta esa pelota naranja más veces dentro del aro, pero el tema se ha vuelto hermosamente complejo con el paso de los años. La defensa ha adquirido una importancia sublime. En el fútbol americano domina la frase "las ofensivas venden las entradas y las defensas ganan los campeonatos". Y en la NBA, desde hace más de 20 años, se repite una realidad similar. Como para demostrar que no existen los prejuicios que se sufren en otras tierras.