Tema del Mes

NOVIEMBRE 2014

Einstein, Diego, Messi y la teoría de la relatividad

15 / 11 / 2014 - Por Oscar Barnade

¿Quién será el mejor de todos después de Messi? ¿En quién encarnará la velocidad de la luz en el fútbol? ¿Incidirá su figura en los hilos que tejen el poder de la FIFA?

Primero el interrogante. Hace ya unos cuántos años, cuando Diego Maradona dejó de jugar, el tiempo pasaba y no había ningún jugador argentino que insinuara hacerle un poco de sombra. Entonces, el colectivo se preguntaba: ¿Cuándo surgirá un nuevo Maradona? Ahora, cuando el mejor jugador del mundo sigue siendo argentino, que está en su etapa de esplendor, a punto de transformarse en el máximo goleador de la historia de la Liga de España y también de la Champions League, y  que por muy poco no lideró una nueva Copa del Mundo para Argentina, interrogo: ¿Cuándo surgirá un nuevo Messi? Y me pregunto más: ¿Qué características tendrá? ¿Será más rápido, física y mentalmente, que La Pulga? ¿Tendrá velocidad y precisión en el traslado de la pelota como Lio? ¿En cuántos segundos podrá recorrer el último cuarto de la cancha? ¿Cuántas gambetas podrá hacer para seguir deslumbrando al mundo con una capacidad única?
Los viajes amplían horizontes. Viajar en su placer pero además nutre de nuevas experiencias. Estuve en Berna, Suiza, el 29 de febrero de 2012. Año bisiesto. Ese día, Lionel Messi anotó por primera vez un hat-trick en la Selección. Argentina ganó 3-1 en los instantes finales de un partido que se le había complicado demasiado.  Unas horas antes, paseando por la ciudad, fuimos con Pablo Cavallero, del diario deportivo Olé, flamante cabeza periodística del Departamento de Medios y Comunicación de la AFA, a visitar la casa en la que vivió Albert Einstein durante su estadía en Suiza. Estaba cerrada por un problema de rotura de cañerías. Pero en la fachada, los carteles contaban que allí el genio de la física había elaborado su teoría de la relatividad. Después, fuimos al Museo Nacional de Berna, que tiene un recorrido que explica de manera didáctica la teoría de Einstein. ¿A qué viene todo esto? Un día después del encuentro, en una nota que el Mulato Daniel Lagares tituló “Si algún día se apaga Messi, ¿quién se puede encender?”, inicié la crónica con estas líneas en Clarín: “En Berna, en esta ciudad histórica, Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, dejó su sello para siempre. Por primera vez marcó tres goles en la Selección. Ni siquiera en juveniles, categorías en las que anotó 16 goles, lo había logrado. Aquí, en Berna, otro genio pero de la física, Albert Einstein, elaboró en 1905 la teoría especial de la relatividad. Einstein sostenía que lo único constante en el universo era la velocidad de la luz en el vacío y presentó otra manera de concebir el espacio, el tiempo y el universo, porque nada puede ser más veloz que la luz. Messi, con su juego y con sus tres goles, volvió a demostrar que lo único constante en la Selección Argentina es él. Siempre juega bien. Messi concibe de una manera el fútbol, los espacios y los tiempos. Y no hay nadie más rápido que Messi en el fútbol actual. No hay nadie más importante en el equipo de Sabella que Messi. La Selección Argentina es Messi y diez más. Pero, ¿hay algo más que Messi?”
En pleno disputa del Mundial de Brasil estábamos almorzando en Puerto Madero con Ricardo Sabanes, editor de Club House, Ariel Scher, Horacio del Prado y Andreas Campomar, quien estaba en el país promocionado su libro Golazo (que es un verdadero golazo). En un momento de charla futbolera, esbozo mi idea de que la teoría de la relatividad se puede aplicar en el fútbol a los mejores jugadores de la historia. Hubo cierta sorpresa y aprobación. A los pocos días falleció Alfredo Di Stéfano. Y entonces recibí un correo de Andreas, que me pedía que le ampliara y le escribiera unas líneas sobre esa idea que había contado en la comida. Andreas ya estaba en Brasil y escribía desde allí para el New York Times. Un poco más elaborada, esa idea que se inició el 29 de febrero en Berna comenzó a tomar un poco más de forma. Desde entonces, tenía en el desafío de ampliarla un poco más. Explicar por qué la teoría de un físico, uno de los genios de la historia, que se aplicaba en un montón de situaciones cotidianas de la vida, podía aplicarse a los genios del fútbol, algo tan cotidiano para los futboleros.  Siempre me pregunté por qué los mejores jugadores de la historia del fútbol mundial fueron eso, los mejores. Qué tenían de diferente Alfredo, Pelé y Johan Cruyff, por citar a los tres que están en el top five junto a Maradona y Messi, al resto de sus contemporáneos (en una lista más amplia se agregarían, entre otros, Puskas, Garrincha, Platini, Cristiano Ronaldo y, por qué no, Robben). A Diego y a Messi los vi en vivo y en directo. Como adolescente a Diego y luego como periodista, igual que a La Pulga. A los otros tres los disfruté por videos, que ayudan a entender algunas cuestiones. Me llamó la atención de Di Stéfano, ya en el Real Madrid, cómo iba a buscar el balón casi a la mitad de la cancha y de ahí iniciaba una carrera veloz, un sprint como decían antes, tiraba una pared con Puskas, con Rial, o con Gento, y casi siempre la jugada finalizaba en gol de La Saeta Rubia. Claro, el apodo deviene de su velocidad. Y el apodo se lo cambiaron en 1947, cuando volvió a River después de estar un año a préstamo en Huracán. Di Stéfano debutó en River en 1945, pero no tenía lugar en La Máquina. El estratega era Adolfo Pedernera, otro crack de la época que jugaba de falso 9, es decir, centrodelantero retrasado. El cambio posicional de Pedernera, atribuido a la sapiencia de Carlos Peucelle, fue el éxito de La Máquina. Di Stéfano se fue y volvió del préstamo de Huracán como El Alemán. En 1947, con su velocidad, renovó La Máquina. Y fue para siempre La Saeta Rubia, apodo que le puso Roberto Neuberger, director de la histórica Revista River. Emigró a Colombia en 1949 y tras jugar cuatro temporadas en Millonarios, llegó a Europa con 27 años (la edad que ahora tiene Messi). Firmó con el Real Madrid, fue goleador y multicampeón. Velocidad, precisión, despliegue, panorama, gol. Todo eso tenía Alfredo, el más veloz de su época. Desde entonces, el argentino es considerado uno de los mejores jugadores europeos de todos los tiempos.
En 1958 Brasil conquistó su primera Copa del Mundo. Pelé tenía 17 años. En la final contra Suecia, recibió la pelota en el área. Lo marcaba un sueco, grandote, experimentado. Pelé la paró de pecho, tiró un sombrero y acomodó la pelota junto a un palo. Tenía 17 años y una velocidad superior al resto. Después Pelé fue más Pelé. Goleador y multicampeón. Deslumbró en el Santos y en la Selección. Fue O Rey. Sigue siendo uno de los más grandes. “Verlo jugar, bien valía una tregua y mucho más. Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales, como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera”, escribió el uruguayo Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra. Después de los tres títulos mundiales de Brasil (1958, 1962 y 1970), el fútbol sudamericano destronó a los europeos de la FIFA. Joao Havelange, poderoso por los goles de Pelé, entendió que el poder de cada voto de las asociaciones de Asia, Africa y Concacaf era la clave. Y se transformó en presidente vitalicio.
La final del Mundial 74 entre Alemania y Holanda tiene un minuto y medio inicial histórico. Movió el equipo naranja, La Naranja Mecánica, y a puro toque llegó hasta el área alemana. Penal a Cruyff. Gol de Neeskens. Holanda ganaba 1-0 y no la había tocado ningún jugador alemán. Cruyff era el director de orquesta de ese equipo. Fue el genio que apareció en el Mundial que Pelé ya no jugó. Europa soñaba con un rey europeo el mismo año que perdía su poder monárquico en la FIFA. El holandés fue el Di Stéfano de la década del 70, dinámico, celebral, conductor, malhumorado, tan rápido en sus movimientos físicos como mentales. La velocidad seguía siendo una constante para diferenciarse del resto.
Y un día apareció Maradona. Con todo el potrero encima del fútbol argentino. Deslumbrando a los hinchas que lo venían en la cancha en la época en que las imágenes aparecían en cuentagotas para el resto. Había que ir a Argentinos a verlo. Había que aprovechar cada partido para disfrutar de cerca al crack. Recuerdo haber ido más de una vez a la cancha de Vélez sólo para ver a Diego. Una vez fue a practicar con el juvenil que luego se coronó campeón del mundo en Japón. Ese día esperé, como un montón de pibes, la salida de los jugadores. Como premio me llevé un autógrafo del 10, que todavía no le había agregado el 10 a su M inconfundible. Diego destronó a todos. Por habilidad, por velocidad, por personalidad y por argentino. Y por esos goles a los ingleses. Repasar el segundo gol en el Azteca de México es disfrutar de la plasticidad de un jugador de fútbol en su máxima expresión. Diego, como la velocidad de la luz, fue constante en una cancha de fútbol: nadie era más rápido con él. Fue inconstante fuera de ella. Después del título mundial 86, por el poder de los goles de Diego, Julio Grondona se afianzó en el poder de la FIFA. Brasil y Havelange tuvieron a Pelé. Argentina y Grondona, a Maradona.
“¿Cuál será el límite de un jugador para realizar un pique en una distancia corta?”, reflexiona el colega Ariel Scher, siempre con la mirada un poco más allá, mientras damos una vuelta manzana por el barrio de Constitución. Me explica Eduardo Espona, preparador físico de Atlético de Rafaela y uno de los pocos argentinos recibido en Cuba con el título de Doctor en Ciencias Físicas: “Si tomamos en cuenta que la variable velocidad es la constante de las grandes apariciones, no puedo dejar de citar la irrupción en 1991 de Carl Lewis, quien batió el récord mundial de 100 metros planos con un tiempo de 9'' 86. Los científicos del deporte afirmaban lo difícil que sería bajar ese tiempo y se preguntaban, también, si ese era el límite del ser humano para desarrollar velocidad corriendo; si hasta ahí llegaban las posibilidades humanas. El tiempo nos dio la respuesta, ese record se batió siete veces más hasta los 9'' 58 actuales del jamaiquino Usain Bolt”. Rosarino, futbolero de alma, jugador de Newell’s hasta la Reserva en la década del 80, me agrega: “Claro, jugar al fútbol no es correr rápido y existe una mayor cantidad de variables que hacen que a un futbolista se lo considere rápido, por lo cual con un horizonte tan amplio de posibilidades y en un intento de no pecar de soberbia, creo estar en condiciones de afirmar que en algún momento alguien batirá un nuevo record en fútbol, pero por ahora, disfrutemos de nuestro Lio Messi.” 
¿Quién fue mejor? ¿Di Stéfano, Pelé, Cruyff o Maradona? ¿Es Messi mejor que todos ellos? No se trata de eso. De la comparación. Aparecieron y fueron, cada uno en su tiempo, mejores que otros. Otros que también fueron cracks, veloces, hábiles, inteligentes. Pero jugaron a la sombra de la luz de los más grandes. Messi es el indiscutido rey del siglo XXI, del final de la primera década y de esta segunda. ¿Si Messi es un jugador de Play Station, de qué juego saldrá el próximo Messi? ¿Será argentino? ¿Brasileño? ¿Latinoamericano? ¿Europeo? ¿Asiático? ¿Africano? ¿Vendrá, como la Saeta Rubia, con “su propulsión a chorro”? ¿Tendrá caja de sexta, de séptima? ¿Si es argentino, llevará con sus goles y con su velocidad a un dirigente de la AFA desde el sillón de la calle Viamonte 1366 al cetro de la FIFA? ¿Si no es argentino, será con sus goles y su velocidad el nuevo responsable de un nuevo poder en la FIFA? ¿Seremos testigos del nacimiento de un nuevo rey? ¿Seremos tan viejos que en las charlas de café aseguraremos que sí, que es bueno, que es un crack, que es muy veloz, pero como Messi, como Maradona, ninguno?