Tema del Mes

NOVIEMBRE 2014

La Muerte del Arte (de tapa)

14 / 11 / 2014 - Por Fernando García

¿Qué sucede con el arte de tapa –materialización del disco como objeto fetiche- cuando la propia música y su distribución se desmaterializan? La sustitución de la imagen por información, que eclosionó en la historia del arte con el Conceptualismo a fines de los 60, parece llegar a un nuevo arte de tapa que también consiste en negarse. Una estrategia para sobrevivir (o asociarse) frente al poder de un mercado en transformación.

Primero fue David Bowie, cuyo regreso en el verano de 2013 ganaba visibilidad reproduciendo la tapa de Heroes (un disco de 1976) con una brutal intervención: un cuadrado blanco con el nombre del nuevo disco (The Next Day) obturando la foto original. Muy poco tiempo después, Kanye West, estilista mayor del hip hop, estrenaba nuevo álbum de nombre Yeezus con una cubierta transparente que apenas incluía un sticker (también traslúcido) con los créditos en el reverso de la caja de plástico. En el segundo semestre de 2013 le tocó a The Strokes dejar marca con una cubierta que hacía referencia a la grabación analógica como si se desentendieran del formato en que esas canciones iban a ser escuchadas. Una caja de cinta abierta donde se lee muy grande RCA (el nombre del sello) y en una segunda instancia The Strokes y finalmente el nombre del disco: Comedown machine. Cierra la enumeración U2 cuyo adelanto virtual de Songs of Innocence también se dedicó al arte de no tener arte de tapa. Lo que en la jerga de las discográficas se conoce como “copia blanca” (el paso inmediatamente posterior a la caja de The Strokes) fue aquí lanzado al mundo como si no hubieran instancias intermedias entre el registro y la comercialización. La caja con los créditos del grupo y el nombre del álbum escritos como de casualidad sobre un sobre blanco es la reproducción de las copias que comúnmente llegan a la prensa antes que a las disquerías (por llamar de alguna manera al lugar físico donde todavía se pueden comprar discos).
El trauma que sutura esta sinfonía de síntomas parece estar en la paradojal situación de la música pop que se piensa aún en términos de álbum cuando los destinatarios la consumen mayormente como data, información suelta que se almacena en carpetas y se redistribuye a piacere en reproductores portátiles, smartphones y plataformas que trascienden el hardware como Grooveshark y Spotify. Mientras el CD (y el vinilo que volvió como fetiche físico) se fabriquen, la duración del formato sostiene el concepto de álbum y éste el desarrollo de un arte de tapa que empezó a ser pretendidamente “artístico” a partir del collage de Sergeant Pepper que los Beatles le encargaron al pop Peter Blake en 1967.
Desde el manierismo sci-fi del rock progresivo a la tautología nihilista del punk (“Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols”), el arte de tapa, mayormente, es un espejo del alma del álbum, aún cuando se trate de productos sin demasiada o nula pretensión conceptual. La era del rock como cultura, como un sistema de sentido novedoso, es también la del arte de tapa. No es que antes de 1967 los discos hubieran salido sin tapa sino que todas las características previas remiten más a un diseño objetivo, normativo, que a la cristalización de un statement creativo. El jazz moderno, por ejemplo, había tenido a disposición patterns y módulos del arte abstracto en su arsenal de comunicación. Pero aquello se trató, en todo caso, de tener “arte alto” aplicado en la tapa.
De distinta manera, estas estrategias de artistas de generaciones y escenas muy disímiles (no se trata de un género que se representa a sí mismo con una estética como pudo ser el heavy metal) vienen a exponer cierta inadecuación del arte de tapa con los tiempos digitales. Finalmente, cuando reproducimos un álbum en i-tunes todo lo que hay es una miniatura que no ofrece mayor correspondencia visual que la carpeta (el símbolo de “folder”) virtual. Quien consume música en ese umbral puede estar hiperlinkeado a toda la información relacionada con el artista y el álbum (es prudente seguir llamándolo así) pero la relación táctil y de inmersión en la cubierta y el sobre interno (¡tantos lugares para expresar!) es casi una forma perdida de la humanidad. Como palabras o modismos que desaparecen, el acto de alguien completando la experiencia del álbum con deleite sinestésico es poco menos que un gesto del pasado. Se diría que los discos, en su forma de cuadrado, se consumían visualmente como “cuadros” descolgados. La pinacoteca de la producción de objetos culturales masivos. A diferencia del libro, cuya lectura impide la contemplación de la tapa, el LP independizaba al soporte fonográfico de su packaging. Esa independencia fue extendiendo sus facultades hasta hacer de la tapa de los discos un universo propio revestido de símbolos y maquinaciones de estilo. Pensemos solamente en el ejemplo de nuestro Artaud pensado por Spinetta y ejecutado por Juan Orestes Gatti como una anomalía que los disqueros no podían ni siquiera exhibir.
En la era de oro del álbum comprar un disco “por la tapa” era parte del trato. Se accedía a cierta intuición sobre las posibilidades de la música grabada solo por la guía iconográfica de la cubierta: su potencia de hacer visible la música.
Pensemos estos discos recientes desde esa perspectiva. Compremos a Bowie, Kanye West, The Strokes y el adelanto de U2 por la tapa, a ver que nos están queriendo decir.
David Bowie practica un juego ambiguo que va de la auto-iconoclasia a un señalamiento de su propio catálogo: van a escuchar algo que tiene en mente a Heroes. La idea de la tapa desarollada por Jonathan Barnbrook es tan básica como ambiciosa. Ningún fan de Bowie, que conozca su larga carrera, puede quedar indemne ante ese gesto. Bowie, que ha hecho de mostrar su rostro una performance, aquí elige ser tapado, velado, cancelado. El arte de The Next Day es de una radicalidad tal que lo que se vaya a escuchar después es casi anecdótico (aunque sea el Bowie más enfocado de los últimos…¿veinte años?). Pero el no-diseño del disco tiene intencionalidad. Quiere decirnos que Bowie ha vuelto a pensarse como un artista radical.
La desmaterialización del arte de tapa es todavía más extrema en Yeezus de Kanye West. El sticker en la contracubierta solo parece funcionar con una movilidad legal: se detallan todos los samples utilizados, empezando por Nina Simone. Al pie se lee que “para los créditos completos del álbum” se visite www.kanyewest.com. En el sitio se promociona una película sobre el disco y se venden tickets para un festival. No hay nada que informar sobre el álbum “sleeveless” (sin tapa) de Kanye West. Si se escucha atentamente a West se entiende mejor el gesto de desmaterialización de la cubierta. Todos los supuestos del hip hop son aquí dinamitados: esta música ya ni siquiera aspira al groove del pop negro. La deconstrucción es de una determinación nietzscheana (“I’m a god”, se le escucha). No hubo una música tan mainstream (West es una estrella global) y tan arisca en mucho tiempo.
Pero veamos hasta qué punto la idea de un “arte de tapa” permanece en, al menos, un segmento de los consumidores. Tras la salida del álbum, el estudio 99designs convocó a un concurso para que artistas y diseñadores gráficos pensaran un arte de tapa para el disco transparente. Esa transparencia del acrílico es la no mediación, la no-interpretación de nada de lo que vaya a escucharse por un diseño, un booklet con imágenes o las letras mismas de los tracks. Es el Contra la Interpretación de Susan Sontag llevado a la música popular.
En el caso del álbum de The Strokes lo que se “vende” es esa idea que Simon Reynolds definió como “retro-garde”, una captación estratégica del pasado para diferenciarse del presente. No tanto como gesto nostálgico sino como apropiación simbólica. A The Strokes ya no le quedaba margen para “piratear” la estética new wave de la segunda mitad de los 70 y los primeros 80 en la imagen de tapa. El statement en este caso era plano. Cualquiera medianamente entrenado en la iconografía del rock podía deducir qué música se iba a escuchar a través de esa imagen. Desaparecer en una caja de cinta abierta rotulada es tanto la negación del sujeto artista (la música es de RCA) como la afirmación de una forma de captación del sonido (análogo) que va contra el estándar digital del presente. La música es pura redundancia de estilo y acaso no habría mejor manera de representarlo que con esa neutralidad fordista de archivo sonoro.
Como se explicó antes, la cubierta de U2 usada como adelanto emula lo que la industria conoce como “copia blanca”. Se trata del álbum en su tránsito a ser comercializado. Ya traducido de la cinta de ocho pulgadas a vinilo o CD pero todavía sin diseño, un casi álbum que se reparte entre disc jockeys y periodistas como adelanto. Si no fuera porque U2 en joint venture con Apple distribuyó como spam este álbum entre millones de usuarios de i-tunes se diría que es otro gesto irónico del PopMart. Sin embargo, hay algo más profundo en esta idea. La democratización informática nos igualó con los mediadores de ayer en el acceso a la “copia blanca”. Ya nadie espera el lanzamiento formal porque muchas veces la música circula antes y los mismos artistas se encargan ya de alimentar la sed pirata. No hay posibilidad de homologar el no-diseño de U2 a la música del álbum que no depara novedad alguna. Songs of Innocence será recordado por el deal entre dos corporaciones omnipresentes: la megabanda irlandesa y el gigante informático de California.  
Si pensáramos en cómo expresiones del “arte bajo” como el rock y el pop fueron absorbiendo la historia del “arte alto” en su imagen, estaríamos aquí tentados de aplicar a esta “muerte del arte (de tapa)” la etapa en donde el hardcore pop de Warhol devino en minimalismo y conceptualismo. A Bowie le correspondería el Rauschenberg de los cuidados borramientos (como su Erased De Kooning), a West el Robert Barry que proponía un arte invisible (con sus tarjetas invitando a una muestra que no se podía ver porque la galería permanecía cerrada) y a The Strokes y U2 el pop objetivista y tautológico de Warhol.
Pero eso sería desconocer la propia dinámica del arte de tapa en la época de la cultura rock que podríamos reducir brutalmente al switch entre Sergeant Pepper (Blake) y White Album (Richard Hamilton). Esa fatalidad del estilo (“Los Beatles ya lo hicieron todo”) no es del ánimo de este análisis. Dieron saltos gigantescos como este paso de la imagen total a la tabula rasa pero no “hicieron todo”. Pensemos en el pos punk, una escena que se alimentó del Bowie de Heroes; que The Strokes reanimó con su primer disco; que U2 reconvirtió a épica global y que hizo con el rock de guitarras lo mismo que Kanye West está haciendo ahora con el hip hop. En un álbum de pos punk del grupo XTC ya estaba descripto este panorama desde una óptica neo marxista:

 
 Esta es una TAPA DE DISCO. Esta escritura es el diseño de la tapa del disco. El diseño se hace para ayudar a VENDER el disco. Esperamos llamar tu atención y darte ánimo para que lo lleves. Cuando hayas hecho esto quizás ya hayas sido persuadido a escuchar la música, en este caso el álbum Go 2 de XTC.

Este texto era todo el arte de tapa que presentaba, en vinilo, el disco de XTC. Una boutade de autoconciencia sobre el lugar de mercancía de la música en la industria del entretenimiento diseñada por el estudio Hipgnosis, los mismos que saturaron la iconósfera del rock de magrittismo con las tapas de Pink Floyd. Pensemos en las no tapas de Bowie, K.West, The Strokes y U2 como versiones libres y tardías de este manifiesto iconoclasta. Y también en lo que se pregunta Martin Belam en The Guardian: “A medida que la industria de la música cambió de analógica a digital, las palabras (del diseño original) fueron sutilmente cambiadas. A “Esta es una TAPA DE CASETTE” le siguió “Esta es la tapa de un COMPACT DISC”. ¿La edición digital en i tunes? Dice “Esta es la tapa de un ALBUM”. Debió mejor decir “Esta es una IMAGEN INCRUSTADA JUNTO A UN ARCHIVO BINARIO DE AUDIO”.
Probablemente estas tapas no estén diciendo otra cosa que esto último. Una representación rigurosamente contemporánea de un formato que resiste casi medio siglo. Como en el arte de los 60, mostrar la muerte del arte (de tapa) podría proyectar al álbum a una sobrevida que las formas de consumo parecerían estar dispuestas a negarle. La desmaterialización y el fetichismo del objeto entraron pues en una fase de lucha simbólica. ¿Seguiremos pensando en “tapas” y “álbum” en 2030?