Tema del Mes

NOVIEMBRE 2014

El porno como mito y la sociedad feminizada

22 / 11 / 2014 - Por Gonzalo Garcés

El porno –escenas sin sexo y sin tensiones a las que varones y mujeres se someten indolentes- contiene la cifra de la sociedad en la que vivimos. El mito de la feminidad -ese antiguo dispositivo de control sobre las mujeres- se ha vuelto norma porque todos deben acatar su condición de consumidores pasivos.

Uno. La protagonista del film se llama Rosy. Es asistente social, aunque esto, para ser sinceros, no importa. Rosy recibe la visita de un caballero de origen africano. Este le explica que tuvo que dejar su último trabajo por una cuestión de tamaño. Sin comprender, Rosy repite: ¿De tamaño? El caballero le muestra su bragueta turgente. Rosy quiere saber qué tenemos por aquí. Joder, exclama. Pero qué polla más grande. Este rústico hablar ibérico, que el espectador latinoamericano culto no tiene mayor dificultar para comprender, sin quererlo sirve para poner de manifiesto un problema de esta película, como veremos más adelante.
Rosy abre la bragueta del visitante y le saca el pene. Se quita la bombacha, que en la península se llaman bragas, y se acuesta sobre el escritorio. La cámara se acerca a la vulva de Rosy. Tiene el vello púbico afeitado. Los labios son rosados, aunque ya un poco salidos para afuera. Está húmeda. El caballero le practica sexo oral. Rosy hace repetidas referencias a su capacidad amatoria: Joder qué bien lo haces, cabrón. Qué pollota más grande tienes. Lléname de tu leche. ¿Quieres venirte en mi cara? Fóllame, soy tu puta. Fóllame, soy tu esclava.
En este momento podemos poner pausa (Rosy queda congelada, con la boca abierta, los ojos desorbitados y el pene del africano que le apunta como un reproche) y tratar de encontar sentido a lo que está pasando.

Dos. Empecemos por aclarar que esta garchofa, Lubricando a Nemo, no es mejor ni peor que otras del mismo director y coguionista. Ideológicamente, estéticamente, filosóficamente, no difiere en sustancia de Arma Rectal, Tetanic, Más adentro, Sexo Sentido o Cabalgando a Miss Daisy. Podemos tomarla entonces, sin abuso, como representativa del cine porno de la segunda década del siglo veintiuno. Como todo producto de la cultura, el porno contiene la cifra de la sociedad en la que vivimos.
¿Qué sociedad? Una sociedad feminizada. Esto parece, a primera vista, una paradoja. El porno en principio es un género para hombres. Exalta imágenes de dominación masculina y de humillación de la mujer. A pesar de esto, y justo por esto, afirmamos que el porno expresa una sociedad feminizada. ¿Cómo se explica esto? Para contestar hay que hacer un pequeño rodeo.
Como sabe cualquiera que haya hablado con dos o tres mujeres, no hay mujer, por vulgar o conformista que sea, que ratifique sin fisuras los estereotipos de la feminidad, y nunca es difícil encontrar mujeres que los refutan por completo. Sin embargo, existe algo que llamamos feminidad. Existen arquetipos y mitos que, se supone, encarnan aspectos de la feminidad. Son dispositivos culturales engendrados, a lo largo de siglos, para apuntalar cierto orden social.
Algunos de esos mitos son negativos: puta, bruja, Eva pecadora. San Pablo la llamó “puerta del demonio”. Freud la describe como un ser incompleto que envidia al varón. Pero la mayoría de los mitos (y los más eficaces como dispositivos de control social) son positivos: Virgen María, Madre Tierra, Afrodita, enfermera hot. Se dice de la mujer que es más dulce, más abnegada, más natural, más emotiva que el varón. ¿Y qué recurso le queda, en efecto, a quien la sociedad prohíbe ejercer poder político, salvo ser “natural” y “emotiva”?
Pero el mito más poderoso es el de la belleza femenina. Recordemos tres casos fulgurantes: Elena de Troya, Friné la griega y Salomé la judía.
Elena, en La Ilíada, es raptada por Paris, que sabe que ese acto puede precipitar la guerra entre aqueos y troyanos, pero que tiene la razón nublada por la belleza. Friné fue una cortesana que, se cuenta, fue acusada de un asesinato. Las pruebas la condenaban. Cuando se le acabaron los argumentos, su abogado la desnudó ante los jueces. Incapaces de creer que una mujer tan hermosa pudiera haber cometido un crimen, la absolvieron. Al contrario, Salomé fuerza a los hombres a cometer un crimen por ella. La hija de Herodías era la mejor bailarina y la más hermosa de Galilea. Bailó para el Tetrarca Herodes y éste le prometió cualquier regalo que pidiera; Salomé le pidió la cabeza de Juan el Bautista. El Tetrarca tuvo que dársela.
En estos mitos, la mujer cabalga triunfal sobre la bestia masculina. Su belleza le confiere un poder más grande que las espadas, las leyes o la moral. Pero son apenas ideales. En los hechos, la mujer que compra el boleto de lotería de la belleza, por lo general, pierde. Por cada Friné que subyuga a los jueces, generaciones esperan tan sólo que las saquen a bailar. “¿Me mirarán? ¿Me desearán?” ¿Qué tiene de raro que por siglos ésas hayan sido las preocupaciones de la mujer, cuando se le prohibían los demás medios para intervenir en el mundo?
De esa dependencia impuesta nacen las limitaciones que la misoginia atribuye a una supuesta “naturaleza femenina”: el narcisismo, la pasividad, la incapacidad para lidiar con los problemas materiales, el pensamiento mágico, los sueños de opio, la creencia de que el mundo empieza y termina en la cama.

Tres. ¿Podemos volver ya al porno? Todavía no. Hay que entender el uso que las sociedades industriales tardías han hecho de los mitos de la “feminidad”.
Como dijimos, la “feminidad” es un sistema de valores concebido para contentar a la mujer subordinada al hombre y mejor mantenerla en situación de dependencia. En los hechos, esa dependencia se resquebraja en 1801, con la invención del telar mecánico, que coloca a la trabajadora en igualdad de condiciones físicas con el varón. Hacia 1950, con la legalización de la pastilla anticonceptiva, la mujer obtiene el control sobre sus propias funciones reproductivas. En menos de veinte años el edificio de la sociedad patriarcal se derrumba. Las feministas, que han acompañado más que liderado los cambios, pliegan sus banderas y se unen a la marcha, más resignada que triunfal, de los ciudadanos con plenos derechos.
Pero esas banderas todavía pueden usarse para algo. Después de 1968, la sociedad de consumo, secularizada, desencantada, trivializada, necesita banderas. El izquierdismo romántico no genera suficiente aceptación, aunque un resabio deslavado queda en la cultura rock. El mundo se ha reconfigurado: de las viejas economías imperiales hemos pasado a la economía del hiperconsumo. Hacen falta dispositivos culturales que mantengan a la casta de los hiperconsumidores -que forma la vasta mayoría de la población- halagados, desmovilizados, motivados, reconfortado su amor propio con la certeza de estar en el bando de los buenos. El feminismo puede usarse para esto. Es la camiseta perfecta: nadie discute sus revindicaciones y tampoco requiere mayor esfuerzo, ya que esas revindicaciones, en realidad, están satisfechas. Para ser esta clase de feminista sólo hace falta fingir, para la tribuna, que no es así, que la mujer sigue sometida, y revindicar la “feminidad”.
¿Cómo? ¿La feminidad, esa mitología de subordinados? ¿La feminidad, ese antiguo dispositivo de control sobre las mujeres? En efecto: con soberbia ironía, el discurso publicitario, la educación escolar, los departamentos de recursos humanos, la cultura de masas, postulan la feminidad como norma y, al mismo tiempo, como vanguardia de la Historia.
En 2013, los ensayistas conservadores John Gerzema y Michael D’Antonio realizaron una encuesta que incluyó a personas de América latina, Asia, Europa y Estados Unidos: “¿El mundo sería mejor si los hombres pensaran más como las mujeres?” Dos tercios respondieron que sí. Pero lo fascinante es qué significa, en el estudio de Gerzema y D’Antonio, “pensar como las mujeres.” La encuesta explica que las mujeres son a) expresivas b) ahorran c) son razonables d) son leales e) son flexibles f) son pacientes g) son intuitivas h) son colaboradoras. Los rasgos positivos que se asocian con la masculinidad se limitan a dos: a) son decididos b) son resistentes.
Pregunta: si fueras un CEO o un accionista mayoritario de una empresa, apurado por elevar la productividad, tener contentos a los inversores, evitar reclamos gremiales, mantener los salarios bajos y la facultad de contratar y despedir flexible, ¿qué valores promoverías?

Cuatro. Y ahora nos vamos acercando de vuelta al porno. El discurso publicitario ya no necesita asociar los valores de la “feminidad” con las mujeres. La “feminidad” ahora es un valor para todos. Tiene que ser para todos, porque todos deben acatar su condición de hiperconsumidores pasivos. Ahora un vehículo de la “feminidad” puede ser un negro con un pene de veinte centímetros en erección. Si es pasivo, si es narcisista, si desconoce la relación entre los bienes y el trabajo, si procede por pensamiento mágico, si pone por encima de todo interés al sexo, no importa que sus huevos cuelguen como pelotas de fútbol que abultan en un escroto tupido: culturalmente, pertenece al orbe de la “feminidad”.
Y ahora sí, ponemos de nuevo play y vemos exactamente eso: a un negro con un pene de veinte centímetros en erección, con huevos como pelotas de fútbol que abultan en un escroto tupido. Acaba de bajarse el pantalón y la asistente social, sin vacilar, se arrodilla para felarlo. La escena pertenece a una imaginación fogoneada por la testosterona, pero culturalmente “feminizada”. El elemento clave que está ausente, y que aportaría el elemento culturalmente “masculino”, es la resistencia.
¿Quieren porno? La mejor escena pornográfica que conozco, al menos antes de Un fantasma en el paraíso (1975), de Brian de Palma, está en el canto décimo de La Odisea, que puede haber sido compuesto por Homero, o por varios bardos anónimos agrupados bajo ese nombre, hacia el siglo VIII antes de Cristo. Ulises, hombre de muchos recursos, llega con su tripulación a una isla. Un grupo explora por un lado, al mando del fiel Euríloco, mientras Ulises lidera la otra expedición. Al cabo descubre que el primer grupo ha sido convertido en cerdos por una hechicera. Lo de siempre: ella los hizo pasar, les sirvió unos tragos, se armó una fiestita, y de golpe los tipos andaban en cuatro patas. Ulises se presenta en la casa de Circe. Ella es deslumbrante. Viste apenas unos tules. Lleva brazaletes de oro. Antes, el dios Hermes le ha dado un antídoto contra el brebaje de Circe que convierte a los hombres en cerdos.
Al ver que Ulises se toma su poción y no cambia de forma, la hechicera moja la bombacha. “¿Quién eres y de dónde vienes?”, pregunta con voz alada. “Nunca conocí a un hombre que pudiera resistir a mi droga. Sin duda posees un corazón a prueba de encantamientos. Deja, pues, tu espada, y ven a mi cama, a fin de que haciendo el amor aprendamos a confiar el uno en el otro.” Pero Ulises no está dispuesto aún a pelar. “Circe”, le dice, “cómo quieres que te trate con suavidad, cuando mis compañeros aún están convertidos en cerdos.” Después de negociar un poco, ella promete devolverles su forma humana, y entonces el servicial Ulises, hombre de muchos recursos, se la garcha de parado.
Pero el tira y afloja no termina ahí. Ulises insiste en que Circe apure el trámite. Ella coloca un ungüento especial sobre los cerdos y éstos vuelven a convertirse en hombres. (Un detalle que siempre me gustó: cuando recuperan su forma, se ven “más jóvenes y más altos que antes”.) Circe y Ulises siempre están negociando. Ella sabe que él es peligroso. El sabe que ella es peligrosa. Y cada vez que ella abre las piernas y se rinde por un momento a la potencia de la verga de Ulises, puedo imaginar el placer que siente nuestro laertíade al descargar su semen en la vagina de una mujer más mala, más difícil y más hermosa que Scarlett Johanssen como Black Widow en Los vengadores.

Cinco. Simone de Beauvoir dijo que un rasgo crucial de la mente masculina es la primacía otorgada al proyecto por encima de los deseos inmediatos. Otro rasgo, según la autora de El segundo sexo, es el deseo de enfrentar dificultades, de probar la propia fuerza contra la resistencia del mundo y vencerla. Y Simone de Beauvoir sabía. Por eso el sexo entre Ulises y Circe es pornografía masculina.
Qué diferencia con los embates fláccidos de Lubricando a Nemo. Fláccidos, porque por mucho Viagra que alce la pija del negro, no hay tensión en la escena. La asistente social, apenas ve entrar al negro, se pone de rodillas. Nadie resiste. Nadie cede. El negro, lejos de resistir, llega ya en erección. Rosy entrega su cuerpo como el volante de un delivery de pizza. Los sujetos de esta escena no distinguen entre sueño de opio y realidad, su actitud es pasiva, y lo menos que puede decirse es que su proyecto social no se extiende más allá del lechazo. (Por contraste, Ulises se preocupa por su tripulación, y esto, lejos de bajar el erotismo de la escena, lo realza.)
Por supuesto, no es necesario que quien se esfuerza sea el varón y quien cede, la mujer. Como vimos, el affaire entre Ulises y Circe saca chispas del hecho de que uno es tan difícil de vencer como el otro. Y el mito de Sansón y Dalila dice mucho sobre el placer oscuro que puede haber, para un hombre, en el hecho de ser fuerte y que esa fuerza sea vencida.
Lubricando a Nemo se desbarata por su propia irrealidad. La figura de Rosy responde a la fantasía de protestantes reprimidos que sólo pueden imaginar como un ser sexualmente deseante a la prostituta. El deseo femenino será muchas cosas, pero una cosa no es jamás, y es el deseo de que la propia carne deba regalarse por carecer de todo valor. En esa escena la mujer ya tiene preparado su numerito de sometimiento cuando el tipo llega. Lo que para mí es como decir, y los primeros planos de pijas que se mueven como pistones no pueden hacer nada para remediarlo, que no hay sexo.
“¿Vas a negar la dominación?”, escribe Philip Roth en El animal moribundo. “¿Vas a negar el sometimiento? Esperá. Vas a ver adónde te conduce la dominación. Vas a ver adónde te conduce el sometimiento. El sexo no es fifty-fifty como una transacción comercial. Es desequilibrio perpetuo. Hablamos del caos de Eros, la desestabilización radical que lo hace excitante.”
Y ahora hago el descubrimiento: una película pornográfica digna de un hombre probablemente interesaría también a las mujeres. Quizá todo lo que aprendimos sobre la guerra de los sexos esté equivocado y la ley del deseo masculino comulgue, de cierta inesperada manera, con la ley del deseo femenino. Algo que convendría recordar antes de empezar el rodaje de Mujeres al borde de un ataque de miembros.