Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2012

Las grandes traducciones son productoras de discursividad

24 / 09 / 2012 - Por Damián Tabarovksy

En esta entrevista, la ensayista y docente Patricia Willson (Buenos Aires, 1958) reflexiona sobre la existencia de buenas y malas traducciones, sobre el fracaso de la búsqueda de un español internacional, y acerca de las “otras traducciones”, las no literarias, que se realizan en contextos como la ayuda humanitaria en campos de refugiados en situación de guerra.

Patricia Willson publicó La constelación del Sur. Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX, libro en el que analiza las traducciones realizadas por escritores vinculados al grupo Sur, como Borges, José Bianco y la propia Victoria Ocampo. Pero además, ella misma ha traducido a Flaubert, Barthes, Ricoeur, entre muchos otros autores. En esa doble condición de traductora y teórica de la traducción, es una de las figuras más relevantes en este campo en la Argentina y en la lengua castellana en general.

-Después de tantos años de trabajo como traductora y como ensayista que reflexiona sobre el tema, ¿podría definir qué clase de experiencia implica la traducción?

-Justamente, después de tantos años, tiendo a pensar que no hay una definición de la experiencia traductora. Sin embargo, hay algunas constantes en esa experiencia. El sutil teórico de la traducción Antoine Berman señaló tres. En primer lugar, el traductor siempre experimenta el parentesco y la diferencia entre las lenguas de trabajo, de una manera que va más allá de lo que la lingüística o la filología pueden hacernos ver. En segundo lugar, experimenta la intraducibilidad o la traducibilidad de las obras que traduce. Por último, experimenta la tensión entre la restitución del sentido o la reinscripción de la letra; en la primera, se postula un mensaje, un contenido, con prescindencia de las formas que son su soporte; en la segunda, se privilegia la literalidad. Estas tres dimensiones de la experiencia traductora están marcadas por una estructura de disenso, antinómica, de la que el traductor no puede sustraerse en ningún momento. A estas tres dimensiones agregaría una cuarta: la conciencia de la provisionalidad de la traducción, en la que se manifiesta una indefensión, una endeblez ante las posibles críticas: no hay traducción que salga indemne de ciertas objeciones. En ese sentido, no hay escritor más paranoico que el traductor, pues es el primero que formula o imagina las posibles objeciones.

-¿Existe algo así como una buena traducción? ¿Qué tiene que tener una traducción para que sea “buena”?

-Existen, más bien, las traducciones aceptables en su contexto receptor, es decir, conformes a las normas que regulan la producción discursiva en la cultura receptora en un momento determinado. De allí que siempre suene fuera de lugar –y a veces hasta un poco grotesco– la comparación de traducciones separadas en el tiempo por un siglo o más. ¿Cómo pudo alguien traducir así?, suele preguntarse el que compara sin reponer contextos y, en definitiva, sin entender. Cuando se sitúan las traducciones que hoy parecen pintorescas o torpes se advierten las restricciones ideológicas y estéticas que regularon su realización. Toda época tiene su “traducible”. A fines del siglo XVII, Madame Dacier, mujer letrada traductora de Homero, no traducía, en nombre del decoro, las metamorfosis en animales de los dioses griegos; dicho de otra manera: esas metamorfosis constituían entonces un “intraducible”. Podemos decir que Dacier era una “mala” traductora, pero estaríamos errando por completo el meollo del asunto. Sí existen las “grandes” traducciones, para las que, paradójicamente, el veredicto de “buenas” o “malas” no es aplicable. Son las traducciones productoras de discursividad, aquellas que han tenido un impacto en la cultura receptora y que se siguen reeditando, analizando, refutando. Por ejemplo, la traducción de Borges de la última página del Ulises de Joyce es una gran traducción, la más minúscula de las grandes traducciones, sobre la que tanto se ha escrito, y que circula como una reliquia (el huesito de Joyce en un relicario del Río de la Plata). Otras “grandes” traducciones son Otra vuelta de tuerca de José Bianco, los Cuentos completos de Poe en versión de Cortázar, el Enrique IV de Miguel Cané.

-En España y América Latina –e inclusive entre los diversos países de América Latina– se habla un castellano diverso, diferente, lleno de matices. ¿Cómo pensar esa diferencia desde la traducción? ¿Es posible pensar en un español internacional, del mismo modo en que se habla de un inglés internacional?

-En el caso del inglés esa internacionalización se acentúa por la obligación de los hablantes no nativos de producir toda una serie de textos en inglés: artículos periodísticos y académicos, entrevistas, conferencias. Esto tiene algunas consecuencias obvias: la desventaja de los hablantes no nativos del inglés y una disminución en el espesor del saber transmitido en esos textos, además de cierta uniformización de las estrategias discursivas. A partir de estas consecuencias, Karen Bennett afirma que la práctica tan extendida de la traducción al inglés produce un “epistemicidio a través de la traducción”. En el caso del español serían hablantes nativos del español los que perpetrarían ese epistemicidio en pos de una comprensión facilitada entre hablantes de diferentes variedades dialectales, tanto en el caso de traducciones como de “escrituras directas”.

-Usted trabajó sobre la tradición argentina de escritores-traductores. ¿Piensa que esa tradición continúa? ¿Qué lugar ocupa el traductor profesional en el mercado de la lengua?

-Si se compara lo que decía José Bianco cuando le preguntaban por la traducción con lo que dice César Aira, se advierte que lo único que los vincula es que ambos, además de traducir, son escritores; todo lo demás los separa. ¿Es válido, entonces, hablar de tradición de escritores-traductores? Esa tradición se desdibuja cuando se piensa que existen los escritores que traducen y dicen no conocer la lengua extranjera (este tipo de declaraciones sería impensable en un traductor “profesional”, o traductor-traductor, pero también habría sido impensable en Bianco, en Cortázar). En ese caso, el escritor-traductor es “iconoclasta”, “subversivo”; no traduce, reescribe, recrea, desbarata la relación entre original y traducción, etc. Sin embargo, también es posible pensar este hecho de otra manera: ese escritor se desentiende de la otredad del texto de partida; ésta no se le presenta como una dificultad, como algo que hay que entender y con esfuerzo, saliéndose de sí. En cuanto a la segunda pregunta, creo que en el mercado de la lengua intervienen varios agentes, no únicamente los traductores: están también, por ejemplo, los editores y los correctores. El lugar del traductor aparece compartido, dividido, mucho más que en el caso de los escritores-traductores.

-En Las otras traducciones (artículo que publicó en Cuadernos del Inadi) usted asegura que la traducción “presenta una dimensión antropológica nítida, pues relaciona a los sujetos entre sí y puede afectar de manera directa la vida de miles de personas”. ¿Podría ampliar el concepto?

-Cuando escribí ese artículo me propuse abordar todo un campo de la práctica traductora que está por fuera de lo estético. Quise referirme a aquellos casos en que están en juego otras cuestiones y en los que suele haber presencia simultánea de los participantes del hecho comunicativo. Cuando un traductor interviene para ayudar a un extranjero en su pedido de asilo político, o para verificar si la enfermedad que tiene puede ser cubierta por algún sistema de protección social, vemos otro tipo de fenómenos. Según Paul Ricœur, ante una traducción de ficción, poesía o ensayo que se considera errónea o defectuosa, además de la opción de criticar está la de retraducir. En las “otras traducciones”, la urgencia y la inmediatez de la situación impiden siquiera concebir esta posibilidad. Pensemos, por ejemplo, en el contacto entre lenguas en situaciones de guerra y de conflicto. Sin duda, la traducción tiene un rol central en los procesos de ocupación militar y todo lo que éstos entrañan: operaciones de inteligencia, contacto entre tropas ocupantes y civiles, acuerdos de paz o no beligerancia, e incluso en la distribución de la ayuda humanitaria. En estos casos, la traducción afecta casi sin mediaciones la vida de las personas.

-Continuando con el tema de la traducción en situaciones que tocan la vida real, desde hace algunos años usted reside en México, un territorio cruzado por un grado de violencia importante, tanto ligada a los narcos como al poder estatal. ¿Qué uso del idioma le parecen que operan en el relato de la violencia? ¿Hay algo de la relación entre lengua y política que valga la pena mencionar?

-Mi opinión es la de alguien con apenas dos años de residencia, y se basa en lecturas de la prensa escrita, de las ficciones de la llamada “narcoliteratura” y de los blogs del narco (si es que puede llamarse “lectura” a secas), y en los noticieros de las cadenas de la televisión abierta. Digo esto porque no tengo versación en estudios antropológicos, sociológicos y lingüísticos que traten el tema; no me respaldan esas fuentes. Lo más visible de la presencia de la violencia en la lengua son los neologismos con la partícula "narco": narcocorridos, narcominería, narcofosas, narcomanta. Las narcomantas, por ejemplo, son mensajes públicos, por lo general amenazantes, entre capos de los cárteles, entre cárteles y gobierno, escritos con frecuencia a mano y sobre telas; algunas de ellas aparecen junto a los cadáveres de hombres y mujeres asesinados. Más allá del léxico, hay una tensión discursiva entre la cobertura cotidiana de los hechos violentos y la escasa o nula investigación, lo cual es comprensible, pues han asesinado o secuestrado a varios periodistas.

Suele decirse que para las cosas perturbadoras siempre se inventan eufemismos. Sin embargo, en este caso, los eufemismos pueden estar acompañados de descripciones hiperliterales. Hace unos días leí el siguiente titular: “Decapitaciones se desatan durante este sexenio [se refiere a los seis años de mandato del actual presidente, Felipe Calderón]”. Luego, en la nota periodística se da la cantidad de cabezas halladas en los últimos años. Esta noticia apareció en un diario no amarillista, parecido a Clarín, aunque resulta difícil establecer paralelos entre la prensa escrita argentina y la mexicana. Cada noticia de este tipo suele terminar con la frase: “se investigarán todas las pistas que contribuyan al esclarecimiento de los crímenes”, o algo similar, tan formulaico que tiende a hacernos descreer de que vaya a existir verdadera investigación. Quizá sea la recurrencia lo único que vuelve tolerables los puntos muertos en que terminan las historias terribles de violencia: el próximo degüello hace olvidar a los anteriores.

Y luego están los eufemismos o las metonimias: los “civiles armados”, las “camionetas negras”, la exorbitante cantidad de casquillos encontrados en las escenas de algunos crímenes. Con el tiempo se aprende que los “civiles armados” son los sicarios, que las “camionetas negras” son las Hummer, típicas de los narcos, y que la cantidad de disparos responde a la metodología de la ejecución narco. Hace unos meses, el entonces presidente Calderón reconoció públicamente que hay zonas del país en las que los narcos cobran impuestos, pero llegó hasta ahí, y no dijo todo lo que eso significa en cuanto al retroceso del Estado en la “guerra por el territorio”, como se la llama a veces en la prensa. En una noticia puede leerse, por ejemplo, que “sólo en el 30 por ciento de los municipios del país operan los cárteles del narcotráfico”. En ese “sólo” –que no es irónico– hay toda una ponderación de cómo van las cosas es esa guerra por el territorio.

Creo que, como en otros casos, la literatura ayuda a entender esos usos entre inhumanos y distanciados de la lengua. Una de las novelas que más radicalmente ponen en escena la cuestión de la lengua en la violencia narco es la primera de Elmer Mendoza, Un asesino solitario. Esa novela es una inmersión en el habla coloquial y en la jerga de la marginalidad: está narrada en primera persona por Macías, un sicario nacido en Sinaloa. En ella hay términos que están muy connotados con la actividad de los sicarios, como “cuernos” o también “cuernos de chivos” (las armas largas), “rafaguear” (matar a balazos). La segunda novela, El amante de Janis Joplin, es menos contundente desde el punto de vista de la lengua y de la trama, y se salva por la posibilidad de una lectura alegórica. La novela cuenta la historia de tres jóvenes mexicanos cuyas vidas están enlazadas por frenéticas peripecias: el chico común –que es por un tiempo amante de Joplin–, el revolucionario de izquierda y el sicario. En estos tres personajes, Mendoza plasma la fascinación ingenua con los Estados Unidos, la para él también ingenua gesta del idealista de izquierda, y la astucia y capacidad de supervivencia del chico que se convierte en mano derecha de un capo del narco. En el relato de vida de este tercer personaje aparece algo que también se ve en Balas de plata, la novela narcopolicial de Mendoza: los capos de los cárteles son también “benefactores”: fundan escuelas, crean puestos de trabajo… En los narcocorridos esto está presente, además de la idea de que la muerte es preferible a ser pobre.