Tema del Mes

NOVIEMBRE 2014

Apología ofensiva de Gatti, Medero y Carlos Alberto

29 / 11 / 2014 - Por Alejandro Wall

La mejor defensa es un buen ataque; el mejor ataque es una buena defensa: ¿pueden dos fórmulas opuestas ser verdaderas simultáneamente? Sí, porque el fútbol no es una fórmula sino ideas puestas en juego en un campo de fuerzas vivas en movimiento incesante. Difícil discernir donde termina la defensa y empieza el ataque, qué separa netamente el caos de una dirección certera.

Decimos mucho eso de que no hay mejor defensa que un buen ataque, o sólo que la mejor defensa es un buen ataque. Nos parece genial esa idea y no sabemos muy bien quién la dijo primero, quién es el autor, porque no importa. El tiempo y la repetición convierten a esas sentencias en un bien colectivo, lo que también podemos llamar un lugar común. Alguien dice que le pertenece a Napoleón y debe ser cierto. La mejor defensa es un buen ataque siempre: cuando hacemos política, cuando debatimos y nos chicaneamos; cuando discutimos con nuestras parejas, cuando estamos en medio de la lucha gremial, cuando nos peleamos con nuestros jefes; cuando nos tropezamos con una baldosa y elegimos que la salida sea para adelante porque lo contrario es darse la trucha contra el piso; cuando nos estafan con la cuenta del celular o de internet, algo que les pasa a todos, y entonces llamamos para decir que lo damos de baja, que vas a contratar a otra empresa, una fórmula que suele tener éxito, con la que conseguimos que nos arreglen el problema al menos por unos días.
La mejor defensa es un buen ataque. En la vida misma lo decimos. En nuestras casas y en el trabajo. Y en el fútbol, que es nuestra vida misma pero a escala.
En el fútbol el ataque como mejor defensa vendría a ser, todavía en estos tiempos, la posesión. Tener la pelota mucho mucho mucho tiempo y no dársela al otro nunca nunca nunca. Barcelona y España. La presión bien arriba, una obsesión de Pep Guardiola, que le gusta defenderse teniéndola siempre él. ¿Lo contrario qué sería? Retroceder y ocupar espacios, correr atrás de esa pelota y golpear cuando se pueda. A lo Vandor: golpear para negociar. Que acá sería: golpear y defenderse, golpear y defenderse. Sacando la lengua con el simeonístico eslogan de que el esfuerzo no se negocia. Algunos ganan así también. Son ideas puestas en juego.
Lo que se puede hacer es dar vuelta el lugar común. No hay mejor ataque que una buena defensa. Aunque para eso se inventó otra sentencia destinada al marco de la repetición: que los equipos se arman de atrás para adelante. O una poco más pretenciosa: que la defensa -atención- es la que gana campeonatos. Se han llenado espacios con estas frases de cartón aunque, como sabemos, los equipos de fútbol no son formaciones estancas. Los jugadores no son muñecos clavados en un bizcochuelo, incapaces de dar un paso hacia atrás y dos hacia adelante. Es el ejemplo que Ángel Cappa suele dar tirando los sobrecitos de azúcar sobre una mesa, armando un ofensivo cuatro tres tres o un conservador cinco tres dos, y después desordenando los sobrecitos para desafiar a quien sea que tenga enfrente a que le diga si eso es, al final, un cuatro tres tres o un cinco tres dos.
Entonces, muchas veces, la belleza del juego hace que la defensa y el ataque, ese equipo moviéndose y deformándose como una ameba sobre el campo, sean la misma cosa. Es cuando se hace indivisible dónde empieza uno y termina el otro. Hay muchos goles que pueden explicar esa maniobra. Uno de los más hermosos se vio en la Copa Libertadores de 1984. Independiente contra Olimpia en Avellaneda. Un martes a la noche. Independiente tenía que ganar para clasificarse a la segunda fase. A los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo, cuando iban dos a dos, salió un lateral desde la izquierda hacia el área de Independiente. Un defensor rechazó la pelota. Claudio Marangoni la peleó y se la tocó a Ricardo Giusti, que se la pasó a Jorge Burruchaga. Parado casi en la línea de sus centrales, Burruchaga dio el pase hacia adelante para Alejandro Barberón, que corrió con la pelota de derecha a izquierda y mostró su gesto de respeto dejándosela a Ricardo Bochini en la mitad de la cancha. Barberón salió disparado como una furia. Bochini avanzó pero reguló: esperó, esperó, esperó, esperó, y en el momento justo metió la pelota entre las piernas paraguayas para Barberón, que ya había entrado al área y que cruzó el centro para Sergio Bufarini. Gol.
La jugada se consigue en You Tube y es mirar una y otra vez lo que hace Bochini, su movimiento, la precisión con la que aguarda que Barberón llegue al área. Y es cierto que todo empieza con un rechazo sin estilo, pero en el toquecito entre Marangoni y Giusti arranca todo lo demás. Y es tan difícil ahí mismo determinar qué es defensa y qué es ataque. Los toques forman una unidad de conjunto, con territorios indivisibles, sin fronteras, con un 9 como Burruchaga en el fondo y Barberón saliendo desde el lateral derecho y apareciendo después en el área rival. Ahí es cuando se revuelven los sobres de azúcar arriba de la mesa, donde te preguntás si no hay mejor defensa que un buen ataque o no hay mejor ataque que una buena defensa. O si es todo lo mismo.
Jorge Valdano, como Barberón, también arrancó la carrera para su gol en la final de México 86 como lateral derecho. Esa jugada empieza con un gesto defensivo: un descuelgue de Nery Pumpido, que hizo rodar la pelota hacia Valdano. Diego Maradona apenas la tocó en el medio: un pase a Enrique, de media vuelta. Después ya se sabe que Valdano corrió y casi que se santiguó para pedir que todo eso fuera gol. Aunque ya se sabe que el gol más lindo en una final de Mundial lo hizo Carlos Alberto en México 70 y empezó por el lateral izquierdo de Brasil. Hay una estadística para la maravilla: veintiocho toques, nueve pases, siete jugadores y cinco gambetas. La jugada perfecta. ¿Cuál es el ataque y cuál es la defensa más allá de las formalidades?
Más acá, en 1981, Boca hizo un gol que arrancó no en las manos del arquero sino en los pies. Fue en la Bombonera contra Estudiantes. Hugo Gatti, un showman del arco, salió a cortar lejos del área y gambeteó hasta la mitad de la cancha. Se la dio a Hugo Perotti, que se lanzó como un velocista con obstáculos hasta el gol. No era la primera vez que Gatti hacía algo así. Hasta ese momento, para los arqueros el área era un corralito que no se saltaba. Pero el Loco se acostumbró a atravesar la aduana de la defensa sin documentos. Dicen que la primera vez que se mandó al ataque fue el 31 de octubre por el torneo Nacional 76, contra Temperley, en cancha de Vélez, un partido que terminó cinco a cero para Boca. Gatti vio que un pelotazo se le venía encima y pasó entre Francisco Sá y José María Suárez y la paró con el pecho. Con la pelota muerta en los pies, corrió hasta la mitad de la cancha y se la dio a Darío Felman. Felman se la pasó a Jorge Benítez, que pateó al arco. El rebote lo agarró otra vez Felman para el gol.
-Pensé en jugármela solo. Casi voy a buscar la devolución, pero era mucho arriesgar. Preferí volverme al arco. Después me arrepentí de no haber seguido la jugada. Era gol mío. Segurísimo. Si lo hacía me iba de la cancha- dijo Gatti después del partido.
También en Boca el que avanzó con la pelota desde su área hasta el área rival fue Luis Medero. Ocurrió una noche en la cancha de Independiente, contra Platense. En realidad, Medero la agarra en la mitad de la cancha, en territorio rival, pero da una vuelta, se mete en el campo propio, y acelera. La lleva con la derecha. Tira una gambeta larga al primero que lo sale a cruzar. Pero se emociona, como si eso no pudiera quedar ahí. Entonces, cuando lo va a marcar el segundo adelanta un poco más la pelota, ya en velocidad, y casi en un mismo movimiento engancha para adentro para sacarse de encima al tercero. Deja a un cuarto tirado en el piso y un quinto que llega tarde. Justo ahí es cuando entra al área y le pega por arriba del arquero. Antes de patear, el relator Marcelo Araujo avisó: “Si lo hacés me voy”. Y eso hizo después de gritar el gol.
No hay imágenes, pero Vicente De la Mata le hizo un gol a River el 12 de octubre de 1939 que empezó con el arquero. Fernando Bello -¡el Tarzán de Avellaneda!- cortó un centro y se la tiró cortita a De la Mata, que hizo todo lo demás. Corrió en diagonal de derecha a izquierda. Pasó a José Manuel Moreno, el Charro, y a José María Minella; a Luis Vassini, Carlos Santamaría y Alberto Cuello. Y cuando salió el arquero se la tiró larga y definió. La leyenda dice que por ese gol, su compañero Antonio Sastre le puso el apodo de Capote. Pero De la Mata dijo que eso pasó antes, cuando llegó desde Rosario para el Sudamericano de 1937, que fue ahí que Sastre le pidió que se quedara a su lado. “Juntos hacemos capote”, le dijo. Y quedó como quedan las cosas.
Estos goles no son meros contrataques, historias de grandes contragolpes, jugadas pergeñadas por el impulso hacia adelante. Son la explicación de cómo el caos genera fútbol. De la Mata, Bochini y Barberón, Gatti con Perotti, Carlos Alberto yéndose a buscar el hueco rompieron el orden de un partido, borraron las fronteras que imponen los dibujos tácticos. Porque otra cosa es el tiro libre mal hecho, el córner que te despejan, o el infortunio de que la pelota pegue en la barrera y ahí agarrate. Como pasó con Rumennigge en el tercer gol de Alemania a México en el Mundial 78. Un mexicano movió la pelota, otro quiso gambetear, lo hizo tarde y mal, un desastre, y Rumennigge se la robó. Sólo tuvo que correr porque en el camino sólo le salió uno y el arquero. Casi un calco, en 2002, Nelson Cuevas le hizo un gol así a Racing en el Monumental, aunque el que cortó fue y River salió campeón. Tiempo después River le hizo otro a Racing igualito, pero con Manuel Lanzini. La vida de Racing, según parece, también transcurrió así: con la pelota volviendo de un córner o pegando en la barrera.
Pero esas son cosas que pasan, aunque también son el caos del fútbol, los sobrecitos de azúcar desordenados. Defensa y ataque -¿por qué hay equipos que en su nombre llevan las palabras “defensa” o “defensores” y nunca “ataque” o “atacantes”?-, todo en una misma acción. Son los movimientos que dan pie al lugar común: los equipos se arman de atrás para adelante y la mejor defensa es un buen ataque. No está confirmado que esa frase la haya dicho Napoleón. Es probable si se cuenta que Napoleón fue lector de Sun Tzu, que decía que la defensa es la base para ser invencible; el ataque, la posibilidad para vencer. “La defensa –escribió en El arte de la guerra- es para tiempos de escasez, el ataque para tiempos de abundancia”. En el fútbol sucede algo parecido. Aunque cuando hay arrojo, no hay límites.