Tema del Mes

NOVIEMBRE 2014

Crónica: menor es mejor

29 / 11 / 2014 - Por Damián Tabarovsky

La crónica como era y como es: del espesor de un género lateral alimentado por bibliotecas y miradas personales a la trivialización de un formato “mainstream” del mercado literario y periodístico.

Cierta vez en México, en una cena con varios amigos, escuché una anécdota de juventud sobre Sergio Pitol y Carlos Monsiváis. Una noche, a fines de los años ’50 (uno de los comensales incluso agregó que fue la noche en que se conocieron) Pitol y otro escritor -uno decía que era Salvador Elizondo, otro que eso era imposible, un tercero aseguró que no era escritor sino un director de cine hoy olvidado- conversaban acerca de libros; de novelas, tramas y argumentos. El universo de los escritores mexicanos de los ’50 todavía giraba en torno a la cultura letrada, casi no había influencias del pop naciente, ni de la cultura popular, pese a que en México existía ya una tradición formidable. Salirse del habla culta estaba mal visto entre los intelectuales. Pues, volviendo a las circunstancias de esa noche, cada vez que Pitol y el otro mencionaban algún pasaje cumbre de la alta cultura literaria, por ejemplo La montaña mágica, Monsiváis decía “es igual a lo que pasa en Chiquita mía, la telenovela que mira mi mamá”. Así una y otra vez, la escena se repetía sin cesar, hasta que los escritores se cansaron del joven Monsiváis y suspendieron la conversación con la convicción íntima de haber estado frente a poco menos que un ignorante.
Unos días después, por azar, Pitol y Monsiváis volvieron a encontrarse y, siempre por azar, caminaron hasta la casa de Monsiváis. Entraron. Y Pitol se llevó una sorpresa inolvidable: Monsiváis tenía una biblioteca inmensa, había leído mucho más que él, y era lisa y llanamente un erudito. Por supuesto que nunca comprobé la veracidad de la anécdota (hecho fútil: las anécdotas no están para ser corroboradas, sino para ser propagadas) y lo más cercano que encontré fue un ensayo de Pitol llamado Con Monsiváis, el joven, incluido en El arte de la fuga, en el que transcribe un encuentro entre ambos transcurrido “un día de 1957” en el que no ocurre nada parecido a lo que me contaron, pero en el que menciona, sí, que “nos enorgullecía el rápido crecimiento de nuestra bibliotecas (la suya, con los años sobrepasará los treinta mil ejemplares).”
La palabra clave aquí es biblioteca. O también: erudición. Una década después, Monsiváis había alcanzado un lugar central en el mundo intelectual mexicano y latinoamericano, y se había convertido en un maestro de la crónica. ¿Cómo piensa Monsiváis a la crónica? En el cruce de la biblioteca, la erudición, y una mirada personal, un cierto punto de vista, una cierta “impresión”. Esa sobredeterminación de teoría y punto de vista, desemboca en un punto nodal en su arte de cronista: el que el hecho nunca precede a la escritura, el acontecimiento no es anterior a la mirada. No es que hay hechos allí, en la empiria, en “lo real”, que el cronista se lanza a cubrir, sino que hay primero una escritura dispuesta, una biblioteca leída, abierta y receptiva para pensar el acontecimiento. El cronista puede narrar tanto hechos extraordinarios (la llegada de The Doors a México, la pelea de Julio César Chávez por el título mundial de los superligeros) como acontecimientos anodinos, acontecimientos en los que no acontece nada, y en ambos casos, la crónica será siempre una excusa, una oportunidad para hablar de otra cosa. No hay peor crónica que la que narra los hechos. El cronista, viene a decir Monsiváis, trabaja desplazando los hechos, alterándolos, haciendo mutar el sentido de lo ocurrido. Nadie más ajeno que Monsiváis a la idea de la crónica como un género no intelectual, en el que priva el vitalismo del “estar ahí donde suceden las cosas” antes que las lecturas sofisticadas; nadie más ajeno también a la crónica entendida como un trabajo sobre los grandes temas grandilocuentes y casi siempre huecos (El Hambre, El Interior; escritos con mayúsculas, obviamente); sino que para Monsiváis la crónica es una forma subrepticia de la literatura de ideas. Una formidable biblioteca y un arte para el punto de vista, los dos condimentos básicos de la crónica. Y una escritura notable, por supuesto. 
Desde hace algunos años la crónica -o más aún, la no-ficción- ocupa un lugar cada vez más importante en el mercado. Las editoriales multinacionales publican colecciones de libros de crónica, hay revistas especializadas, los suplementos culturales -y no solo culturales- les dan amplia cabida, existen becas de formación para cronistas en el extranjero, cursos en instituciones de gran tradición. Si la crónica fue pensada durante décadas como un lugar lateral, descentrado, menor; hoy pertenece al mainstream de la ciudad letrada. Ya hay una -o tal vez dos- generaciones de cronistas formados en esta nueva centralidad, escribiendo bajo estas nuevas pautas, pensando el mundo desde este nuevo lugar. Si ser novelista era todavía una carta de presentación en el mercado del intercambio del capital simbólico, hoy ese lugar parece estar igualado con el del cronista. Lejos quedó la figura del cronista como alguien marginal (la estampa estereotipada de un Fabián Polosecki), el redactor del fondo de la cuadra de un diario, el oscuro jornalero que cubre faits divers; hoy por la crónica circula prestigio y dinero, prebendas y reputación, premios y publicaciones. Es un género en alza que se ha profesionalizado.
Instituida, la crónica como género –y como mercado- se encuentra en una encrucijada, en un punto de inflexión. El auge de la no ficción en las grandes editoriales, la búsqueda en los medios de escrituras livianas disfrazadas de crónicas personales (los escritores invitados a escribir sobre sus problemas domésticos: divorcios, mala relación con sus padres, hijos enfermos), el formato estándar del suplemento cultural (el artículo de diez mil caracteres con espacios, ni uno más ni uno menos), todo indica que la crónica ha entrado en la época de su pasteurización, de convencionalidad, de pérdida de radicalidad. En el momento mismo en que dejó de ser un género menor, se convirtió en un formato intrascendente.
Aplicados cronistas surgidos de escuelas y cursos de formación en crónica, talleres de arte y confección en “escritura subjetiva”, alumnos de periodismo en los postgrados que brindan los periódicos de una chatura intelectual abrumadora, por todas partes asistimos a los yeites del cronista profesional: un comienzo por el detalle para luego pasar al asunto, frases cortas –nunca con subordinadas-, un detour por algún otro detalle (en los talleres enseñan que en la crónica tiene que haber muchos detalles) y luego un remate. Y sobre todo, el tema: un tema grande. El perfil de un escritor o una víctima o un sobreviviente; un tema central en la agenda pública que haga que la crónica gane en interés. O mejor dicho: que pierda en interés literario, en implicación cultural. Porque si la crónica en Monsiváis, pero mucho antes también, en Joaquín Edwards Bello y Jenaro Prieto en Chile, en Salvador Novo –tal vez pese a él mismo- en México; en Joao do Rio y Lima Barreto, en Brasil, entre tantos otros grandes cronistas latinoamericanos; si la crónica entonces tiene algún interés es porque es el gran genero contracultural. La crónica, al menos como a mí me interesa, está afuera, sin voluntar de entrar; lateral, menor y frágil. Y curiosamente, desde allí, alcanza una centralidad inaudita, la del propio Monsiváis, el más importante intelectual mexicano de la segunda mitad del siglo XX –junto a Octavio Paz, por supuesto-, leído por miles de lectores, velado por miles de lectores, en unos de esos velorios de intelectuales populares como hace tiempo que no se veía.
La crónica es desmesurada y erudita a la vez (rasgos que, entre nosotros, definen a María Moreno y María Sonia Cristoff, nuestras grandes cronistas contemporáneas). Pero también salvaje (rasgo que aquí caracteriza a Ricardo Ragendorfer, el cronista de policiales, el raro, el no legitimado –aún- por la crítica). La crónica tiene una biblioteca a sus espaldas y una mirada personal al frente. Cuando eso se pierde, como en la no ficción trivial tan de moda hoy, se pierde el sentido del propio género.