Tema del Mes

DICIEMBRE 2014

Prejuicios infundados a favor del juego ofensivo

06 / 12 / 2014 - Por Claudio Tamburrini

"Atacar por atacar no es una virtud. Es una prueba de dogmatismo táctico y terquedad ideológica”, afirma Claudio Tamburrini, filósofo que convive con su afán por evitar goles como arquero.

¿Cuál es la fórmula más eficaz para ganar en los deportes? Simplificando, se podrían delinear dos posturas contrapuestas: atacar al rival hasta noquearlo, o defenderse al estilo catenaccio para quitarle al oponente toda posibilidad de convertir un tanto. Estas dos posturas valen sobre todo para el fútbol pero se podrían aplicar en otros deportes. Recordemos por ejemplo el boxeo literalmente demoledor de Carlos Monzón y se percibirán las diferencias con el arte de la defensa de Nicolino Locche, posiblemente el boxeador más virtuoso –que no significa el mejor– que haya dado el boxeo argentino.
La valoración que se hace de una y otra táctica de juego no es sin embargo equitativa. Existe de hecho un prejuicio en favor del estilo ofensivo de juego. Los prejuicios son a veces justificados, ya que constituyen vías más cortas –y por lo tanto más racionales– para llegar a establecer un juicio adecuado. Pero el favoritismo en favor del juego ofensivo es un prejuicio infundado. Baste con citar la regla del gol visitante, de acuerdo a la cual se definen muchos certámenes de fútbol – incluidas la Liga de Campeones europea y la Copa Libertadores de América-. Según esa normativa, un equipo que empata como visitante 1-1 y que como local no consigue más que un empate en cero, pasa a lo ronda siguiente por haber marcado de visitante. ¿Qué más paridad entre dos equipos que dos empates? Lo mismo sucede si un equipo gana de local 1-0 y luego pierde como visitante 2-1. ¿Cuál es la disparidad que justifica el avance de ese equipo y la descalificación del otro, luego de haber jugado dos partidos con resultados tan similares? Es difícil percibir de qué manera la regla del gol visitante se concilia con la equidad deportiva.
Tal vez peque yo de falta de objetividad como consecuencia de mi condición de portero. Desde que empecé a jugar al fútbol –y se cumplirán dentro de poco cincuenta años– presencié los partidos en los que participaba desde la posición de platea preferencial de la que goza el guardameta. El portero participa del partido y es también miembro activo del equipo. Pero se mantiene al mismo tiempo como observador frío y pensante del juego, más interesado en salvar un gol que en ponerse en ventaja con una jugada genial de uno de los delanteros. Sin duda, mis vivencias históricamente acumuladas han formado mi visión del fútbol. Pero aún así reivindico las virtudes del juego defensivo. Unos de los verdugos del fútbol argentino, el director técnico Lars Lagerbäck que dirigiera a Suecia en el aciago partido de la eliminación en Corea-Japón del 2002, afirmaba hace unas semanas en un programa deportivo que un equipo se construye desde abajo, desde la defensa. La prioridad esencial es cerrar al rival el acceso a la propia valla. Que no nos marquen goles. Luego, en la mitad del campo, hay que morderle los talones al rival para quitarle la pelota y poder entonces empezar a generar juego ofensivo. Quién dude, que le pregunte a Diego Simeone sobre el valor de hacerle sentir al rival la marca. A los dos Simeone: al jugador y al creador del cholismo, ambos estilos caracterizados por la defensa a ultranza de la pelota. Se puede ganar un partido sin la pelota. Pero es más divertido ganarlo con ella. Y para tenerla más tiempo, hay que estarle encima al rival y quitársela.
Aún para los partisanos del estilo de juego ofensivo, la capacidad de desplegar fútbol defensivo debería ser vista como un indicador de flexibilidad táctica. De la misma forma que se condena un esquema ultradefensivo, se debería condenar también un esquema ofensivo a ultranza cuando el empate clasifica. Remontémonos nuevamente a la frustación del Mundial de Japón-Corea. Victoria argentina contra Nigeria en el primer partido (1-0) y empate de Inglaterra y Suecia. Segunda fecha del grupo, con Argentina liderando con tres puntos, contra Inglaterra. ¿Por qué ir a atacar a mansalva, abriendo flancos para la ofensiva inglesa? Salvo resultados sorpresivos en la tercera fecha del grupo, el empate ya clasificaba. Por ende, el gasto –y el riesgo– debería haber corrido por cuenta de Inglaterra. El técnico argentino, sin embargo, se negó a adaptar el esquema de juego a los resultados de la primera fecha, con las consecuencias ya conocidas. Muchos años después, cometería el mismo error dirigiendo al Athletic de Bilbao, al perder sendas finales con el Atlético Madrid y el Barcelona. Atacar por atacar no es una virtud. Es una prueba de dogmatismo táctico y terquedad ideológica. A veces, el mejor ataque es una defensa férrea.
La potencia futbolística por excelencia –Brasil, por mucho que nos pese– también parecía haber aprendido la lección. En el Mundial de Sudáfrica, la selección brasileña desplegó una de las mejores versiones de su jogo bonito, pero esta vez acompañado de un sólido sistema defensivo que funcionó a la perfección. Era evidente la impronta de su técnico Dunga en el juego de la verde-amarela, la misma mística defensiva y aguerrida que le valiera al jugador Dunga la conquista de la pálida Copa del Mundo de Estados Unidos en 1994. De haberse consolidado el proyecto Dunga, Brasil habría tenido una nueva era dorada comparable al período de su máximo esplendor luego de Suecia 58 y hasta México 70, basado en su excelente juego ofensivo pero ahora combinado con una sólida defensa. Lamentablemente, o tal vez felizmente para la competitividad del fútbol internacional, el equipo de Dunga cometió un fallo… ¡defensivo!, y ese fallo le valió la eliminación del Mundial en las manos de su portero Julio César.
Antes del Mundial en Brasil, algunas voces críticas advertían que el sueño de conquistar la Copa del Mundo en casa –ya frustado a manos de Uruguay en 1950– puede llegar a ser postergado otra vez más ante la insistencia en confirmar al mismo portero. Nuevamente, el técnico actual de Brasil subestima la importancia de defender la propia valla a ultranza y confía en Neymar y los delanteros para marcar la diferencia. Se equivoca. Un equipo solo puede ser campéon luego de cerrar el candado –ésa es la traducción del catenaccio– en defensa. Ésa es muy probablemente la razón principal de la vigencia de Italia en el concierto del fútbol mundial y de su participación destacada en los certámenes internacionales, aún en épocas de baja producción futbolística. Lagerbäck, y no Bielsa, entiende la esencia última y profunda del fútbol, de la misma forma que Locche comprendió la esencia del boxeo al esquivar con sus meneos de cabeza y el baile de sus piernas los golpes del rival, en vez de lanzarse a ciegas al ataque.
Lo digo nuevamente: tal vez sea el portero que llevo en mí quien habla defendiendo el estilo defensivo de juego. Pero se puede apuntalar mi postura con argumentos extraídos en el desarrollo mismo de la modalidad de juego de los porteros. La primera gran revolución en el puesto se produjo cuando los porteros dejaron de defender la valla desde la línea misma del gol y se lanzaron a dominar toda el área penal. En Argentina, esa revolución es identificada con Amadeo Carrizo, a quien yo viera jugar desde la tribuna rival (siempre la tribuna rival de River) tratando de aprender el oficio de portero. Luego vino Hugo Gatti, y con él otros, que comenzaron a extender el juego de defensa de la propia puerta fuera del área penal. En otras palabras, un ulterior desarrollo del arte de la defensa.
La continuación natural de ese desarrollo hubiera sido, sin duda, que los porteros abandonaran aún más los tres palos y se convirtieran en liberos, jugando como último defensor atrás de su línea de marcadores. Toda pelota larga y en profundidad lanzada por el equipo rival en un contragolpe iría entonces a terminar en las manos –o mejor dicho, considerando su posición avanzada, en los botines– del portero. Pero en vez de seguir perfeccionando el arte de la defensa, el rol del portero sufrió la contaminación del fútbol ofensivo y llevó a los guardametas a la portería misma del equipo rival. El advenimiento de José Luis Chilavert marca en ese sentido la perversión del puesto de portero y el triunfo –categórico pero deseo que no definitivo– del prejuicio ofensivo en el fútbol. Con él, los porteros salieron a marcar goles en vez de redoblar el cerrojo en la propia valla, consolidando así una ecuación matemática negativa. Marcar un tanto al precio de encajar uno o más en la propia puerta no suele contribuir a ninguna victoria deportiva.
Por cierto, al público le gusta ver goles. Ése es precisamente el tradicional argumento en defensa del fútbol ofensivo. Tiene un cierto viso de razonabilidad. Era sin duda más excitante ver desplomarse a los rivales de Monzón que seguirle el juego de piernas y los cabeceos a Nicolino. Pero también ese sublime arte de la defensa pugílistica supo despertar el fervor y la pasión del público de entonces. Tal vez la afición futbolística del presente carezca de la sensibilidad lúdica requerida para apreciar el noble arte de la defensa futbolística. Es probable que un partido que termina 10-10 sea más excitante que un empate a cero. Pero, a fin de cuentas, la mayor parte de los 20 goles marcados serán obviamente fruto de algún error defensivo. ¿Por qué razón se debería adjudicar más valor a un partido en el que se han cometido tantos errores que a otro en el que los participantes han tenido una actuación impecable y sin yerros?
Cuando de vez en cuando –entre partido y partido– juego a la pelota con los amigos trato en primer lugar de asegurarme un buen portero y la mejor defensa. Mientras la pelota no entre en nuestra puerta, estará siempre latente la posiblidad de marcar un gol y alzarse con la victoria. 
El mejor equipo no es el que hace más goles, sino el que despliega mayor excelencia al neutralizar las virtudes de los rivales.

Claudio Tamburrini es investigador y docente en el Centre for Healthcare Ethics de la Universidad de Estocolmo. Su producción académica abarca principalmente las áreas de filosofía del deporte, filosofía penal – en particular la justificación de la pena a violadores de derechos humanos – y la bioética. Tamburrini es también autor de la novela autobiográfica ”Pase Libre–La fuga de la Mansión Seré”, luego llevada al cine, en la que narró su experiencia al ser secuestrado por una fuerza militar durante la última dictadura militar en Argentina y su posterior fuga del campo de concentración. Tamburrini fue en Argentina jugador profesional de fútbol y ha continuado su carrera de portero en las divisiones de aficionados de Suecia, en donde hasta el día de hoy compite.