Tema del Mes

DICIEMBRE 2014

Los chicos malos que odian el gol

14 / 12 / 2014 - Por Andrés Burgo

Rebeldía, imaginación, genialidad e inadaptación al gris promedio de la sociedad suelen ser rasgos atribuidos a los grandes artistas de todos los tiempos. Aplicada al deporte, esta anarquía inspiradora pareciera ser excluyente de los atacantes, no para la disciplina vigilante del defensor. Aunque también aquí, como en el arte, no hay regla que esté exceptuada de transgresión.

Maradona. Cantoná. Riquelme. McEnroe. Tyson. Rebeldes, chicos malos, genios que se escapan de la manada con un gen en común: todos, cada uno en su especialidad, fueron o son atletas con tendencia hiperofensiva. Hombres fuera del sistema que utilizan su anarquía para despatarrar rivales sobre el césped, el polvo de ladrillo o el ring. Los díscolos al ataque, la imaginación al poder. Podría ser la proclama ideológica del deporte: los maestros inspiradores, los desobedientes, sólo atacan. Defender es para los dóciles. Jugar a la retranca es para los terráqueos.
¿O acaso a Diego Armando Maradona, el Che Guevara con botines, lo imaginamos defensor, marcando hombre a hombre como un sabueso de policía, y en función destructora? Ni en sueños. A Maradona, la rebeldía en movimiento, no lo concebimos con otro número que no sea el 10. Tenía instinto asesino:
-Prefiero hacer un gol a un costado del arquero que tirarle un caño. Cambio un gol por diez túneles. Creo en mi habilidad a muerte, pero quiero ganar siempre –dijo en 1982.
¿Y Eric Cantoná, el futbolista devenido en karateca -pero además un virtuoso que merecería trascender a su famosa patada al hincha del Crystal Palace-, podría haber sido otra cosa que delantero? ¿Y cómo hacemos para imaginar que los wing, los Garrincha, los Corbatta, los Housemann y los Ortega, esas criaturas invertebradas desafiando la ley gravedad, esos personajes queribles, autodestructivos e intentando gambetear el destino, podrían haber sido burócratas de la defensa?
En el país de los inventores del fútbol, George Best y Paul Gascoigne también representaron los excesos y las turbulencias de sus épocas. Fueron jugadores ofensivos, por supuesto, uno delantero y otro volante ofensivo, acaso el mejor futbolista inglés de los últimos 30 años, pero sobre todo ambos fueron hijos de su época.
“El pop en movimiento”, definió el periodista español Santiago Segurola al mítico 7 del Manchester United en la década del 60: “Con 22 años alcanzó la cima y repentinamente comenzó su declive, alimentado por la bebida y el juego. Estaba destinado a la destrucción. El fútbol acababa de alumbrar un nuevo personaje: el de la estrella autodestructiva que jamás alcanza su potencial como futbolista, pero que arrastra durante toda su vida una especie de poética maldita que agranda su leyenda”. Gascoigne, dos décadas después, también se identificó con su época: parecía un hooligan en la cancha, justo en el límite entre los años 80 y 90, el mayor desquicio del fútbol inglés en las tribunas. “Se trata de un género que se ha hecho muy relevante en dos lugares: Inglaterra y Argentina, países donde la figura del héroe caído genera una fascinación enfermiza. Es fácil asociar a Best con Maradona y bajar poco a poco los peldaños de la fama, de Paul Gascoigne a Charlie George, pasando por René Houseman en las calles de Buenos Aires. De todos ellos se contarán maravillosas historias futbolísticas y trágicos relatos personales, donde el alcohol, el juego o las drogas destrozaron sus carreras”, escribió Segurola.
Los inadaptados al ataque -aunque sin excesos en este caso- se repiten en los deportes más acartonados, como John McEnroe: sus gritos viscerales y su indisciplina extra time no eran, justamente, los de un tenista anclado al fondo de la cancha, uno de esos funcionarios que sólo conocen la red para saludar al rival después del partido. ¿Y Mike Tyson, el hombre que golpeaba para matar, podría haber sido un boxeador moderado, de esos a los que les da lo mismo ganar por puntos que por nocaut, un deportista más afín al orden que al progreso? Imposible.
Los subversivos en el deporte no parecen haber nacido para defender. Lo dice la frase atribuida al manual de César Luis Menotti, y una de las máximas más repetidas del fútbol (también la suelen rescatar Jorge Valdano y Xavier Azkargorta): “Se juega como se vive”. Es decir, que el campo de juego es la traslación de la personalidad de cada jugador. Los sumisos se acuartelan. Los chicos malos quieren la insurrección. Y sin embargo, el tema no es tan lineal.
¿Dónde escondemos, entonces, a los outisders que usaron su locura solo en función defensiva, sólo para bloquear al genio creativo del rival? Dennis Rodman, un astronauta de la NBA, era un pésimo atacante. En función de ataque no habría llegado a nada. Su extravagancia nacía y moría en su formidable capacidad destructiva: defensa, defensa y más defensa. Una represa humana al servicio del básquet. Atacando o conduciendo era tan inútil como, por ejemplo, Juan Román Riquelme defendiendo. Suponer a Rodman como escolta o como base en Detroit Pistons o Chicago Bulls sería como transpolar a Riquelme como lateral derecho y con la número 4 de Boca y la selección.
¿Y Guillermo Vilas? ¿Cómo no encajarlo en este club? Más que un enorme tenista, el marplatense fue un innovador, el San Martín de las raquetas en la Argentina, y sin embargo su revolución no se forjó en base al juego ofensivo. Aun sin la voracidad de Rodman, Vilas era dentro de la cancha un conservador, un hombre que resistía en un peloteo perpetuo, la canonización del statu quo. Era más un guerrero que un poeta. Vistos desde una óptica fuera de la Argentina, sus partidos resultaban más aburridos que dramáticos, y cuando sí mordían algún nervio del público neutral no era por su actitud desprendida sino por su formidable resiliencia. Vilas emocionaba desde la trinchera. 
Lo fabuloso es que, en esa permanencia, Vilas también cultivó la rebeldía de un hombre que le ganó a todo, incluso a la nada, a la falta de tradición de su deporte en nuestro país. Vilas consiguió lo que suponemos un oxímoron: una revolución conservadora. Sus partidos podrían ser tediosos pero su carrera debería ser recordada con la Marsellesa de fondo. Su pelo largo, su vincha y sus romances de sangre azul no desvían la raíz doctrinaria de su juego.
Tal vez en las crónicas argentinas no había demasiada referencia a ese juego monótono de Vilas, pero basta con repasar el excepcional libro “El amante del tenis”, del francés Serge Daney (y traducido por Leonardo D’Espósito), para tener una visión de ese tedio. Daney, que fue un crítico de cine maravilloso, también era un fanático del tenis y como tal cubrió para el diario Libération todos los Roland Garros entre 1980 y 1988. Allí, con mirada francesa, escribió sobre el marplatense incluso en años, como 1982, en el que fue subcampeón:
-“El dinosaurio argentino, el artista del gran efecto monótono, el mal querido del circuito, mide como un gran felino la línea de fondo de tal modo que raramente la abandona”.
-“Vilas sigue siendo un temible pasador y un devolvedor de acero, pero además humanizó un poco su juego. Hay algo de vano y hay algo de grandioso en esta soledad del atleta infinitamente mejorable, del atleta muy presente en la cancha y muy ausente en el público. El aburrimiento acecha cada vez que juega este viejo dinosaurio. Aún no ha logrado hacerse querer del todo por el público. Su juego sigue siendo introvertido y poco espectacular. Rompe demasiadas raquetas y su rostro siempre está demasiado presionado por la preocupación de ganar”.
-“Basta de estas pelotas cargadas de odio interior. ¡Viva Connors, viva el odio exteriorizado!”, escribió Daney tras la final perdida por Vilas contra Mats Wilander, en la que hubo puntos que duraron hasta 68 golpes y en la que Vilas tardó 16 minutos para subir a la red, por lo que el francés habló de “tenis autista” y “tenis zombie”.
-“Vilas es la víctima del amamantamiento excesivo de Ion Tiriac y de una soledad de estrella melancólica. Cuando lo vemos esperar que el rival se equivoque, nos decimos que Vilas se debe aburrir mucho. Pero cuando lo vemos precipitarse a la pelota, nos decimos que este tipo nunca descansa. Finalmente, uno no sabe qué decir. A Vilas lo miramos con un aburrimiento divertido”.
También, en estos tiempos en que el boxeo volvió a marcar agenda, Floyd Mayweather Jr. entra en la dualidad de un desobediente fuera de su campo de batalla que convive con un perro guardián sobre el ring. El vencedor de Marcos Maidana en Las Vegas reserva su excentricidad para mostrar fangotes de dólares viajando en aviones privados (o cambiar de calzado deportivo una vez por día o protagonizar escándalos periódicos) pero, a la hora de su profesión, es mucho más un Nicolino Locche que un Tyson. Su arte es la defensa. De sus 46 triunfos -está invicto-, sólo 26 fueron antes de tiempo. Es difícil que gane por nocaut pero es imposible que lo derriben. Primero se protege. Después ataca. Podría ser un bailarín del Bolshoi.
¿Y en el fútbol, siempre tan ideologizado? ¿Hay lugares para díscolos cuya obsesión no sea crear un gol sino impedirlo? Maradona suele destratar a los arqueros con una frase, “Y qué querés, si es arquero”, que es compartida y festejada por muchos, aunque contradicha en la realidad por, entre otros, Germán Burgos, el ex arquero de River y de la selección argentina. El Mono demuestra que los rockeros, los fuera de sistema, los chicos malos, los desobedientes, los inadaptados, también pueden odiar el gol.