Tema del Mes

DICIEMBRE 2014

Narcisos confundidos

14 / 12 / 2014 - Por Marcelo Pacheco

Pequeña historia de la marginación homosexual: ¿conquista de derechos o aplastamiento de las diferencias?

En los años 60 las luchas por los derechos civiles de las minorías incluyeron entre sus protagonistas a la comunidad homosexual. En los 70 y 80, los estudios culturales, ya institucionalizados, en sus debates sobre identidad, diferencia y género, mantuvieron a la intelectualidad y militancia homosexuales activas en las batallas sobre las determinaciones biológicas o culturales de su sexualidad. Los aportes y las contradicciones de la idea de estilos de vida y tribus, y la lectura enfrentada de los comportamientos individuales y colectivos, se extendieron.
La “peste” rosa impulsó un fuerte aislamiento en una sociedad que seguía siendo puritana, excluyente y represiva. Los ataques revelaron el carácter homofóbico de un mundo occidental y cristiano que creía que había llegado el momento del castigo para los pecadores, una especie de justicia moral. Los logros de las décadas anteriores mostraron con rapidez su liviandad y su verdadero perfil de concesión de posiciones que ya no era necesario sostener o que resultaban inútiles para “vigilar y castigar”, tachar y no nombrar.
La amenaza de una pandemia que pronto se mostró arrasadora para toda la población, y con fuerza desbastadora entre la juventud de la mayoría blanca y heterosexual, logró las inversiones millonarias y los subsidios para el sector privado destinados a la investigación. A mediados de los 90 el descubrimiento de un coctel combinado de tres drogas permitió tratamientos efectivos que para la comunidad mundial transformó al HIV en un mal crónico. Buena solución que dejó libre el terreno para las ganancias fabulosas de las corporaciones de laboratorios farmacéuticos y la afirmación de una nueva elite de especialistas en el tema. Hace 15 años que la prometida vacuna espera el milagro de ser hallada cuando todas las novedades sobre la enfermedad se han transformado en meramente adjetivas. Se trata de una enfermedad crónica como tantas otras. La verdadera discusión sobre el HIV y su definitiva transformación de la sexualidad no tuvo lugar. El deseo amoroso, los impulsos naturales del cuerpo, o sea todo el universo que rodea a la desvalorizada existencia que se juega sólo y exclusivamente en la tensión entre el erotismo y la muerte, antagonismo que configura la vida del hombre, fueron afectadas. La conciencia de finitud y la soledad del hombre se aquieta en la dimensión de su sexualidad deseante, único momento de la pérdida de los límites que imponen la interrupción y la descomposición física de la muerte. Es en la confrontación entre la energía de la vida que provoca la sexualidad amorosa y la certeza de la destrucción del ser en la muerte, donde se manifiesta toda la aspiración por la continuidad. El amor y la muerte no existen sino en su presencia simultánea, en su necesaria coexistencia; la inmortalidad y la expansión de lo individual que permite la ceremonia de la sexualidad pone en suspenso la certeza del yo solo y mortal que impone lo ineludible de la muerte. La persistencia de la conciencia anudada por el riesgo potencial de contagio del HIV regula los despliegues ilimitados, sin tiempo y sin espacio, que ofrece la fusión con el otro en el derrame de vitalidad sin fin que supone la sexualidad y su imaginario.

En la manía por la lingüística los nombres son elocuentes en sus líneas internas. El SIDA (Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirido) es una enfermedad “adquirida” o sea buscada, elegida, comprada, abrazada, obtenida, apropiada, aunque sus sinónimos aclaren que el término en caso de “vicios, costumbres, obligaciones y enfermedades” corresponde a “contraer”. En los viejos diccionarios la cadena de significados subraya aún más la potencia del término elegido por la ciencia médica; adquirir es “ ganar, conseguir por el trabajo propio; coger, conseguir; hacer propio lo que a nadie pertenece”. ¿Cuántas son las enfermedades que en su denominación destacan el esfuerzo realizado para “adquirirlas”?

Dejando de lado suspicacias lingüísticas, entre los 80 e inicios del siglo XXI, el creciente capitalismo y la saludable sociedad de consumo descubrió que el aislamiento de los homosexuales significaba dejar afuera del mercado un sector en potencia muy atractivo. Mantener con bajo perfil y oculta la identidad gay significaba renunciar a un sector de “clientes” con sólida presencia en el consumo aun siendo una minoría. Los homosexuales de clase media, media acomodada y clase alta ocupaban puestos laborales importantes con ingresos considerables, entre profesionales independientes, líderes de corporaciones, herederos de fortunas, y “mayoritarios” en el territorio de la cultura con sus ramificaciones mercantiles millonarias. Todos ellos constituían protagonistas interesantes para incorporar. Apareció entonces en el pragmatismo capitalista la idea de crear y promover productos dirigidos a su “estilo de vida”, concepto que al mismo tiempo luchaba entre los estudios culturales para encontrar un reconocimiento propio.
El homosexual y la pareja homosexual tienen una relación particular con el dinero. Sin obligaciones familiares y sin necesidades de ahorro para cubrir proyectos u obligaciones a futuro, muestran una intensión de disponibilidad económica que se juega con una dinámica especial. No hay reparto de herencias condicionadas, ni hijos ni esposas por las cuales velar. En los casos, para entonces ya no tan excepcionales, de parejas gay estables, la economía doméstica contaba con dos sueldos significativos dispuestos a ser usados en diferentes tipo de consumos. La tendencia de la comunidad, por identidad o por género -la discusión resultaba ajena para el mercado- por productos distintivos de cierto estatuto social o de la ubicación en la “tribu” de pertenencia, sus impulsos constantes al gasto y a la compra de lo innecesario y lo adjetivo, caro y exclusivo, eran maneras del deseo que esperaban ser satisfechas; sólo se necesitaba un poco de tolerancia, un maquillaje de inclusión.
En los 80, desde barrios o zonas urbanas planificadas hasta cruceros de vacaciones dirigidos exclusivamente a la minoría gay, comenzaron a ser estimulados junto a todas las áreas de ofertas asociadas con este nuevo segmento de consumo, moda, accesorios, espectáculos, cosmética, gimnasios, hotelería, lugares de socialización, ocio y entretenimientos, servicios para los esplendores y la juventud prolongadas, junto a muchas otras variantes de mercadeo como la literatura, el cine, el teatro, la danza, la comida, los bares, los paseos de diversión, revistas y música. La leyenda “gay friendly” se multiplicó en los más diversos lugares.
El sueño gay de una vida “normal” se convertía en una realidad. Protagonistas ya no sólo en lugares aislados y semiocultos, los homosexuales, en gran parte, creyeron y se sintieron finalmente aceptados olvidando que eran consumidores respetados, vecinos y compañeros de trabajo y de vida social tolerados, pero nadie les había “concedido el derecho a la caricia”. El amor gay seguía dentro de guetos. La comunidad podía ser nombrada abiertamente en anuncios y propagandas, podía ser reconocida en sus peculiares iconografías cuando los productos ofertados así lo exigían, iconografía aquietadas, podían multiplicarse los estudios específicos de su historia, sus persecuciones y condenas, podía arriesgarse alguna crítica a la Iglesia Católica por su intransigente posición de pecadores condenados, a pesar de ser una sexualidad extendida en su interior; ya no existía desde un par de décadas anteriores la enfermedad “homosexualidad” registrada por la OMS; se limpiaba el buen nombre de Oscar Wilde y el reino inglés ofrecía sus disculpas, pero había peros, y quizás… la euforia de los beneficiados era excesiva frente a concesiones que mostraban ciertos matices fáciles de reconocer en el viejo mecanismo de funcionamiento del sistema de la sociedad moderna: “aceptar lo diferente eliminando la diferencia”, convivir con lo sucio y lo indeseable siempre que se mantengan nítidas las fronteras.

Muchos son los motivos por los que el capitalismo marcó y atacó a la homosexualidad. Un punto base de exclusión fue su obvia disolución de la familia, eslabón necesario para el traspaso de los bienes de generación en generación: pautar la propiedad privada más allá de la muerte, asegurar su continuidad venciendo la finitud era un orden que el sistema necesitaba para cuantificar acumulaciones y fuerzas de trabajo y rendimiento de plusvalías, así como para tener clara la cartografía de las tensiones de dominio en cada momento de la historia y, en especial, en el XIX todavía muy impetuoso en sus giros.
Otro punto que obligó a la condena de los “desviados”, con argumentos indiscutibles porque su verdad surgía del principio superior de la moral, era el peligro constante que representaban para las buenas costumbres individuales, familiares y sociales. La promiscuidad y lo antinatural de sus comportamientos sexuales eran enemigos que acechaban los fundamentos éticos del mundo moderno. La casi inexistente conformación de parejas gay y su constante circulación de relación en relación, sus impulsos hacia la obscenidad, su exhibicionismo de oscuros encuentros colectivos en parques y baños públicos, la prescindencia del lazo amoroso que justificara la copulación, el gusto y la exaltación de la masturbación, un mal condenado que si por alguna extraordinaria situación resultaba inevitable, era el acto más privado y reservado realizado por el hombre, más que sus secretas necesidades excrementicias. Para los gay la masturbación no sólo era constitutiva de su sexualidad, sino que era pública cada vez que era posible.

La policía moral dejó establecido como uno de sus gestos más efectivos para el control de la sexualidad la supuesta y artificial relación entre sexo y amor. Hacer el amor y no seguir los bajos impulsos de la sexualidad diferenciaba al hombre de los animales. Unir lo amoroso y la sexualidad cerraba cualquier territorio de fantasías ligadas a la concupiscencia. Claro que la doble moral como mecanismo de control de prohibiciones con excepciones, se adelantaba siempre para asegurar las fantasías de libertad. Las necesidades sexuales masculinas, y era científico el diagnóstico, reclamaban una hiperactividad que comprometía al cuerpo a por lo menos un encuentro físico diario, incluso hasta un máximo de seis. Exceso de energía propio de la virilidad que no debía exigirse a las esposas cuya intimidad estaba lejos de tal ritmo erótico, sólo bastaba con que cumplieran con sus deberes maritales que, en muchos casos, ya eran en sí mismos un sacrificio y una entrega corporal cercana a la violencia. Para que el hombre pudiera sentirse satisfecho y no perturbado por exigencias de la fisiología que no podía controlar, para eso existían las amantes, los burdeles, las queridas, las casas de placer, los prostíbulos, según las épocas y las ubicaciones geográficas, más rurales o más urbanas, y las sociales, más aristocráticas o más burguesas. 
En las difusas fronteras entre el deseo amoroso, los impulsos corporales y las necesidades físicas, se reconocían como válidas las relaciones íntimas entre amigos. En un mundo donde la mujer era un ser inferior había muchas razones para justificar, entender y explicar vínculos amicales que muchas veces excluían lo femenino de la vida de los hombres. Al mismo tiempo, la filosofía, la historia del arte, la estética y la historia se dedicaron durante gran parte del severo siglo XIX a tratar de disminuir las libertades que parecían habilitar los griegos de la antigüedad con su conocida tradición del contacto, incluso sexual, entre maestros o mentores y sus alumnos o discípulos. Antes de Platón pero en especial desde El banquete de Platón, los encuentros físicos entre adultos y jóvenes habían sido extensamente proclamados como el modo superior del amor, el amor entre hombres donde uno mayor iniciaba a otro apenas adolescente, y donde la perfección se alcanzaba en una dimensión en la que la mujer no tenía lugar ni presencia ni valor, salvo como instrumento reproductivo. Desde los amores entre el poderoso Zeus y el bello Ganimedes hasta el invencible Aquiles y su protegido Patroclo, todo el mundo griego estuvo pleno de relaciones entre hombres, una visión del mundo que no supo de la homosexualidad.

En este escenario de los deseos y los bajos impulsos, la pornografía no apareció como tal hasta el siglo XVIII, cuando claramente fue condenada por provocar las necesidades físicas de la masculinidad usando medios artificiales surgidos de la mala vida y de intentos por imponer los instintos animales sobre la noción de moralidad que organizaba un mundo perfecto y dispuesto al progreso y la felicidad, claro que las revoluciones y la guillotina estaban primero, para el mundo galante la seducción y la celebración del sexo habían sido mezclas naturales y artificiales del ocio y la insolencia de monarcas y aristócratas que seguían perfeccionando su lejanía y aislamiento de la realidad. En el mundo galante el erotismo fue motivo renovado de placer.
La pornografía jugó desde entonces un papel singular en el campo de la estimulación sexual. Condenada en su funcionamiento, nuevamente, el mercado no iba a dejar escapar el potencial de millares de hombres que querían expandir sus horizontes amatorios en otras y nuevas posibilidades, imaginando o presenciando juegos carnales poco posibles de poder repetir en la realidad. El mundo deseante frente al sexo que configura el erotismo juega una raíz y una apetencia diferentes al de la pornografía, sin embargo, se alimentan mutuamente; allí las fronteras vuelven a ser lábiles y provocativas, incluso para el arte. Hay una categoría dentro del arte que se aplica, no con tono vergonzante ni en voz baja, sino en exultantes pinturas de las fiestas dionisíacas y la adoración a Príapo, de figuras de la mitología como ménades y ninfas, transformaciones de semidioses en variantes ligadas a rituales religiosos o profanos dentro de calendarios y escenografías precisas.  Príapo gozó de gran fama dentro de la religión romana como dios de la fecundidad hijo de Venus y Baco. Las representaciones de Príapo como un gran falo con bailes y festejos alrededor, se reiteraron en el mediterráneo, más allá al oeste de Creta y las islas Cícladas, en los umbrales del Adriático y en plena tierra imperial. Representaciones de ninfas, machos cabríos, ménades, sátiros, sacerdotisas, divinidades y semidioses que aparecieron en gran parte de las culturas de la antigüedad en los distintos continentes, falos de grandes tamaños distinguieron al arte erótico, y un poco más allá de sus fronteras a ciertas iconografías más carnales como atributo de la tierra otorgado al dios de la naturaleza y la fecundidad.
En la antigüedad, el tamaño del falo no apareció como una obsesión en otras áreas. Para el XIX se convirtió ya en un rumor infaltable entre los hombres, en relación directa con su virilidad. Muchas décadas después también las mujeres hablaran sobre el tema y participaron del debate sobre “el tamaño no importa” o la oración inversa. Entre los gay el asunto resulta central. El estar bien dotado otorga posiciones de superioridad dentro del grupo de pertenencia y un requerimiento constante. Un pene notable asegura el poder de circulación en lugares públicos destinados o no al exhibicionismo y las actividades sexuales, como los baños públicos, los saunas, los árboles y matorrales de alguna plaza o algún bosque, o en los darkrooms más difundidos desde los 80 y en los rincones de actividades gay secretos o invisibles para la sociedad pero conquistados como propios como, por ejemplo, el “gallinero” del Colón.

Un estigma para la pornografía fue su directa relación con la masturbación. Se suponía que las revistas, las postales, los fotogramas, los visores y las postales pornográficas estaban destinadas básicamente a fomentar la masturbación, terreno que ya se sabe fue duramente condenado desde el XIX. Las fantasías de la sociedad heterosexual sobre la abundante existencia y el uso continuo de la pornografía entre los homosexuales, resultaba piedra fundamental para comenzar la demostración de su “enfermedad”. El material porno gay, en sus más variados formatos, ha acompañado siempre a las posibilidades de nuevos soportes, materiales, presentaciones y creaciones, multiplicándose, siendo cada vez más accesible e incluso de alguna manera indirecta conocido por la sociedad heterosexual. No hay duda de que la masturbación privada y pública, solitaria o acompañada, en ritmos acelerados, casuales, imprevistos y anónimos, son parte del comportamiento gay que la moral dominante considera promiscua y una práctica que debe ser abolida, perseguida, sancionada. El orden establecido para la socialización, sus diferentes modos e intensidades, sus días, horarios y lugares, sus duraciones y aprendido ceremonial y con protagonistas adecuados para cada ocasión, se derrumba en un instante cuando un músico como Georges Michael es arrestado en un baño público, frecuentado por hombres gay, por un policía señuelo esperando poder atrapar a algún “depravado” en plena insinuación, siempre antes del primer roce en los genitales para proteger al servidor comunitario de una tentación innecesaria o de una inesperada erección.
No hay porque dar explicaciones ni justificar, ni siquiera debe especularse el porqué de esta atracción particular de los homosexuales por la masturbación y la ocupación furtiva y temporal, o de manera más o menos sistemática, de ciertos espacios públicos para sus encuentros sexuales. Masturbación, modo de satisfacción artificial practicado por el hombre en casos extraordinarios, no es una definición que le diga algo sobre el tema en cuestión a un homosexual. La masturbación en todas sus variantes y con todo el material disponible para la “falsa” estimulación es una dimensión de placer privado y colectivo, en pareja o con extraños, en un encuentro furtivo o una búsqueda dirigida, que los hombres de la minoría gay practican, programan, desean y buscan como parte de su identidad cultural, eso era así al menos hasta principios del siglo XXI. El desafío del espacio público, de la moralidad de acciones privadas, de lo pecaminoso de su ejercicio, eran actos, o al menos lo fueron, de una toma de posición que exhibía una sexualidad doblemente perseguida y que obligaba a los agentes de la administración de la moral pública a intervenir reprimiendo y censurando lo que allí ocurría, para que, además, de manera ejemplar y de amplia difusión mediática, los involucrados fueran castigados por la justicia. El problema sin solución para el dominio heterosexual es que todos aquellos lugares reservados a la afirmación de la virilidad masculina donde conviven sólo hombres, la homosexualidad es una amenaza imposible de evitar. Sólo la homosexualidad puede filtrarse en espacios de pura pertenencia y definición masculinas como el ejército, la policía, el fútbol, los obreros, los paisanos rurales, la iglesia, los gimnasios, los clubes, los internados escolares, las cárceles, gran parte de los deportes, los bomberos, las membresías de clubes tradicionales y de raíz social, etc. Donde los hombres sienten seguros su lejanía de lo femenino y marcan su diferencia, superioridad y pertenencia, es donde la homosexualidad desestabiliza todo el sistema.

Ya en los 70 las películas gay de bajos presupuestos y poco cuidadas en su calidad comenzaron a circular en blanco y negro, muchas veces de manera clandestina, para paulatinamente pasar al color, mejores producciones y cierta visibilidad tolerada. Sucesivas situaciones de tríos o cuartetos en baños de estaciones de servicio, colegios, internados y paseos públicos, encuentros entre médanos en la playa o bajo puentes que se extendían sobre ríos, sexo explícito en cuartos de hoteles y en departamentos, pusieron en la pantalla imágenes propias de las fantasías homosexuales. Las películas podían ser motivos de masturbaciones solitarias, de excitaciones para parejas o grupos de participantes con despliegues de un lenguaje corporal y un placer sexual típico de la minoría ignorada o censurada: felatios, lluvias doradas, besos negros, doble penetraciones, interacciones entre varios protagonistas, fistings, intercambios de compañeros de juegos, posibles mirones sólo masturbándose, aumento paulatino de la concurrencia, uniformes desabrochados, celdas oscuras, empleados, entrenadores de deportes, jóvenes exhibiéndose en las duchas.
Para los 80 las producciones ya tenían estándares normales y varios sellos se dedicaban a la producción de películas para esta minoría apegada con fuerza a la pornografía en sus más diversos soportes.

Mientras tanto, en el terreno de las luchas por la igualdad seguían los enfrentamientos entre fuertes opositores y la reducida militancia abiertamente homosexual y sus agrupaciones. La presión constante de la Iglesia, que mientras tanto seguía protegiendo a sus miembros acusados de pedofilia, y de los sectores más conservadores, y no tanto, de la sociedad, de derecha y de izquierda con la misma decisión, se negaban a votar las leyes necesarias, e incluso, a derogar decretos y normas policiales que seguían castigando los comportamientos públicos considerados inmorales.
Sin embargo, para los 90 se habían ido ganando posiciones y se había logrado la adhesión de sectores influyentes que comenzaron a nivelar las fuerzas en el campo de batalla. Pasos hacia un reconocimiento del que, por supuesto, la inclusión de la interesante minoría y sus consumos habían presionado desde la creación de un amplio mercado que necesitaba de la visibilidad y de la disposición del sector para extenderse en su territorio. Finalmente, en diferentes estados, países y ciudades comenzaron a reconocerse los derechos de igualdad de los homosexuales como miembros de la sociedad. Después de tres décadas de reclamos y luchas, las uniones civiles aseguraron los derechos de los homosexuales a compartir obras sociales, a tener economías familiares conjuntas, por ejemplo, en sus obligaciones impositivas, obtuvieron el derecho a la herencia y al reconocimiento de la convivencia prolongada como señal de pareja legítima. Los estudios sobre las neofamilias comenzaron a asomar en distintos campos de reflexión.
Lo peligroso y poco advertido del proceso era que a medida que la comunidad obtenía más derechos y áreas de reconocimiento, los gay comenzaban a adoptar comportamientos y estilos de vida que se asemejaban con fuerza a la idea, la imagen y el funcionamiento de las parejas heterosexuales. Parejas cada vez más estables, un paulatino vacío de los baños públicos, el reemplazo de sus espectáculos con transformistas en sótanos y lugares marginales y de clara precariedad, por presentaciones de despliegues y obvio acceso a presupuestos en teatros de la calle Corrientes, se reemplazaba una estética doméstica, absurda en sus pretensiones de brillos y oropeles, simulada y de escasez orgullosa y reconocible, por visiones de recursos profesionales, de vestuarios cuidados y reales en sus lentejuelas, costuras y accesorios.
Las exuberancias propias de un estilo de vida señalado, señales solapadas de fácil reconocimiento entre iguales, se fueron diluyendo para cubrir todo de una neutralidad de voces y costumbres que sobrevivían en sordina. La aparición de andróginos y del hetero metro, creó un intercambio de modalidades entre gay y heterosexuales que diluyó fronteras. En realidad, la normalidad apagaba el sonido propio de una minoría tomando lo necesario para renovarse porque ya no podía encontrar nada que le resultara atractivo ni original. Se extendieron los cuidados obsesivos y sofisticados del cuerpo, los consumos de accesorios y vestimenta ambidiestras, cortes de cabellos confusos, el uso de ropa con finos y elegantes estampados, colores fuertes y provocativos, variedad de telas, modelos extravagantes de zapatos. Aparecieron barrios compartidos, igual que negocios de comidas sanas, suplementos dietarios, indumentaria, restaurantes, gimnasios. Los “boliches” gay fueron desapareciendo y surgieron lugares bailables que durante determinados días a la semana eran para parejas heterosexuales y otros días para la diversión gay.
Por supuesto se mantuvieron ciertos rincones exclusivos para una minoría dentro de la minoría que mantenía su estilo de vida, sus deseos “promiscuos” y “desvíos” aun no domesticados. Para estos rebeldes siguieron funcionando los saunas y los reservados con darkroom, laberintos y teteras, que permitían el funcionamiento de cierto imaginario propio que aún se mantenía activo y parecía ser necesario frente a una novedosa homogeneidad que se llevaba la diferencia y alteraba un tema tan sensible como la sexualidad, entre los prejuicios y normas de una sociedad puritana, de doble moral y conservadora que seguía ejerciendo la censura y, en especial, controlando las libertades de fluidos, encuentros casuales y furtivos, instintos y calenturas buscadas y satisfechas e impulsos surgidos de una cultura ajena al mandato del “deber ser” que controlaba todo posible exceso, todo desborde; había un orden que custodiar y vigilar y castigos para aplicar.
Las exaltaciones de las mezclas y confusiones llevaron a los homosexuales a pedir el matrimonio y la posibilidad de adoptar hijos. Algunos países y algunas ciudades reconocieron estos nuevos derechos. Las ceremonias en juzgados civiles comenzaron a extenderse, el matrimonio entre dos hombres se consideraba otra batalla ganada. Matrimonios con salones para la fiesta, la presentación de ambas familias, amigos de los novios, todos recatados y cumpliendo con los rituales de los casamientos “normales”, llenaron de lágrimas a los dos maridos recién casados. Presiones sobre las autoridades eclesiásticas llegaron a soñar el reconocimiento del matrimonio religioso.
Una minoría en 30 años había llegado a la igualdad de derechos, o a algo que se le acercaba bastante, al mismo tiempo que se asimilaba al estilo de vida, los rituales y las ceremonias de la mayoría dominante. Peligrosas confusiones de identidades que fueron borrando y perdiendo sus diferencias para poder imaginar una nueva pertenencia. Las renuncias resultaron tantas y tan radicales que de pronto la homosexualidad comenzó a peligrar como comunidad. La “promiscuidad” fue expulsada o, al menos, acorralada, los excesos fueron desterrados, los “desordenes” controlados, los gustos y ritos propios, su modo de vida y sus marginalidades, sus diferencias con la norma y la organización social aparecieron homogéneas e integradas. Maneras, deseos, imaginarios, erotismos, visiones, necesidades y comportamientos, finalmente, se cubrían de aparentes felicidades que simulaban una identificación con lo “normal”, los homosexuales ni siquiera se mostraban dubitativos, desconcertados, tantos eran sus deseos de parecerse y confundirse dentro de la masa de conductas correctas, ignorantes del proceso y la tachadura, o quizás sinceramente cansados o sinceramente necesitados o sinceramente transformados, abandonaron sus intimidades y maneras de ver la realidad.
De todos modos el derecho a la caricia permaneció doméstico, privado y tribal. Los gobiernos de corte conservador siguieron su lucha para extirpar lo que quedaba de libertad en los espacios públicos y el hacer policial intensificó los controles sobre aquellos lugares tradicionales de encuentros prohibidos. Lo desconcertante e incierto fue que la nueva generación puesta a la búsqueda desde mediados de la primera década del siglo XXI, logró encontrar lugares de placer entre árboles y matas tupidas en los bosques de Palermo en las noches tibias de primavera o en el frío del invierno que pronto se caldeaba con las fricciones entre piernas, brazos, saliva, cierres abiertos, cuerpos arrodillados y penes por explotar al ritmo de bocas y lenguas estremecidas y herederas de la vieja escuela. La memoria genética o los saberes culturales se mantuvieron mucho más solapados y dispersos, pero fervientes en sus haceres escondidos para la mirada de ciclistas, patinadores y caminantes aeróbicos (algunos más atentos a los movimientos sospechosos de matorrales agitados no precisamente por el viento). Hay sectores de jóvenes que se muestran indiferentes a la sensación de ser minoría, sin condenas previas, extraños de aquellas batallas y aquellos reclamos, homosexuales que no sienten la necesidad y muchos menos el permiso de la mayoría y que transcurren indiferentes con respecto a censuras y reclamos de moderaciones.

En el camino que había comenzado a transitar la homosexualidad también la pornografía sufrió sus cambios. Un sello de producción prácticamente monopolizó el mercado. El sistema de las “estrellas” consagradas siguió vigente pero con modelos cada vez más parecidos entre sí, cada vez más estereotipados y evidentes. Los “argumentos” fueron girando con fuerza hacia el encuentro y desencuentro de parejas gay estables que vivían en hogares prolijamente decorados. Los encuentros sexuales se organizaban entre demasiadas caricias y besos en climas amorosos y dulcificados incluso en los antiguos lugares públicos, las felatios y los besos negros simétricos culminaban ordenadamente en penetraciones que podía ser o no versátiles, en posiciones básicas de rodillas y manos en el piso, de espaldas y piernas abiertas sobre un sillón o una cama, entre gemidos pocos creíbles y exagerados en relación al voltaje que mostraba la imagen, poca calentura, nada de descontrol, guturales ficticios, caricias innecesarias y poco ardientes en juegos de cuerpos que podían seguirse a través de cualquier manual de iniciación básico y aburrido. Quizás las escenografías de algún vestuario, algún baño, algún callejón, una ducha sospechosa, podían elevar la temperatura, pero de manera extraña todo estaba tan aplanado y prefijado y esperable que la cacería, los juegos de miradas, los inicios de manos agarrando penes ya erectos, las provocaciones y los tanteos de calenturas que se iban imponiendo fueron reemplazadas por rápidos besos que pocas veces y tardíamente llegaban en aquellas ceremonias furtivas, nerviosas, ocultas, varias veces interrumpidas por el ingreso inesperado de algún personaje perdido y sin capacidad de detectar los juegos sexuales que estaba encendiendo aún más en sus deseos o profundidades ocultas pero a plena luz del día en pleno baño de una facultad de derecho ignorante o quizás permisiva que veía pseudo estudiantes circulando de piso en piso por sus majestuosos baños. Los jardines, las cocheras de barrios suburbanos, las cocinas, los dormitorios, cuartos de hotel y livings se imponían con mucha más tranquilidad para concretar coitos con pocos caudales de acabadas lechosas. Las cárceles parecían especialmente preparadas para el cruce de hombres dispuestos a lo amoroso, no a lo instintivo ni impulsivo, nunca al asalto sorpresivo. Los juegos de mirones ocultos, las aproximaciones sugestivas pero con manos tocando bultos ya marcados, los choques con obreros, paisanos en los establos o en medio del campo, las elecciones prometedoras de un albañil, del amigo, del jefe, del compañero de cuarto o de marcados pectorales en el gimnasio, todo se esfumaba o dejaba maquetas tan obvias que no servían ni para sentir un primer cosquilleo en el bajo vientre. Las penetraciones, trámites administrativos, y culminaciones sin demasiados esfuerzos mostraban una mecánica de anuncio publicitario. Lo matrimonial invadía todo, o lo fuera de orden era un engaño matrimonial, no parte de una cultura que tenía sus propios juegos de poder, de dominio, de inexistentes infidelidades, de relaciones nómades, de calenturas y gemidos contagiosos. Y también estaba el problema del tamaño del miembro, o del pene para que no se preste a confusiones y se pueda pensar en otros miembros del cuerpo, el pene que en los adoradores y acompañantes de Dionisio fueron tan preponderantes y notables, y que en la mayoría de las cerámicas y las pintura del arte erótico se destacaron por sus tamaños decididos y decisivos, y que la cultura neoplatónica y el clasicismo de los siglos XV al XVII convirtieron en apenas indicaciones, sin olvidar la homosexualidad biológica y pictórica de personajes tan irascibles, desbordantes y opulentos como Miguel Ángel y Caravaggio, los penes que habían sido centro de atención en gran parte de la pornografía gay se mostraron de dimensiones normales o menores o apenas llamativos y con más de un problema de erección. Para la cultura gay el tamaño sí importa ¿importa en la realidad o importa en la ficción de la pornografía? ¿es motivo de placer sexual, de excitaciones artificiales para fotos y películas, o para reinar en teteras desbordantes de gente o en amontonamientos entre matorrales o en las duchas del club? Podría pensarse que de todo un poco, pero con bastante ventajas en su presencia real y en el atributo de una estrella porno. Durante décadas los actores bien dotados habían llenado las pantallas de cines porno y de pantallas de televisores hogareños. Los penes más célebres habían llegado a los HVS, las fotografías, los posters, e incluso a los juguetes eróticos fabricados en silicona. Al avanzar hacia 2010 la medianía se impuso y pocas fueron las excepciones, otra manera de serenar las obsesiones y los gustos exagerados de los homosexuales y de la interacción de homos con heteros y bisexuales. Los penes matrimoniales suelen ser similares y normales. Las exhibiciones de Tom Chase, claro que finalmente versátil, de Iron Will, o el portentoso Jeff Stricker, fueron quedando atrás. Algunas dimensiones de dudoso interés se insinuaron en Rafael Alencar, Julio Vicenzo, Gary Preston, o anónimos de películas clase B filmadas con actores baratos y periféricos en producciones rápidas, en especial en Europa del este con chicos húngaros y con figuras brasileñas en esta parte del mundo.
Atemperar la pornografía en sus cualidades mostró otra interesante concesión. Conservar este género de ficción antes tan demandado, frecuentado y claro en sus guiños, pretensiones, historias, imprevistos y potentes mezclas e inconvenientes y excitantes forcejeos sexuales y corporales era una necesidad para encajar en la nueva normalidad familiar que hasta quería adoptar hijos. La paternidad en el universo gay había sido tema ausente, o había encontrado fuertes sustitutos en sobrinos y ahijados, pero el estilo de vida y las relaciones gay habían estado lejos de incluir la adopción, de criar y educar hijos. Parecía un gen ausente. Su lógica de costumbres, libertades de parejas y maneras de socializar no tenían lugar para la crianza de chicos, su identidad no los necesitaba y sus impulsos existenciales no los extrañaba, ni su vitalidad los incluía en su transcurrir. La aparición de la dulce, aunque controvertida, tendencia del amor paternal resultó tan ajena y extraña que de pronto parecía la invención de una minoría que sólo tenía como diferencia hacer el amor (no acostarse ni revolcarse ni buscarse) con personas de su mismo sexo. Un hombre y otro hombre querían hacer votos matrimoniales, tener luna de miel, ahorrar para alcanzar el hogar propio, adoptar hijos para llevar a la escuela y hablar con las maestras, vivir en barrios tranquilos y mezclados entre parejas “normales”, felices en sus costumbres y deseos. Homosexuales exigiendo entrar a la Iglesia, esa institución que los estigmatizó y los sigue condenando al infierno por toda la eternidad y que soñó con “acabar” con ellos gracias al milagro de una peste divina que llegaba para castigarlos por inmorales y antinaturales. Homosexuales creyendo en la familia y buscando construir plácidos hogares con niños corriendo en lindos y cuidados jardines, para preocuparse por sus pesadillas nocturnas, sus líneas de fiebre, sus peleas escolares, sus carreras universitarias, sus complejas adolescencias, y tener nietos para una vejez con la casa llena de hijos, hijas, nietos y nietas en cariñosas comidas de domingo.
Menos mal que la izquierda se desintegró en los 70 porque si no los homosexuales estarían todavía insistiendo en militar por la revolución, tan homofóbica como los republicanos homosexuales o los hispanos de la derecha norteamericana. ¿Cuál será la confusión? ¿Por qué las minorías perdieron la memoria y abrazaron con gentil y decididas convicciones un modo de vida e ideales de una sociedad que durante siglos los persiguió? Claro que había antecedentes como la perversa y absurda relación de los gay con la Iglesia proclamando su ferviente fe católica, una constante de la comunidad difícil de descifrar. ¿Concurrir a misa o visitar iglesias mientras el Papado con fuerza y sin dudar los condenaba al sufrimiento terrenal y al castigo eterno? ¿Cuántos fueron los pedidos de campos de aislamiento para los homosexuales en la isla Martín García realizados por Quarracino arzobispo de Buenos Aires? Arzobispo de Buenos Aires o algo así, sin ninguna confusión representante de muy alto rango dentro de la jerarquía eclesiástica local y durante años su principal vocero. ¿Cuántas veces la Corte Suprema rechazó el pedido de personería jurídica de la CHA -Comunidad Homosexual Argentina- bajo la clara imposición de la sociedad y del ejercicio del lobby y el poder real que la Iglesia mantiene en la Argentina hasta hoy?
La evidente sordina que la pornografía gay dominante alcanzó en estos últimos años no fue ajena al mismo proceso de absorción de “lo diferente borrando la diferencia” y todo comenzó como ocurre habitualmente por la puesta en movimiento de un mecanismo interno del sistema capitalista y sus imparables tendencias a la expansión.
Es cómodo ver películas pornográficas que solo consiguen despertar la excitación con mucha ayuda del espectador, es una tarea hogareña como la de cocinar panecillos. De todos modos nadie dijo oponerse a la antigua pornografía, no puede pensarse en un gesto represivo ni de censura, simplemente han llegado otras épocas en las cuales todo se aquieta y fluye con tranquilidad, sin sobresaltos aunque “el derecho a la caricia” siga proscripto. Quizás aquella visión que tuvo Néstor Perlongher en uno de sus textos deba acomodarse entre los viejos recuerdos de una arqueología que convoca imágenes perdidas.

Cuando
les sea concedido el derecho a la caricia – qué cosas éstas –
saldrán de sus baños subterráneos con humeantes tazas de té entre las manos
en donde proyecten celestes espacios aires istamdos de sofocantes islas tropicales
pobladas de dulces nativos cimarrones devastados tímidos por el inexplicable ataque de los cañones
ingleses, inexplicable!

Los baños subterráneos se fueron clausurando hasta olvidarse en la misma pornografía. La imagen oscura y sin sentido para la heterosexualidad hablando de la procesión de orgullosas figuras llevando entre sus manos humeantes tazas de té, seguramente de imaginaria y fina porcelana oriental, donde su insistente amor por la belleza presiente, en ensoñaciones brumosas, islas tropicales en desconocidos mares de coral, pobladas de salvajes esclavos buscando libertades o de marineros indolentes condenados al inexplicable rugir de cañones enemigos, violencia inexplicable devastando a inexplicables y tímidos cimarrones que hoy son hombres domesticados simples de entender, lejos del fuego de los ingleses y de la sofocante isla de playas rosadas.

Para qué seguir las luchas inútiles contra una minoría insistente en su supervivencia y cada vez más violenta e insolente y con voces que dejaban de ser murmullos. Pensar en las ventajas de la homosexualidad convencida de su igualdad y dejando atrás, sin darse cuenta y sin demasiada resistencia, sus maneras exhibicionistas y sin una autoridad moral que aquietara sus impulsos sexuales y que negara tanto el amor como sentimiento superior y como motivo de felicidad, sólo bastaban unos pocos gestos que desarmaran su sufriente tenacidad, podían ser nombrados sin que una violencia, aceptada y siempre a la espera, los dañara y los arrastrara a un mayor aislamiento, a un desierto más desolador (los homosexuales, a diferencia de otras minorías señaladas y castigadas, conoce el primer escarnio y la primera vergüenza, que se prolonga durante toda la vida, viniendo directamente de sus padres y su familia).

Los intercambios fueron precisos, pausados, ambiguos y convincentes. La minoría homosexual obtuvo lo que quería, o consiguió lo que creía necesitar o ya tenía aquello por lo que había luchado durante décadas, Porqué no ciertos espejismos de una normalidad negociada, porqué no un estilo lo más cercano posible a la manera de vivir de la mayoría. La diferencia quizás no valía tanto, quizás no había que ser tan obcecado. Se obtuvieron muchos derechos que parecían inalcanzables. Rara renuncia a deseos, sentidos, comportamientos, enfrentamientos y defensas por una identidad, una cultura y una sexualidad con su propio erotismo, con su singular tensión entre la energía vital de una continuidad que no sólo borra la muerte sino que impone la falta de una familia con hijos y nietos que conserven la memoria de una existencia perdida sobre el límite mismo de la finitud y la descomposición del cuerpo.