Tema del Mes

DICIEMBRE 2014

El papa Francisco y el histórico legado de la reforma eclesiástica

20 / 12 / 2014 - Por Pablo Gianera

Aunque el cambio en la imagen y la comunicación del papado hace parecer colosales las diferencias entre Francisco y Benedicto XVI, las continuidades se advierten desde una perspectiva interna, en la que la necesidad de una reforma eclesiástica hunde sus raíces en una longeva tradición.

Muy rápidamente, casi desde el inicio de su papado, la presunción de que Francisco iba  reformar la Iglesia se generalizó entre católicos y no católicos. Es una presunción en la que participa también la confianza que parece entusiasmar a quienes veían con recelo a la Iglesia como una institución lejana y hostil a las discusiones de la época. Ya en la inminencia del sínodo, quedaría por decidir en qué términos podría realizarse semejante reforma.
En un artículo reciente para Revista Anfibia titulado “Francisco, del barro a la cima del mundo”, Verónica Giménez Béliveau estudió con cierto detalle el cambio en la forma de comunicar el papado en la imagen del nuevo Papa y el modo en que la atracción de la figura papal se extiende más allá de los límites del catolicismo y alcanza a líderes sociales y políticos, sobre todo entre los argentinos que encontraron, en el mejor de los casos, un banal motivo de orgullo nacional y, en el peor, buscaron una justificación aviesa de “picardía” política al ver en Francisco la entronización de sus propias prácticas (basta recordar el proselitismo chacotero sobre el “papa peronista”).    
Aun cuando podrían hacerse consideraciones sobre la conmoción que produjo en el catolicismo la vuelta a un discurso orientado a lo pastoral, no es ésa la línea –ya sea local o exterior a la Iglesia– la que querría seguir aquí; por otra parte, tampoco quiero concentrarme en las cuestiones más crispadas de estos días (la comunión de los divorciados, la posición respecto de las uniones civiles de los homosexuales, la intercesión en el conflicto entre Estados Unidos y Cuba) y prefiero considerar el problema con una perspectiva más abierta que es también más interna. Me refiero específicamente al modo que las reformas se le presentan a Francisco como una deuda que se arrastra por lo menos desde el Concilio Vaticano II (1962-65).
   
Esas tareas pendientes      
En un ensayo de 1976, el entonces cardenal Joseph Ratzinger había intentado un balance postconciliar. Hay que tomar en cuenta que Ratzinger venía de otro tiempo, lo que no quiere decir que estuviera imposibilitado de comprender la contemporaneidad; por el contrario, es posible que fuera justamente ese origen remoto el que moldeara su juicio sobre la actualidad y el que le permitiera comprenderla con la mayor agudeza. En la autobiografía que narra su vida hasta 1977 cuenta su infancia en Baviera, los años escolares en la pequeña localidad Traunstein. “La vida campesina permanecía fuertemente unida en una simbiosis estable con la fe de la Iglesia: nacimiento y muerte, matrimonio y enfermedad, siembra y cosecha… todo estaba comprendido en la fe”. Nada se sabía allí del inhóspito paisaje industrial: Ratzinger creció en un mundo todavía encantado, de una sensibilidad unificada, en el que la fe no había sido confinada a la esfera de las realidades privadas y resultaba todavía relevante para la comunidad.
“No puede negarse que casi todos los concilios han actuado, en un primer momento, como perturbadores del equilibrio, como factores de crisis”, hace notar Ratzinger (1). En el concilio hay para Ratzinger un espíritu penintencial. La misma penitencia individual y social puede ser asimismo eclesial, aunque con una salvedad: la penitencia no debe tornarse desgarramiento de la propia identidad sino deseo de descubrirla y descubrimiento mismo de ella. El descubrimiento se identifica aquí con la aceptación. El ahora Papa Emérito recordaba a los mártires cristianos, de cuyos labios no salió jamás una palabra de menosprecio a la creación, y citaba a propósito una frase del pintor Max Beckmann: “Mi religión es altivez ante Dios, rebeldía contra Dios. Rebeldía porque nos ha creado, porque no nos podemos amar. En mis cuadros reprocho a Dios todo lo que ha hecho mal”. Beckmann le sirve a Ratzinger como ejemplo de un desgarramiento que privilegia el orgullo a la penitencia.
La penitencia, de todos modos, es transcendida en la aceptación, y lo es en la medida en que lleve a la alegría de lo aceptado. El Vaticano II combatió las formas terrenas de autoglorificación de la Iglesia –un punto sobre el que Francisco no deja de insistir– pero no logró ir más allá de ese desgarramiento. “Es preciso descubrir de nuevo la huella luminosa que ha trazado la historia de los santos, la historia de lo bello en lo que es irrefutablemente, a lo largo de los siglos, la alegría del Evangelio.” (2)          
También así, Evangelii Gaudium, la alegría del Evangelio, se llama el documento más programático hasta ahora del papado de Francisco. Esta idea encontró una formulación especial en la Carta a los Filipenses: “Alégrense siempre en el Señor: Vuelvo a insistir, alégrense” (4,4). Pero nada es ahora más raro que la alegría. Francisco se opone a una Cuaresma sin Pascua. Es lo que pone negro sobre blanco en la exhortación apostólica: “La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque ‘la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría’”. La comilla incluida remite a Pablo VI, pero es una frase que bien podría haber firmado Benedicto XVI, lector atento de la Escuela de Frankfurt. Spes salvi, su magistral encíclica de 2007, se inicia con una consideración de cuño filológico acerca del sentido de la palabra griega hypostasis referida a la fe y despliega luego, a partir de su traducción latina como substantia, un colosal recorrido por la historia de la modernidad, la ilustración, el progreso y sus límites. Es, como él mismo lo dice, una autocrítica de la edad moderna en diálogo con el cristianismo y su fisonomía de la esperanza, lo que supone asimismo una autocrítica del cristianismo moderno. Resulta significativa su mención de Dialéctica negativa de Theodor Adorno, desde donde se abre el horizonte de una teología negativa, que desde luego no resigna el teísmo. Ratzinger muestra aquí también su propio dominio de la dialéctica.   
No es casual que en la Evangelii Guadium de Francisco dominen las referencias a Benedicto XVI, el hombre que, según él mismo dijo, “hacía teología de rodillas”. “La evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino ‘por atracción’”. Esta última formulación, tomada también de Evangelii Gaudium, pertenece, sí, a Benedicto, y es en cierto modo una de las claves del papado de Francisco.  
Consideradas desde lejos, las diferencias entre Francisco y Benedicto XVI parecen colosales; microscópicamente, en cambio, se advierten las continuidades, el cruce entre la tradición de San Agustín, a la que siempre pagó tributo Ratzinger, y la de la Compañía de Jesús, de la que viene Francisco; aunque tampoco hay que desdeñar aquí, como se verá, el tremendo destino nominal, “Francisco”.

Las mínimas diferencias
Para empezar, en el discurso “A los participantes en la 35ª congregación general de la Compañía de Jesús” pronunciado el 21 de febrero de 2008, Benedicto XVI fue enfático: “Vuestra Congregación tiene lugar en un período de profundos cambios sociales, económicos y políticos; de urgentes problemas éticos, culturales y medioambientales, y de conflictos de todo tipo; pero también de comunicaciones más intensas entre los pueblos, de nuevas posibilidades de conocimiento y diálogo, de hondas aspiraciones a la paz. Se trata de situaciones que constituyen un reto importante para la Iglesia católica y para su capacidad de anunciar a nuestros contemporáneos la Palabra de esperanza y de salvación”.
La palabra “compañía” acompaña, y esto no es un simple juego retórico que se ampare en la persuasión vulgar del retruécano. El descrédito en que había caído la palabra de la Iglesia era algo que Ratzinger conocía desde mucho antes de convertirse en Benedicto XVI. El gran problema consistía, en sus propios términos, en cuál era esa reforma necesaria que hiciera de la Iglesia una “compañía” digna de ser vivida. Para definir esa reformatio, Ratzinger recurre una vez más, como con Beckmann, a un símil tomado de las artes visuales. Según Miguel Ángel había en la piedra una imagen que pedía ser liberada. Ratzinger conecta la anécdota con cierta idea de San Buenaventura, que puede verse aquí como un eslabón secreto de estas posiciones: biógrafo de San Francisco de Asís, segundo fundador de la Orden Franciscana, fue también testigo privilegiado de la tradición agustiniana. Según San Buenaventura, el camino por el que el hombre llega a ser él mismo es como el camino del escultor. Su obra es una ablatio que extrae lo inauténtico y saca a la superficie la nobilis forma. Observa entonces Ratzinger: “Semejante ablatio, semejante ‘teología negativa’ representa una vía hacia una meta muy positiva. Sólo así penetra lo Divino y sólo así surge una congregatio…. La reforma verdadera es pues una ablatio, que como tal se transforma en congregatio” (3). La primera ablatio es el acto de fe, que abre el horizonte de lo ilimitado y lo incondicionado.          
Dicho en los términos del papa Francisco: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (Evangelii Gaudium, § 27).
“Primerear”, dice Francisco en otro pasaje, con una palabra que no tiene traducción y fuerza en otras lenguas a la paráfrasis. El que “primerea” no es quien va primero sino quien gana intencionadamente ese lugar, el que “primerea”, el misionero, no espera. “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor; y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva” (Evangelii Gaudium § 24). La opción por los pobres es así a la vez real y simbólica; está implícita en la fe cristológica.
En las palabras que pronunció en la misa de apertura del capítulo general de la Orden de San Agustín, Francisco recordó el principio de las Confesiones, con su idea de que la “inquietud” nos acompaña hasta que descansemos en Él. A Francisco le interesa esta inquietud del que busca y anuncia (4). Esa inquietud, que obliga a salir al encuentro, es la que alienta al que “primerea”.     
No hay necesidad de una Iglesia más humana sino de una Iglesia más divina; sólo así, dialécticamente, será verdaderamente humana (5). A Bergoglio le gusta singularmente el inicio del testamento del “Padre Seráfico San Francisco”: “Cuando yo estaba envuelto en pecados, me era muy amargo ver a los leprosos; y el Señor me condujo entre ellos y los traté con misericordia. Y apartándome de ellos, lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo. Y pasado algún tiempo salí del siglo” (6). Hay aquí otra variedad de la ablatio, la talla en contacto con los otros. Si hay una reforma de la Iglesia, será sólo posible desde sus orígenes. 

(1)    Ratzinger, Joseph, Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología fundamental, traducción de Marciano Villanueva Salas, Barcelona, Herder, 1985, pp. 442 y ss. 
(2)    Ratzinger, Joseph, op. cit., p. 447.
(3)    Ratzinger, Joseph, Ser cristiano en la era neopagana, edición de José Luis Restán, Madrid, Encuentro, 1995, pp. 18 y 19.
(4)    Papa Francisco, Una Iglesia de todos. Mis reflexiones para un tiempo nuevo, Buenos Aires, Espasa, 2014, pp. 142 y ss.
(5)    Cf. Ratzinger, Joseph, Ser cristiano en la era neopagana, p. 22
(6)    San Francisco de Asís, Escritos completos y biografías de su época, edición de Juan R. De Legísima y Lino Gómez Canedo, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1971, p. 29.