Tema del Mes

ENERO 2015

Entre la manta corta y la presión larga

10 / 01 / 2015 - Por Esteban Giler

Como enseñó el maestro ignorante, lo relevante de una hipótesis no consiste en probar si es verdadera o falsa, sino evaluar qué puede hacerse bajo su suposición. Lo mismo sucede con la eterna discusión a favor del ataque o la defensa en el fútbol: su “verdad” será dirimida de acuerdo a las potencialidades de los jugadores con los que se cuenta.

Y ahora fijate bien en lo que te voy a explicar: la línea tenía do ala de modalidade opuesta. La derecha era académica y jugadora, la izquierda se caracterizaba por su juego eficá y por un trámite si se quiere poco brillante pero efetista, que se traducía en resultado positivo. Y a la final, pibe, se diga lo que se diga, lo que se persigue en el fóbal es el escore. Y te advierto que yo soy de lo que piensan que un juego espetacular e algo que enllena el corazón y que la hinchada agradece, qué joder. Pero el mundo e así y a la final todo e cuestión de gole. Y para demostrarte lo que eran esa do modalidade de juego te voy a contar una anécdota ilustrativa. Una tarde, al intervalo, la Chancha Seoane le decía a Lalín: cruzámela, viejo, que entro y hago gol. Empieza el segundo jastáin, Lalín se la cruza, en efeto, y el negro la agarra, entra y hace gol, tal como se lo había dicho. Volvió Seoane con lo brazo abierto, corriendo hacia Lalín, gritándole: viste, Lalín, viste, y Lalín contestó sí pero yo no me divierto. Ahí tené, si se quiere, todo el problema del fóbal criollo.
(Ernesto Sábato, Sobre Héroes y Tumbas, 1961)


El diálogo es ficticio y antiguo pero describe una polémica que continúa vigente. El problema que Sábato deja trascender a través de dos míticos delanteros de Independiente de los años 20 es la vieja dicotomía entre efectividad y belleza, una subcultura que acompaña las canchas y las tribunas argentinas desde hace casi un siglo. A su lado subyace la otra gran dualidad del fútbol, una mucho más real que dialéctica: cómo conseguir que la convivencia entre ataque y defensa sea perfecta. Dicho en otras palabras, cómo llegar a la alquimia entre dos polos destinados a vivir en el extremo opuesto, el yin y el yang deportivo que lleva décadas desvelando a futbolistas, periodistas, hinchas y hasta literatos, pero que sobre todo desvive a los entrenadores. ¿Qué han dicho, justamente, los directores técnicos respecto a lo que parece el Nirvana del fútbol, ese ideal de equipo que complemente en un solo episodio dos actos tan inversos como la defensa y el ataque?
La bibliografía de entrenadores sobre el tema arranca con mayor detalle en los años de la década del 60. No es un momento más en la historia: es cuando Estudiantes rompe la hegemonía de los clubes grandes en el fútbol argentino y provoca un cambio de paradigma. Hasta entonces, sólo salían campeones los River, Boca, Independiente, Racing y San Lorenzo, o sea los equipos que tenían los mejores jugadores, los más goleadores, los más cotizados. Y en simultáneo a que Osvaldo Zubeldía y su cofradía de La Plata dieran la vuelta olímpica en el Metropolitano 1967, un técnico brasileño también desembarcó en San Lorenzo. Su nombre era Elba de Padua Lima pero todos lo conocían por su apodo: Tim.
Su caso es peculiar. Tim jugó en ocho clubes, siete brasileños y uno colombiano, y dirigió trece equipos, doce brasileños y uno argentino. Su estadía en Argentina fue mínima (porque duró dos años, entre 1967 y 1968) y sin embargo le alcanzó para dejar una de las frases más admiradas y repetidas desde entonces. Tim quedó en la memoria porque fue el técnico del San Lorenzo campeón del Metropolitano 1968 (Los Matadores) y porque dijo lo que todos querían decir pero nadie sabía cómo ni con qué palabras: “El fútbol es una manta corta. Si te tapás los pies te descubrís la cabeza y si te cubrís la cabeza te destapás los pies”. Un aforismo mítico.
Muchos años después de aquella frase maradoniana de Tim, ya en 2011 y en medio de una serie de charlas que pasaron inadvertidas para los grandes medios (fueron realizadas en clubes menores de Santa Fe, y sin periodistas como testigos), Marcelo Bielsa intentó definir qué es el fútbol. Entones hizo referencia a los dos hemisferios de la cancha, el ofensivo y el defensivo, y dijo: “Éramos todos muy amigos. Nos gustaba jugar juntos. La pasábamos bien reunidos. Intentábamos hacerlo lo mejor posible. Atacábamos mucho y luego queríamos recuperarla (la pelota) con la ilusión de volver a atacar. Y esperábamos la compañía de la suerte. Ese es el fútbol, muchachos”.
Las palabras de Bielsa (un técnico con manifiesta vocación ofensiva) lograron un hito: en el comienzo de cada capítulo de la fantástica serie “El Fútbol es Historia” (emitida por DeporTV), el audio de esta frase es acompañada y celebrada por los principales entrenadores de la Argentina. César Luis Menotti habla del sentido de la pertenencia -“La pelota era nuestra”- y Carlos Bilardo agrega: “Acá es fácil. Los de azul y blanco se la pasan a los de azul y blanco y patean para el arquero que no almorzó ni cenó ni tomó la merienda con nosotros”.
Menotti y Bilardo pasaron a representar durante muchos años los dos universos, una división que había germinado allá por la década del 60, en simultáneo a la frase de Tim y a la revolución de Estudiantes –una revolución antipática para muchos, incluso para grandes del periodismo como Dante Panzeri-. Sin embargo, centralizar los diferentes métodos de ataque y defensa entre los dos técnicos campeones del mundo sería reducir el tema a una selfie.
La historia venía de antes. Porque mientras Estudiantes rompía los paradigmas y sin grandes delanteros (o mejor dicho con mejores defensores y mediocampistas) extendía su hegemonía inesperada a la Copa Libertadores y la Intercontinental en 1968, el propio Zubeldía tenía que salir a defenderse de las opiniones negativas respecto de su equipo. Con una curiosa utilización de la tercera persona, el técnico definía a su equipo casi como se tuviera que disculparse: “Acepto que Estudiantes tiene un estilo que no gusta. Reconozco que, cuando emplea la jugada del offside, se trata de un juego destructivo que anula y desgasta a los adversarios. Pero no lo hace con un criterio solamente defensivo. Todo lo contrario. Frente a rivales que saben jugar o son peligrosos tirando centros, evitamos embotellarnos en la defensa. Salimos en bloque por dos motivos: para dejarlos en offside y para recuperar la pelota lejos de nuestro arco”.
Ya en los años siguientes, la puja argentina se redujo a Menotti y Bilardo o viceversa, en lo que a simple vista parece una visión injusta o errada. Ni Bilardo dijo alguna vez que no le interesaba atacar ni Menotti señaló que no le importaba defender. No obstante, por algún motivo –convicción, conveniencia o simplemente inercia-, ambos aceptaron ese lugar. Desde entonces en el imaginario popular, y en el del periodismo también, quedó establecido que Menotti era igual a ataque y Bilardo igual a defensa. Además se “determinó” equivocadamente que ambos habían sido los fundadores de cada una de esas escuelas. Sin embargo, mucho antes de Bilardo, Juan Carlos Toto Lorenzo hacía hincapié en la preparación física, el estudio de rivales y la defensa fuerte por sobre el ataque brillante. Del mismo modo, mucho antes de que Menotti siquiera fuera jugador profesional, tanto que es casi imposible marcar un pionero, había entrenadores que priorizaban el buen trato de balón y el ataque por sobre la defensa. O sea, la nuestra.
Pero ya en la modernidad surgieron nuevas escuelas, acaso más independientes y, sobre todo, más desarrolladas. Diego Simeone sostiene que para un buen ataque hay que tener, primero, una buena defensa. “Para atacar hay que defender mejor, y evidentemente hay distintas maneras de defender. Con los espacios, con la pelota... Nosotros tenemos un estilo diferente al del Barcelona, pero eso no quiere decir que no somos un equipo que piensa en atacar. Si no, no hubiéramos tenido esta temporada”, señaló el técnico del Atlético de Madrid, campeón de la liga española 2013/14 y campeón de la Champions League hasta el minuto 93 de la final, cuando finalmente cedió ante la presión del Real Madrid y se quedó con el subcampeonato.
José Mourinho es otro ejemplo del técnico considerado pragmático: plantea diversas estrategias según el estilo del rival. A diferencia de aquellos colegas que mantienen el statu quo en todos los escenarios posibles, el portugués es de esos entrenadores que consideran que a veces conviene atacar y otras conviene ser sólido en la defensa. El técnico del Chelsea coincide en el trazo grueso con Simeone. “El equipo solo es compacto cuando tiene equilibrio y juega bien defensivamente. Así uno está tranquilo durante los partidos porque sabe que no hay errores defensivos, por más que el rival tenga el control del balón y del juego. Pero como no te generan situaciones de gol, tenés una buena sensación. Un técnico le tiene que hacer frente a lo que el juego le da. A veces se te presenta un juego fantástico y otras un juego difícil”, sostiene Mourinho.
Del otro lado, claro, está Josep Guardiola, el técnico del Bayern Munich que durante su paso por el Barcelona (2008-2012) embelesó con su teoría y práctica diametralmente opuesta. “La mejor manera de defender bien es atacar bien”, es el mantra de Pep, en un tipo de fútbol total que, aunque con diferentes matices, no se veía desde la Holanda de 1974 o el Brasil de 1970. En ese sentido (atacar para defender mejor) son interesantes las palabras de Javier Mascherano, un jugador-técnico dentro de la cancha, durante una entrevista con la revista Brando de julio de 2014.
“Cuando Martino llegó al Barcelona –le contó Mascherano al periodista Pablo Perantuono-, dijo que había recuperar cosas que este equipo en su momento había hecho y que, quizás por algún motivo, había dejado de hacer. ¿Cuáles? Quizá no presionábamos como presionábamos antes, y eso para un equipo como nosotros, por la calidad que jugadores que tenemos, es vital. El Barcelona tiene jugadores muy ofensivos, no tiene jugadores de perfil defensivo. Entonces, a la hora de recuperar la pelota, cuando vos tenés jugadores ofensivos, la tenés que recuperar presionando, porque si no presionás y el contrario tiene la posesión de la pelota, te va a costar mucho recuperarla, porque no contás con herramientas para recuperarla. Vos eso lo conseguís con la asfixia, con tratar de que el rival te dé la pelota. Si vos tenés la pelota, ¿cuál es la estrategia? Ir eliminando las líneas del rival lo más rápido posible. ¿Y cómo hago para eliminar las líneas del rival lo más rápido posible? Muchas veces, tengo que tratar de darle opciones al rival para que salga jugando, y ahí yo puedo presionar y robarle la pelota. ¿Por qué? Porque cuando yo le robo la pelota al rival cerca de su arco, hay dos cosas que pasan. Lo primero es que él no me ataca, pero lo segundo es que yo genero una ocasión de gol sin necesidad de gestionar ninguna jugada. Porque si yo robo una pelota al rival que está abierto, que está en otra fase del juego, se la robo en una posición favorable para mí. No necesito gestionar para lastimarlo”.
Aquel tema que en la década del 20 dividía a la Chancha Seoane y a Alberto Lalín continúa vivo 90 años después en las palabras de Mascherano acerca del equipo más global de los últimos años: el Barcelona. El escenario del fútbol convertido a industria del entretenimiento y a uso y abuso de la política parece muy diferente al de aquellos delanteros de Independiente (y también de la selección argentina) que no se ponían de acuerdo entre divertirse y convertir un gol, pero sin embargo hay cuatro valores en común entre una época y otra: el deporte se sigue llamando fútbol, continúa requiriendo de una pelota y, como dijo el mediocampista central de Argentina en el Mundial 2014 (el faro entre el ataque y la defensa de un equipo con delanteros extraterrestres y defensores terráqueos), las características de los jugadores determina la táctica de un equipo, y no al revés.
Por último, la cuarta coincidencia entre aquella época y la actual sintetiza todo: nunca nos vamos a poner de acuerdo en qué es más importante, si divertirse o hacer un gol, y defender o atacar. Sería como que nos pidan de separar a dos hermanos siameses y quedarse con uno solo.