Tema del Mes

ENERO 2015

Honrar el juego o la falsa dicotomía entre atacar o defender

17 / 01 / 2015 - Por César R. Torres

César R. Torres, Doctor en filosofía e historia del deporte y docente en la Universidad del Estado de Nueva York (Brockport), rescata el análisis “interpretivista” por sobre el “resultadista”. Demostrar en el campo la superioridad deportiva es más que aventajar en tantos al rival, implica honrar criterios de excelencia que son también éticos y estéticos.

El debate sobre cómo se gana ocupa un lugar prominente en el soliviantado ludus mundi contemporáneo. Las líneas argumentativas se centran típicamente en las dos fases más reconocibles de la competencia: el ataque y la defensa. Están quienes sostienen que la defensa constituye la clave del éxito deportivo y quienes sostienen lo contrario. Entre los primeros se cuentan entrenadores futbolísticos como el italiano Nereo Rocco y el argentino Helenio Herrera, quienes promovieron el catenaccio o “cerrojo defensivo”. Entre los segundos se cuenta el húngaro Béla Guttmann y el brasileño Vicente Feola, quienes favorecían el fútbol ofensivo. Una manifestación más reciente de este debate es la controversia en nuestro país entre los seguidores de César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo, valedores respectivamente de los esquemas futbolísticos defensivos y ofensivos.
La creencia en la preeminencia del ataque o la defensa como clave del éxito deportivo obviamente excede al fútbol. El estadounidense Michael Jordan, presuntamente el mejor jugador de basquetbol de la historia, enfatizó repetidas veces durante su carrera que la defensa gana campeonatos. Por su parte, el inglés Stuart Lancaster, actual entrenador de la selección de rugby de su país, defiende el juego ofensivo. Esta discrepancia fue remarcada en forma paradójica por el estadounidense Paul “Bear” Bryant, entrenador del equipo de fútbol americano de la Universidad de Alabama durante más de dos décadas, quien afirmó: “El ataque gana partidos. La defensa gana campeonatos”.
Más allá de su articulación, la discrepancia entre la preeminencia del ataque o la defensa pone de manifiesto que sus cultores plantean visiones notoriamente diferentes de cómo se gana en el deporte. Para los cultores del juego ofensivo, el objetivo es principalmente anotar un tanto más que el rival. Para los cultores del juego defensivo, en cambio, el objetivo es principalmente ceder un tanto menos que el rival. El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo ha expresado precisamente: “Se juega para ganar, o para no perder”.
Tal cual está planteado, el debate sobre cómo se gana en el deporte presenta al menos dos problemas. En primer lugar, el énfasis preponderante ya sea en el ataque o en la defensa ha creado una falsa dicotomía entre las dos fases más reconocibles de la competencia deportiva. La dinámica competitiva no presenta una estructura binaria cuyas secciones son mutuamente excluyentes. Es decir, no se trata sólo de atacar o de defender. En realidad, la dinámica competitiva es una totalidad orgánica que incluye tanto ataque como defensa. En los deportes “regulados por tiempo” (fútbol, rugby, basquetbol o hockey sobre césped) las fases competitivas no están estrictamente compartimentadas, por lo que las mismas se suceden sin un orden particular. Por otro lado, los deportes “regulados por sucesos” (béisbol o cricket) establecen un orden cronológico que alterna estrictamente el ataque y la defensa. A pesar de sus diferencias, para ganar en ambos tipos de deportes es necesario anotar un tanto más que el rival, lo que necesariamente implica concederle un tanto menos. Está claro que el éxito deportivo requiere de cierta pericia en las habilidades ofensivas y en las defensivas.
Parafraseando la famosa definición del periodista argentino Dante Panzeri del fútbol como “dinámica de lo impensado”, en el deporte se necesita responder al acontecimiento inesperado creado por el rival y superarlo. Los equipos más ofensivos eventualmente defienden y los equipos más defensivos eventualmente atacan. Dar cuenta de la dinámica competitiva como totalidad orgánica permite apreciar mejor la complejidad del deporte y no reducirlo a algunas de sus fases.
El segundo problema del debate sobre cómo se gana es que remite exclusivamente al resultado de la competencia, al cual se lo reconoce y se lo presenta como patrón distintivo del éxito. Supongamos que los esquemas defensivos condujeran más frecuentemente a la victoria que los ofensivos. ¿Sería eso motivo suficiente para adoptarlos? La respuesta no es evidente. La pregunta entonces no es cómo se gana sino cómo debería ganarse o al menos cómo se debería aspirar a ganar. Para abordar esta cuestión normativa es imperioso referirse a las características que constituyen y distinguen al deporte.
Siguiendo el trabajo del filósofo escocés Alasdair MacIntyre, el deporte -al igual que el arte o la ciencia- es una práctica social. La definición, sin embargo, no termina allí: el deporte es también una actividad coherente y compleja de carácter cooperativo con bienes internos y estándares de excelencia. La particularidad radica en que se establece un problema artificial y se lo regula a través de reglas que ponen a prueba un conjunto de habilidades físicas específicas. Las mismas no sólo caracterizan a los diferentes deportes proveyéndolos con una identidad propia y única, sino que también conforman sus estándares de excelencia.
Si el deporte pone a prueba la capacidad para lograr el objetivo prescripto en el reglamento por medio de las habilidades físicas requeridas, la actividad competitiva compara la capacidad de los deportistas para realizar tal logro y determina superioridad. Como dice el filósofo estadounidense Robert Simon, esta “interpretación” del propósito central del deporte y de la competencia no está explicitada en los reglamentos pero puede ser pensada como la mejor explicación de cuáles son sus sentidos. Esta postura “interpretivista” mantiene que el deporte excede las reglas escritas y su ethos (el conjunto de convenciones vigentes en la comunidad de practicantes), alegando la necesidad de apelar a principios y valores que, al decir de Simon, le provengan sentido. A su vez, esta articulación de aristas estéticas y éticas constituye la base para discriminar las acciones deseables, permisibles y aceptables de las que no lo son.
Aquí es importante resaltar que involucrarse en una práctica social como el deporte implica reconocer y respetar sus bienes internos y estándares de excelencia tanto como comprometerse a cultivarlos, ennoblecerlos y acrecentarlos. Asimismo, el deporte competitivo implica aceptar la comparación en función de esos estándares de excelencia y, como tal, ser juzgado. Y esto, a su vez, implica un profundo respeto a la comunidad de participantes que no sólo posibilita la creación y evolución de esos estándares de excelencia sino que, a través de su compromiso con la práctica social, también permite su existencia, manutención y avance. En otras palabras, pertenecer a una práctica social necesariamente requiere lealtad a los estándares de excelencia y a quienes los hacen posibles así como la promoción de un contexto competitivo genuino. Vale aclarar que en esta concepción de la competencia deportiva el resultado no es desestimado. Sin embargo, a diferencia del “resultadismo”, que lo ve como el fin último de la competencia, el triunfo, empate o derrota es importante en función del parámetro de excelencia relativa que establece.
Dada esta elaboración del deporte competitivo, ¿cómo se debería entonces ganar o aspirar a ganar? Por un lado, el compromiso debería ser que se establezca un contexto competitivo genuino. Esto significa que, al ingresar al terreno de la competencia deportiva, es imprescindible que los competidores observen las reglas: esto no sólo posibilita la actividad sino también establece igualdad de condiciones. Caso contrario se abusa de los rivales y de su confianza, convirtiéndolos en meros medios para el logro del fin propio, y al deporte competitivo se transforma en un proyecto singular y mezquino que echa por tierra la igualdad de condiciones establecida por las reglas. Además, se vicia la comparación de la capacidad relativa de los competidores y se compromete la validez de los resultados. No existe el compromiso a ganar, a secas, sino a ganar en la forma especificada por las reglas. Si el único compromiso fuese simplemente a ganar, el “todo vale” tendría, valga la redundancia, validez. Las victorias son genuinas cuando los competidores observan las reglas. El respeto de las reglas es una condición indispensable de la competencia deportiva que supone una predisposición moral que abraza la justicia.
Por otro lado, el compromiso también debería ser que se honren los bienes internos y estándares de excelencia. Aquí está la motivación principal para involucrarse en el deporte. De esto se constituye. De hecho, el grado de pericia en la ejecución de los bienes internos nos distingue, al menos en un plano técnico, como atletas más o menos excelsos. Por algo admiramos, y a menudo emulamos, a quienes cultivan, ennoblecen y acrecientan los estándares de excelencia: el deporte se manifiesta como un destino personal y social para enriquecer la vida. En consecuencia, el deseo de ganar no significa preocuparse exclusivamente por el resultado, sino por los bienes internos y los estándares de perfección. Querer ganar debería entenderse como el afán por la superación y la aspiración de lograr la excelencia deportiva. O sea que, tanto o más que el ganar, importa el cómo se gana. Este respeto es una condición indispensable de la competencia deportiva que supone una predisposición estética que favorece el “buen juego”.
Resumiendo, el compromiso primario en el deporte de alta gama es doble: con el problema artificial que plantea y con el proceso competitivo que facilita la prueba de habilidades físicas. Dicho esto, el cultivo de las cualidades estéticas y los valores éticos tienen una relevancia mayor que el resultado. Entender a la competencia como una actividad que se relaciona con la creación de excelencia a través del reto mutuo para establecer superioridad deportiva y no meramente con la diferenciación formal de ganadores y perdedores no significa que el resultado sea intrascendente sino que es darle el lugar secundario que se merece.
Bajo esta visión, los esquemas defensivos tal cual han sido implementados pueden ser criticados por minimizar los bienes internos y estándares de excelencia del deporte competitivo. Quienes los defienden tienden a enfatizar el resultado y desmerecer la excelencia. Por ello Galeano sostiene en relación al fútbol actual: “Hay cada vez menos espacio para la improvisación y la espontaneidad creadora. Importa el resultado, cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la aventura”. En la misma línea, el escritor argentino Juan Sasturain argumenta que la preocupación por mantener el resultado en cero contraría “la esencia misma de la competencia” y que dicha actitud tiene efectos devastadores: un juego cauteloso, predecible y cerril. El mismo Sasturain vitupera: “Se piensa más en cuidarse que en jugar, incluso cuando se tiene la pelota. En los tiempos del resultadismo, se juega al fútbol con forro”. Otros críticos hablan de tácticas negativas e incluso de “antifútbol”. Las impugnaciones exceden la dimensión estética del deporte e incluyen la moral. Los esquemas defensivos son presentados como mezquinos, especuladores o cínicos y reprobados por aceptar el infausto “vale todo” (trampas, faltas estratégicas, deslealtades). Por supuesto, no todos aquellos que favorecen estos esquemas competitivos incurren en estos cargos pero las críticas no son infundadas.  Asimismo, la cotidianidad del deporte competitivo indica que los esquemas defensivos tienden a desestimar los bienes internos y estándares de excelencia en favor del resultado favorable.
Al contrario, los esquemas ofensivos tienden a honrar los bienes internos y estándares de excelencia así como las condiciones que promueven la comparación de la capacidad relativa de los competidores. En el fútbol generalmente se lo ha asociado con el denominado “fútbol arte” o jogo bonito y se refiere a la valoración de la calidad del juego y la excelencia sobre el resultado.  Sin embargo, esta actitud que resalta la creatividad, la fluidez y la espontaneidad no tiene que ser desinteresada. El buen juego es compatible con la búsqueda de la eficacia. Respondiendo a la crítica del juego ofensivo que pregona, el ex jugador y entrenador argentino Jorge Valdano dijo: “Es curioso que el futbol al que yo adhiero se lo considere como un futbol ingenuo; es como si yo no buscara resultados […] La diferencia es que para mí el resultado es una consecuencia del buen juego, no algo que lo antecede”. Los propulsores de los esquemas ofensivos no sólo resaltan los atributos estéticos del fútbol sino también los valores morales que los hacen posible. Del mismo modo, son menos proclives a implementar acciones que socaven el florecimiento de los bienes internos y estándares de excelencia o el proceso competitivo. Por ello Sasturain repudia tanto la “fealdad” futbolística como la “mezquindad” del fútbol doméstico argentino y promueve un encauzamiento hacia el “buen gusto” y la “buena leche”.
La interpretación del deporte competitivo inherente a los esquemas ofensivos es más coherente que la de los esquemas defensivos. Esto no significa que la defensa deba ser descuidada o carezca de valor. Lo que significa es que se debería aspirar a formar equipos y competidores que reconozcan y respeten la totalidad orgánica de la dinámica competitiva y que se esmeren por ganar honrando los bienes internos y estándares de excelencia así como materializando las condiciones que promueven la comparación de su capacidad relativa. Estos equipos y competidores implementarían acciones positivas, “pro deporte”, en las que sólo vale aquello que exalta los bienes que lo definen y la competitividad. Quizá la evaluación encomiástica del Comité Olímpico Francés del rendimiento de la selección uruguaya de fútbol en los Juegos Olímpicos de 1924 sirva como ejemplo de patrón de aspiración interpretivista: “Son verdaderamente magníficos los jugadores uruguayos, que han cautivado al público de los Juegos Olímpicos desde la iniciación del torneo. Perfectos en su cohesión, formidables en el ataque e invencibles en la defensa”. Difícil negar el atractivo y la superioridad de esta manera de ganar.