Tema del Mes

ENERO 2015

El trabajo de mirar y vender porno

17 / 01 / 2015 - Por Maru Leonhard

Memoria de una ex editora de promos porno que a veces extraña haber sido la envidia de tantos.

Es martes, son las nueve de la mañana.
Recién me levanto, estoy en piyama –mi uniforme oficial de editora de televisión freelance-, me siento en el escritorio con un café con leche recién hecho. Tiene espuma, como me gusta. Abro la computadora, abro mi cuaderno para ver con qué arranco hoy: Squirting.
Veo: una negra enorme con un culo enorme que empieza no a chorrearse sino a vaciarse, a largar baldazos de líquido de su concha. Se acomoda para un lado, chorro. Se da vuelta, chorro. Apunta a cámara, chorro. El tipo que la acompaña la estimula: la toca, la chupa, la manosea, le da palmadas, le pide más. Y ella sigue chorreando, empapando el sillón, empapando el lente de la cámara, empapando al tipo, el piso, la pared. Tomo un trago del café con leche con espuma y siento náuseas. Es la primera vez que me pasa en dos años editando promos porno. Y también va a ser la única.
Me preguntaron si me animaba a hacer una prueba. “Vemos cómo venís y lo vamos trabajando porque hay dos cosas: primero, que nunca editaste promos y segundo, hay que ver si te bancás el material”. Yo dije que sí sin pensarlo: significaba mirar porno por trabajo -que me pagaran por hacerlo- y me divertía la idea. “No tengas miedo ni vergüenza. Cuando hables conmigo no digas pene, no digas vagina, no te pongas colorada con nada. Mostrá pitos, mostrá vergas, conchas. Y hacelas divertidas”.
Hacer promos porno y que sean divertidas. Vender porno sacando más una sonrisa que un gemido. Parecía una contradicción y sin embargo es lo que terminé haciendo, principalmente porque el material con el que pensaba encontrarme distó bastante de lo que yo tenía en la cabeza: de las dos grandes señales para adultos, me tocó empezar trabajando en la más light de las dos, más erótica que pornográfica, más entretenida que estimulante. No se ven acabadas. Se ven tetas, se insinúan penetraciones, se gime con dulzura. Son programas de entretenimiento, de entrevistas, de educación sexual, magazines, reality shows y chicas lindas mirando a cámara y seduciendo a lo que esté del otro lado. Sea lo que sea.
Una vez, en una entrevista, Xuxa contó que cuando era jovencita y le dijeron cómo seducir a la cámara, le enseñaron lo que ella llamó “Cara de viento”. Es sencillo: imaginen que entrecierran un poco los ojos porque el viento les molesta. Listo. Esa es una cara seductora. Las chicas lindas de la señal light ponen cara de viento y se mueven lentamente porque las cosas lentas seducen más. Se contorsionan un poquito, mueven la cola y se abren de piernas y miran a cámara o miran al que está del otro lado de la cámara. Se tocan las tetas y se meten la mano por debajo de la bombacha y sonríen porque se sienten atrevidas, un poco cochinas. Las chicas lindas son un bodrio.
En las ficciones la línea argumental es: desconocidos se cruzan casualmente y terminan cogiendo los unos con los otros. Pueden cruzarse en un set de filmación –actores, el director, el camarógrafo y hasta el doble de acción- pero también pueden ser vecinos en un edificio cualquiera, clientes en una verdulería, un bowling y hasta en una librería preciosa de Palermo. Basta con que haya desconocidos con ganas de coger con otro desconocido, o con muchos, para que el programa funcione. Pero de nuevo: en esta señal no hay acabadas ni pitos. Hay roces, hay bombeos imaginarios, gemidos que no están tan en sincro con la situación. Hay más ternura que desenfreno sexual.
Pero fueron dos las cosas que más me sorprendieron cuando empecé a trabajar en esto.
Primero, que el reality show había copado hasta el último rincón del hombre común. Todos los hombres y mujeres comunes ahora quieren ser protagonistas de una porno. O con videos amateurs o con concursos. Todos quieren mostrarse y mostrar a sus parejas, quieren tocarse mirando a cámara o quieren ser filmados mientras un tercero los seduce. El hombre común quiere ser protagonista. Hay un reality de modelos al mejor estilo Super M2002, otro de swingers, otro para solteros. En todos, la premisa es la misma: que vos, tu vecino, tu amigo o incluso tu compañero tímido de trabajo se paseen en pelotas, se atrevan a juegos picarescos y, de tener algo de suerte, terminen encamados con una o dos o tres o más personas.
Segundo, el lado B del porno, el gracioso, el cómico, el bizarro. Una tortuga se monta una ojota. Unos enanos persiguen a una rubia con melena ochentosa. Un payaso sorprende a una chica que se baña, le estampa una torta en la cara y terminan revolcándose. El mundo bizarro del porno también se transmite por televisión: el porno también tiene que hacer reír porque pareciera que hoy en día lo que no es comedia, no es. Y por eso también está la picaresca: el ítalo argentino que grita chistes de doble sentido y persigue una rubiecita para morderle la cola y después mirar a cámara y gritar “¡Mamma mia!”.
Qué progre y liberal me sentía. Me pagaban por mirar eso mientras hay parejas que todavía no se permiten mirar porno ni separados ni mucho menos juntos. Cada vez que le contaba a alguien para qué señal trabajaba me divertía ver cómo reaccionaban: estaban los que se escandalizaban un poquito pero no llegaban a demostrarlo porque a qué progre le gustaría reconocer que eso que yo miro es una chanchada, hasta los que me decían que qué divertido mi trabajo y los que me miraban con cierto resentimiento y envidia como si yo la hubiera pegado con el trabajo soñado del noventa por ciento de mis pares.
Pero todos, absolutamente todos, terminaban preguntándome las dos mismas cosas: “¿Y cómo hacés después para coger?” y “¿Hacés lo que ves en la pantalla?”.
Cómo hago para coger es algo que siempre pude responder fácilmente: como hice siempre. Mirar tantos cuerpos desnudos frotándose sin gracia no hizo más que resaltar la artificialidad del porno. Al mismo tiempo, nunca pude responder a la segunda pregunta porque nunca supe qué decir: no es tan fácil entender y procesar las influencias que producen los factores externos en la propia sexualidad. Uno puede pensar que está mirando algo inverosímil y artificial pero que eso esté trabajando muy en el fondo de la cabeza, construyendo un monstruito pornográfico que tal vez alguna vez se active. Es decir: no sé si hago lo que veo en la pantalla, ni siquiera sé si es algo que pueda responder yo. Tal vez sí y tal vez no. ¿Tal vez una expresión? ¿Una posición? ¿Un tipo de gemido que se me grabó en el inconsciente y me sale de forma involuntaria?
Viví un gran momento de compañerismo y cariño con la señal light. Aprendí a entenderla y terminé queriéndola. Terminé identificando y reconociendo a simple vista qué cosas funcionaban en una promo y qué cosas no. Aprendí a reírme con el porteño hablando en cocoliche, haciendo juegos de palabras, diciendo que lo único que se está poniendo duro es ésta. Me divertí, y mucho.
Pero con el tiempo, lo que en un principio fue desafiante terminó por acomodarse y convertirse en otro trabajo más, cada vez más rutinario, fácil y repetitivo. Y ahí, como en cualquier pareja que arranca con temor e intriga y luego se achancha, me aburrí.
Con cierta resignación empecé a darme cuenta que había mecanizado tanto los procesos que ya nada me ruborizada ni me sorprendía ni me hacía sentir mucho más que: “Este plano me sirve para el clip del final” o “Qué tetas caídas esa mina”. Y ahí, cuando ya pensaba que nada podía sacarme el letargo laboral en el que había entrado, llegó el hardcore.
La otra señal, que no es para nada light, me encargó una pila de promos temáticas y ahí entendí lo que en realidad era trabajar mirando porno: doble penetración, anales en primer plano, fetiches, squirting, faciales, grupales, garganta profunda. El porno más duro, sin preámbulos ni precalentamiento, un sinfín de lechazos en rostros jóvenes casi virginales, cuerpos transpirados, gemidos interminables, gritos de chanchos, el sonido seco de una penetración, el goce del dolor. Empecé a usar auriculares porque me dio vergüenza lo que pensarían los vecinos de mi.
Ahí tuve que replantearme todo. Tuve que pensar si realmente era tan desprejuiciada como me había empecinado en creer. Si realmente podía ver eso como trabajo, si tenía ganas de ver un culo gigante colorado por las nalgadas moviéndose como una gelatina que está a punto de desmoronarse. Si sentirme tan despreocupada sexualmente era suficiente recompensa para horas y horas de ver cuerpos mal operados cogiendo sin ganas pero con fuerza. No llegué a contestar mi propio replanteo porque me tomé vacaciones. Y cuando volví, me enteré de que me había quedado sin trabajo. El porno me dejó sin preámbulos ni precalentamientos, como corresponde.
A veces lo extraño. Extraño la posición de poder en la que me ponía ante los demás: yo miraba porno, sabía del tema, me pagaban por eso. Era la envidia de mis amigos varones y la heroína de los amigos de mi novio. Era la que sabía qué tipos de cuerpo funcionaban en una película de lesbianas, la que sabía cuánta leche era mucha leche para un facial, la que podía explicar la técnica de la garganta profunda. Era la que tenía el trabajo exótico, el que todos habían querido alguna vez o al menos sobre el que todos habían preguntado, alguna vez, “¿Cómo será trabajar en porno?”.