Tema del Mes

FEBRERO 2015

Yoshimi Battles the Pink Robots (The Flaming Lips, 2002)

13 / 02 / 2015 - Por Rafael Cippolini

En su transformación de tribu contracultural a escuela, la psicodelia conforma un “para todo el mundo” desde donde corresponde: el kindergarten.

A Nina, about love.


¿Sería capaz de darle un ácido a mi hija de seis años? Por supuesto que no. Pero cuando todavía no cumplía los cuatro comenzamos a ver juntos Yellow Submarine, de manera bastante maniática. No tuve su suerte: en la época en la que me tocó tener su edad, en los tempranos ’70, nadie podía imaginarse que algún día tantísimos hogares de clase media tendrían videocaseteras, y mucho menos se me daba por pensar que la generación de mi hija poblaría el Planeta Tierra al mismo tiempo que Youtube pondría a nuestra disposición la memoria fílmica de la Humanidad.
Sin embargo recuerdo, perfectamente, quedarme hipnotizado frente a una tele color, a mis doce, mirando en ATC fragmentos de ese largo animado (la parte que corresponde a la canción Only a Northern Song) y anotar en mi cuaderno: “esto es lisergia para niños”.
No era para menos: suena la música del Impasible George mientras el Nautilus British atraviesa el Mar de la Ciencia. Tuve otras suertes: dos años antes, a mis diez, me había tocado descubrir, simultáneamente, el Sgt. Pepper, Gabinetes Espaciales –ese simple galáctico de Almendra- y la palabra psicodelia y varios de sus sinónimos.
Ahora, tantos años después, viendo como mi hija se fanatiza con Yoshimi Battles the Pink Robots, corroboro: la psicodelia no es ni un estilo ni un estado, es una escuela –en todos los sentidos del término-. Y como no existen escuelas sin maestros –al menos, no que yo me haya enterado-, esta vez resulta claro que los teachers se educaron en Oklahoma, y desde ahí impartieron este tremendo disco, que ante todo, es una gran lección. Trataré de exponer, a continuación, algunas reflexiones que dan vuelta mi cabeza. 

Debe saberse que Yoshimi no es un personaje de ficción. Es una multinstrumentista y cantante de carne y hueso. No sólo existe, sino que hizo un disco con un viejo amigo, el ex Reynols Alan Courtis, en el que también interviene otra gloria de la música japonesa, Seiichi Yamamoto, guitarrista noise de Boredoms. Con esto quiero decir: la protagonista de esta novela psicodélica, ese personaje otaku que vemos en la tapa del disco, enfrentándose a monstruos mecánicos, tiene, ni más ni menos, dos grados de separación conmigo y también con mi hija. Recapitulando, Yoshimi existe en dos dimensiones diferentes: en la mitología discográfica de Flaming Lips y en el circuito de rockeros vanguardistas japoneses.
Usé el término “novela psicodélica” como paráfrasis de “novela gráfica”, un mote muy usual y discutido últimamente. Porque la Yoshimi del disco, esa guerrera animé, tiene todo, todo, de las sagas manga.

Yoshimi Battles the Pink Robots es el disco en estudio inmediatamente posterior al gran giro que realiza la banda de Wayne Coyne con su álbum The Soft Bulletin, de 1999. Y este es el punto al que quiero llegar: con Yoshimi Battles… Flaming Lips se transforma, definitivamente, en una banda maximalista. Terminan de convertirse en un experimento cultural. Porque hay bandas que son sólo eso y nada más que eso, bandas de música, bandas de rock, músicos dando conciertos, grabando discos, haciendo videos.
Doy un ejemplo. Flaming Lips puso a la venta –en una edición limitada de 2000 unidades-, calaveras humanas de chocolate gourmet a escala real, lo cual es doblar su propia apuesta: un más allá de su disco 7 Skies H3, edición de una composición de 24 horas de duración que fue distribuido en otra edición limitada de 13 copias, en memorias digitales flashdrives insertadas en calaveras humanas reales. Poco antes pusieron en circulación Fuck You Frog, esto es, un EP titulado Gummy Song Skull dentro de ranas de plástico. Se habló de un concepto Willy Coyne Wonka, que me dispara ahora mismo la obviedad de la siguiente pregunta ¿no es esto arte contemporáneo apto para niños contemporáneos de todas las edades?
Ya sabemos ¿qué sería del arte contemporáneo sin la experiencia psicodélica? 

“El rock ha muerto, pero es nuestra cultura”, dijo alguna vez Richey James Edwards, a lo me permito agregar: “y esa cultura no sólo no murió, sino que ahora está por todas partes”. Para gente aparentemente tan disímil como Lester Bangs o Pipo Lernoud, la cultura rock fue en su momento un arma de cambio, un arma con coordinadas bien precisas. Hoy la cultura rock posee coordenadas cada vez más cambiantes, incluso a veces con la misma precisión. Levrero escribió: “He encontrado a Dios incluso en una iglesia”. Pues bien, lo tomo y digo: encuentro cultura rock incluso en algunas bandas de rock.
Mi hipótesis: estoy seguro que cuando Flaming Lips publicó Yoshimi Battles… en julio de 2002, sabían que la psicodelia para niños era la mejor intro para disparar formalmente esta ubicuidad.

Su nombre es Yoshimi
es cinturón negro en karate
Trabajando para la ciudad
tiene que disciplinar su cuerpo

Porque sabe
que es determinante
derrotar a esos robots malvados
yo sé que puede vencerlos

Oh Yoshimi, no me creen
pero tú no dejarás que esos robots me coman
Yoshimi, no me creen
pero tú no dejarás a esos robots me derroten

Esos robots malvados por naturaleza
están programados para destruirnos
Ella tiene que ser fuerte para pelear
por eso está tomando muchas vitaminas

Psicodelia para niños. No para toda la familia. Para niños. Ya sabemos que ellos son el futuro. Por eso afirmo que la psicodelia es una escuela. Cuando yo era niño, en las épocas en que reinaban Expreso Imaginario y Pelo, el rock era todavía contracultural, era en realidad una subcultura. Una tribu donde se refugiaban diferentes sub-tribus. En este contexto, la psicodelia era parte de estas sub-tribus, por más que en algún asalto de mi primaria recuerdo haber bailado al ritmo de Hey, bulldog y de Sgt. Pepper Reprise. Pero, desde hace ya tiempo, el rock y la psicodelia están redistribuidas de otro modo en la cultura. Ya no conforman un foco conspirativo. ¡No hace falta!
El rock ya no necesita encriptar información para iniciados al estilo del mito urbano de Paul is Dead. No hace falta escuchar en sentido inverso el vinilo donde viene Escalera al cielo para absorber su (sin lugar a dudas) mensaje satánico. 
Es más, la industria ya no necesita fichar a una banda como Queen para realizar el soundtrack de una película como Flash Gordon. Wayne Coyne y cía. entendieron perfectamente que todo el mundo (sí, sí, todo el mundo) muere por aparecer en versión dibujo animado en el show de los Simpson. Eso es mucho más consagratorio que cualquier tipo de Hall of Fame.
Cuando mi hija vio por primera vez Yellow Submarine y hacia el final de la película se encontró con los Beatles filmados, actuando de ellos mismos fuera de la ficción animada, me preguntó “papá ¿quiénes son esos señores?”. Pensó que le estaba tomando el pelo cuando le dije que eran los verdaderos Beatles. Lo negó rotundamente. Estaba convencida que los Beatles sólo eran posibles como dibujos animados.

¿Tuvieron la suerte de estar en un concierto de Flaming Lips? ¿Vieron a Coyne deslizarse dentro de su esfera gigante de plástico transparente, mientras en el escenario hay muchísimas personas bailando, disfrazadas del modo más estrambótico?
El gran desafío hoy, posiblemente sea generar herramientas para educar desde esa creciente redistribución de la cultura rock dentro de la cultura a secas.
Lo cierto es que, con sus covers y sus reversiones de discos históricos, los Flaming Lips nos recuerdan, en todo momento, que el rock es una extensísima enciclopedia.
Y con sus shows, absolutamente festivos a partir de Yoshimi Battles…, nos siguen enseñando la importancia capital de que kindergarten, escuela y psicodelia sean términos que pertenezcan a una misma familia.