Tema del Mes

FEBRERO 2015

El otro lugar de la historia reciente

15 / 02 / 2015 - Por Ariel Hendler

La militancia de izquierda y el verdadero perfil del último Perón son algunas de las cuestiones que permanecen oscurecidas en la historia de los años 70. Hendler se pregunta si es posible un peronismo que asuma su herencia, haciéndose cargo también de las deudas.

Hace medio siglo, a fines de 1964, John William Cooke lanzó la siguiente frase a un auditorio de estudiantes cordobeses: “Algún día, cuando culmine el proceso revolucionario argentino, se iluminará el aporte que cada episodio ha hecho, y ningún esfuerzo será en vano, ningún sacrificio será estéril, y el éxito final redimirá todas las frustraciones”. Me pregunto -porque toda reflexión surge de alguna pregunta- cómo habrán leído o leerán esta definición los viejos y nuevos lectores del “Bebe”, digamos, cada diez años a partir de entonces, en 1974, 1984… 2014. Cada año, un país y un peronismo distintos. Hay una cuestión a desentrañar, entonces, que se refiere a cómo abordar la historia “reciente” (un término ya instalado) y la lectura de sus documentos según pasan los años y se van acumulando nuevas capas de tiempo, polvo y experiencia sobre el material en bruto del pasado.
Empiezo por contar un tema personal porque siempre es bueno anclar la reflexión en una vivencia concreta. Un día de febrero de 2007 empecé a investigar a las FAL (Fuerzas Argentinas de Liberación), el “eslabón perdido” de la lucha armada en los años 60 y 70. Fue mi inmersión en este género histórico o periodístico que designa al periodo de violencia política que conmovió a la Argentina desde el golpe de estado de 1955 hasta sus últimos estertores a fines de la década del 70. En este punto debe señalarse un corrimiento que suele pasar inadvertido, aunque no es menor: recién durante la década del 90 se impuso la expresión “años 70” para designar a toda esa época, ya que hasta los 80 era habitual hablar de los “años 60”, década signada en todo el mundo por la rebeldía juvenil, el Che, los Beatles, el Mayo Francés y los hippies. En el caso argentino, parecía darse por sentado que “los 60” se habían prolongado hasta la primera mitad de la década siguiente. Pero, volviendo a mi trabajo sobre las FAL, decidí encararlo con las herramientas simples del periodismo y una tónica más narrativa que teórica. Es decir: me propuse simplemente contar una historia.
Más allá de que era el único bagaje con que contaba, ese abordaje me habilitó para centrarme en lo que me apasionaba, que es la experiencia de vida concreta y cruda de esos hombres y mujeres jóvenes. Es decir, me interesaba lo que en el lenguaje del marxismo leninismo (y las FAL eran marxistas leninistas) se define como el factor “subjetivo”: la acción de los hombres y su voluntad sobre las leyes de la historia. El verdadero motor de la investigación y de la escritura fue entonces lograr una reconstrucción lo más realista y humana posible de esa experiencia humana, y así dejé de lado eso que en la misma jerga suele llamarse el factor “objetivo”, vale decir, toda especulación sobre las características del capitalismo argentino o la composición de su clase trabajadora. Incluso desdeñé o abrevié en la medida de lo posible las citas de documentos escritos: considero a estos materiales mucho menos interesantes que el relato de las prácticas concretas de la militancia. Es decir que me incliné por lo que hoy llamamos “historia oral”.
Además, existía en ese momento una circunstancia propiciadora para iniciar una investigación de estas características: la presencia de un gobierno con una clara vocación reivindicadora de esa época y de sus protagonistas. De hecho, muchos de mis entrevistados ya trabajaban en dependencias estatales vinculadas a los derechos humanos; otros no, pero todos coincidían en que se vivía un momento inmejorable para entrevistar a la mayor cantidad posible de viejos militantes de la lucha armada, situación que podía (puede) cambiar drásticamente con un eventual cambio de gobierno, ya que en tal caso se podría volver a la situación de la década del 90, cuando muchos de ellos debieron afrontar juicios panales a causa de su pasado político. La persecución judicial menemista a Graciela Daleo y Horacio Verbitsky son claros ejemplos. Es decir que el clima político del país en 2007 se acopló perfectamente con el método que yo me proponía utilizar. Pasaron siete años desde entonces y las condiciones, en este sentido, siguen siendo las mismas. (Condiciones muy distintas, cabe aclarar, a las de la década del 80, cuando la continuidad del proceso democrático era todavía una incógnita.)
Muchas otras circunstancias, en cambio, sí empezaron a cambiar al año siguiente de empezar mi trabajo, en 2008. En virtud de su poder de síntesis, cito el texto de contratapa del libro El adversario (2012), del joven intelectual K Dante Palma: “A pesar de que Kirchner asumió en 2003 y que el estilo confrontativo era una característica de su personalidad y de su gobierno, el kirchnerismo como tal comenzó a tomar forma recién en 2008, durante la disputa entre el gobierno y la prensa monopólica que se erigió como principal oposición en el contexto del conflicto con las patronales del campo. Fue recién allí cuando apareció con claridad el adversario, ese otro que permitió configurar una identidad colectiva, un nosotros frente a un ellos". Agrego yo: lo que hasta entonces podía ser una mayor o menor simpatía hacia un gobierno, cosa normal en cualquier democracia, se convirtió de pronto en una guerra santa recíproca sin lugar para equilibrios o terceras posiciones, ni por derecha ni por izquierda.
Sin embargo, mi problema no eran tanto las opciones políticas que cada uno tome en su vida cívica o militancia política, sino de cómo esta atmósfera particular podía influir en nuestra tarea de investigar y escribir la historia reciente, actividad a la que unos cuantos dedicamos buena parte de nuestro tiempo. Es decir que me tocó terminar de escribir y publicar mi libro sobre las FAL cuando ya se había instalado este nuevo escenario bélico, aunque mi investigación había comenzado un año y medio antes del inicio de las hostilidades. Lo había empezado en un país y lo había terminado en otro: ¿tenía entonces que haber cambiado también mi escritura? Pero en mi caso particular (aunque es el de muchos otros), el hecho adicional de trabajar como periodista en el suplemento de Arquitectura del diario Clarín, algo totalmente inofensivo hasta la primavera de 2008, a partir de entonces me colocó objetivamente en el campo equivocado. Curioso: durante un año y medio había entrevistado a decenas de ex militantes de la lucha armada (no sólo de las FAL), muchos de ellos muy comprometidos con el proyecto kirchnerista, y a todos les había entregado con total naturalidad mis tarjetas personales con el membrete de Clarín, que eran las únicas que tenía. Poco después, al dárselas me veía obligado a hacer un chiste o comentario irónico, y al final tuve que abstenerme de repartirlas por una simple cuestión de ubicación. Todo esto en menos de un año. 
En este punto es interesante citar a un autor tan pasado de moda como Sartre, quien en su célebre presentación de la revista Les temps modernes, de 1945, dice lo siguiente: “Ya que el escritor no tiene modo alguno de evadirse, queremos entonces que se abrace estrechamente con su época. (…) Ya que actuamos sobre nuestro tiempo por nuestra misma existencia, queremos que esta acción sea voluntaria”. Y más adelante: “El hombre no es más que una situación, pero para que esta situación sea un hombre, hace falta que sea vivida y dejada atrás en marcha hacia un fin. Tal es el hombre que concebimos: un hombre total. Totalmente determinado y totalmente libre”. Ahora bien, ¿cuál es la situación que determina a tal extremo al investigador o escritor de la historia reciente en nuestra época, la que comenzó en 2008, sin posibilidad alguna de evadirse pero obligándolo al mismo tiempo a ser sartreanamente libre de elegir?
Esta cuestión nos interpela especialmente a quienes nacimos políticamente antes de 2008, lo cual significa que ya vivimos mucho antes otras militancias, lecturas y experiencias, o bien tenemos una identidad política bien asumida desde hace muchos años. Nada demasiado grave, en apariencia. El problema es que este lugar de cierta independencia o autonomía, que en determinadas circunstancias podría ser reivindicado como el espacio propio del pensamiento crítico, en la Argentina de hoy corre el riesgo de parecerse a la vacuidad del voto en blanco o la anomia apolítica. Como si cualquier otra alternativa quedase reducida a una simple huida de la responsabilidad y del imperativo sartreano. En esta situación, por lo tanto, ocuparse en otros menesteres que no sean los aprestos para la gran batalla final entre “ellos” y “nosotros” parece casi una actitud cobarde, vergonzante o, peor aún, una forma encubierta de tomar partido por el peor de los dos bandos (o al menos hacerle el juego). Así estamos aún hoy, seis años después del primer y casi ingenuo “TN-todo negativo”; con el agregado de que, en el tema que aquí nos concierte, el “nosotros” se identificó su propia gesta con la herencia de las militancias de los años 70 sobre la cual nosotros investigamos y escribimos.
Una aclaración imprescindible: tomar distancia o incluso censurar la posible “utilización” de la historia reciente no implica negar el derecho de cualquier gobierno o fuerza política a declamar o reclamar para sí la herencia de experiencias históricas pasadas (ni tampoco, por supuesto, el derecho recíproco de sus contendientes a negársela o disputársela). En todo caso, nos podrá molestar que tal apropiación se haga, como solía decir Cooke, con “beneficio de inventario”: figura legal según la cual, para decirlo en forma simple, se heredan sólo los bienes del difunto y no sus deudas (por si no queda claro: tener en la habitación el poster de Walsh pero no el de Firmenich). Pero es obvio que todo esto condiciona para todos sin excepción la forma de investigar y de escribir sobre los años 60 y 70.
Sin embargo, los caminos por los que transita nuestra tarea son infinitos. Por esa época, escribí en el suplemento de arquitectura de Clarín una nota conmemorando los cuarenta años de lo que yo mismo bauticé el “Arquitecturazo”. Allí conté cómo en octubre de 1969 los estudiantes de arquitectura coparon un congreso internacional en el Centro Cultural San Martín, evento pago y elitista, para exigir que fuera con entrada libre y gratuita. Como no lo consiguieron, invitaron a los conferencistas extranjeros a Ciudad Universitaria para celebrar allí un congreso alternativo y abierto, en una facultad virtualmente tomada y con la imagen del Che en el aula principal (¡en plena dictadura de Onganía!). Así, durante una semana se debatió en forma horizontal y democrática el compromiso de los arquitectos y la función social de la disciplina. Varios de los líderes de la movida fueron poco más tarde miembros de las FAL, y me habían contado este episodio de su militancia estudiantil casi como un detalle al margen, previo a la verdadera historia que nos ocupaba. De todas formas, lo considero mi primer y modesto aporte a la historia reciente, dado a conocer desde una tribuna tan atípica; lo cual viene a demostrar que no hay espacio que no pueda aprovecharse si se tiene la oportunidad y la voluntad de hacerlo. El problema es que incluso este derecho o esta habilidad queda automáticamente cuestionada en nuestros días a causa de nuestra situación laboral en Clarín.
De hecho, para cuando se publicó esa nota, en octubre de 2009, los empleados de este grupo empresario-periodístico ya teníamos unos cuantos dolores de cabeza y padecíamos patéticas discusiones familiares por el hecho de trabajar allí en relación de dependencia. Un año más tarde, a fines de 2010, salió a la venta mi libro sobre las FAL, absolutamente reivindicador de la lucha armada, escrita por alguien que objetivamente era (y es) un periodista de Clarín. Casi a modo defensa debería argumentar que me había afiliado al peronismo un cuarto de siglo antes, cuando era un estudiante de psicología, y que desde entonces me convertí en un lector compulsivo de toda la bibliografía sobre el peronismo de izquierda y sus clásicos Cooke, Puiggrós y demás. Incluso, en la década del 90 había fantaseado con escribir una biografía de Gustavo Rearte o algún otro héroe de esa época pionera previa a los 70 sólo para tocarle el trasero a Menem. Paradójicamente, ahora me encontraba en plena euforia neo-montonera recordando que también existieron guerrillas y desaparecidos no peronistas; es decir, de izquierda marxista, con banderas rojas, martillos y hoces: otra vez a contramano. Y es aquí donde, finalmente, hay que detenerse.
Se ha señalado unas cuantas veces -aunque no tanto como se debería- que en la última década el recuerdo de la guerrilla peronista, y en especial de la organización Montoneros, barrió prácticamente del escenario histórico de esos años y de la reivindicación  pública a la guerrilla guevarista, cuyo máximo exponente fue el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), y, más en general, a todo el espectro de la izquierda marxista de esa época. Hay detrás de este fenómeno un dato legítimo e incuestionable: quienes gobiernan dicen identificarse más con la experiencia montonera que con la guevarista y están en su derecho a hacerlo, incluso más allá de haber participado o no de ella. Pero también es evidente que existe de hecho una clara omisión que resulta urgente enmendar, ya que, como mínimo, la mitad de la militancia juvenil de esos años, como así también la mitad de los detenidos desparecidos, se identificaban con esa otra vertiente, a la que hoy podemos llamar sin exagerar la “parte maldita” de la historia reciente. Aunque también es necesario aclarar que los juicios a represores de la dictadura que impulsa el gobierno no hacen en absoluto esa distinción.  Entonces, en este agujero encontramos un lugar posible donde operar como investigadores de ese pasado cercano; por un lado, para trabajar con plena conciencia de que estamos haciendo justicia histórica, y por otro, para no caer en esta suerte de trampa que de algún modo nos plantea el presente. Una trampa que -repitámoslo todas las veces que haga falta- no necesariamente es intencional pero de hecho nos condiciona.
Tenemos, por lo tanto, una parte llena de la copa: (sin indicar proporciones): el triunfo absoluto sobre el viejo relato militar, facho y menemista, y el fin definitivo, o al menos eso esperamos, de la teoría de los dos demonios. No es poca cosa, como bien los sabemos quienes vivimos la etapa de la recuperación democrática y debimos arrancar todas las discusiones desde cero. Pero tenemos también una parte vacía (ídem anterior): el eclipse que nos dificulta visualizar con nitidez a toda esa otra mitad de la militancia setentista y los detenidos desaparecidos: al ERP y su líder Mario Roberto Santucho, para no hablar de otras organizaciones menores pero muy activas, como las FAL o las Brigadas Rojas de OCPO); a protagonistas como Agustín Tosco, René Salamanca y todo el espectro del sindicalismo clasista; a la Juventud Guevarista, el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS) y el Frente Antiimperialista de Trabajadores de la Cultura (Fatrac); a escritores como Humberto Costantini y cineastas como Raimundo Gleyzer, y muchos otros a quienes el homenaje tan merecido les resulta por lo menos esquivo. De hecho, hasta quedaron olvidadas las célebres banderas rojas con que los militares estigmatizaron al “enemigo subversivo”, y que hasta despertó el lirismo de sus bardos: “Hoy la patria me llama pequeña/ para hacerte una tierra mejor/ sin piratas de rojas banderas/ hombres que odian por no tener dios”. Era la canción dedicada a los militares que fueron a combatir a la guerrilla rural del ERP en Tucumán, historia olvidada en los tiempos que corren; más allá de que, como ya se dijo, en los juicios que impulsa el gobierno se condenó a numerosos represores que actuaron en el Operativo Independencia.
Este fenómeno que nos interpela como investigadores tiene, también, su propia historia. Quienes recordamos la aparición en 1991 de un libro pionero como lo fue Todo o nada, la biografía de Santucho escrita por María Seoane, sabemos bien que fue una obra esclarecedora sobre esa época, que se convirtió inmediatamente en lectura obligada y un texto de consulta casi tan indispensable como el Nunca más o, más tarde, La voluntad. Veinte años más tarde, en 2011, se publicó uno de los trabajos más profundos y pormenorizados sobre el ERP: Los combatientes, de la historiadora Vera Carnovale. Curiosamente, al leerlo hoy se tiene la sensación casi absurda de que allí se habla de un país desconocido y de cuestiones que no nos interpelan en absoluto, a diferencia de lo que ocurre con las historias de los montoneros, de los resistentes peronistas y de los “gorilas” de 1955, que parecen estar presentes en cada esquina y a cada momento. Hay que decirlo: se impuso una versión que hoy toma la forma de un nuevo “sentido común”, tal como lo definía Gramsci y que tiende a igualar sin reparar en matices el golpe de 1976 con el de 1955, de tal forma que por momentos los muertos, fusilados y desaparecidos durante la última dictadura parecen haber sido todos peronistas. Y si no lo fueron, lo serian hoy.
Así que escribir un libro sobre el ERP o las FAL, organizaciones armada de izquierda marxista, también es de algún modo una forma de hacer política (sobre la historia, pero también sobre el presente), aunque más no fuera por el gesto de mantenerse al margen del debate hegemónico; tan sólo por el hecho de alzar una voz levemente disonante. Y, respondiendo a la pregunta de más arriba, mi escritura no cambió porque hubiera cambiado el país, sino que las decisiones tomadas desde el primer momento adquirieron involuntariamente una nueva dimensión.
Ya desde el comienzo había tomado la decisión de escribir con un lenguaje completamente despojado de guiños cómplices y sobreentendidos propios de la militancia y el mundillo de la izquierda y el progresismo. Para eso, hice una lista de términos que no podían aparecer de ningún modo en el texto: “Doctrina de Seguridad Nacional”, “represor” o “genocida”, “Cordobazo”, “Onganiato”, “Revolución Fusiladora”, entre muchos otros, y no utilicé ninguno de ellos. Hasta tal punto quise probar que se podía escribir sobre esa época en un lenguaje nuevo y para un lector también nuevo, que hasta me abstuve de citar el nombre de Rodolfo Walsh, a pesar de que tenía la ocasión servida para hacerlo: un personaje que aparece fugazmente en el libro fue su yerno. Por supuesto que esto no significa, ni mucho menos, que no me haya referido a las realidades que esos términos designan, sino que me esforcé por describirlas en lugar de darlas por sabidas con sólo nombrarlas. El propósito básicamente era evitar todo efecto de pertenencia a un “sociolecto”, una comunidad identificada por su forma de hablar y sus sobreentendidos, muchas veces incomprensibles para quienes no pertenecen a ella. De algún modo, es también escribir pensando en lectores futuros y no sólo en los actuales. Pero cabe aclarar que esta decisión perdió algo de su sentido original en los últimos cinco años, cuando el gobierno empezó a crear sus propias palabras y a inventar prácticamente un nuevo lenguaje, demostrando una potencia creadora admirable, aunque se mantiene el desafío de escribir sobre los mismos temas ignorando todas esas convenciones.
Citemos ahora a Marx en su Introducción al estudio de la economía política (1857), más precisamente su célebre Capítulo 3: El método, en el que estableció las bases de lo que puede considerarse el abordaje dialéctico de la historia: “La anatomía del hombre es la clave de la anatomía del mono. En las especies animales inferiores, rudimentos de una forma superior pueden comprenderse sólo cuando esa forma se conoce ya. Del mismo modo, la economía burguesa nos da la clave de la economía antigua, aunque no al modo de los economistas que borran todas las diferencias históricas y ven en todas las formaciones sociales únicamente las formas burguesas”. Así, la razón dialéctica, más allá del rigor o la fidelidad con que se la emplee, ordena el pasado en función del presente (cabe agregar: de las necesidades del presente). No necesariamente postula una teleología de la historia que se dirige hacia un final predeterminado, pero sí entiende el pasado como un proceso acumulativo coherente de hechos o formas históricas, en el que se pueden desechar por irrelevantes los acontecimientos que queden afuera la línea del progreso. Por supuesto que la caída de la URSS y del bloque soviético europeo oriental liquidó toda apelación posible a un futuro predecible en una historia cuyo final ya estaba cantado antes de tiempo; pero subsiste lo que podemos llamar la actitud dialéctica ante la historia, es decir, la idea de que los hechos del pasado encuentran su lugar exacto y coherente en el proceso que desemboca en el hoy: el reino de la necesidad histórica.
A la inversa, y siguiendo con polémicas pasadas de moda –aunque sumamente útiles-, la razón analítica, esgrimida por Levi-Strauss en su debate con la razón dialéctica, tiende a explicar el presente en función del pasado. En verdad, este punto de vista se remonta a Freud, con la diferencia de que el fundador del psicoanálisis lo aplicó a fenómenos individuales, y el creador de la antropología estructural, a los colectivos, y en este punto es posible ser claro y hasta didáctico en este punto sin traicionar el rigor. Podemos decir entonces que, así como Freud encontró en el sujeto adulto acostado en su diván a un niño apegado a su mamá, celoso de su hermano y convencido de que las nenas también tienen pito, del mismo modo que Levi Strauss vio a la sociedad industrial capitalista como a una cultura “primitiva” más entre tantas, con sus propios tótems, tabúes y pensamientos animistas tan pintorescos desde el punto de vista etnológico como los de cualquier tribu amazónica o de Oceanía; con lo cual la palabra “primitivo” fue dada de baja por improcedente. Tal como lo explica él mismo en su respuesta a un Sartre muy posterior al antes citado: “Basta que la historia se aleje de nosotros en la duración o que nosotros nos alejemos de ella en el pensamiento para que pierda su inteligibilidad. La sabiduría consiste para en contemplarse viviéndola, sabiendo (pero en otro registro) que lo que se vive en forma tan completa e intensa es en realidad un mito, que se les manifestará como tal a los hombres de un siglo próximo, o que le parecerá eso a él mismo quizá dentro de unos años”.
Ahora bien, ¿todo este desvío hacia aquella vieja disputa francesa nos señala algo útil para nuestro trabajo con la historia reciente? Tal vez, nos indique que toda práctica política necesita para sus fines un sentido común fundado en la historia, aunque más tarde nuestros los mitos de nuestra época les parezcan asombrosos a quienes nos sucederán en el tiempo; y no importa que los etnólogos del futuro se esfuercen por salvar nuestro honor y nuestra inteligencia tal como los psicoanalistas lo hacen con las llamadas teorías sexuales infantiles.
Lo que esto debería enseñarnos, ante todo, es la importancia de detenernos en las rupturas y grietas del discurso, como Freud en los lapsus y actos fallidos; buscar esas fisuras y abrirlas todo lo posible; llenar los vacíos entre los hechos que la dialéctica selecciona como relevantes; buscar los retoños que se abrieron del tronco principal para crecer en cualquier dirección; denunciar la perfección apolínea de la razón y de la moraleja edificante. Un ejemplo luminoso que se me ocurre es lo poco que se conoce sobre el golpe de estado de 1955, que acabó con la presidencia de Perón. Por lo general, se suele creer que el régimen peronista fue derribado y reemplazado inmediatamente por Aramburu y Rojas, cuando la verdad es que el líder del golpe contra Perón fue el olvidado Lonardi, un ultranacionalista y ultracatólico, seguramente más fascista que liberal, que asumió bajo el lema “ni vencedores ni vencidos” y anunció que no se afectarían las conquistas sociales del peronismo. El tiempo no le alcanzó ni siquiera para demostrar si decía la verdad o mentía. Fue a ese general, el que había derrocado a Perón, a quien 50 días después debió derrocar a su vez Aramburu para poner en marcha su plan de “desperonización” del país. Es decir que la sola existencia de Lonardi, autor material del golpe contra Perón y a la vez obstáculo para los planes de Aramburu-Rojas, supone de por sí una paradoja. En principio, sólo eso. Pero es ahí precisamente donde el investigador está obligado a profundizar, complejizar y problematizar, evitando las respuestas fáciles u obvias. Para decirlo ahora en términos dialécticos: tender a que nuestro análisis recoja la mayor cantidad posible de contradicciones, en lugar de disminuirlas para ahorrarnos esfuerzos.
Paso a otro ejemplo que también habla de llenar los vacíos de la historia: apenas después de haber publicado mi libro sobre las FAL, a mediados de 2011 acometí la tarea de escribir una biografía de Darío Santillán, el jovencísimo piquetero asesinado junto a Maximiliano Kosteki el 26 de junio de 2002 por la policía bonaerense, en este caso con el imperativo de estar en las librerías para el décimo aniversario, en 2012. Aunque no lo hice solo sino en equipo, para mí significaba una continuidad: otra vez aposté a contar (y antes de eso, a enterarme yo mismo) una historia básicamente ignorada, ya que sobre Darío se conocía su muerte pero nada de su vida. Coincidió que lo hayamos hecho mientras desde la comunicación oficial se reivindicaba la continuidad entre las militancias de los años 70 y las del kirchnerismo, pero lo hubiésemos escrito exactamente igual con cualquier otro gobierno, porque el motor para escribirlo fue el aniversario. ¿Esto significa que habríamos escrito el mismo libro? La respuesta (a título personal, como todas las consideraciones que siguen) es que sí.
Que la historia que se cuenta hable del presente en forma oblicua es un efecto que corresponde al hecho de que se la lea en nuestra época, no al contenido en sí. Pero lo cierto es que la militancia de Darío Santillán se desarrollaba en las barriadas, en la calle y en la ruta, disputando el terreno centímetro a centímetro con la policía y los aparatos políticos. Era, además, una militancia que, tal como lo demostró la masacre de Avellaneda -pero también varios casos anteriores, como los de Teresa Rodríguez, Aníbal Verón-, conllevaba un riesgo cierto por la propia vida, aunque no en forma tan inmediata u obvia como la setentista. Para escribir esta biografìa existió, por lo tanto, una búsqueda deliberada de equilibrio que consistió en no oponer ese modelo de militancia juvenil al que surgió a partir de 2008, y durante las rutinas de prensa evitamos expresamente responder la pregunta repetida de qué pensaría Darío del gobierno kirchnerista. De hecho, nos seguimos manteniendo firmes en nuestra postura, con el fin de no avalar ninguna manipulación.
Pero, por supuesto, una biografía tiene la obligación de aclarar en forma tajante y definitiva los mitos o las dudas que existen alrededor del biografiado. En el caso de Darío, tuvimos la necesidad de aclarar, entre otras cosas, si tuvo o no una amistad con Aníbal Fernández, funcionario del duhaldismo que luego alcanzó un perfil mucho más alto en el gobierno kirchnerista. Así fue que el presente más ramplón se coló en una historia que no lo merecía, y otra vez optamos por la mesura, aunque por supuesto nos preocupamos por no dejar ninguna duda al respecto. La prioridad fue cuidar por sobre todo cualquier utilización política retroactiva de la figura de Darío, y por eso la forma de aclarar los tantos fue deliberadamente neutra: una modesta aclaración en una nota al pie sin ningún énfasis especial (para más detalles, remito al libro). Obviamente, también evitamos toda tentación de hacer de ello un motivo de propaganda.
El tiempo es veloz, y la predisposición de los viejos militantes para contar sus historias –así como sus propios tiempos biológicos- son un recurso lamentablemente perecedero. Así que apenas publicada la biografía de Darío Santillán ya me encontraba embarcado en un nuevo proyecto, otra vez corrido por los aniversarios. En diciembre de 2014 se cumplieron 50 años de la frustrada “operación retorno” de Perón, cuando llegó en avión hasta Río de Janeiro, donde hizo escala, y lo obligaron a volver a Madrid. Fue una forma de contar los años 60: una década eclipsada por la que le siguió. Peor aún: eran los años 60 en blanco y negro, sin hippies ni happenings. En lo personal, entiendo que la actitud de Perón frente a las luchas populares y las organizaciones armadas que marcaron el tiempo de su última presidencia debería ser uno de los grandes temas de nuestros días. Sin embargo, sigue siendo una deuda pendiente de la producción de historia reciente en esta última década. O más aún: un tema tabú.
Es de lamentar que la propia militancia, tanto la de aquella época como la de ahora, no haya tomado partido en forma más decidida para escribir sobre los hechos a los que remiten un puñado de apellidos: López Rega, Margaride, Villar, Ottalagano, Ivanissevich… Pero, en realidad, ni siquiera hace falta llegar a esos extremos. Lo que resulta lamentable es que el auge de la historia reciente y el recuerdo omnipresente del año 1973 no hayan servido de excusa para abrir una discusión franca sobre las características del último gobierno de Perón, con el famoso “•pacto social” implementado por su ministro Gelbard. ¿Era esa la revolución que se esperaba de Perón nuevamente en el poder? ¿Merecía esa política económica los sacrificios que se ofrendaron antes y después con tanta generosidad y riesgos infinitos? Son preguntas que atravesaron a la generación que vivió esa época, pero que brillan por su ausencia en estos años; como si en este punto hubiera triunfado el “verticalismo” acrítico.
La verdad es que mi libro sobre el Perón de 1964 tampoco llega tan lejos. Pero sí intenta contrariar cierto sentido común de la historiografía militante y corregir unos cuantos datos mal aprendidos. Por ejemplo, se muestra a un líder capaz de fracasar y equivocarse fiero, con un control debilitado sobre su propio movimiento, e incapaz de torcerle el brazo al gobierno de Illia. Una foto de época como para entender desde qué subsuelo tuvo que levantarse Perón para llegar a ser el de 1973. Pero, sobre todo, me gusta verlo como una forma de ser fiel a esa máxima de John William Cooke, cuando hablaba –y lo hizo muchas veces- de ser peronista sin beneficio de inventario. Es decir, haciéndose cargo también de las deudas.