Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2012

La lengua como problema (intermedio)

24 / 09 / 2012 - Por Damián Tabarovsky

La lengua como problema: literario, económico, jurídico, económico. El escritor, editor y crítico literario Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) continúa en esta segunda entrega el abanico de cuestiones críticas a través del cual reflexionar sobre el estatuto de la lengua en el capitalismo global.

Uno. En mayo de 1984, Borges publicó en el viejo Cultura y Nación del diario Clarín un artículo llamado “Si hay miseria, que no se note”. Es un texto escrito con un tono levemente indignado –raro en Borges- que seguramente no quedará entre sus escritos más notables. La hipocresía argentina es su tema, y desde el vamos, marca el tono moral de su pluma: “El dictamen francés de que la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud corresponde con precisión a Tartufo o a ciertos personajes de Dickens, no a la hipocresía argentina, que es de otro orden.” ¿De qué orden sería la hipocresía argentina? Responde Borges: “El hipócrita, entre nosotros, se jacta de esa miseria necesaria, el dinero, o de esa otra miseria, la fama. Consideremos una de sus obsesiones: la imagen argentina. Adelina del Carril, viuda de Ricardo Güiraldes, vivió diez años en la India, cuya cultura es una de las más complejas del orbe. A su vuelta, le preguntaron: ¿Qué dicen de nosotros en la India? Nada le preguntaron sobre las tierras que había conocido”. Luego el texto continúa con el mismo tono impresionista que caracteriza al Borges de sus últimos años. Y hacía el final del artículo, como en un increscendo, agrega una larga lista de frases, expresiones, neologismos que marcarían la hipocresía argentina: “Hubo una invasión y hubo una derrota; las autoridades hablaron de anticolonialismo y de un cese de hostilidades. Un ministro, acaso deliberadamente, arruina la Patria; se lo denomina un economista. El viaje de una viuda de Perón se llama operativo retorno”. Y la enumeración continúa, pasando incluso de la historia política, al terreno de las costumbres, como una especie de étude de moeurs porteño: “El presidente es el primer mandatario, su mujer es la primera dama, palabra de la jerga teatral. Un ministro es el titular de la cartera, curioso gongorismo. Un ciego (yo lo soy) es un no vidente. Una cuadrilla de parientes y de pistoleros es ahora un séquito. Un plagio es una reminiscencia. A los maestros se los llama docentes; a los psicoanalistas, psicólogos; a los porteros, encargados; a los basurales, cinturón ecológico; a las batidas policiales, vastos operativos; a los controles de vehículos, Operativo Sol.”

Tomar un texto menor de Borges (o de cualquier otro gran autor) como si fuera un tratado de sociología sería un error. Pero también sería un error no extraer, para el ensayo crítico, las consecuencias de este texto, agudo y la vez ingenuo, que coloca –otra vez - a la lengua en el centro de cierto problema, en el nudo de la argentinidad, y por eso, de la extrañeza del castellano; el extraño dentro de un cuerpo extraño.

Dos. El combate por cómo se dicen las cosas es el hecho político del presente. Y si el texto de Borges es agudo, lo es por la capacidad impresionista de registrar el cambio de una palabra por otra, la modificación en el sentido del habla (la implicancia de un cambio de época: el artículo es de 1984, asociado inefablemente al retorno de la democracia). Pero si es ingenuo, es precisamente por no tomar nota de la cuestión del poder; por no percibir a la lengua como un conjunto de tensiones económicas, políticas, sociales. En Clarín, Borges entiende a la nueva hipocresía argentina bajo la figura del camuflaje, del eufemismo, del “ahora lo llaman” (lo que antes de era de un modo, ahora lo llaman de otro: y en ese pasaje, el castellano pierde densidad cultural); pero nunca bajo el modo del combate, de la figura de las empresas y las gerencias de marketing, de las industrias del entretenimiento, las instituciones de la lengua castellana, los grandes multimedios de la comunicación, el control social que ejercen las encuestas de opinión, los procesos de concentración editorial. Borges nunca desarrolló un pensamiento sobre la industria cultural. Historicista, la lengua (la literatura) en él siempre es el resultado de refiguraciones de la tradición; de salto en salto, de autor en autor, de obra en obra. Harold Bloom, como nadie, intentó conciliar esas dos tradiciones (la borgeana de la literatura como un infinito laberíntico, y la de la lengua como un asunto agonístico). En The Anxiety of Influence (traducido, primero, en Venezuela – en la editorial Monte Avila- como La angustia de las influencias, y luego en España –en la editorial Trotta- como La ansiedad de la influencia) Bloom piensa un modelo de progreso de la literatura como el combate entre poetas vigorosos, marcado por la interpretación errónea de uno a otro: “Las influencias poéticas (…) siempre proceden debido a una lectura errónea del poeta anterior, gracias a un acto de corrección creadora que es, en realidad y necesariamente, una mala interpretación”. Tradición y combate van por igual en Bloom. Y el error es el hiato por donde se cuela la historia.
Pero volvamos a Borges (para ir abandonando a Borges). Para ser honestos, ¿por qué debería Borges haber desarrollado un pensamiento sobre la industria cultural? ¿No hay allí una exigencia desmedida, como si soñáramos con un Borges desborgesado, un Borges sin Borges? Tomemos en cuenta, entonces, solo el aspecto positivo del artículo en Clarín (tratado como la punta de un Iceberg), para pensar los dispositivos de poder en la lengua, hoy.

Tres. ¿Qué significa la palabra “amistad”? ¿En dónde se la encuentra a diario, como un commodity? Seguramente en Facebook. Un chiste fácil corre sobre esa auto-denominada red social: “Facebook es el único lugar en el que sabemos con exactitud cuántos amigos tenemos”. ¿Es casual el uso de “amigo” en Facebook? Podemos tomarlo como un caso, uno entre tantos, que expresa algo del espíritu de la época: la batalla (¿perdida?) por como nombrar las cosas. En El nuevo espíritu del capitalismo, Luc Boltanski y Eve Chiapello plantean que en la década de 1990, el capitalismo, primero para sobrevivir y luego para expandirse y desarrollarse, recuperó, absorbió e hizo suyo, buena parte de las consignas, usos y valores de la crítica artística de tradición anticapitalista (vanguardista y de izquierda). Esa tradición surge a mediados del siglo XIX y su figura paradigmática es Baudelaire (aunque Boltanski en La souffrance à distance lo data en Sade). Se trata de una crítica moral y al mismo tiempo estética: para Baudelaire, el triunfo de la burguesía implica el éxito de la hipocresía, del egoísmo, de la miseria y del gusto medio: la utilidad como valor supremo, el intercambio mercantil como nuevo modo de lazo social. Baudelarie encarna el perfil del poeta solitario, el dandy, el que toma nota de lo que ocurre alrededor, el avance devastador de la ciudad moderna. La ciudad capitalista es el escenario de la corrupción, de la aparición de figuras sospechosas; mendigos, prostitutas, viejos con rostros fantasmales. Esa tradición llega a su punto extremo en Mayo del ‘68. Ese es el tiempo en que la crítica estética muta en política. En el ’68 todo es estético, por lo tanto todo es político.

Ahora Boltanski y Chiapello señalan que aquellos valores y deseos que en los ’60 poseían un carácter contracultural, revolucionario, vital; en los ’90 se volvieron los motores ideológicos del capitalismo. Consignas que en los ’60 implicaban un corte radical con el pasado, con la familia, con el mundo del trabajo, con la historia inmediata; hoy funcionan como instrumentos de cohesión social, como la ideología de la época. ¿Cuáles eran esos deseos revolucionarios de los ’60? Mayor flexibilidad en la vida cotidiana; mayor autonomía personal; el elogio del cambio permanente, de la incertidumbre, de la creatividad; la crítica a las estructuras rígidas, a la burocracia, al Estado; el cuestionamiento de las instituciones cerradas y la defensa de los vínculos en red; la búsqueda del placer, la preponderancia del deseo; la utopía de un mundo global.
Invertidas en su sentido, esa es la lengua del capitalismo globalizado.

Cuatro. En La invención de Atenas, Nicole Loraux escribe: “Cabría preguntarse acerca de la incapacidad de la democracia para forjarse un lenguaje específico (…) nunca ha llegado tan lejos la disociación de la realidad y del nombre de la democracia”. ¿Es posible pensar en una lengua sustantiva? ¿Una lengua autónoma? Una lengua emancipada? ¿Una lengua democrática? Sabemos que el mito de la literatura moderna comienza con esa utopía: “La poesía debe ser hecha por todos. No por uno”. A lo que se le agrega: “Je suis un autre”. Como si el gesto de Lautréamont fuera ampliado por el de Rimbaud: la radicalización de la lengua supone un salirse de uno mismo, desdoblarse, poner en cuestión la identidad, devenir otro: volverse margen, extremo, rareza, otra vez excentricidad. La democracia no solo asunto de las mayorías, es ante todo, la posibilidad de ser minoría. De hablar otras lenguas (una lengua dentro de otra lengua), de que esas otras lenguas tengan lugar en la polis; la posibilidad de la lengua de establecer una conversación allí donde no la hay, de abrir un diálogo (tenso, crítico, polémico) allí donde ya no se lo espera. En el amigo de Facebook no hay lugar para el otro: es la mismidad en tiempo real.

Tendremos que volver sobre muchas de estas cuestiones.