Tema del Mes

MARZO 2015

Random Access Memories (Daft Punk, 2013)

01 / 03 / 2015 - Por Fernando García

El gran síntoma de los años pop del siglo XXI ha sido hasta aquí una incómoda sensación de que “no está pasando nada” cuando en realidad las cosas están pasando, pero de otro modo.

¿Quién hubiera pensado que en 2013 un álbum iría a resumir los efectos culturales de dos íconos tan disímiles de la industria discográfica como pudieron serlo The Dark Side of the Moon de Pink Floyd y Thriller de Michael Jackson? El primero, marcando hacia 1973/74 la clausura de la expansión psicodélica justo cuando la crisis del petróleo ponía knock out a la fabricación de vinilo. El segundo, instalando por dos largas décadas el modelo de la sinergia entre la música y la televisión (justamente Music-Television o MTV) con un Elvis negro (¿no había sido Elvis el negro blanco perfecto?) cuyo pathos de artista-empresa sintonizaba las ondas hertzianas de la estación Reagan-Thatcher. Desde su salida y hasta hoy, Dark Side of the moon y Thriller, antagónicos en la superficie, se convirtieron en los dos discos más vendidos de la historia de la música grabada. Esto que acaba de escribirse es apenas un código, el lenguaje, que tenemos para expresar algo que es ciertamente inabarcable. Pues decir “los dos discos más vendidos de la historia” expresa una idea que merecería ser revisada como un iceberg de la cultura de masas en la etapa final de la modernidad.
A Random Access Memories le tocó salir en una era en la que la música se descarga más (como data) de lo que se vende (como álbum); el petróleo (o su escasez) está en el centro de nuevos y fugaces Viet-nam y la alianza entre la televisión y la música pop se rompió por un nuevo paradigma: la dispersión multitudinaria on line de You Tube. Por otro lado, desde hoy, 2013 parece un año mucho menos determinante o demarcatorio que 1973 o 1984 en términos culturales. El gran síntoma de los años pop del siglo XXI ha sido hasta aquí una incómoda sensación de que “no está pasando nada” cuando en realidad las cosas están pasando pero de otro modo. La coexistencia del pasado con el presente en un nivel indistinguible a partir de las plataformas digitales que sirven en bandeja un archivo gigantesco no ha hecho más que potenciar esa incomodidad.   
Random Access Memories fue en 2013 el primer disco de Daft Punk en diez años y el que, desde su título, tomó nota perfecta del estado de las cosas. Con su vocación monumental (esa es la parte de la idiosincrasia francesa del dúo a pesar de su internacionalismo), este álbum, del mismo modo que Dark Side… y Thriller antes, tiene más voluntad y determinación de hito que de hit. Este “acceso azaroso a las memorias” que aplica como metáfora de la época un diagnóstico propio de la cibernética fue pensado con ambición de Arca para dejar una especie de museo (una nueva clase de museo) del pasado y el presente.
Lo mejor es que esa pretensión pasa desapercibida en esta especie de discoteca con forma de pirámide del Louvre. En buena parte por la decisión de Guy de Homen-Christo (1975) y Thomas Balganter (1977) de no ser pop personalitites sino dos enmascarados subvirtiendo la tecnología espacial con dos cascos que, a pesar de ellos, se volvieron fetiches. En cierto modo, Daft Punk va y viene como un boomerang desde 1979: el misterio pueril de las máscaras de Kiss, la música disco como esperanto para los pies y el programa tecno-robótico de los alemanes Kraftwerk. El año de The Wall (Pink Floyd) y Off the Wall (Michael Jackson).
Veamos la tapa de Random Access Memories, de nuevo. Esos cascos como de Robocop que forman una máscara bifronte flotando en un espacio negro es toda la información visual sobre el dúo originalmente dance (¿podemos seguir diciendo de Daft Punk que es un dúo dance?) que tenemos aparte de un sintetizador doble comando traslúcido que se despliega en el centro del booklet como la astronave galáctica. Tampoco reconoceremos sus voces en tanto y en cuanto De Homem Christo y Balganter se ocultan acústicamente detrás del vocoder, una tecnología retro que connota(ba) futuro…en 1979. Todavía queda el nombre del disco escrito sobre la máscara cyborg que simboliza a Daft Punk. Palabras en una cursiva descuidada que remiten directamente a Thriller, aquel blockbuster.
El vocoder, la obsesión de estos franceses por esas líneas de sintetizadores tan de noticiero nocturno (¿recuerdan al Kenia Sharp Club de ATC con “Europe Endless” de Kraftwek?) y el pulso de Chic trabajado como si fuera capoeira le dan a Daft Punk una rara nostalgia de Telefunken. Parafraseando a los efímeros Lipps Inc se diría que los Daft Punk habitan una arcadia de Telefunky town.
Sin embargo, pensar en Daft Punk como un grupo retro sería un equívoco. Homework, su primer álbum de 1996, fue música disco electrónica (antes que house) expresada en código duro, el software del baile. Todavía duraba la era Thiller-MTV y la alianza de los franceses con los cineastas Spike Jonze y Michael Gondry le deparó a la cadena de videos algunos de sus (últimos) mejores momentos. La absurda deriva de un hombre-perro en “Da Funk” y la bella extravaganza coreográfica de “Around the world” situaban a Daft Punk por fuera de cualquiera de las olas revisionistas de esa década (grunge, brit-pop, old skool rap) y los ponían en un lugar de vanguardia sónica aún frente a Air, la otra banda del tecno francés que supuso la vaga denominación de “french touch” para la escena que había puesto a París en el mapa pop de nuevo desde…¿Jean Michel Jarre?
Tan radical y abstracto como podía ser, aunque con esa conciencia disco que los hacía más asequibles que los minimalistas alemanes, Homework daba una pista en el arte de tapa. Esa habitación pre adolescente donde se completaba la tarea escolar (“homework”) mostraba discos y posters de Kiss y Chic, el ensamble perfecto de Nile Rodgers. En las venas de Daft Punk corrían paralelos el deseo de anonimato de la escena dance (los dj’s y productores muy difícilmente pueden alcanzar status iconográfico) y esa sensibilidad por la circulación de imágenes asociadas al pop. No eran puristas del underground electrónico sino que tenían vocación de pin up, aunque fuera portando esos cascos de ciencia ficción vintage.
El segundo disco de Daft Punk dejó claro ese rumbo. Se llamó Discovery (como aquel de Electric Light Orchestra de…¡1979!) y venía a descubrir materiales proustianos de la experiencia de las discotecas. Al borde de un sentimentalismo kitsch, esos motivos del estilo Bach electrónico (1) traían reminiscencias de paisajes nocturnos indoors. Destellos de la bola de espejos girando en el vacío, sin música de fondo.
El hit y el hito de Random Access Memories definen su centralidad en la música popular. El hit se llamó Get Lucky y se convirtió en un meme de Internet (2) tanto como la coreo de Thriller que primero volvió en el cine (de Hollywood a Bollywood) y después se desparramó en ese domo de aficionados que es You Tube. El riff funk de Nile Rodgers y la interpretación de Pharell Williams al servicio de un hit firmado por los franceses de Daft Punk no solo suponía una estructura colaborativa sino que hacía realidad las fantasías en el tiempo-espacio del dúo de mann maschine. En una canción bailable perfecta (como Le freak) se podía unir a el guitarrista-productor de la era disco original con el productor-cantante-ícono del neo soul. Si quieren un ejemplo acabado de “estética relacional” (la sobrevalorada teoría estética del también francés Nicolas Bourriaud) nada mejor que Get Lucky.  
El hito del álbum es Giorgio by Moroder, una novedosa forma de museística fuera de las paredes del museo, despachada en CD o como archivo digital. En este ¿audiolibro? ¿biopic sonora? Giorgio Moroder empieza contando su historia de genio precoz en Munich a fines de los sesenta. Es un audio de entrevista documental, con ruidos de cucharitas de café de fondo y demás. Moroder cuenta como soñaba despierto una música del futuro hasta que encontró la pólvora en el “click” de un metrónomo. A partir de ahí vienen siete minutos de morodermanía a cargo de Daft Punk que partiendo de una de esas secuencias tan reconocibles (¿hay algo más continental-europeo que los sintes de Moroder?) muta en heavy metal y hasta latin jazz con el piano de Chilly González. Ya no se trata de una cita sino que en 2013 Daft Punk directamente pone a uno de sus referentes a explicar como se le ocurrió eso que terminó, por ejemplo, en el eterno I feel love de Donna Summer.
La conversión de Daft Punk de dúo electrónico a una smorgassbord orchestra (banda abierta) en este disco es tal que a Moroder ni siquiera tuvieron en cuenta samplearlo. Es una curiosa pirueta para una década que había empezado con The Avalanches batiendo el récord de samples en un mismo disco (Since I left you) y el suceso de Moby (¿alguien se acuerda?) vampirizando el archivo de voces del blues rural del Smithsonian Institute. Es como si también Daft Punk asumiera la tradición francesa de la musique concréte que Pink Floyd traficó del laboratorio académico a la masividad con “Money” y su groove de cajas registradoras en Dark side of the moon.
Puede ser difícil pensar en qué pueden homologarse un álbum de rock progresivo para escuchar sentado con otro que tiene un pie en la discoteca. Sin embargo Dark side of the moon y Ramdom Access memories, separados por cuarenta años, comparten un espíritu de vanguardia popular totalizadora. Donde Pink Floyd terminaba de estandarizar el desarrollo de la música pop desde Rubber Soul (donde a Los Beatles efectivamente les crece el pelo) al espacialismo de Tangerine Dream, a Daft Punk le tocó establecer un compendio del dance (desde el house y el retro disco) insertado en la mecánica comunicacional del rock y el pop. El título del unplugged de Soda Stereo en MTV resumiría la coincidencia esencial de estos hitos discográficos. Tanto Dark Side of the moon como Random Access Memories son “confort y música para volar/bailar” en su época y forma. Donde el primero se situó como un objeto sonoro a medida de la primera era hi fi (la de los “equipos de audio”), el segundo es materia ígnea del home theater y el sound system del auto al i-pod.
En 2013 la salida de Random Access Memories estuvo precedida por una intensa campaña justificada por los diez años de ausencia del misterioso dúo parisino. Pero (la campaña) también fue parte del espectáculo de la expectativa que lo intoxica todo: desde los anuncios deportivos a los estrenos de cine, los lanzamientos de libros y los discos masivos. En el espectáculo de la expectativa, los trailers, web sites, hashtags y demás confituras del marketing se devoran el evento real. Es un hara kiri de la insatisfacción: tanta excitación previa pocas veces es complacida por la obra en cuestión. El evento es lo que precede al evento: su anuncio. Frente a este dilema Daft Punk hizo de su álbum un evento en sí mismo. Así, en el largo casting de ¿invitados? hay menos cameos que unitarios producidos y dirigidos por el dúo. Un mini-álbum de Moroder, otro de Chic vía Nile Rodgers-Pharrell Williams, otro de Julian Casablancas, otro más de Panda Bear, otro de ¡Paul Williams! Todos confluyen en ese arca-pirámide del Louvre que es este álbum abierto cuya experiencia se parece menos a la del hip hop (donde los créditos desbordan de colaboraciones) que a la de un invento argentino: La Pesada del Rock. Como Jorge Alvarez y Billy Bond, Bangalter y de Homem-Christo no tienen invitados sino que convierten a Daft Punk en una estructura flexible que otros pueden modificar al tiempo que son modificados por ella. Basta repasar los créditos del disco expuestos como si fuera una película. Debajo del título, los protagonistas en orden alfabético de Panda Bear a Pharell Williams. Los Daft Punk recién se encuentran en la letra chica de “músicos”. Con lo cual queda expuesto que Daft Punk puede ser una noción que incluye a los músicos-productores que se reconocen como el dúo pero también a cualquier otro.
Si hubo una vez en los últimos años que el espectáculo de la expectativa quedó opacado por el evento central fue en 2013 con este álbum pensado, producido y vendido como un clásico instantáneo. Igual que Dark side of the moon; igual que Thriller.

1)    Nombre de una serie de discos de principios de los 70 de Walter/Wendy Carlos donde las piezas de Bachs se ejecutaban con sintetizadores moog.
2)    Con la rotación de “Get Lucky” sobrevinieron miles de réplicas y apropiaciones. Chequear ésta en clave de bachata (https://www.youtube.com/watch?v=T-hQpFnoD5g)