Tema del Mes

MARZO 2015

El torneo más loco del mundo: cuando organizar un torneo puede ser un paso de comedia (o de tragedia)

01 / 03 / 2015 - Por Andrés Burgo

Es curioso cómo el fútbol es el juego que menos retoques sufrió en su reglamento dentro de la cancha desde su legalización en 1863 y sin embargo es, en simultáneo, el más expuesto a los vaivenes en la organización de campeonatos.

En estos días en que el nuevo campeonato se convirtió en el centro del sistema solar de nuestras conversaciones sobre fútbol (que para algunos es una bendición porque cualquier variante era mejor que los certámenes exprés de 19 fechas, o que para otros es un maldición porque en ningún lugar del mundo se juega con 30 equipos), no está de más recordar cuál fue el torneo más bizarro de la historia, uno que tal vez muchos no conozcan porque participaron selecciones de baja alcurnia internacional. Si aquel campeonato jugado en el Caribe en 1994 todavía guarda su pequeño lugar en la memoria (de lo absurdo) fue porque su reglamento, de tan original, derivó en un apocalipsis. En tren de multiplicar la emoción, las reglas de aquel torneo crearon un monstruo y terminaron corrompiendo el adn del deporte: los equipos jugaron a convertirse goles en su propio arco.
Aunque no tan grotesca, una tergiversación parecida sucedió en Argentina en el cuarto de siglo con torneos cortos, que acaba de terminar con un nombre de emergencia, casi de SOS: Transición. Si los Clausura/Apertura maquillados en Final/Inicial nacieron en nombre de la supuesta emoción de consagrar a dos campeones por año (la idea surgió en 1990 a partir de Carlos Heller, el vicepresidente de un Boca que en los ocho años anteriores no había festejado ningún título nacional ni internacional), el sacrificio no resultó menor. Como todo beneficio implica un costo, aquel cambio basado en la prevalencia del ganar por sobre el jugar (el doble de títulos en la misma cantidad de partidos) no fue gratuito. Desde la estructura de los torneos, el paroxismo pasó a prevalecer sobre el juego. En las últimas fechas escuchábamos eso de la “a-pa-sio-nante definición” cuando no había que ser muy listo para advertir que en muchos casos se trataba de ruedas de 19 fechas a veces ganadas por campeoncitos y otras por campeonazos que necesitaban repetir dos o tres veces para tener cierta credibilidad y perdurabilidad deportiva. Lo apasionante, que rima con emocionante, no necesariamente habla de calidad ni de excelencia sino de una recurrente apología a los “corazones, ilusiones, almas, sueños, gritos, lágrimas, pasiones y emociones”, todas esas vacuidades a las que, como diría el filósofo Luis Barrionuevo, en el periodismo deportivo deberíamos dejar de usar durante dos años.
De tanto forzar de la emoción, de tanto retorcer el reglamento en favor de “los corazones palpitando”, lo que sucedió en el Caribe en enero de 1994 habría dado para una de Olmedo y Porcel. Fue desopilante. Hay imágenes en YouTube que muestran sobre el césped del estadio Nacional de Barbados el resultado de una anarquía futbolera que había germinado en los escritorios, en el momento en que se trazaron las extrañas reglas del torneo. Todo sucedió en un triangular clasificatorio a la Copa del Caribe (a jugarse tres meses después, en abril, en Trinidad y Tobago). De los seis grupos de las eliminatorias, el escenario histórico ocurrió en el 1: allí participaban Puerto Rico y dos seleccionados de pequeños países de las Antillas Menores, Granada y Barbados, la selección que hospedó los tres partidos del triangular en el estadio de Bridgetown, su capital.
El comienzo no tuvo nada de atípico. En el debut, el 23 de enero de 1994, los boricuas le ganaron al local Barbados 1 a 0, mientras que en la segunda fecha (y cierre de su participación) perdieron 2 a 0 contra Granada. O sea que, cuando arrancó Barbados-Granada en el cierre del triangular, Puerto Rico (3 puntos y -1 de diferencia de gol en dos partidos) ya estaba eliminado porque, pasara lo que pasara en la última fecha, quedaría debajo de Barbados (que hasta entonces tenía 0 puntos y -1 en goles) o de Granada (3 puntos y +2 en goles). En limpio, en la última fecha, el local Barbados necesitaba un triunfo por dos goles para clasificarse a la Copa del Caribe (para llegar a 3 puntos y +1 de gol) mientras que Granada la tenía más fácil: con el empate o hasta perdiendo por un gol se aseguraba el primer puesto.
Hasta entonces un triangular sin ninguna particularidad, y sin embargo (y sin que nadie lo advirtiera) la bomba estaba activada desde antes del comienzo, cuando los organizadores decidieron que los empates estarían prohibidos. En concreto, si un partido terminaba empatado pasaría a definirse en el alargue con dos tiempos de 15 minutos (y, seguida la igualdad, a penales). En realidad, tampoco allí estaba el rasgo singular sino que, por decisión de los dirigentes, y se supone que para agregarle más dramatismo a la definición, cada gol convertido en ese tiempo suplementario valdría por dos en vez de por uno. Allí estaba lo distintivo, y con un bonus track: además de valer por duplicado, ese gol en el tiempo extra también sería considerado gol de oro, por lo que si el partido terminaba 0-0 e iba al alargue, el equipo que hiciera el primer gol ganaría automáticamente 2-0. Ya en la segunda fecha, el Puerto Rico-Granada del 25 de enero, había regido ese gol de oro en el tiempo suplementario. Después del 0-0 en los 90 minutos, Granada marcó un gol que pasó a valer dos: para la tabla de posiciones se computó que había ganado 2-0 aunque sólo hubiese convertido un gol.
El caos ocurrió en el último partido del triangular, el que jugaron las dos selecciones de las Pequeñas Antillas, Barbados-Granada, el 27 de enero de 1994. Barbados, el local, que tenía que ganar por dos goles, parecía alcanzar ese objetivo cuando se puso 2-0 al promediar el segundo tiempo. El problema para el anfitrión fue que Granada descontó cerca del final, a los 37 minutos del segundo tiempo, y que con esa derrota parcial 1-2 pasaba a asegurarse la clasificación. Fue entonces cuando comenzó el desmadre. Los jugadores y el técnico de Barbados sabían que ganar 2-1 no les alcanzaba. La cuenta obvia era que, si convertían un gol más, volverían a sacar la diferencia de dos goles que necesitaban: el 3-1 sí los haría campeones del triangular. El inconveniente, nada menor, era que faltaban siete minutos. Entonces entró en escena la alternativa menos pensada, pero también válida, y mucho más sencilla: que Barbados se hiciera un gol en contra.
Una búsqueda inmoral, si se quiere, pero avalada por el reglamento: si el partido terminaba 2 a 2 (o sea si Barbados, que ganaba 2-1, recibía otro gol: o que lo convirtiera Granada a favor o que los propios jugadores de Barbados se lo anotaran en contra de su propio arco), la inexistencia de empates en el torneo llevaría al local a jugar otros 30 minutos en los que podría volver a sacar la diferencia de dos goles que necesitaba (y con un lapso mucho más conveniente que los siete minutos que a esa altura restaban). Y la otra ventaja, la decisiva, es que durante el suplementario cada gol valdría doble, o sea que a Barbados le bastaría hacer un gol para llegar a la diferencia de dos que precisaba. Y encima, cuando apenas lo anotara, el alargue terminaría por la regla de gol de oro. En otras palabras: si el partido terminaba 2-2, Barbados iría al tiempo extra y un gol no significaría el 3-2 sino el 4-2, con lo que automáticamente se aseguraría el primer puesto.
Basta entrar a YouTube para ver cómo, a falta de seis minutos para que terminaran los 90 minutos, un defensor de Barbados y el arquero empezaron a pasarse la pelota continuamente, en el área chica, tomando impulso para hacer lo que no querían pero necesitaban: patear a su propio arco y convertir lo que era un 2-1 a favor en un 2-2. Finalmente el defensor de Barbados pateó en contra de su arco y fue gol de Granada, sí, pero lo más insólito vendría después: apenas Barbados sacó de mitad de cancha, cinco de sus jugadores corrieron sorpresivamente a cubrir el arco de Granada y otros cinco a resguardar su propio arco. El mediocampo quedó descubierto. Iban 40 minutos del segundo tiempo y la selección de Granada tardó un minuto en entender qué estaba pasando: Barbados temía que Granada quisiera hacerse un gol en contra, ya que la derrota 3-2 (o sea, volver a perder por un gol de diferencia) le aseguraría el primer puesto. Y así sucedió: después de entender el extraño movimiento de Barbados, Granada también se decidió a aprovechar las ventajas de un reglamento perverso y pasó a intentar convertir un gol en cualquiera de los dos arcos, en el propio y el ajeno. Lo que no quería Granada era mantener ese 2-2 que estaba forzando el empate: ganar 3-2 o perder 3-2 le garantizaba, en cambio, la clasificación a la Copa del Caribe. Barbados, por su parte, jugó a que no hubiera más goles: a defender las dos áreas.
En esos minutos esquizofrénicos, de los que no hay registros visuales pero sí azorados testimonios (Granada buscando un gol en cualquiera de los dos arcos), el resultado no se modificó, por lo que Barbados forzó el suplementario. Como además la justicia en el fútbol no necesariamente premia las intenciones honestas, el equipo que exprimió las rarezas del reglamento (o sus vicios) volvió a conseguir su objetivo en los 30 minutos del tiempo suplementario: en una imagen que sí puede volver a verse por YouTube, Barbados convirtió un gol que valió por dos y, aunque hizo tres goles en total, ganó 4-2 y avanzó a la fase final de la Copa del Caribe, en Trinidad y Tobago, tres meses más tarde. En definitiva, haberse hecho un gol en contra había valido la pena.
Lo que sucedió en el Caribe, por supuesto, es el apogeo de los disparates que se pueden tejer en nombre de los reglamentos que fuerzan la emoción. Una caricaturización. En contraste, veinte años después, y en tiempos de multiplicación bíblica de títulos, de Copas, Recopas, Supercopas, Surugas y ascensos (recordemos cuando Luis Segura, entonces vicepresidente de la AFA, no supo explicar en 2013 si la Supercopa argentina valdría como torneo o como copa, pero por las dudas se apresuró a decir que significaría “una estrella”), y de hinchas de cada club sumándose en buena fe o por conveniencia a la revalorización de los títulos amateurs y de las copas internacionales previas a la creación de la Libertadores (¿por qué Racing no debería contar los siete títulos amateurs o por qué River no debería contar sus seis copas internacionales entre las décadas del 10 y el 40?), el regreso a un único rey por año en Argentina es también una vuelta a las fuentes, a lo que nunca debió perderse: queremos campeones, no campeoncitos.
Es curioso cómo el fútbol es el juego que menos retoques sufrió en su reglamento dentro de la cancha desde su legalización en 1863 y, sin embargo, es en simultáneo el más expuesto a los vaivenes en la organización de campeonatos. Aun cuando la eliminación de los Clausuras/Aperturas y Finales/Iniciales supone una buena noticia (el regreso a un campeón del año), los 10 ascensos exprés en nombre de una federalización que nunca llegó y la exagerada cantidad de equipos (30) no garantizan un salto cualitativo en nuestra Primera División, el torneo más loco del mundo (sin hinchas visitantes, a una sola rueda y con todos los clásicos el mismo día) por detrás, por supuesto, de aquel triangular en el Caribe.