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ABRIL 2015

Liga Nacional de básquet: semillero dorado, estructuras oxidadas

13 / 04 / 2015 - Por Alejandro Pérez

Desde la oficialización de la Liga Nacional en 1985, el básquet argentino ha crecido notablemente alimentando la competencia interna y movilizando los recursos de todo el territorio nacional. Pero, debido a que este proceso de profesionalización ha estado ausente en las estructuras burocráticas que lo representan, ese éxito deportivo no se ve reflejado en su economía deficitaria y su pobre crecimiento como espectáculo, que solo una nueva gestión ejecutiva y dinámica podrían sanear.

El legendario periodista Félix Daniel Frascara escribió en la revista El Gráfico en 1934, a 22 años de que se jugara al básquetbol por primera vez en Argentina, que ese deporte había llegado “con el éxito inmediato de las cosas esperadas. Vino a llenar un vacío que hasta entonces no había sido advertido, pero no por eso dejaba de existir”. Las mismas palabras, pero sobre todo el concepto, pueden utilizarse para explicar lo que la Liga Nacional (LNB) significa para el básquetbol argentino. Por eso algunos calificamos su implementación oficial, a partir de 1985, como el hecho más importante en los 102 años de práctica del básquetbol en Argentina, aún por encima de las medallas olímpicas y del título mundial.
¿En qué apoyamos esta afirmación? En que los protagonistas de esos triunfos (la medalla de oro en Atenas 2004, el subcampeonato mundial en Indianápolis 2002, el bronce olímpico en Pekín 2008) fueron fruto de la competencia interna, surgieron de ella. La LNB fue el origen de todo. Pero además, cada título del seleccionado tiene un recorrido puntual y limitado en el tiempo, aun cuando quede en el historial, mientras que la Liga es la usina permanente, continua y eterna para la competencia interna e influye en el desarrollo de los jugadores y los equipos argentinos hacia el máximo nivel.
Hasta 1984 el básquetbol argentino se debatía en una exasperante mediocridad interna, con tantos torneos de Primera División como Asociaciones había en el país, lo que generaba que los jugadores más destacados estuvieran desperdigados en toda la geografía nacional, y con una única competencia que reunía a los mejores: el Campeonato Argentino, donde se enfrentaban seleccionados provinciales una vez al año y durante apenas 10 días. Demasiado poco para provocar la mejoría de los jugadores y del nivel general. ¿Resultados? La selección nacional pudo participar en solo cuatro de los ocho Mundiales entre 1954 y 1982 y no tuvo ninguna aparición olímpica en el mismo período.
El entrenador León Najnudel, una mente brillante, vio lo que nadie vio y mucho antes de que la realidad les pasara por encima a todos. Luchó incansablemente por concretar una idea tan simple como revolucionaria para las añejas y centralizadas estructuras del deporte argentino: reunir a los mejores equipos y jugadores de todo el país, sin importar su ubicación, en el mismo torneo y que éste se extendiera por un tiempo prolongado. Sostenía que solo el choque entre los mejores del país, y durante varios meses (calidad y cantidad), influirían en la evolución de los jugadores, el principal objetivo de su propuesta. “No hay nada más importante que el jugador”, repetía León.
La estructura de la Liga Nacional contempla a todos y con todos sus intereses: un mes de pretemporada de los equipos, ocho de competencia, uno de descanso para todos los jugadores y dos para la selección argentina.
La Liga Nacional puede graficarse sencillamente como una pirámide: en la punta, el grupo selecto, la propia LNB, en el sector medio, más amplio, la segunda categoría (Torneo Nacional de Ascenso) y en la base, abarcando toda la geografía del país, la tercera división (Torneo Federal) y los torneos regionales o locales de cada ciudad.
Esa idea, la que intensificó en plena dictadura militar y tratando de convencer a los sucesivos interventores castrenses desde finales de los 70, era revolucionaria, no solo porque rompía con un orden establecido, sino también porque le apuntaba al centralismo de Capital Federal. Un estudio de las selecciones menores argentinas entre 1955 y 1982 mostraba que el 43% de esos juveniles llegaron a la selección mayor luego de pasar por equipos de Buenos Aires, mientras que apenas el 14% lo consiguió desde un equipo del interior.
Aquella idea de Najnudel, que él mil veces desmintió que fuera un invento suyo sino una copia adaptada de lo que se hacía en países más evolucionados en organización deportiva, marcó tendencia sobre otras disciplinas en Argentina por su carácter federal, participativo e igualitario. Paridad de posibilidades de desarrollo para todos y desde cualquier lugar del país.
Acá debe hacerse una aclaración. A diferencia de la mayoría de los deportes, el básquetbol argentino, en otra copia de los que más saben de esto, tiene una organización diferente. Si bien la Confederación Argentina es la entidad principal, la que tiene la representación internacional y el reconocimiento del ente mundial (FIBA), su Liga Nacional está administrada de manera independiente por los clubes participantes, o sea a través de la Asociación de Clubes (AdC).
El propio Najnudel sostenía esta idea porque son los clubes “los que ponen la pelota, la cancha, los que ponen el entrenador, los que pagan y alimentan a los jugadores. Ellos consiguen el dinero para que se juegue. Las asociaciones y las federaciones sólo representan a esos clubes”. De forma categórica les advirtió que el poder era de los clubes y no de las burocráticas federaciones.
La Liga Nacional hizo su parte de manera inmediata a partir del cambio más radical que motivaba el nuevo sistema de competencia: la exigencia de una dedicación a tiempo completo de los principales protagonistas, lo que desembocó en su profesionalización.
Como era de esperar, el nivel deportivo de la Liga Nacional creció de forma vertiginosa e involucró a todos los sectores, jugadores, entrenadores (hoy considerados los mejores de Latinoamérica), árbitros y hasta a actores secundarios, como el periodismo. A una buena calidad de juego se sumó la aparición constante de jóvenes valores. Además, la década de los años 90 trajo la igualdad ficticia entre el dólar y el peso. Esa que tantos males le ocasionó al país, fue positiva para el torneo nacional, ya que le permitió mantener a sus principales figuras y contratar foráneos de gran jerarquía. El torneo elevó su categoría, llegó a ponerse a la altura de las ligas europeas de segundo orden y sus equipos dominaron las competencias continentales.
Como siempre, causas fortuitas también hicieron su aporte. La calidad de los jugadores argentinos despertó el interés de muchos clubes europeos. El furor por conseguir un pasaporte de la Comunidad Económica Europea se convirtió en una obsesión para los basquetbolistas argentinos a partir de lo que originó la Ley Bosman. Eso primero, y luego la crisis económica de 2001, generaron un éxodo masivo hacia Europa, que les dio el último pulido basquetbolístico a jugadores con enormes virtudes hasta convertirlos a varios de ellos en figuras mundiales.
El propio mentor de la Liga Nacional (definido en palabras de Adrián Paenza como un “hombre que vino del futuro para contarnos lo que pasaba”) aseguraba que, al cambiarse el sistema de competencia, se generaría una mejora del nivel interno y ésta haría lo propio con los jugadores y eso se reflejaría en el seleccionado nacional. Dicho y hecho.
Lo que no pronosticó bien el gran León fueron los tiempos. Esos resultados llegaron mucho antes de lo que él había supuesto. En los últimos 15 años el seleccionado argentino se mezcló con los mejores del mundo y muchos de sus jugadores, todos surgidos de la LNB, alcanzaron actuaciones destacadas en las competencias más prestigiosas.
Es paradójico que el básquetbol argentino haya pegado su salto a la notoriedad en 2002, cuando aún no había pasado el temblor de la crisis económica que golpeó al país un año antes. Pero mucho más sorprende que, cuando algunos de los jugadores de la Generación Dorada todavía ofrecen actuaciones para el elogio, el básquetbol argentino enfrente en la actualidad una crisis evidente, con una Confederación (CABB) endeudada a niveles absurdos (más de 33 millones de pesos) y una Liga Nacional que pena con la baja concurrencia de público, con un estrecho impacto mediático y espectáculos que no brillan por un alto nivel deportivo.
Es que cuando se suponía que los dirigentes aprovecharían la inmensa ola provocada por la Generación Dorada para darle impulso a la actividad, las autoridades prefirieron la calma de un estanque para “hacer la plancha”. Al llegar el tiempo del despegue definitivo para reposicionar al básquetbol en un lugar de privilegio entre el gusto de los argentinos, muchos dirigentes demostraron profundo desconocimiento de los caminos más convenientes para conseguirlo.
Por un lado la CABB, que debería trabajar mayormente sobre aspectos no redituables financieramente, no hizo nada para masificar todavía más el básquetbol, para captar nuevos practicantes o generar recursos con una selección ganadora que permitieran desplegar programas que generaran otros Ginóbilis, Scolas u Obertos.
A su vez, desde la AdC se demostró en los últimos 15 años una ineptitud alarmante para gestionar la Liga. La AdC solo se convirtió en una mera administradora de la LNB, limitándose a confeccionar un fixture, designar árbitros y aplicar sanciones. Nunca asumió un rol moderno de gestionadora, de cuidar el negocio de todos y si bien no hacerlo redituable, al menos hacerlo menos deficitario. Nunca trabajó con firmeza y precisión para convertir a la LNB en un evento convocante para el público o las empresas, más allá de la pasión por una camiseta. Decía Najnudel hace más de 30 años que “un elemento clave a considerar es el público y su interés. Hay que buscar que mucha gente se interese en querer ver este espectáculo, para que ayude a solventarlo. Esto se sostiene con dinero. Sin dinero no hay deporte de alto nivel”.
La tarea de la AdC entre 2006 y 2014 tuvo la particularidad de acumular un descrédito casi unánime en el ambiente. Jamás se preocupó ni supo cómo mostrar o vender el producto como para hacerlo atractivo para el público, las empresas y los medios de comunicación, tres pilares elementales y obligatorios que a su vez deberían generar mayores ingresos para sostener una actividad que se disparó en sus gastos (sobre todo en los contratos de jugadores) y provocó muchas deudas o apremios en los clubes.
La dirigencia hasta ahora no puso la ejecución del torneo en manos profesionales. Le falta ese gesto de grandeza de correrse de la toma de decisiones diarias y dejarla en manos de profesionales formados y capacitados. Los clubes pueden mediante sus asambleas fijar rumbos u objetivos pero la forma de llegar a ellos debe pasar por ejecutores apropiados, que el estilo del dirigente argentino clásico demostró no serlo.
La temporada 2013-14 de la Liga Nacional motivó entre los 16 equipos participantes un movimiento superior a los 120 millones de pesos. Un dinero importante para el deporte doméstico que es inadmisible que no esté en manos más capacitadas que lo lleven a una mayor y mejor producción.
Recién hace unos meses, en 2014, el resto de los clubes de la Liga Nacional se sublevó contra una conducción que pretendía atornillarse a sus sillones rentados y provocó un cambio. Se intuyen nuevos rumbos y se muestra cierta determinación, aunque el proceso no parece ser veloz ni sencillo. Claro que la competencia está pagando un alto costo por esa movida política, ya que la manera de captar adhesiones para desplazar a la anterior dirigencia fue eliminar los descensos por dos temporadas, lo que está impactando claramente en el nivel deportivo, achatándolo y quitándole atractivo e interés.
La LNB es conducida desde hace más de 20 años por una mesa ejecutiva integrada por cinco miembros que representan a cinco clubes, integrados a un Consejo Directivo de 13 personas. Sin embargo, es la mesa la que resuelve la marcha del torneo. Este sistema, que alguna vez sirvió, hoy está perimido. Se debe ir hacia otro modelo, más dinámico, ejecutivo y profesional, que entre otras cosas evite que las decisiones estén sospechadas de apuntar hacia intereses sectoriales o personales. Pero más aún, una gestión que obligue a los equipos a una superación constante en organización, infraestructura, captación de público, comercialización, montaje del espectáculo deportivo, comunicación, etc. Si los clubes son los que fijan los objetivos, jamás van a ponerlos a una altura que les ocasione un sacrificio alcanzarlos. Los pondrán al alcance de su mano y así nunca se irá hacia el progreso que demanda el deporte profesional en la actualidad.
El desafío para la LNB demandará no pocos esfuerzos. Con un dólar alto se complica el fichaje de los indispensables refuerzos extranjeros y pocos de los que se pueden pagar tienen un nivel que impacte en el nivel de juego y mejore el espectáculo. La LNB está en las ciudades que se merecen, ¿pero todas ellas le aseguran posibilidades de un buen volumen de negocios? De los diez principales polos urbanos de la Argentina, solo cuatro (Capital Federal, Gran Buenos Aires, Córdoba y Mar del Plata) están involucrados en la LNB. Mucha gente (Rosario, Mendoza, Tucumán y Salta, por ejemplo) queda afuera.
Para la Confederación Argentina el panorama pinta mucho peor. El sistema de conducción histórico y decadente de un Consejo Directivo integrado por la mayoría de los presidentes de las federaciones provinciales hizo eclosión una vez más. Este sistema generó desde siempre dos o tres dirigentes con poder, que hacían y deshacían a gusto, y que se rodeaban de un grupo de sumisos acompañantes que resultaban funcionales a cualquier idea, que daban su voto positivo a cualquier balance sin revisar y que se conformaban con presidir alguna delegación en el exterior o con organizar algún Campeonato Argentino.
Ese sistema y los desmanejos que provocaron tuvieron que ser denunciados por los propios integrantes de la Generación Dorada, que mostraron un poderío contundente y una espalda muy ancha para cargarse a otra dirigencia que se creía intocable y que debió renunciar pese a su resistencia. Así se destapó un pasivo inmenso, por el que se apunta por acción al ex presidente Germán Vaccaro y a su mesa chica, y por omisión a una dirigencia que entre ignorante y permisiva buscó despegarse del desastre.
Un mal general de todo el deporte argentino son los dirigentes aferrados a un cargo. El básquetbol no es la excepción. Lo que no se puede permitir es que se amolden los estatutos de las entidades para que eso suceda. Por el contrario, el actual interventor de la CABB, Federico Susbielles, se puso como objetivo sanear la economía de la entidad pero también ejecutar otro plan que había ideado León Najnudel: cambiar los estatutos para que todos los estamentos del básquetbol, jugadores, entrenadores y árbitros, estén representados en el cuerpo conductivo de la institución.
La tarea no se presenta sencilla para Susbielles porque además pretende que los cargos no tengan derecho a reelección y que las cuestiones deportivas y económicas sean manejadas por especialistas rentados. ¿Cómo conseguirá los votos de la dirigencia tradicional para el cambio de estatutos sin el atractivo que generan el poder del manejo económico y la toma de decisiones deportivas?
Está claro que la LNB y la CABB necesitan de manera urgente sacudir sus modelos de gestión: actualizarlos y profesionalizarlos de acuerdo al deporte actual, tanto el de base como el de alto rendimiento. Hace 30 años el básquetbol mostró cuál era el camino deportivo, dentro de la cancha. Veremos si ahora lo consigue fuera de ella.