Tema del Mes

ABRIL 2015

Boyhood o una historia contemporánea de la tecnología

13 / 04 / 2015 - Por Fernando García

En la última película de Richard Linklater, los dramas humanos que vinculan a los personajes pueden ser atemporales. La evidencia de que la realidad cambia de un tiempo a otro sucede de fondo, en el recambio continuo de dispositivos tecnológicos. Que es un modo de mostrar que la historia del mundo no es nunca una experiencia para sus protagonistas, sino un derrotero inexorable e inadvertido.

Hoy miércoles es la tercera vez que veo Boyhood, la última película de Richard Linklater (1) quien, como se sabe, rodó durante doce años (39 días entre 2002 y 2013) a los mismos actores consiguiendo un prodigio limítrofe entre el cine industrial y las experiencias de arte contemporáneo. La vi en tres formatos: el dvd grabado y proyectado por un televisor de tubo, el cine (o el multicine con sus salas a escala) y, finalmente, el mismo dvd pero en la MacBook. En la segunda noté especialmente como muchas de las transiciones en las que Linklater, con un manejo maestro de la edición, salta impercetiblemente en el tiempo están ritmadas por la aparición fugaz de gadgets o novedades de la tecnología. En la tercera, entonces, decidí apuntar una bitácora del tiempo de Boyhood medido en ese bazar del artefacto y el soporte. Es la lista que sigue a continuación y está ordenada, como en las películas, en estricto orden de aparición.    


3:48  Telefóno inalámbrico

8:07 e-mail

13:00 Computadora Apple i-mac (primera generación)

13:27 Game Boy

26:34 Tamagotchi

28:11 Playstation

39:39 Teléfono celular

43:04  i-pod

45:29 MacBook

52:43 You Tube

53:10 Smartphone

57:48 Wii

1:04:00 Facebook

1:45:16 Download

1:46:34 i-mac segunda generación

1:47:16  e-bay

1:58:23  Skype

Esta lista que se maneja entre la obsolescencia del teléfono inalámbrico (y su corazón de lata: el contestador automático) y la omnipresencia de las redes sociales (¿Pero es novedad o clasicismo Facebook a esta altura?) atraviesa la película en paralelo para revelarnos la esencia de su tiempo mucho más que el drama de esta ¿ficción? Aún en su esmerada porcelana de verosimilitud, las discusiones, mudanzas, problemas de pareja, crisis de crecimiento resultan temas atávicos de la sociedad tardo-moderna mientras que son estos gadgets, por debajo, como un subterráneo incesante y precipitado, los que van contando la historia del mundo.

Las apariciones tienen el efecto de un coro en una ópera. Aparecen en momentos determinados para que podamos inferir el salto en el tiempo (acto que, se dijo, sucede a un nivel casi imperceptible). Una escena toma a Patricia Arquette (2) recorriendo la casa con un inalámbrico blanco, lo cual puede datar la película en el estertor de los 90 en tránsito al siglo XXI. La frase de consuelo “podemos comunicarnos por e-mail o carta” (a tono de consuelo en la primera mudanza) revela luego los albores de una nueva forma en estado anfibio. Como si la comunicación epistolar electrónica y la tradicional estuvieran (aún) dirimiendo fuerza en una pulseada. Esa misma frase, hubiera sido improbable hacia el fin de la película que es como decir “unos meses atrás” pues los acontecimientos históricos (las escenas que se agregaron sobre Obama, por ejemplo) invaden el guión como llamadas en espera a las que hay que atender. En su mudez frente a la esclarecedora humanidad de los personajes, los gadgets que desfilan por los 165 minutos de Boyhood se cobran venganza: son las personas/personajes quienes han tenido que adaptarse a ellos para sobrevivir. Para participar del código social.
En este doble tránsito, Boyhood termina siendo un documento de los entrecruzamientos entre la cultura y la tecnología en los años que transcurrieron para el rodaje.
Aún cuando la música pop que Linklater (3) utiliza como un recurso casi escenográfico puede definir temporalidades, el uso de esta y la redistribución que las plataformas digitales orquestaron en torno a la summa pop limita esa capacidad. Okey, la película abre con “Yellow” de Coldplay (2000) y cierra con “Deep Blue” de Arcade Fire (2010). No solo podemos apreciar que ambas composiciones participan de un universo común, poco alterado, una especie de indie de masas sino que la circulación que tuvieron las vuelve absolutamente intercambiables y contemporáneas. Los chicos que tienen la edad de los niños del llamado “Boyhood” (tan intraducible como ¿mundo-niño? ¿pibelandia?) que son Mason (Ellar Coltrane) y Samantha (Lorelei Linklater) ya no consumen la música con ese dictum cronológico sino que todo forma de una sopa de tiempo donde, como decía el svengali Malcolm McLaren (4): “Los Beatles están copiando a Oasis”.
Lo que significa que Coldplay no está tan connotado con su año como quizás sí el Game boy que vemos en manos del pequeño Mason en una secuencia que, como todas las que fueron puntuadas arriba, pasan de largo. Coldplay, Arcade Fire, Flaming Lips, por citar parte del evocativo soundtrack, pueden rotar en círculo en una programación radial o en un i-pod, pero las secuencias de Mason ensimismado con el Game boy a sus siete años y jugando con su hermano circunstancial Randy con la Wii años después no son intercambiables.
En otro tiempo al pop le podría haber pasado lo que a la tecnología en Boyhood. Basta ver una serie como Mad Men, con su modélica reconstrucción de época, para ver como la entrada de los Beatles y Dylan al universo sonoro disponible vuelve obsoleto todo lo inmediatamente anterior. En la lógica que Simon Reynolds dejó asentada en su necesario (pero sobrecitado) Retromanía, el tránsito de los gadgets en Boyhood es el mismo del pop en su fase neofílica (65-68). La búsqueda de lo nuevo sustituye y devora lo anterior sistemáticamente. Lo nuevo es siempre Marte: un destino a conquistar fuera de la tierra.
Los gadgets son el metrónomo definitivo en Boyhood. Mason y Samantha crecen para terminar pareciendo (más allá de la sutileza de un corte de pelo) aspirantes a un cásting de That 70’s show. Ethan Hawke, actor fetiche de Linklater, conduce un viejo Pontiac GTO negro, esa especie de pantera sobre ruedas, en tres cuartas partes de la película sin que eso le impida formar parte de la aventura contemporánea. Pero para comunicarse con su hijo Mason, al final, terminará necesitando de un smartphone con la aplicación de Skype incluída. “Sé más de ella por su página de Facebook que por su conversación chispeante”, dice sobre su hija Samantha en una escena previa.
(Pequeño desvío en clave tech sobre los hermanos protagonistas. A lo largo de la película Mason y Samantha funcionan frente al devenir digital en la vieja oposición apocalípticos e integrados formulada por Eco para la cultura de masas. La mayoría de las veces es Samantha la que nos da la localización temporal a través de los accesorios o al menos es en ella en quien Linklater deposita dos que adquirieron status de ícono: el celular y el i-pod. Mason, a medida que crece, se muestra más distanciado de las novedades tal como queda evidenciado en sus cavilaciones sobre la manipulación del comportamiento: “el sonido de la entrada de un mail en la bandeja envía una señal de dopamina al cerebro”. Fin del desvío).
Rewind (¿anacronismo tecno?) a la escena previa. Nuevamente, el teatro, los decorados y el vestuario, gente en jeans y t-shirt esperando turno en un bowling, podrían ser objetivamente datados no más allá de 1980. Sin embargo, con apenas un trazo, la observación ligeramente despechada de Hawke (“Sé más de ella…”) introduce de un golpe el universo de la última década. El retrato expandido en redes, colaborativo (hecho entre y con otros), la intimidad del cuarto personal disponible on line y el dramático golpe del software sobre el hardware. Aquí no le hace falta a Linklater evidenciar el objeto porque no hay tal objeto Facebook. El algoritmo de soporte mutante que ya tuvo película propia solo necesita ser nombrado.

Así de evanescente se ha vuelto la tecnología en el tiempo transcurrido de Boyhood. O: así de evanescente se ha vuelto el tiempo en la tecnología que transcurre por Boyhood.
Es como dice Nicole, la bellísima morocha con una de las sonrisas más memorables que se recuerden, en la escena final. En un rasgo muy de Linklater, un personaje secundario, inadvertido, escribe el password para acceder al secreto cautivante del filme: “Es como si siempre fuera ahora mismo”.

1)    Richard Linklater nació en Houston, Texas, en 1960. Dirigió las películas Slacker, Dazed and Confused, la saga Before Sunrise/Before Midnight y Waking Life, entre otras.
2)    Patricia Arquette ganó el Oscar a mejor actriz de reparto por su personaje en este filme.
3)    No olvidemos que Linklater también dirigió School of rock y que tanto Dazed and Confused como Slacker orbitan en torno a su banda de sonido.
4)    Entrevista con el autor, 1996.