Tema del Mes

ABRIL 2015

Las reglas del juego. Sobre "Placer y martirio", de José Celestino Campusano

21 / 04 / 2015 - Por Patricio Fontana

El director argentino vuelve a la pantalla con su película "Placer y martirio": la historia de una mujer casada que es atraída por un hombre enigmático. Una historia que intenta evidenciar los vínculos donde impera el sometimiento ante un poder asfixiante. Un Campusano que se atreve y duplica su oferta hacia nuevos horizontes.

Hace exactamente un año, a propósito de la proyección en el BAFICI 2014 de Fantasmas de la ruta, en una breve nota para este mismo sitio propuse que el cine de José Celestino Campusano se había caracterizado hasta ese momento por la efectiva yuxtaposición de dos pericias: su destreza para inmiscuir su cámara en un mundo que por experiencia propia conoce bien y al que sabe acercarse con innegable sensibilidad, y su habilidad como narrador. Menos que alguien que meramente registra un mundo, Campusano se había mostrado hasta Fantasmas de la ruta como un cineasta capaz de construir una y otra vez, con unos mismos materiales, sólidas ficciones, potentes artificios cinematográficos definidos por una férrea pulsión narrativa.

El Perro Molina –la película de Campusano inmediatamente posterior a Fantasmas de la ruta–, presenta ya alguna diferencia con respecto a su producción previa: en ella ya no importa tanto la indicialidad de las imágenes, su valor documental. En consecuencia, El Perro Molina no incita el interés etnográfico del espectador ni tampoco busca el aplauso que genera a menudo el espectáculo pintoresquista, sobre todo si ese pintoresquismo es el de la marginalidad o el de la pobreza. En esta línea, resulta exacta la apreciación del crítico Marcos Vieytes cuando asegura, en su reseña del filme, que “sin motociclistas protagonizando la película, El Perro Molina gana en originalidad e incertidumbre, no porque los personajes se desdibujen sino porque la falta de una iconografía exterior como la de Vikingo y su comunidad no promueve una identificación superficial inmediata con los personajes”.

A esta altura, habría que despejar de una vez y para siempre el aparente problema que plantearían las actuaciones de los filmes realizados por Campusano. A menudo se dice quejosamente que sus actores se desempeñan mal; que en sus películas una cierta verdad de las imágenes se ve horadada por actuaciones fallidas, poco creíbles, duras. Por mi parte, asumo que la insistencia en esas actuaciones antinaturalistas es testimonio no de una incapacidad de Campusano para elegir o dirigir a sus actores sino, por el contrario, de la opción por el artificio y por cierta incomodidad en la recepción. Por lo tanto, y luego de seis largometrajes de ficción, me inclino a concluir que en el cine de Campusano se evidencia una deliberada apuesta por unas actuaciones a las que define una cadencia tonal muy diferente de aquella a la que el cine más adocenado nos tiene acostumbrados. Hay que aprender a escuchar el cine de Campusano. Sus actuaciones malas no son –insisto– el talón de Aquiles de un cine por lo demás virtuosamente realista sino la clara señal de una apuesta por la artificialidad. En este sentido, no es difícil advertir que los hombres y mujeres de clase media alta que protagonizan su nueva película –Placer y martirio– son físicamente muy diferentes de los marginales de sus películas anteriores pero, sin embargo, que todos ellos se expresan con un tono similar: todos ellos hablan con un mismo vocabulario, con una misma precisión, con una misma artificialidad.

En efecto, en Placer y martirio Campusano se hace sorpresivamente a un lado del mundo de la marginalidad y de las clases populares al que había dedicado hasta ahora toda su producción y narra una historia centrada en un grupo de mujeres de clase media alta de la ciudad de Buenos Aires. Campusano abandona las casitas bajas y sin terminar, las calles de tierra y las urbanizaciones precarias y ruinosas del conurbano bonaerense, y filma a personajes muy diferentes que habitan departamentos suntuosos, manejan autos de alta gama, viajan en avión, comen sushi y se pasean por las zonas más caras de la ciudad.

Menos sorpresivo en cambio es el hecho de que Campusano cuente una historia protagonizada por una mujer. Es cierto que, hasta ahora, los universos de sus películas habían sido predominantemente masculinos; pero, de todos modos, siempre hubo lugar en sus tramas no sólo para historias de mujeres sino para percepciones o puntos de vista femeninos. Por tanto, desde Placer y martirio habría que volver a ver los filmes de Campusano y hacer foco en todas esas historias de mujeres que en ellos proliferan y que en Placer y martirio pasan a primer plano. Así será posible notar –y esto es solo un ejemplo de las varias relaciones que se pueden establecer– que esta nueva película se vincula con la historia de Natalia (Flor Bobadilla Oliva) en El Perro Molina: en ambos casos estamos ante mujeres que buscan responder temerariamente a la pregunta ¿cómo se sale de un matrimonio desafortunado? 

Placer y martirio narra las desventuras de Delfina (Natacha Méndez), una mujer de clase media alta cuya vida sexual y sentimental se halla empantanada en un matrimonio que no la satisface. En razón de esto, e instigada además por dos amigas más experimentadas en estas lides, inicia un affaire con un enigmático hombre de negocios llamado Kamil (Rodolfo Ávalos). El placer al que alude el título es el que produce en Delfina la relación con Kamil. El martirio, por su parte, es doble: por un lado, es el que generan en ella las férreas y no siempre claras condiciones que Kamil le impone para que la relación continúe; por otro, es el que radica en los tormentos a los que somete a su cuerpo –anorexia, gimnasia y ante todo unos tratamientos faciales a base de inyecciones– para que éste sea digno de su voluble amante. Placer y martirio son, pues, inextricables: uno viene aparejado con el otro (en el título, el conector y es fundamental).

Para Campusano –como para Mallarmé–, la carne es triste. Con esto no quiero decir que sus películas nieguen el placer sexual sino más específicamente que en ellas se postula que, en su decurso temporal, las relaciones sexo-afectivas avanzan siempre hacia la desazón y/o la insatisfacción de al menos uno de los amantes (en este caso, de Delfina). Y esto es así porque, en sus ficciones, es imposible desligar las relaciones sexuales y afectivas del ejercicio del poder y de la manipulación. Al respecto, si bien estamos en mundos que difieren absolutamente desde el punto de vista económico, esta película sin embargo se relaciona con Vil romance (2008). De hecho, Placer y martirio es también la historia de otro romance vil.

En Vil romance –se recordará– una de las cuestiones centrales que articula la trama es quién impone las normas –quién detenta el poder– en la relación entre el joven Roberto y el veterano Raúl. Lo mismo ocurre en Placer y martirio, donde, como  adelanté, Kamil somete a Delfina a una serie de normas y condiciones que, al tiempo que lo vuelven aún más misterioso –una intriga–, transforman la relación en una de amo y esclavo: Kamil impone las condiciones de la relación; Delfina, resignadamente, las acepta.

La índole asimétrica del vínculo que Delfina establece con Kamil está lexicalizada claramente cuando una de sus amigas, al enterarse de que ella, para lucir un cutis más lozano, en una clínica de belleza se hace inyectar su propia sangre en sus mejillas antes de cada encuentro con Kamil, le comenta: “Parecería que le estás dando tu sangre a un vampiro”. Efectivamente, Kamil vampiriza a Delfina (no solo sexual sino también económicamente). A Kamil, por su parte, no le interesa saber nada de la vida de Delfina ni tampoco de sus sentimientos: ella le ofrece la suficiente sumisión –y el silencio necesario– que sus deseos requieren. En consecuencia, Placer y martirio presenta algunos rasgos de los melodramas de la mujer desconocida que analizó Stanley Cavell en su libro Contesting Tears: The Hollywood Melodrama of the Unknown Woman: como en esos melodramas, en este filme las conversaciones entre Kamil y Delfina nunca pueden avanzar, son siempre intercambios fallidos, de final abrupto.

Pero la relación entre Delfina y Kamil no es la única que está señalada por el ejercicio desigual del poder. Similares disparidades o asimetrías se reproducen en el vínculo entre Delfina y otros personajes: su marido, su hija, su empleada doméstica. En todos estos lazos de familia Delfina busca –y a menudo consigue– detentar el poder (y hasta humillar); solo en la relación con Kamil se muestra obediente y dispuesta a asumir las normas que el otro le impone.

¿Es Placer y martirio una película feminista? Yo diría que no. Es, sí, una película sobre mujeres, sobre los padecimientos y las muy ocasionales alegrías que definen las vidas de algunas mujeres de clase media alta que pasan los cuarenta años. Pero más que eso, lo que le interesa a Campusano es cierta microfísica del poder que recorre la cotidianeidad de esta clase social. Al respecto, un personaje central es la empleada doméstica. Esperablemente, Mirta es una mujer dominada por Delfina. Pero esto no siempre es así: Mirta también posee poder sobre Delfina y, más aún, se constituye en una suerte de testigo que juzga, en silencio, las acciones de su patrona. Mirta es quien ejerce la mirada moral sobre lo que sucede en el film. No por nada, Delfina se ve en la necesidad de anular o al menos atemperar esa mirada acusadora obligando a Mirta a ingerir los mismos calmantes que ella consume bulímicamente para poder soportar los desplantes de Kamil.

El final de Placer y martirio es turbio, oscuro. Por un lado, uno puede considerar que Delfina aprendió la lección, que en próximas relaciones podrá ser ella quien imponga normas y condiciones…. Pero la imagen última es también lo suficientemente ambigua como para entender asimismo que, antes que una nueva relación, Delfina quizá prefiera otra cosa: la soledad, el aislamiento, la reclusión (como ocurre en los melodramas de la mujer desconocida que mencioné más arriba). La destreza narrativa de Campusano le permite sugerir todo esto con sólo cuatro planos.

Al menos en un sentido, Placer y martirio es la película más importante realizada por Campusano desde Vil romance. Acaso no es la mejor ni la más interesante; pero sí la más importante, en especial para el propio director. En ella se advierte la decidida voluntad de un cineasta por probarse en otro terreno: uno muy distinto de aquel en el que se consagró. Con esta nueva película, a la contundencia de una obra se le agrega ahora otro ingrediente: la variedad. Pocos cineastas argentinos se rigen por una audacia y una libertad tales como las que se observan en el cine de Campusano.

 

Placer y martirio de José Celestino Campusano

Martes 21 - 22:20 h. Village Recoleta Sala: 4

Miércoles 22 - 18:15 h. Village Recoleta Sala: 4

Viernes 24 - 22:15 h. ArteMultiplex Belgrano Sala: 1

 

* Patricio Fontana (Buenos Aires, 1975), docente e investigador

OTRAS NOTAS DEL INFORME

Artículos relacionados