Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2012

La lengua como problema (final abierto)

24 / 09 / 2012 - Por Damián Tabarovksy

Con este tercer artículo el escritor, editor y crítico literario Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) cierra (provisoriamente) su reflexión sobre la lengua como problema literario, jurídico y económico, y su estatuto en el capitalismo global actual.

Uno. En su edición del 24 de julio de 2012, el diario El País de Madrid, perteneciente al grupo Prisa, la corporación de medios más poderosa del habla hispana, informa, en un artículo sin firma en la página 24, que “El grupo Prisa obtiene un Ebitda de 209 millones de euros hasta junio” (ver aparte). Por Ebitda, sigla que responde a las palabras inglesas Earnings Before Interest, Taxes, Depreciation, and Amortization (beneficio antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones), debe entenderse el beneficio bruto de explotación calculado antes de la deducibilidad de los gastos financieros. Es decir que el propósito de Ebitda es obtener una imagen fiel de lo que la empresa está ganando o perdiendo en el núcleo de su negocio.

Volviendo al artículo, así comienza: “El grupo Prisa, editor de El País, registró ingresos en el primer semestre de este año de 1.277,5 millones de euros, un 5,4% menos que en el mismo período del año anterior, y un resultado bruto de explotación (Ebitda) de 209 millones, un 5,1% menos”.

Lejos de mí convertirme en analista financiero, y mucho menos aún el de poder dar una explicación a ese 5,1% menor que el año pasado. Podría pensarse, tal vez, que es debido a la crisis económica española, o quizás a causas propias de Prisa sobre las que no tengo conocimiento. Pero lo importante, lo que toca a la lengua como industria, aparece en el párrafo siguiente del artículo, que da la información clave para acercarnos al tema que venimos tratando. Se lee: “El grupo ha explicado que el sólido comportamiento de la televisión de pago, así como el crecimiento que aporta la importante posición en América Latina (en Radio y Educación), han compensado la debilidad del sector publicitario en España y Portugal. Los ingresos de Latinoamérica crecieron el 10% y ya suponen el 26,8% del total, y el 48,2% del Ebitda”.

Es decir que mientras en España (y Portugal) el grupo solo obtuvo ganancias en sus empresas proveedoras de televisión por cable y pay per view, y acusó una gran contracción en la recaudación por pauta publicitaria (efecto sin dudas directo de la crisis) las extraordinarias ganancia en América Latina hicieron que el balance total del grupo apenas disminuyera un 5,1% con respecto a igual mes del año anterior. Prisa pierde plata en España y la gana aquí. ¿Cómo llamar a esa situación? ¿Imperialismo? ¿Globalización? ¿Libertad de opinión? ¿Flujo de capitales? ¿Seguridad jurídica? ¿Colonialismo? ¿Cacerolazo? No lo sabemos. Sabemos, en cambio, que sobre esa política de nombres propios, sobre los usos de esas palabras, se juega parte del futuro de la lengua castellana. Este es el momento preciso en el que lengua y capital se entremezclan, en el que política y nombre propio confluyen, en el que retórica y ganancia se aúnan.

Una brutal y a la vez silenciosa batalla por el uso de las palabras está en curso. Es una batalla que disimula su propia existencia: se presenta como doxa, como habla cristalizada, como sentido común. Dar cuenta de que estamos en plena batalla, que estamos atravesados por la batalla por la lengua, ya es un primer paso para romper el proceso de naturalización de lo que ocurre.

Nuevamente: el combate por cómo se nombran las cosas es el hecho político del presente.

Dos. Está la expresión francesa langue de bois. ¿Cómo traducirla? Es una figura retórica que implica la capacidad de hablar sin decir nada. Se la usa, por ejemplo, para describir a los políticos que, ante preguntas concretas y muchas veces críticas, sin inmutarse responden con largas parrafadas carentes de precisión, repletas de frases hechas, banalidades que no se ajustan a lo preguntado, y que sólo buscan hacer como que están contestando, simular que están diciendo algo. Según parece, la expresión apareció en Francia hacia los años 1970, y se popularizó una década después, de manera concomitante al triunfo del Partido Socialista de Mitterrand. ¿El progresismo habla sin decir nada? Y en ese caso, ¿qué implicaría hablar sin decir? Literalmente la expresión significa “lengua de madera”. ¿Se la puede traducir como “cara de piedra”? Hay algo insuficiente en la traducción (en cara de piedra o en cualquier otra fórmula), las expresiones populares dificultan a menudo la restitución del sentido. Deberíamos entonces pensar a langue de bois en otra dirección. No intentar vertirla en un una frase popular del castellano, sino ir hacia otro lado, llevar la expresión no hacia una frase puntual, sino hacia una metáfora general. ¿De qué sería metáfora langue de bois? ¿Qué expresa la capacidad contemporánea de hablar sin decir nada?

Tres. Se puede reflexionar también a partir de ciertas definiciones de Pierre Bourdieu en Qué significa hablar: “Hablar de la lengua, sin ninguna otra precisión, como hacen los lingüistas, es aceptar tácitamente la definición oficial de la lengua oficial de una unidad política: la lengua que, en los límites territoriales de esa unidad, se impone a todos los súbditos como la única legítima, tanto más imperativamente cuanto más oficial es la circunstancia. Producida por autores que tienen autoridad para describir, fijada y codificada por los gramáticos y profesores, encargados también de inculcar su dominio, la lengua es un código, entendido no sólo como cifra que permite establecer equivalencias entre sonidos y sentidos, sino también como sistema de normas que regulan las prácticas lingüísticas”.

Las definiciones de Bourdieu abren tanto como cierran. Abren, porque derrumban los últimos resquicios de idealismo, al exponer siempre las fuerzas materiales y simbólicas que atraviesan y definen a los campos; al entender al campo (intelectual, lingüístico, cultural, etc.) como un modo específico -de relativa autonomía- cruzado por tensiones, estrategias, instituciones, legitimidades, conflictos y hegemonías.

Pero cierra, cuando enamorado de su propio sistema, no deja grieta. Si Bourdieu hubiera pensado en la grieta, en la grieta como noción, en el hiato, en el malentendido; en la grieta para ingresar a un sistema, para describir su modo de funcionamiento y hacerlo estallar desde adentro, quizás hubiera podido edificar una gran sociología deconstructivista, posibilidad desperdiciada y aún no llevada a cabo.

La grieta de lenguaje opera como surgimiento de la singularidad. La sociología canceló sus herramientas para poder detectarla. Es ése, quizás; o mejor dicho, es ése sin dudas el trabajo de la literatura. Su interés. Su razón de ser: abrir grietas en la lengua; grietas por donde transcurre la novedad, el acontecimiento. Estar preparado para el acontecimiento no es fácil. Y si no lo es, es porque al contrario, estamos preparados para padecer, siempre en términos de Bourdieu, la reproducción. El sistema. Los núcleos de poder de la lengua encauzando nuestra vida cotidiana. ¿Es posible, ahora con Deleuze, “la invención de una lengua dentro de la lengua”? ¿De una lengua otra? ¿Hay lugar para el resquicio, para la grieta?

Cuatro. Sería ingenuo suponer que la literatura es ajena a estas cuestiones. La lengua como problema la atraviesa, la define, la condiciona. La literatura se juega en un campo cargado de tensiones, poderes, conflictos, instituciones. Cuando la literatura adopta un discurso (falsamente) ingenuo, resulta francamente insoportable. Es el discurso del populismo (“yo no escribí esta novela, la escribió el pueblo: yo escuché y presté atención”, el de la mala conciencia. Es curioso el discurso del populismo, tan crítico aparentemente del sistema, del mercado, e incluso del capitalismo; termina siempre publicando en las grandes corporaciones trasnacionales, recibiendo formidables campañas de marketing (si una empresa de comida rápida hace una gran campaña de marketing, es criticable porque aliena a la gente, les vende porquerías. Pero si la hace una editorial multinacional, es bueno porque acerca el libro al lector…). Populismo y mercado, siempre, siempre, siempre van de la mano.

Y sin embargo (“sin embargo” nunca es una coartada. El “sin embargo” es la cifra de lo intelectual: la capacidad de reformular el sentido, de poner en crisis un argumento convencional), pese a todo, más allá de todo; más allá del mercado, del populismo de mercado, de la dimensión fascista del mercado; más allá de los lugares comunes, entonces, la literatura, como una grieta, expresa todavía una capacidad disruptiva, instituyente: la capacidad de pensar a la lengua como problema. De plantearle problemas a la lengua. De sospechar de la lengua. De señalar sus impensados, de pensar sobre lo que no se piensa.

La literatura lleva a la lengua a un estado de tormenta, desata el sentido, vuelve incierta la sintaxis, hace vacilar las convenciones. Como en ese viejo poema de Louis-René des Fôrets:

Hay sin embargo en ella algo que perdura /

Aún después que se perdió el sentido /

A lo lejos su timbre vibra todavía como una tormenta /

Que no se sabe si llega o se va.