Tema del Mes

ABRIL 2015

Diálogo I: Una violencia con risas y sin ritos. Sobre "P’tit Quinquin" de Bruno Dumont

17 / 04 / 2015 - Por Emanuel Rivero, Federica Torres y Rafael Bea

Los críticos de cine Emanuel Rivero, Federica Torres y Rafael Bea, que el año pasado nos deleitaron con sus diálogos en el dossier BAFICI 2014, vuelven a reunirse para darnos sus impresiones de la última Película del director francés, "P’tit Quinquin"

- Federica: ¡Volvemos al ruedo! ¡Qué rara es esta película en la fimografía de Monsieur Dumont! Puede decirse que, al contar esta historia, Dumont se propuso transitar por dos caminos que desconocía: hacer una serie para televisión (P’tit Quinquin consiste en cuatro episodios de 50 minutos que en el Bafici se proyectan en continuado) y probar con la comedia. Ahora bien: nadie podía esperar que con una obra tan sombría y catastrófica, marcada por la violencia más extrema, Dumont hiciera una comedia alegre y divertida. Y efectivamente, P’tit Quinquin hace reír pero para llevarnos al desasosiego más absoluto. La comedia no está acá para convertirse en un género que abarca toda la historia sino por medio de un conjunto de rasgos de personajes y de escenas que sólo consiguen ahondar el absurdo. Dumont, que no cede en este terreno, tampoco lo hace con el formato televisivo: sus encuadres continúan siendo rigurosos y depurados y su retrato de la vida francesa igual de cruel.
Dumont es uno de los directores más decididos de la actualidad en la crítica y el abandono de la modernidad y de su supuesta racionalidad. Es profundamente crítico porque muestra cómo la modernidad vació los mitos, destituyó lo sagrado y no dio nada a cambio. Sus historias transcurren en el campo y en las provincias, en este caso cerca de Boulogne-Sur-Mer, donde murió San Martín. La provincia y la campiña no aparecen como lugares a los que la modernidad no llegó son más bien lugares adonde la modernidad llegó demasiado. Llegó y vació todo.
- Emanuel: Pero contemos un poco la historia así el lector se ubica. P’tit Quinquin, que en castellano significa “pequeño niño”, cuenta la historia de un pueblo en el que aparece un cadáver en el vientre de una vaca. La investigación está a cargo de dos policías-detective un poco chambones que no nos generan ninguna confianza: Van der Weyden y Rudy Carpentier, interpretados por dos actores no profesionales, Bernard Pruvost y Philippe Jore. Después aparece otro cadáver en una vaca y la cosa se pone cada vez más fiera. El otro punto de vista que va armando la narración es el del protagonista Quinquin (Alan Delhaye) y su amiguita, Eve Terrier (Lucy Caron). Las familias de ambos se ven involucradas en los crímenes y ellos son testigos y sufren la violencia, que se suma a la del racismo que recorre a todo el pueblo y a todos los personajes de esta historia.
Reconozco que a mí también me cuesta un poco Dumont, pero siempre es interesante de ver y de discutir. Debe ser de los directores actuales menos conformistas y el que menos se somete a lo políticamente correcto. Acá se inspira en una vieja canción de cuna, muy popular, llamada justamente “Petit Quinquin”, personaje al que Dumont convierte en un racista natural y homofóbico hasta el escarnio. Sería como convertir al Mambrú de la canción en un criminal de guerra o usar a la tortuga Manuelita en una película sobre prácticas sadomasoquistas. Concuerdo con Federica en que Dumont critica la modernidad y en sus películas la racionalidad no aparece por ningún lado. No queda claro si es un retrato de la vida pueblerina o un ataque cruel contra todos sus personajes que, no nos olvidemos, son moradores (no actores) de la costa nordeste de Francia. Ese pueblo tiene una endogamia poderosísima que se cierra frente a las investigaciones policiales: son todos parientes y sólo excluyen a los inmigrantes que, por esta misma endogamia, están en una situación de permanente persecución y peligro. Entonces estalla la intolerancia y la violencia y pensamos que va a haber alguna hipótesis. ¿Pero qué nos plantea P’tit Quinquin? Que es el diablo. ¡El diablo! El diablo no es una metáfora, es el resultado que se encuentra Dumont en su rescate de lo irracional.
- Rafael: ¿Terminó de expedirse la Comisión de Moral y Buenas Costumbres de los Relatos? ¿Cuál es la idea? ¿Denunciar a P’tit Quinquin como cómplice de los que asesinaron a Charlie Hebdo? Hablemos de cine. Y eso no significa no hablar de política, sociedad, economía, guerra, justicia, tejido de punto o tortas fritas. Significa simplemente no olvidarse nunca de que se trata de una película. Me remito al mismo Bruno Dumont: “El juicio moral no tiene ningún valor cuando se trata de personajes de ficción”. O repito una vez más lo que decía Godard: “un travelling es una cuestión moral”.
- Emanuel: Yo no me olvido, pero…
- Rafael: Sin peros…
- Federica: Si comenzamos así con el primer diálogo para el dossier BAFICI de Informe Escaleno, el último día nos estamos lanzando pedradas…
- Emanuel: No te preocupes… Sigamos grabando, no parés la máquina, a ver, escuchemos al cinéfilo…
- Rafael: Hablemos de las actuaciones. A diferencia de su último filme (en el que había recurrido nada menos que a Juliette Binoche para que interpretara a Camille Claudel), acá Dumont se maneja con actores no profesionales como en La vida de Jesús o Flandres. Y eso ya habla de una apertura a esos personajes. Dumont cree en su potencia, en su capacidad de invención y en el poder de ficcionalizar sus propias vidas. Aun en el caso extremo del actor discapacitado (el hermano de Quinquin), ya hay un entendimiento entre quien escribe y quien actúa que no debe ser dejado de lado. En el tratamiento de la pareja de policías-detectives, la película utiliza el slapstick, esa pantomima del cine mudo con sus muecas exageradas. Bernard Pruvost (que encarna al Comisario Van Der Weyden) hace el personaje a la perfección con sus bigotes, sus cejas espesas y sus ojos de huevo. Tiene algo chaplinesco y aporta el gag físico y cómico que no se corresponde con lo dramático de la situación, esto es, los cadáveres que aparecen dentro las vacas. ¿Qué nos dice el slapstick? Que no tenemos palabras para lo que sucede y que nuestros actos llegan tarde, automatizados, cómicos… Cuando hablamos (es lo que pasa con los niños) aparecen las injurias más convencionales y discriminatorios (un lenguaje tan reducido que lleva a la violencia más extrema). El slaspstick se transforma en conducta zombi, como sucede con el hermano discapacitado de Quinquin que tropieza porque apenas sabe caminar.
- Federica: Concuerdo, Rafael: “un travelling es una cuestión moral” pero no todas las cuestiones morales se resuelven con un travelling. La violencia ocupa, como lo muestran sus anteriores filmes, un lugar central en la obra de Dumont: La vida de Jesús pone en escena a unos jóvenes que atacan brutalmente a un inmigrante árabe, L’Humanité se inicia con el cuerpo despedazado de una chica violada y Twenty-nine palms narra la historia de amor de una pareja que viaja por California y termina en un baño de sangre. En Flandres, además de la sórdida vida pueblerina, las imágenes de la guerra están desbordadas por la violencia. En sus últimas obras (Hadewijch, Hors satan y Camille Claudel 1915), Dumont centra sus historias en personajes femeninos y sus conflictos religiosos, que muestran diferentes modos de la violencia material y simbólica. A menudo se compara a Dumont con Bresson pero en realidad son diferentes, más allá de que compartan procedimientos y eso seguramente para Rafael es suficiente. En realidad son muy diferentes: en Dumont la violencia nunca encuentra el rito, no hay mitos disponibles y por lo tanto –a diferencia de Bresson– hay ausencia de epifanías, revelaciones o entregas reparatorias. Ni siquiera cumple este papel iluminador la estetización que también está literalmente en manos de Van Der Weyden: fíjense cuando acaricia al caballo blanco que compara con la mujer muerta en la playa, la pintura flamenca y Rubens (Van der Weyden es también el nombre de un famoso pintor flamenco). O sea que ese personaje perdido en sus propias muecas trata de llevar adelante la investigación policial pero también da una interpretación estética del mundo que resulta irrisoria frente a los crímenes oscuros que recorren la comarca. El mismo gesto estético es el que hace Dumont cuando sugiere la equivalencia de las piernas de la hermana de Lucy con los chanchos que después se la devoran: ese rosa pálido que la bella adolescente comparte con los porcinos que la rodean.
- Emanuel: Es verdad, los cadáveres en la vaca no responden a ningún rito arcaico. Son desvaríos de una mente loca. Y si bien está el slapstick del cine mudo, el detective Van Der Weyden no deja de hablar. Fíjense lo que dice de lo sagrado: “los análisis son sagrados” (se refiere a las pericias policiales), “el 14 de julio es sagrado, es mítico”. ¿Pero qué es lo que muestra del 14 de julio? Un desfile pobrísimo, con la música desafinada y las chicas pareciéndose a las porristas de los desfiles yanquis. Dumont desprecia el legado de la Revolución Francesa, nuestra herencia más preciosa.
- Federica: Como la Revolución Francesa habló de los derechos del hombre y yo soy mujer, permitíme no beneficiarme de tan bella herencia. A mí justamente lo que más me interesa de Dumont es cómo percibe la bancarrota de la razón moderna. No tiene piedad. Tomamos el camino equivocado, pese a lo que diga Emanuel. Y en la crítica demoledora de la humanidad moderna Dumont da en el centro: nos separamos de nuestra animalidad pero estableciendo un corte absoluto que se volvió en contra de nosotros. Ese era uno de los sentidos de los ritos: incorporar la furia del jaguar, intercambiarse con el rumiar de la vaca, revolcarse como los cerdos. El caballo blanco no es un símbolo de la libertad (como siempre lo fue en el cine, desde De Sica a Favio) sino de nuestra irrisoria voluntad de dominación. Es buenísima la escena en la que Van Der Weyden se monta al caballo y cumple su sueño de niño. Su torpeza acá llega al límite. El hombre moderno no pudo crear los ritos para incorporar al animal y en P’tit Quinquin los animales se devoran o incorporan a los hombres. La manera de relacionarse del hombre es el lazo, sea con un caballo, sea con una ratita. Solo los niños parecen arriesgarse a un contacto mayor, como el niño-hombre-araña o la misma chica que se entrega a los cerdos, devastada porque se siente responsable de la muerte del niño negro (y de alguna manera lo es).
- Rafael: Finalmente hablamos poco del pequeño Quinquin y de esos niños que en silencio son testigos de todo lo que pasa y también excedidos –como en el neorrealismo– por lo que ven. No son nunca víctimas inocentes y ahí hay una diferencia con el neorrealismo. Ellos encuentran mucho placer en participar del racismo dominante, de la violencia.
- Federica: Los dos personajes (Quinquin y Eve) son muy intensos: los amamos más que por lo que son (o prometen ser), por la relación que tienen. Es la única historia de amor, porque las otras relaciones son engaños y escarceos que deben mantenerse ocultos. Al final, los cuatro niños aparecen tristes pero con la cara pintarrajeada, como si fueran parte de una tribu no declarada. P’tit Quinquin es, también, una película sobre el rostro: desde el misterioso esposo de la mujer asesinada del que nunca se ve el rostro sino su casco, a estos niños que parecen querer participar de una celebración que nunca llega. El cine acá, más que autorreferirse, es un llamado a cambiar nuestro rostro humano para incorporar al animal, al rito, al deseo para volver al mundo no menos crueles pero sí más abiertos, más receptivos, más dados a la otredad.

 

P'tit Quinquin de Bruno Dumont

Jueves 16, 12:45 hs. Village Recoleta, sala 9

Domingo 19, 14:00 hs. Village Caballito, sala 7

Viernes 24, 20:00 hs. Village Caballito, sala 7

 

* Emanuel Rivero, Federica Torres y Rafael Bea, críticos de cine

OTRAS NOTAS DEL INFORME

Artículos relacionados