Tema del Mes

ABRIL 2015

Sobre los pueblos y sus nombres: "Toponimia" de Jonathan Perel

17 / 04 / 2015 - Por Guillermina Walas

Cuatro pueblos tucumanos con nombres de mártires militares delinean la cartografía explorada por Jonathan Perel en su nuevo largometraje "Toponimia": la Historia se impone a través del urbanismo y la modernidad ante la posible insurrección de las masas.

¿Qué se esconde detrás de un nombre, específicamente de aquellos geográficos? Como en un estudio de caso, Jonathan Perel decide explorar la complejidad de esta cuestión en su último largometraje Toponimia. En una zona de Tucumán, para muchos perdida en el medio del monte y las plantaciones de azúcar, los nombres de cuatro pueblos refieren a posibles héroes-mártires, todos militares en distinto rango, muertos en una históricamente cercana “guerra” en los años ‘70: “Teniente…”, “Capitán…”, “Soldado…”, “Sargento…”. Cuatro pueblos que no sólo se denominan con un cargo militar como antecedente a un apellido que de otra manera no diría mucho, siquiera en su particularidad de nombre propio, sino que responden a un mismo proyecto de borrón y re-escritura de la Historia así como al intento de imponer otra a futuro. Explícita en la sección introductoria aparece la referencia al  “Operativo Independencia”, puesto en práctica por los militares incluso antes del comienzo de la dictadura militar de 1976, para combatir la insurrección rural que llevaba adelante en Tucumán la “Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez”, asociada principalmente con el ERP. Se lee entre líneas que estas “ciudades”, diseñadas bajo un patrón cuasi carcelario, apuntaban posiblemente a culminar la operación militar imponiendo un orden y una historia nueva que silenciara toda posible duda sobre el triunfo del ejército argentino en el monte tucumano y encubriera también el trasfondo que dio lugar a la llamada “subversión” y a esa supuesta “guerra”. 

Los papeles estáticos, como actas, mapas y croquis de agrimensura, al igual que las imágenes en vivo en las que la cámara -constante y en planos fijos- se posa por unos 15 segundos, marcan la trayectoria de un imperativo que se remonta a los ‘70 y persiste hasta el presente: fabricar espacios ordenados que simulen un grado de urbanismo y modernidad - “orden y progreso”-, y el afán en la forzada inserción de los pueblos en un supuesto mundo civilizado, en contraste con lo que se veía como la “barbarie  insubordinada” del monte tucumano, permeable por las fuerzas guerrilleras.  Re-nombrar al espacio, apropiándolo; luego regularlo, construirle una historia que justifique su existencia dentro del marco de la Nación deseada por la élite gobernante sería la respuesta.  Pero así como ese gobierno era arbitrario y dictatorial, también lo es este acto de fundar (o re-fundar) que la cámara documenta y sigue en su trayecto con especial detalle en la actualidad. La creación de estos asentamientos, basada en una premisa utópica de planeamiento perfecto y repetición –“Aquel que conoce una ciudad, conocerá todas” afirmaba Thomas More en su Utopía aludiendo al diseño de las ciudades ideales que seguirían un mismo patrón – habría sido idea del general Antonio Bussi, a cargo de la provincia y del mencionado “Operativo”, quien con total pragmatismo, inspirado en tácticas de ocupación utilizadas en Vietnam, decretó la fundación de estas  “aldeas estratégicas”, una combinación de control territorial y utilización de los pobladores nativos con fines bélicos. El acto de nombrar esos espacios, por su parte, también coincide con el intento de control histórico, lo que requería de mártires del ejército nacional.   

Ángel Rama en su último y más famoso ensayo, La ciudad letrada, destacaba que la urbe moderna, sobre todo como fue propuesta desde la conquista y la colonización de América, suponía un orden social sujeto a una concepción racional que exigía, además de componer un diseño, que se previera un futuro: “El orden debe quedar estatuido antes de que la ciudad exista, para así impedir todo futuro desorden, dice Rama respecto de la lógica reinante detrás de la fundación de ciudades por parte de quienes servían a la corona española. El ímpetu utópico se combinaba con el ánimo castrense, impregnando toda aquella ansia de dominación que caracterizó la empresa colonizadora. Para ello, la letra y el documento legal eran fundamentales. De allí también la importancia del nombre que supone reconocimiento y apropiación territorial a futuro. Más de cuatrocientos años después, ya en un estado-nación supuestamente bien constituido, la fundación de estos cuatro pueblos en los que Perel enfoca su cámara no opera con intereses o una lógica muy diferente. Sin embargo, ¿qué nos dicen hoy estos documentos fundacionales mal escritos, redactados en un apuro (tal vez fruto del arrebato en más de un sentido), con errores tipográficos, de ortografía y de datos? ¿Qué nos dicen en su afán de trazar casi de cero, sin contexto sobre lo sucedido con los ingenios azucareros, por ejemplo, una historia nacional en las postrimerías (los años ‘70) del siglo XX? En los fragmentos de repetición y diferencia, la narrativa deja en claro que estos nombres así como la historia de los sujetos de carne y hueso que los portaban, fueron manipulados como posiblemente lo fue la entrega (“donación”) de tierras. También se interna en las consecuencias actuales que tuvo ese futuro proyectado: en la pantalla observamos la cotidianidad de cada pueblo, con un audio casi sin filtrar y tomas directas − no intrusivas, ni ensayadas − de la cámara, quieta pero a la vez viajera, que ya son características del director. 

En efecto, la narrativa del film no se queda en los documentos del pasado, sino que en sus cuatro capítulos merodea, cuidadosamente, indagando en el “ahora” de ese julio de 2014 y buscando dilucidar lo que tal vez se proyecta como futuro. El mayor porcentaje del film ubica al espectador en un presente somnoliento, habitado por la huella firme del plan militar, incluso a más de treinta años de reinstituida la democracia. En el recorrido entendemos perfectamente lo explicado por Michel Foucault acerca de los lugares de control y vigilancia. A pesar de la falta de un alto muro que los circunde, estos pueblos están aislados, contenidos, cercados y se impone en ellos la atmósfera de control.  ¿En qué se diferencian cada una de estas poblaciones de un cuartel en que los habitantes habrían sido obligados a prestar servicio, o de una cárcel o de un espacio concentracionario?  Sin embargo, frente a los fragmentos de relato hegemónico  (secciones de leyes y decretos, croquis, planos catastrales y demás documentos fundacionales, placas semi-legibles, las torres de agua que se erigen como puestos de vigilancia en cada pueblo y que aún detentan inscripciones amedrentadoras, etc.) queda patente la impresión de que hay algo que siempre se escapa de la imagen, como la nena en bicicleta que sale de cámara o la moto que acelera furibunda en otra toma. En esa inquietud que genera la cámara a través de lo no dicho y de aquello que nos elude, surge un relato alternativo, de cuestionamiento y latente rebeldía. 

Como sucede con sus filmes anteriores (El predio, Los murales, 17 Monumentos, Tábula Rasa, Las aguas del olvido), este largometraje de Perel nos informa reflexivamente y nos provee de memoria desde el minimalismo de la cámara, la mirada aguda y el detalle (sobre el cine de Perel, ver el inspirador ensayo de Adrián Gorelik en Informe Escaleno). Pero sobre todo introduce al espectador en una historia plagada de interrogantes, principalmente relacionados aquí con las visiones programáticas de la dictadura aunque no acotado a ello. Asimismo, como sucede sobre todo con El predio, Toponimia parte de un pasado, pero no gira sobre él sino más bien sobre los efectos de éste en el presente y en lo que vendrá.  En tal sentido, la narración, además de generar mirada crítica, permite intuir algunas certezas asentadas en las imágenes y en la fragmentariedad: la ciudad-pueblo que se pierde en el cañaveral, el horizonte infinito y el olvido; las canchas de básquetbol donde los únicos “jugadores” a la vista son gallinas o caballos; la escultura en homenaje a la madre a la que, trascendiendo simbolismos, le han robado al hijo a fuerza de pico y martillo; un paisaje de contradicciones y contrastes donde el orden y sus signos impuestos con sangre y por ambición utópica se debaten con la desidia, la desprolijidad o el simple avance de la indómita naturaleza, como lo sugiere el Epílogo. En su equilibrada cadencia Toponimia revela un territorio que más allá de todo control va ocultando las imposiciones a la vez que deja traslucir otras marcas, otros nombres, otra historia.

 

Toponimia de Jonathan Perel

Jueves 16 de abril, 14:15 hs. Village Recoleta

Domingo 19 de abril, 15:00 hs. Centro Cultural San Martín

Martes 21 de abril, 15:10 hs. Centro Cultural San Martín

 

* Guillermina Walas es egresada de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata y doctorada en la Universidad de Pittsburgh.

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