Tema del Mes

ABRIL 2015

Algunas razones para amar a Isabelle Huppert

22 / 04 / 2015 - Por Gonzalo Aguilar

La gran estrella francesa e invitada especial en este BAFICI 2015, no deja de deslumbrarnos en sus películas. Inocente y sumisa en alguno de sus personajes; en otros la más intensa y oscura de las perversas, aquí algunas razones para no perdérsela en pantalla.

La primera vez que vi a Isabelle Huppert fue en un cine de Uruguay en los años de la dictadura militar. La película tenía el encanto de lo prohibido: Les valseuses de Bertrand Blier había sido censurada en la Argentina y era conocida –no recuerdo si oficialmente– como Los rompepelotas. Los “rompepelotas” eran nada menos que Gerard Depardieu y Patrick Dewaere, un astro de la cinematografía francesa que lamentablemente se apagó muy pronto. Muy diferentes a los rompebodas que conocimos muchos años después; Gerard y Patrick eran divertidos, zarpados, cultos, libres. Eso ya era mucho para que sucediera en la pantalla porque la realidad –corría el final de los años setenta– resultaba mucho más ardua y limitada. En la película de Blier, en la que Gerard y Patrick cometían todo tipo de tropelías, una adolescente casi niña llamada Isabelle Huppert hacía uno de sus primeros papeles. En la alocada historia de vagabundeo y delirio, Isabelle era una lolita que escapaba de la casa y que se subía en el Citröen que manejaban esos dos bribones, acompañados por la, en esa época, omnipresente Miou Miou. Isabelle llevaba un sombrero de jean que tal vez en ese entonces no era estrafalario y una remera del Ratón Mickey para poner en evidencia cuál era su mundo. Los valseuses llevaban a Isabelle a la campiña y, junto con Miou Miou, le hacían el amor en un hermoso cuarteto. Después la dejaban en la ruta y ella se despedía con un: “¡Gracias por todo!”. Era la primera vez que veía a Isabelle Huppert. Cuando se subió al auto la encontré fea y ridícula: ¿qué futuro podía tener una actriz con tantas pecas y una inocencia de Bambi? La respuesta la daba ella misma cuando hacía el amor. Su rostro se adueñaba de la pantalla y revelaba su mayor virtud: se le iluminaba la cara. Cuando sonreía, cuando jadeaba, cuando hacía muecas, a Isabelle le cambia el rostro. Se transformaba en algo así como un Bambi muy perverso. Después leería en Konrad Lorenz que las crías de corzo –y eso es lo que es Bambi– “están sedientas de sangre. Los corzos mansos causan más accidentes al año que los leones y tigres”. Y efectivamente así fue: Isabelle Huppert era la iniciación en la perversión de la inocencia. Volví a encontrar a Huppert en Violette Nozière, una de las mejores películas de Chabrol que vi en un cine de Buenos Aires (estábamos en comienzos de los ochenta y las películas llegaban con retraso). Los distribuidores le pusieron un título que era mucho mejor que el original: Niña de día, mujer de noche (los programadores del BAFICI 2015 nos ahorraron a la Huppert adolescente).

Niña de día, mujer de noche cuenta la vida de Violette Nozière, una joven que en la Francia de mediados de los años treinta asesinó a su padre. El caso de parricidio suscitó una conmoción en la época y hasta los surrealistas tomaron partida por Violette para criticar tanto el patriarcado (el padre habría intentado violarla) como la moral pequeño burguesa. Paul Eluard llegó a dedicarle un hermoso poema. En la película, Isabelle hace una actuación soberbia, y tal vez uno de los momentos más intensos –todavía lo recuerdo – es cuando, mirándose al espejo, Violette dice: “Necesito palabras que me hagan soñar”. Pero es ella, Isabelle, con sus zapatitos de satén (Le soulier du satin de Paul Claudel es leído en la primera escena del bar), la que nos hace soñar. Ella es el ensueño.

Hubo otros encuentros con Isabelle durante mi adolescencia: ahora veo que en los ochenta había comenzado a trabajar con Godard pero yo –que me disculpen los cinéfilos– en ese entonces la frecuenté en los filmes de Bertrand Tavernier. El juez y el asesino, otra que llegaba tarde, después del fin de la censura, y sobre todo Un coup de tourchon que vi en un cine de la avenida Corrientes. Acá se llamó Más allá de la justicia y estaba basada en una novela policial de Jim Thompson. Ella, como siempre, estaba fa-tal; y, también como siempre, en algún momento se le iluminaba la cara y eso iluminaba mi mundo. Pero fue en el 2001 cuando la inocencia perversa de la pelirroja se impuso en toda su intensidad filosófica: porque en Merci pour le chocolat, de Claude Chabrol, componía a la sádica perfecta y en La pianiste de Michael Haneke hacía la masoquista soñada. En la de Chabrol, Mika Muller es fría, distante, calculadora, letal; una cretina que desde arriba maneja a su familia como si fueran marionetas. En La pianiste, en cambio, interpreta a Erika, una profesora de piano que se entrega desenfrenada a una historia de sexo, morbo y dolor autoinfligido. Va a los sex-shops, se enfrenta a su madre fría y goza con los Winterreise de Schubert mientras se hiere con pedazos de vidrios.

Ayer, domingo 19 de abril de 2015, fui a ver Captive del filipino Brillante Mendoza en el BAFICI. Antes de comenzar la película, apareció la misma Isabelle Huppert en persona para presentarla. Estaba vestida con jeans y un saquito. Pude comprobar que su rostro tiene luz propia y  por momentos me pareció estar viendo a la adolescente irreverente de Les valseuses. Cuando subió la escalera para irse, tuve la sensación –sin duda una fantasía– de que me miró a los ojos. Me pareció una falta de respeto no amarla.

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