Tema del Mes

ABRIL 2015

Amistades peligrosas. Sobre "La vida de alguien", de Ezequiel Acuña

22 / 04 / 2015 - Por Emiliano Jelicié

Una ex banda de rock se reencuentra con ofertas que movilizan los lazos amistosos entre los integrantes. La amistad y la música, una vez más, vuelven a ser abordados por el director argentino en su nueva película "La vida de alguien".

La presentación de La vida de alguien en la 17ª edición del BAFICI terminó con una pregunta del público (“¿Pensás que esta película constituye un cierre en tu obra?”), y la consecuente respuesta chistosa del director (“Si fuera un cierre, tendría que pensar en dedicarme a otra cosa y abrirme un kiosco”). Con las risas no se alcanzó a advertir sin embargo que esa respuesta jugaba a reemplazar una preposición por otra, haciendo pasar el interrogante planteado por la sugerencia de que La vida de alguien era el cierre de la obra de Acuña, o dicho en otras palabras, una invitación palmaria a no filmar más. Esa inadvertencia nunca dejó de ser tal, y la propuesta de pensar los cuatro largometrajes de Acuña en términos de una serie acabada –idea que el mismo director esboza en una entrevista- fue desmantelada de un plumazo por el efecto humorístico y, sobre todo, por la decisión sintomática de continuar hablando de otra cosa que no era la película, ese objeto privilegiado que nos congregaba en la sala y nunca dejó de ausentarse desde que la cinta -cabe el anacronismo: La vida de alguien está realizada en 35 milímetros- tocó su fin.

No es que se le pida al diálogo post-proyección la función que la crítica dejó de cumplir en otros espacios. Tampoco parece acertado pensarlo como una instancia reservada solo para amigos y coartífices. Trato más bien de señalar que en una época donde la reflexión argentina sobre el cine independiente argentino se limita a establecer linajes y parentescos, referencias cruzadas y amistades, cualquier visión que no constituya un espaldarazo aprobatorio corre el riesgo de ser tildada de enemiga. Pero no hay que sorprenderse. En la palestra festivalera es costumbre que este ademán celebratorio de la amistad reaparezca para obliterar la más pequeña manifestación de distancia crítica o de inconformismo.

Si de amistades se trata, lo primero que puede decirse de La vida de alguien es que, como en los tres films precedentes, su historia vuelve a celebrar la amistad como vínculo excluyente. Una banda de rock se rencuentra después de una década para grabar un viejo disco inconcluso, tentada por su manager a redoblar la apuesta con giras y un contrato ofrecido por un sello de dudoso proceder. La tensión entre los músicos emerge cuando el fantasma de un viejo integrante ausente aviva la discusión sobre la legitimidad de grabar esas canciones en ese nuevo esquema, tal vez demasiado industrial para la aureola indie del grupo. Guille (Santiago Pedrero), compositor y líder de la banda, tiene en sus manos “cerrar definitivamente alguna cosa en su vida”, como le espeta el cantante (Matías Castelli) al presentir que una vez más no van a estar a la altura de las circunstancias y van a tener que bajarse del proyecto. Ya nada parece ser como antes en el núcleo de los músicos amigos. Los códigos han cambiado y hay que adaptarse. Guille no admite que la chica que lo seduce (Ailín Salas), segunda voz y reciente incorporación de la banda, haya escuchado sin su consentimiento una grabación de las canciones viejas que él mismo había escrito con el amigo ausente. Pero este pretexto desnuda en su interior una crisis mayor: esa ausencia poco a poco va a ir arrastrándolo hacia esa zona sombría, por momentos onírica, de los primeros tiempos de amistad, para buscar allí la cifra de su destino musical y de vida.

Una vez más en un film de Acuña la amistad es lo que instala a los personajes en el universo de las alianzas y de los afectos. Todo lo que no entra en su órbita es visto con un recelo casi proverbial. En Nadar solo la figura de los padres era la encarnación misma del desapego, así como el profesor de secundaria no distinguía a Martín de un alumno chino y otro pelirrojo; en Como un avión estrellado los padres accidentados trasladaban el peso parental (y económico) al hermano mayor, apenas unos años más grande que Juan pero lo suficientemente ajeno a su sensibilidad y necesidades como para no reparar en su atormentado despertar amoroso; en La vida de alguien las brechas se acortan porque todos están más grandes y los villanos ya no habitan mundos diferentes: las oscuras maniobras de un manager treintañero o la malicia del más joven conductor de radio (un Piroyansky insospechadamente cáustico) acaso son gestos que obligan a pensar que la edad ya no es la vara con la que se delimita el territorio sino más bien un punto de partida para llegar a ese núcleo cada vez más depurado de “afinidades electivas” del pasado. Los protagonistas ya crecidos de La vida de alguien no pueden oponerse a ese otro mundo que los expulsaba porque son ellos mismos ahora parte de ese mundo, con el que tendrán que negociar de algún modo.

En la apelación a la nostalgia Acuña vuelve al ejercicio de su anterior film Excursiones: cómo negociar con el pasado para extraer de allí algo del orden de lo auténtico perdido y poder sobrellevar la adultez genuinamente (mientras otros negocian a secas, como el manager). Estos pequeños tesoros perdidos se presentan en la forma de una obra interrumpida que provoca los reencuentros en cada caso: en Excursiones es la pieza de teatro escrita en la secundaria por Pablo y retocada más tarde por el profesionalizado Martín; en La vida de alguien es ese disco inconcluso que reúne nuevamente al grupo para ver si es posible avanzar definitivamente. Acuña suele entablar un compromiso particular con sus personajes, quiere a sus criaturas tal cual son. Habría que preguntarse hasta qué punto no se trata de una identificación que alcanza a definir también el modo en que él mismo se piensa como director de cine, y si, por ejemplo, aquella noción de lo independiente que se desprende de las creaciones imperfectas e inacabadas de sus personajes se asimila (o no) a su propio trabajo como realizador.

De Excursiones también se retoma un conjunto de planos-emblema que reenvían a esos momentos iniciáticos de la adolescencia donde además de los amplificadores y las remeras con estampas de rock, no faltan las focas marplatenses, los salones de bowling, la canchita de fútbol 5 y los cassettes de cinta magnética. En cuanto a las parejas femeninas, siempre presentes en las historias de Acuña -y siempre Lucianas, lo que establece de por sí una unidad entre ellas, una función fija, más allá del cambio de figuras-, no hay forma de incorporarlas del todo en esta cofradía masculina, aun cuando el factor enamoramiento sea una constante indagación en su filmografía. Las mujeres de Ezequiel Acuña proveen amores sin sexo, a lo sumo catalizan el acceso a objetos de deseo de más larga data. Acaso la Luciana de La vida de alguien (no la impávida Luciana de Como un avión estrellado, y mucho menos la increíblemente abúlica Luciana de Nadar solo) podría ser la excepción a la regla si Guille no la marginara de la escena en el preciso instante en que se resuelve el tenue enigma del film (con un guiño al espectador que por supuesto no develaremos).

La otra gran obsesión en Acuña es la música que le gusta, y también en este sentido La vida de alguien constituye una suma de su obra. Un film-compilación (como se lee en la sinopsis del BAFICI), un “grandes éxitos” que reúne los temas y los personajes de los demás films, al estilo de El amor en fuga de Truffaut, o de El amor después del mediodía de Rohmer. Pero más que eso: un film-volumen cuya “banda” de sonido está casi íntegramente compuesta por las canciones del grupo uruguayo dilecto del director, los ultraindependientes de La Foca, a quienes editó un disco en su propio sello discográfico y les hizo videoclips. No es novedad que Acuña trabaje la música otorgándole una función narrativa propia, buscando asociaciones en el contenido de las letras, desde ya, pero usando también las capas sonoras para añadir a la imagen un estatuto diferente al del sincro realista, con fuente directa en la escena. Esto lo lleva a tomar decisiones arriesgadas en términos de cierto mutismo y contemplación que diseñaban la atmósfera de un film como Nadar Solo y que ahora no gravitan tanto. La vida de alguien es mucho más desenfadada en este sentido, y la estética clipera que Acuña fue cultivando de a poco en los anteriores films y en los videoclips propiamente dichos, en este último film es prominente. Un tipo de intervención de la imagen que sin dudas nunca se hubiera permitido un representante obediente del primer Nuevo Cine Argentino. Los recursos a la televisión o a internet pueden gustar o no, pero es evidente que se ha instalado en el cine de Acuña en una dimensión no solo narrativa y sonora sino también fotográfica, a través del uso intensivo del primer plano, el ralentí, la cámara móvil envolvente (una novedad total en su cine), los desenfoques lumínicos... Esto no quiere decir que sean novedades que produzcan un quiebre en la serie, pero algo de esa estética indie más emparentada con el lugar que Acuña ha ocupado en la renovación del NCA con este tipo de tratamiento de la imagen parece estar dando paso a una cosa diferente, que habrá que corroborar o no en un eventual próximo film. En un resumen fatal de estos desplazamientos en el cine musical de Ezequiel Acuña podríamos decir que en relación con el pasado hay menos vivo que estudio, menos puesta que montaje, menos recital que videoclip.

El registro de los vivos en cambio no corre la mejor de las suertes, y acá no se trata tanto de una cuestión de gustos, considerando que el playback no puede contentar a nadie si de la representación audiovisual de una persona tocando un instrumento se trata. En efecto, no contenta (no puede contentar) verlo a Guille rasgando una guitarra al compás de un sonido mudo que es auxiliado por uno de fuente distinta, con visibles diferencias en el pulso y en la rítmica. Me refiero al circunstancial dúo que conforman Luciana y Guille en la escuela de música: éste, que involuntariamente deja de ser Guille para volver a ser Pedrero, que deja por unos instantes al personaje para desenmascarar al actor, destruye para siempre el verosímil básico que requiere este tipo de escenas para que el espectador pueda jugar tranquilo al juego del cine. Lo mejor en estos casos es mentir la acción ocultando al menos los desfasados dedos del actor. No hace falta desempolvar las viejas teorías bazinianas para justificar que estas simulaciones deberían desterrarse para siempre.

La vida de alguien -lo dijimos- es en buena medida un homenaje a la banda uruguaya La Foca, más allá de que el disco que se graba en la ficción no lleva el título del real (Vos lejos de vos), sino el de “La vida de alguien”, como la película. Guille demora en llegar a este bautismo del disco y lo hace recién cuando vislumbra que puede haber mímesis verdadera entre vida y obra. La dificultad mayor para él no radica en conciliar las partes, sino en aceptar como propios los defectuosos elementos que las componen. Se trata entonces de un nuevo guiño al espectador que habilita nuevas lecturas: ¿cuánto de ese disco añorado y auténtico hay en el film? ¿Cómo resuelve Acuña esa negociación planteada en sus personajes –es decir, en él mismo- en términos de las formas actuales de su producción fílmica? ¿Qué diferencias o similitudes plantea el director respecto de la renovación estética del NCA que en algún momento supo representar? ¿Cuánto queda finalmente de aquella independencia en el Nuevo Cine de Acuña?

Pensándolo mejor, entonces, la decisión de rebautizar el disco con el nombre de la película no se agota en un simple efecto de espejos: la mímesis del cineasta con sus criaturas y con el tipo de música que le gusta abre un ángulo más para pensar el tipo de cine que defiende, que es muy parecido al suyo, a riesgo (o a fuerza) de repeticiones y de autorreferencias que intentan plasmar una obra no sé si merecedora de transitarse enteramente, pero sí una obra cerrada sobre sí misma, como de algún modo infería aquél espectador al que esas amistades (de adentro y de afuera del film) no querían escuchar.

 

La vida de alguien de Ezequiel Acuña

Viernes 17 - 21 h. Village Recoleta

Sábado 18 - 21 h. Village Recoleta

Sábado 25 - 19:30 h. Village Recoleta

* Emiliano Jelicié (Buenos Aires, 1974) es crítico, docente y realizador de cine

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