Tema del Mes

ABRIL 2015

En busca de la tribu perdida

25 / 04 / 2015 - Por Triana López Baasch

La sección Música de la 17º edición del BAFICI nos entrega este nuevo experimento documental de Gruff Rhys, líder de la banda Super Furry Animals. El polifacético artista nos introduce esta vez en una leyenda lejana que se remonta en el siglo XII y que incluye un príncipe galés, un explorador empecinado, una tribu perdida sobre el río Mississippi, conciertos espontáneos y charlas de Power Point. Una aventura cinematográfica por donde se la mire.

Un muñeco vestido con atuendos del siglo XVIII observa, con gesto melancólico, la inmensidad de un río inexplorado. Desconocemos qué hay más allá de la extensión de la gran masa de agua que se pierde hasta el infinito. Tampoco sabemos qué pensamientos y ambiciones se esconden detrás de los ojos de tela.  Un hombre, de carne y hueso, abraza al muñeco por la espalda. Ambos se conectan de algún modo con una visión irreal, ajena y a la vez personal, con una historia arraigada a los antepasados galeses. Esa visión se traduce en una quimera que trascendió los siglos para volver al mismo lugar, pero esta vez es relatada desde el presente de un modo diferente, con el objeto volver a vivir aquellos sueños, aquellos tiempos y darles un nuevo sentido.

American Interior no es solo un documental. Es también un disco, una aplicación para celular y un libro. Es, a su vez, una aventura por paisajes descartados del interior de Estados Unidos, una recreación lúdica de hechos imposibles, una presentación en Power Point, una serie de recitales en lugares de lo más disímiles y un encuentro con personajes olvidados de la historia y cultura norteamericana.  Pero lo más llamativo de este proyecto no es tanto su variedad de productos finales, sino su modo de construcción. American Interior es, en definitiva, un work in progress, un ir haciendo a medida en que la obra se hace a sí misma. 

Hay una sola premisa a partir de la cual Gruff Rhys  se embarca en esta aventura totalizadora.  Un tal John Evans, el más trotamundos de todos los galeses del siglo XVIII, fue, como todo aventurero, un soñador y un ferviente creyente de historias incomprobables. Una de ellas cuenta que Madoc, un príncipe gales del siglo XII, fue en realidad el primer descubridor del continente americano. En su travesía por tierras desconocidas decidió establecerse allí dando origen a la primera tribu galesa fuera de tierras europeas. Y así, sin pensarlo demasiado, teniendo a su favor únicamente algo de dinero y la certeza de que esa tribu aún existía en tierras lejanas, John Evans encaró la travesía. Tanto él como Madoc jamás regresaron. Más de dos siglos después, un joven músico que ya conocía la leyenda y la historia basada en ella, descubrió que era descendiente lejano de Evans. Esta revelación resultó suficiente impulso para encarar la aventura por tercera vez. Sin mayores planes que la creación in situ de la obra, no solo la documental sino también la musical, Rhys aterrizó en la primera parada, Baltimore. Y así continuó un recorrido de lo más variado, que incluyó las ciudades de St. Louis, Nueva Madrid y New Orleans, entre otras, aunque el protagonista geográfico más sobresaliente fue el rio Mississippi, el inconmensurable río desde donde el director (y Evans) programó sus futuras escalas. 

Un proyecto tan ambicioso y a la vez tan sin sentido (sabemos que las tribus galesas en tierras yanquis jamás existieron) solo puede ser contado, para que no caiga en el tedio o el ridículo inintencionado, como un experimento formal. La fundamentación de la película radica, paradójica y acertadamente, en la multiplicidad de estéticas. El video juego, el diseño gráfico, el blanco y negro, el color y la animación son algunas de las entradas desde las cuales Rhys construye la experiencia sensorial que implica cualquier aventura. A partir de la utilización deliberada pero consciente de variados recursos, el relato va delineando sus múltiples identidades. 

La película comienza en un bar, donde Rhys a través de un Power Point (que es la representación estética, por naturaleza propia, de lo antiestético) explica desde el humor de qué van los hechos: por qué esta en Baltimore, quiénes fueron Evans y Madoc y cuáles son los propósito disparatados de su aventura. El director nunca olvidó que ante todo es músico, y así como encaró la filmación sin saber bien a qué se enfrentaría la cámara una vez dispuesta a grabar, del mismo modo encaró la creación del álbum homónimo, inspirado en el devenir de los hechos fortuitos del viaje. Entre parada y parada las canciones se van revelando no solo al espectador de la sala, sino al espectador del recital.

Uno de los puntos más interesantes en la construcción del documental es que está construido en base a tres relatos. Sus tres enunciadores (Madoc, Evans y Rhys)  navegan río adentro haciendo avanzar la narración.  A su vez, está el enunciador omnipresente que le da sentido a la película en su totalidad.  La única manera de salir airoso de tamaña empresa es construir, a modo de patchwork, cada escena, canción, animación y conversación con el objetivo de respetar y dejar fluir la marea de voces e imágenes que componen este experimento. A partir, no de la reconstrucción, sino de la recreación de los hechos, la película adquiere un sentido autoral y una estética que, aunque diversa y enmarañada, es definitivamente personal. 

Rhys, el de carne y hueso, y Evans, el de tela, se sumergen en la aventura de la representación de historias pasadas que se entrecruzan con otras presentes, como la de los indígenas americanos que luchan contra un gigante para que su cultura no quede en el olvido. O como la de los galeses, que tienen un idioma propio que sólo hablan 500.000 personas en el mundo, y que también corre el riesgo de ser olvidado.  Lo que en un principio se planteó como un juego de aventuras sin sentido se va transformando, a medida que transcurren los minutos, en una franca defensa de  las identidades de los pueblos al margen de las historias hegemónicas. Detrás del tono humorístico, del patchwork, de las animaciones y de las canciones alegres subyace una idea que se vislumbra pequeña entre escena y escena, pero que excede a la película y se proyecta hacia el pasado, el presente y el futuro: la preservación de la identidad. 

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