Tema del Mes

ABRIL 2015

Cuando el proyecto es ganar.

27 / 04 / 2015 - Por Ezequiel Fernández Moores

Un análisis comparativo de modelos de futbol de todo el mundo, que van desde el cortoplacismo resultadista al verdadero proyecto. Más que proponer un ejemplo ideal, el artículo nos muestra qué tipo de variables toma en cuenta un estudio estructural del deporte, en contextos siempre cargados de intereses económicos, políticos y publicitarios, privados y estatales.

“El proyecto es ganar el domingo”. La frase no pertenece a un académico del deporte. Y tampoco la escuché en un simposio internacional. La dijo Oscar Ruggeri años atrás en la polémica futbolera-chismosa que conducía Alejandro Fantino los domingos por la noche en América TV. Era un programa en el que el conductor podía acogotar a un columnista, provocarle el vómito y aflojarle el cuello recién hasta que por la cucaracha (leáse micrófono interno) recibía el aviso de que el rating minuto a minuto comenzaba a decaer. Era la hora de agarrar otro cuello. Y así hasta el final. Había que ganar el domingo. A Ruggeri le preguntaron esa noche, en medio de una crisis de resultados que exigía cambios, cuál era el proyecto en el fútbol argentino. “¿Qué proyecto querés?”, preguntó Ruggeri con mueca sobradora.  Y  agregó: “En el fútbol argentino el proyecto es ganar el domingo”. 
Todavía recuerdo la doble página del diario brasileño Folha el día de la final del último Mundial de Brasil. De un lado, un informe riquísimo sobre el proceso de saneamiento de clubes y de formación de jugadores, academias, cursos para técnicos y de nuevos esquemas del fútbol alemán. Un fútbol que había decidido renovarse para volver a ganar. Y, del otro lado, el proceso de treinta y cinco años de Julio Grondona en el fútbol argentino: la crónica hablaba de listas de muertes en las canchas, éxodo de cracks, clubes semiquebrados y de un fútbol, aún así, muchas veces ganador. Casi siempre autoconvencido de que “lo único que sirve” es ganar. Y que ganar es aún más importante que jugar.
Esa doble página exponía de modo brutal dos formas de trabajo casi totalmente enfrentadas. Ganó Alemania y fue justo, porque, en la cuenta global, jugó un Mundial más redondo. Sin embargo, la Argentina de Alejandro Sabella jugó esa tarde su mejor partido del Mundial. Y podría haberse coronado sin que nadie alegara injusticia. ¿Hubiese indicado eso que el proyecto grondonista era superior al proyecto alemán? Además, en términos futboleros, Argentina, averiados “los cuatro fantásticos” (Messi-Agüero-Higuaín-Di María), se reconvirtió en pleno Mundial. Cuando todos jugaban al ataque, Argentina jugó a ganar con un gol sobre la hora, por penales o como fuere. Habilidad de Sabella mediante, casi sale campeón. Grondona, luego fallecido, hasta podría haberse despedido como un prohombre del fútbol argentino. Un maestro en lo suyo: “ganar el domingo”.
Recuerdo también durante el Mundial a dirigentes, especialistas y políticos de Brasil anunciando reformas drásticas y cambios revolucionarios tras la máxima humillación histórica sufrida por el fútbol de ese país, el 7-1 de Alemania en cuartos de final. El único cambio, en realidad, fue el despido (inevitable) del DT Luiz Felipe Scolari. Su sucesor, Dunga, se le parece porque defiende hasta en los amistosos. Pero ganó los seis partidos que jugó. No hay más discusiones. ¿Y los cambios políticos prometidos? La presidenta reelegida Dilma Rousseff cambió al ministro de Deportes: sacó al comunista Aldo Rebelo, de trabajo correcto, y puso en su lugar a George Hilton, un teólogo evangélico con nombre de actor de Hollywood. Hilton también es animador de TV. No tiene vínculos con el deporte. Pero su Partido Republicano Brasileño aporta 21 diputados y un senador en el nuevo Congreso. ¿Cambios en los clubes? Sí, el nuevo Congreso aprobó de modo imprevisto una enmienda parlamentaria que refinanció deudas impagables y ofreció un nuevo salvavidas a cambio de nada. Ya nadie recuerda los editoriales reformistas del Mundial. Todos han vuelto a ganar. 
¿Y acaso nuestro último campeón local, Racing, no armó equipo nuevo, con DT nuevo, y no cambió de esquema también en pleno campeonato? El Racing de Diego Cocca, con catorce jugadores nuevos, siete de ellos titulares firmes, cambió de esquema porque el barco se hundía. Su proyecto, en un club institucionalmente mucho más sólido que años atrás, también fue ganar cada domingo. Y la prensa, siempre hábil para acomodar los bultos según vaya el viaje, hasta elogió “la inteligencia de haber sabido cambiar a tiempo”. Si el resultado hubiese sido otro, a Cocca se le habría dicho que perdió porque careció de firmeza para mantener su esquema. Pero la prensa es una discusión aparte. Porque el periodismo sí que gana siempre. No juega los domingos, claro.  Su proyecto es ganar los lunes. Y marcha invicto. 
La selección argentina ganó dos Mundiales. En 1978 con Menotti, de local y con dictadura. Y en 1986 con Bilardo, de visitante y en democracia. En ambos, fue justo campeón. Y jugó de manera diferente. Más dinámico y arriesgado en el 78. Más posicional y cauteloso en el 86 (sabiendo que Maradona estaba en la cumbre, claro). Los dos tuvieron su proyecto. Menotti venía de la nada (Argentina ni fue al Mundial de México 70 y se despidió rápido de Alemania 74, aplastada por Holanda). Llegó a formar hasta tres selecciones diversas. Juveniles, interior y mayores. Y las tres le sirvieron para armar la selección que ganó el Mundial. Bilardo, como él mismo dijo alguna vez, armó su equipo en los aeropuertos. Con jugadores en ligas ajenas. Estuvo a minutos de ni siquiera clasificarse. Y el gobierno quiso echarlo a tres meses del Mundial. Grondona resistió las presiones. La AFA también había resistido cuando la Marina quiso echar a Menotti antes del 78. La polémica Menotti-Bilardo, es cierto, nos agotó. Pero, después de ellos, Argentina dejó de ganar Mundiales. Entre ambos, sumaron casi veinte años al frente de la selección. En los últimos veinte años, en cambio, la selección vio desfilar a casi una decena de técnicos. El proyecto era ganar.
“El fútbol –me dijo una vez Jorge Valdano, admirador de Menotti y campeón con Bilardo- es el único deporte en el que, habiendo hecho todo bien, podés perder. Y, habiendo hecho todo mal, podés ganar”. A esa lógica, el fútbol argentino le sumó la urgencia. Para que todos ganen, el fútbol argentino implantó sus famosos torneos cortos. Si ya antes duraban poco, los proyectos, entonces, pasaron a durar nada. Y quedamos cada vez más lejos del modelo alemán, acaso el más elogiado en el fútbol de la alta competencia. La quiebra del Grupo de TV Kirch, más de una década atrás, obligó a los alemanes a barajar de nuevo: hubo ayudas oficiales pero a cambio de cuentas ordenadas y controladas. Y de una repartición más democrática de los dineros de la TV. Además, la dura caída de la selección en la Eurocopa del año 2000 obligó a repensar también el juego. Obligados a sanear las cuentas, los clubes se vieron forzados a invertir en la formación, no en fichajes millonarios. Crearon academias con técnicos de gran nivel, muchos de ellos recibidos en la Universidad de Colonia. Y, seducidos por el fútbol de España, buscaron cómo agregar más técnica colectiva a su tradicional potencia y disciplina táctica. 
Por un lado, llegó el premio del Mundial 2014. Por otro, su club bandera, Bayern Munich, fichó al DT cerebro de ese juego moderno y exitoso: Pep Guardiola. La selección alemana, bueno es recordarlo, no cambió de filosofía pese a que cayó en semifinales del Mundial 2006 (jugado en casa) y de Sudáfrica 2010. Y Bayern Munich no echó a Guardiola pese a la dura paliza contra Real Madrid en semifinales de Liga de Campeones 2013-14. No lo hicieron porque siguieron confiando en la estructura que habían armado. Con dinero, es cierto, todo es más fácil. Pero en Alemania, a diferencia de otros países top del fútbol europeo, no hay jeques árabes u oligarcas rusos que manden por sobre la Federación. En Alemania, los socios siguen siendo dueños del cincuenta por ciento más uno de las acciones de los clubes. No todas son rosas, claro. Pero el modelo de Alemania de negocio-juego-pasión popular forma parte de un proyecto que lleva años. Y es un proyecto que, como quedó claro, fue más allá de ganar un domingo.
Las comparaciones, sabemos, son odiosas. Pero también suelen ser inevitables. El modelo alemán es tentador, pero es acaso único también dentro de las otras Ligas más poderosas de Europa. En Italia el descontrol fue absoluto. Y en España e Inglaterra las deudas también son gigantescas. Los amantes del orden no comprenden que, al menos en fútbol, uno más uno no siempre es dos. Que lo que se pierde por un lado se gana en otro. Políticos, empresarios, jeques y los que fueren pusieron millones en el fútbol a cambio de visibilidad. Para ganar votos, negocios o legitimidad. No hay precio para eso. Acaso cumplida la etapa de oro de Barcelona, otro club español, Real Madrid, es hoy el mejor del mundo. Pocos saben que ambos clubes salieron de estados de semiquiebra gracias a generosas ayudas públicas (rezonificación de terrenos públicos que revendieron a precio de oro). Y que, aún así, mantienen deudas enormes. Deudas que, igualmente, son difíciles de contextualizar cuando sólo un jugador vale más de 200 millones de euros. El poderoso constructor Florentino Pérez, presidente de Real Madrid, echó años atrás a Valdano como director deportivo porque, según escribe Diego Torres en el libro Preparense a perder, el empresario entendió que “el fútbol es un negocio demasiado importante como para dejarlo en manos de los futboleros”. Gastó más de mil millones de euros. Le importó más el ranking de Forbes que las posiciones del campeonato. Pero Real Madrid, después de muchos años, cerró 2014 por fin como el nuevo rey del fútbol mundial.
Pérez, presidente a base de chequera, prensa amiga y con el 90 por ciento de los votos, al menos debe someterse a una parodia electoral. En Italia creció la cultura del mecenas (la familia Agnelli dueña de Juventus es el mejor ejemplo). En Inglaterra, Margaret Thatcher echó a los hooligans y abrió las puertas a patrones extranjeros que compraron los clubes con dineros de origen más que dudoso. La platea vale lo que ellos decidan. No hay topes. Ya no tienen hinchas, sino clientes. Los de Chelsea recibieron al oligarca ruso Roman Abramovich y a su dinero, que permitió fichar a grandes estrellas, al ritmo de “Mujer Bonita”: “We are fucking loaded na, na, na, ná” ("Estamos forrados de guita"). Un cántico más largo admitía que el origen del dinero de Abramovich podía ser un “misterio”. Y que era mejor no preguntar si venía de las drogas o de las armas. Que lo mejor era gritar por el Chelsea campeón. Para ganar el domingo.
Otros citan el modelo del deporte de Estados Unidos. Como si se tratara casi de un esquema puro. El camino a seguir. Porque es el deporte que se autofinancia. Un gran modelo de negocio privado que no afecta dineros públicos. No cuentan que hasta los jefes del supercapitalista football americano exigen dineros públicos para construir sus estadios y amenazan con mudarse de estado si sus franquicias no reciben luego ventajas fiscales. La recordada película de Oliver Stone (Un domingo cualquiera) lo cuenta de modo impecable, con Charlton Heston como gran patrón de estancia. Unos años atrás se coronó campeón Green Bay Packers, los Empacadores de Green Bay, un equipo antimodelo, sin dueño único, propiedad de 112.000 ciudadanos del estado de Wisconsin y cuyos accionistas, hinchas que lo sacaron de la quiebra en 1923, no reciben dividendos y ni siquiera tienen boletos gratis para ir al estadio. El sesenta por ciento de la recaudación de los negocios dentro del estadio va para obras de caridad. Y, cuando cae nieve, sus hinchas van a limpiar el campo. Eso sí, no piden nada a cambio.

El modelo más global de las millonarias ligas del deporte Made in USA es la NBA. Lo que pocos cuentan es que David Stern, el comisionado que reconvirtió el negocio, hasta su salida en 2014, manejó a la NBA con mano dura durante treinta años. Duró casi tanto como nuestro Grondona criollo. La corrección política, se sabe, cuestiona los mandatos eternos según si nos gusta o no quién es el eternizado. Cada vez que muchos citan a la NBA como estructura casi ideal de organización deportiva, omiten la gestión record de Stern. El Grondona bueno. Otro dato que muchas crónicas omiten es que la NFL, que es más conservadora, cerrada y nacionalista, redistribuye sus ganancias de modo más democrático que la NBA y que inclusive forma un pozo común con el 40 por ciento del dinero que se obtiene con la boletería de los estadios.    
Viajar ayuda a entender que no hay modelos ideales. Que todos los modelos de estructura deportiva, inclusive los “ideales”, tienen sus soles y sus lunas. Y que muchos de ellos sólo son posible en el contexto de país en el que se desarrollan. Más que en el fútbol, el poder de una estructura que funciona suele apreciarse mejor en el deporte olímpico. Allí no hay obligación de ganar todos los domingos, sino cada cuatro años. Y, para saber si un ciclo olímpico fue bien trabajado, el análisis, dicen los metodólogos deportivos, debe hacerse cada ocho años. Porque se trata de un trabajo de preparación largo y silencioso, dos características que suelen alejar al capital privado, que prefiere invertir en el podio inmediato. El deporte olímpico precisa entonces de políticas y de dineros públicos. Pero depende de un Estado que debate si debe invertir en una élite que gane medallas o en una población que haga deporte. Un Estado que, además, sabe que un medallero olímpico suele tener mucha más prensa que, por ejemplo, el Indice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. En 2012, Noruega era líder en Desarrollo Humano. Pero se fue de los Juegos de Londres sin ganar siquiera una medalla. Todavía recuerdo una anécdota del español Juan Antonio Samaranch, acaso el presidente más famoso en la historia del Comité Olímpico Internacional (COI). Cuando era ministro de Deportes, Samaranch volvió a Madrid después de unos Juegos poco exitosos para España. Le explicó al general Franco que, pese a todo, el trabajo estaba en el buen camino, con nuevas estructuras y un futuro seguramente mejor. Hasta que Franco lo cortó y le dijo: “muy bien ‘Samarán’, ¿pero medallas cuántas?”.