Tema del Mes

MAYO 2015

El rugby argentino transforma la paradoja en paradigma

03 / 05 / 2015 - Por Alejo Miranda

Único en el mundo, el modelo del rugby argentino se propone resolver una ecuación paradojal: cómo desarrollarse profesionalmente a nivel de la competencia internacional sin renunciar al semillero y al espíritu del rugby amateur.

Siete años más tarde, la sensación de éxtasis del final era idéntica. En otra manifestación de la entrega que los caracteriza, Los Pumas defendieron su in-goal hasta el límite para cuidar los seis puntos de diferencia y vencer a Francia en el mismísimo Stade de France. Sucedió en el partido inaugural del Mundial de 2007 y se repitió el 22 de noviembre de 2014, en el último Test Match entre ambas selecciones. Pero aunque el desenlace de los dos partidos haya sido idéntico, el rugby argentino vive hoy una realidad diametralmente opuesta a la de siete años atrás.
El 2014 ya suena lejano, pero el triunfo por 18-13 ante Les Bleus cerró un año bisagra en el seleccionado. La historia se encargará de juzgar el alcance de este enunciado, pero por lo pronto el 2014 no fue un año más. La primera victoria en el Rugby Championship y el éxito en París proyectan mucho más que dos resultados positivos: son, junto con el ingreso al Super Rugby para 2016, la consecuencia de un proceso que comenzó luego de aquel histórico tercer puesto en Francia 2007 y que forzó a una refundación que recién ahora empieza a dar sus frutos.
Hay un dato contundente, más allá del resultado, que permite creer que aquella afirmación es factible: mientras que en el éxito por 17-12 de 2007, el que abrió la puerta a la posterior medalla de bronce, 17 de los 18 jugadores que entraron a la cancha actuaban en Europa, en el primer reencuentro en el mismo escenario –el del año pasado-, 11 de los 22 permanecían en sus clubes de origen en la Argentina.
¿Por qué el tercer equipo del mundo necesitaba reinventarse?, es la pregunta lógica que se haría cualquier lector. La respuesta es paradójica: mientras que en 2007 la Argentina tenía el tercer mejor seleccionado del mundo, estructuralmente el rugby argentino estaba retrasado varios años. La medalla de bronce era real pero coyuntural e insostenible en el largo plazo.
En los siete años que pasaron entre los dos triunfos ante Francia hubo un proceso largo y complejo que todavía está en su etapa de maduración y que tiene como objetivo la inserción del rugby argentino entre las potencias. La dificultad que entraña es doble: por un lado, se pretende alcanzar en la elite a equipos que llevan años de desarrollo; por el otro, se procura hacerlo manteniendo los clubes, considerados el resguardo de los valores del rugby, al margen del vil metal. El espíritu amateur, ese intangible tan difícil de entender, es más difícil aún de sostener en un contexto hiperprofesional. Es el gran desafío.
1995 es un buen punto de partida para empezar a esgrimir una explicación para este fenómeno. Entonces se produjo la segunda gran escisión en el rugby, 100 años después de la primera. Luego del Mundial de Sudáfrica, la International Rugby Board (IRB) se abrió al profesionalismo. Un solo país votó en contra: la Argentina, que mantuvo su estructura local amateur. Esto trajo aparejadas ventajas y desventajas. Los clubes conservaban su vitalidad cuando en otros países lidiaban en la cuerda floja entre el enriquecimiento y la desaparición, como les ocurrió a muchas instituciones tradicionales de Inglaterra y Francia. Al mismo tiempo, sin tener una competencia regular anual y con sólo seis test matches por año (contra 12 de las potencias, divididas en el Seis Naciones para el norte y el Tres Naciones para el sur), el seleccionado argentino se estancaba mientras las potencias crecían exponencialmente.
El punto más bajo se vivió en la gira por Nueva Zelanda de junio de 1997, cuando en siete días los All Blacks les propinaron a Los Pumas las dos derrotas más abultadas de su historia hasta entonces: 93-8 en Wellington y 62-10 en Hamilton. El replanteo fue inmediato. A partir de la iniciativa de los propios jugadores antes que de la dirigencia, la Unión Argentina de Rugby (UAR) comenzó a pagar viáticos por cada gira y partido jugado, siempre en medio de discusiones sobre el amateurismo vigente, aún hoy no del todo zanjadas. Más importante, se creó un régimen de entrenamientos intensivos para los jugadores del seleccionado que actuaban en el país, la génesis de lo que hoy es el Plan de Alto Rendimiento (PLAR).
No obstante, si Los Pumas recuperaron competitividad a nivel mundial fue, primordialmente, por la inserción de jugadores argentinos en el rugby profesional de Europa, mayoritariamente en Francia. El bajo costo, la rápida adaptación al medio y una base sólida hicieron que el número de expatriados fuera en aumento. Así, el seleccionado pasó a estar conformado casi en su totalidad por jugadores extranjeros. La ecuación se cumplía: espíritu amateur, desarrollo profesional.
Ya en el Mundial 2007, el recordado try de Ignacio Corleto y la victoria que dejó atónitos a los franceses y a todo el rugby mundial no fueron casualidad. Los Pumas venían de ganar cuatro de los últimos cinco partidos ante los galos y lo repitieron en el partido por el tercer puesto, esta vez de manera mucho más contundente (34-10 en el Parque de los Príncipes). Aun con un rugby mezquino y poco lucido, aunque válido y efectivo, entendible por la esencia de un equipo formado por jugadores que venían de distintos puntos del globo y cada uno con estilos de juego diferente, el seleccionado argentino era en ese momento el tercero del mundo. El rugby argentino, en cambio, flamígero en el plano interno y sin competencia regular para el seleccionado más allá del Mundial, seguía muy lejos de la elite.
Fue entonces que se produjo el segundo gran cambio de paradigma. En noviembre de ese año, en el foro de Woking, Inglaterra, la IRB se sentó a discutir el porvenir del rugby, y la Argentina estaba en el centro de la escena. La fuerza de los resultados la habilitaba a exigir un lugar en la elite. Por un lado, se la reconoció como miembro del Tier 1, decisión que la habilitó a recibir una cuantiosa suma por parte de la institución madre para invertir en desarrollo. Lo segundo y más complicado era el ingreso a una competencia anual con las demás potencias. Agustín Pichot, que todavía con los resabios del Mundial en su cuerpo acompañó a la dirigencia, encabezada por Alejandro Risler (presidente de la UAR), Ernesto Sanz (secretario) y Hugo Porta (representante ante la IRB), cuenta por sí mismo aquella experiencia:
“Nos preguntaron adónde queríamos ir. ‘Al Seis Naciones’, dijimos. Era lógico, ya que todos nuestros mejores jugadores actuaban en el hemisferio norte. Los representantes de esos seis países [Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda, Francia e Italia] se reunieron en una sala aparte y regresaron a los pocos minutos. ‘No hay chances’, respondieron. ‘Tienen que ir al sur’, terció la IRB. Y afortunadamente, la Sanzar nos abrió las puertas”.
El ingreso a un Tres Naciones extendido junto a Nueva Zelanda, Sudáfrica y Australia era un hecho, a condición de que se cumplieran tres condiciones: “Disponer de los mejores jugadores, tener un plan de alto rendimiento y tener un modelo político y económico sustentable”, explicó Pichot.
A fin de ese año cambió la dirigencia de la UAR. Porfirio Carreras, hombre de Alumni, encabezó una lista con una clara impronta federal. “Porfirio enseguida me llamó y me dijo: ‘Tenemos que hacer un plan. Tenemos que dejar nuestras mediocridades atrás’”, recordó Pichot. Se creó el PLAR (entonces llamado Plan de Desarrollo y Alto Rendimiento – PLADAR), con reminiscencias del modelo del fútbol americano colegial, por el que los jugadores deben estudiar además de entrenarse. Sin embargo, la UAR se negó a introducir el profesionalismo en la competencia local. “La premisa era cuidar a los clubes, que son la esencia de nuestro rugby”, explicó Pichot. “La IRB nos ofrecía 10 millones de libras para impulsar una competencia profesional, pero los trajimos acá, les mostramos los miles de chicos jugando cada fin de semana y entendieron que eso no se podía tocar. En cambio, les pedimos que nos dieran esa plata para el desarrollo del PLAR”, que comenzó a funcionar formalmente en 2009.
Ese año se produjeron otros tres acontecimientos únicos. Primero, la Sanzar, la unión de Sudáfrica, Nueva Zelanda y Australia, confirmó el ingreso de la Argentina a un Tres Naciones extendido, que pasaría a llamarse Rugby Championship a partir de 2012.
Segundo, se modificó el estatuto de la UAR, que por primera vez habilitó la contratación de jugadores, aunque se arrogó el derecho de ser el único en poder hacerlo, manteniendo la restricción a uniones provinciales y clubes. Se creó así el primer equipo profesional de la historia del rugby argentino, los Pampas XV, que fue invitado a participar de la Vodacom Cup, la segunda competencia profesional de Sudáfrica detrás de la Currie Cup. Para ello, la UAR designó a Daniel Hourcade como entrenador y fichó a un grupo de jugadores que firmaron contratos anuales por los cuales percibían una remuneración a cambio de integrar los distintos seleccionados. Además de capacitación y entrenamientos diarios recibían cobertura médica, apoyo para estudiar a través de intercambios con universidades y un plan de alimentación, todo debidamente monitoreado.
Finalmente, profundizando la línea de la anterior conducción, el tucumano Luis Castillo se convirtió en el primer representante del interior en presidir la UAR. La URBA mantenía cierto recelo hacia estos cambios y fue la única que no aceptó que los jugadores contratados por la UAR actuaran en sus clubes. Así, fue perdiendo terreno en la conducción nacional.
En 2010, los Pampas XV, equipo capitaneado por Agustín Creevy que se caracterizaba por un juego dinámico y vistoso, totalmente diferente al que mostraban Los Pumas en 2007, ganaron la Vodacom Cup de manera invicta. Al año siguiente, Santiago Phelan convocó para el Mundial de Nueva Zelanda 2011 a 11 jugadores (de un plantel de 30) que habían pasado por ese equipo de desarrollo. El PLAR rápidamente comenzaba a dar sus frutos.
Sin embargo, el ingreso al Rugby Championship (el Tres Naciones más Argentina) fue más traumático de lo esperado. Aunque el equipo se mostró competitivo, las victorias no llegaban. Un empate y once caídas fue el saldo de los dos primeros años. Las potencias todavía se mostraban un escalón por encima. El equipo mantenía la entrega, pero ni siquiera con la presencia de Graham Henry (entrenador que llevó a los All Blacks al título del mundo en 2011) como asesor de Phelan podía mejorar su juego. La regla 9, instaurada por la IRB en 2007, obligaba a los clubes europeos a liberar a los argentinos durante el certamen, pero la incompatibilidad de calendarios y estilos de juego no dejaban de ser un escollo para que el seleccionado desplegara todo su potencial. Escollo menor respecto de los de antaño, pero escollo al fin, y la gente empezó a alejarse peligrosamente de las canchas.
No fue hasta 2014 en que se empezaron a plasmar resultados, no sólo en lo numérico. La llegada de Hourcade, tras la renuncia de Santiago Phelan (quien pagó los platos rotos de una dura transición), resultó decisiva. El tucumano cambió la ecuación. Armó la base con jugadores del PLAR y “reforzó” al equipo con los consagrados que actúan en Europa, dejando al margen a otros históricos. Le devolvió la identidad al equipo, con la garra, el orden defensivo y el scrum como premisas. Pero además, importó de Pampas XV un juego dinámico, atrevido y vistoso en dosis nunca vistas desde que Hugo Porta llevaba la 10.
“La única forma de acercarse a las potencias es parecerse a ellas”, fue la premisa de Hourcade, confeso admirador del rugby australiano, el más dinámico y osado del mundo en la actualidad. Así, en la última fecha llegó la primera victoria, precisamente ante Australia, en Mendoza (21-17). Y más tarde, la ratificación con el triunfo ante Francia en el último partido de la gira de fin de año por Europa.
Como si fuera poco, la Sanzar aceptó la incorporación de un equipo argentino en el Super Rugby (competencia intra uniones regionales) a partir de 2016, lo que permitirá salvar los desfasajes de calendario y estilos de juego que aún persisten. A partir de entonces, los jugadores que no participen de esa competencia no podrán ser convocados a Los Pumas; una nueva concepción del rugby argentino entrará en funcionamiento.
Hoy, la UAR tiene ingresos genuinos (excluyendo el aporte de la IRB) de 17.500.000 dólares contra los 3.500.000 que generaba en 2007. En esos siete años, el número de jugadores fichados (M-15 en adelante) creció de 38.000 a 57.000. Si se suman los infantiles, la Argentina cuenta con unos 150.000 rugbiers. La unión profesionalizó sus estructuras, aunque persistan grietas, como la estafa de dos millones de pesos que sufrió en 2012. La relación con la URBA mejoró en los últimos años a partir de la nueva conducción en Buenos Aires, a pesar de que sigue impidiéndoles a los contratados jugar en su competencia local.
Lejos de ser un objetivo cumplido, todo esto es sólo la confirmación de que se transita el camino correcto. La materia prima son los clubes y el rugby amateur, únicos en el mundo; el medio, una estructura profesional sui géneris. La intención es instalarse entre las potencias al combinar el espíritu del primero con las potencialidades del segundo. Así, la paradoja del rugby argentino se convierte en su propio paradigma.