Tema del Mes

MAYO 2015

Tenis: sobra materia prima, falta desarrollo

16 / 05 / 2015 - Por Alfredo Bernardi

¿Cómo un país que es potencia relevante y de prestigio en este deporte no pudo gestionar un sistema ordenado para la evolución y desarrollo de sus jugadores?

En medio de las negociaciones con la Asociación Argentina de Tenis (AAT) para su vuelta a la Copa Davis, Juan Martín del Potro pidió, por un lado, la creación de un centro nacional. Y, por otro, que los ingresos de la Davis favorecieran a la formación de los menores. Fue poner el dedo en la llaga en una de las grandes carencias que tuvo y tiene el tenis nacional. ¿Por qué? Tras la explosión que provocó Guillermo Vilas, el tenis sumó cuatro campeones de Grand Slam (Vilas, Gabriela Sabatini, Gastón Gaudio y Del Potro) y tres campeones de Masters (Vilas, Nalbandian y Sabatini), además de cuatro finales de Copa Davis, dos número uno del mundo en dobles (Paola Suárez y Gisela Dulko), diversos títulos en juveniles tanto en Roland Garros, Wimbledon y el US Open y casi tres centenares (entre hombres y mujeres) de victorias en los circuitos profesionales.
¿Cómo un país que es potencia relevante y de prestigio en este deporte no pudo gestionar un sistema ordenado para la evolución y desarrollo de sus jugadores? ¿Cómo es posible que después de una generación inigualable como lo fue la Legión no se hayan establecido bases para fortalecer el crecimiento y la formación de las futuras generaciones? ¿Cómo ha sido posible que los formadores históricos, salvo la nueva y loable llegada de Daniel Fidalgo (primer profesor de Sabatini) al consejo directivo, no sean parte activa de la AAT?
De manera simplificada, se puede señalar, sin temor a equivocarse, que el “hueco” más importante del tenis nacional es la escuela de desarrollo. Tiene buenos interclubes y una numerosa actividad en veteranos. Pero el problema histórico es la coordinación sistematizada, a diferencia de lo que ocurre en otros países con más tradición, de una escuela que trabaje mancomunadamente para fabricar jugadores. Un programa de largo plazo que garantice de manera regular las llegadas de nuevas camadas y que contenga también cuestiones que tengan que ver con la enseñanza, los controles médicos y un camino igualitario de oportunidades (una queja casi constante en las últimas cuatro décadas) para dar el salto de juveniles a profesionales.
Antes de Vilas, el tenis, igual que muchas otras actividades introducidas por los ingleses, estaba reservado a una élite aristocrática. La irrupción de Vilas, treinta años más tarde, modificó todo. A Vilas lo formó Felipe Locicero, un profesor especialmente contratado por su padre, José Roque Vilas, para difundir el tenis en el Club Náutico Mar del Plata. Sus triunfos masificaron el tenis, en una época en la que no todo era fútbol, porque también lucían Carlos Monzón, Víctor Galíndez, Hugo Porta y Carlos Reutemann. Creció toda la “industria nacional” del tenis. Ropa, zapatillas y aquellas inolvidables raquetas de madera inundaron el mercado. Encordados de tripa, pelotitas blancas y los marcos para prensar las raquetas después de los partidos eran elementos que se multiplicaban por todos lados.
El surgimiento de Vilas coincidió con la primera presidencia de  Enrique Morea en la AAT (1973-79). Morea había sido el mejor jugador argentino antes de Vilas. Campeón de dobles mixto en Roland Garros (1950) y tres veces finalista en esa especialidad en Wimbledon (1952, 1953 y 1955), debió abandonar la gira británica en 1954 debido a la muerte de su padre, cuando era el gran candidato para coronarse en el All England. Morea quiso aplicar en la Argentina el modelo con el cual él se había formado en el Tenis Club Argentino, de la mano del profesor francés Robert Ramillon (exiliado de la Segunda Guerra Mundial) y que, además de riqueza técnica, inculcó en su alumno la vocación de viajar por el mundo para desarrollarse mano a mano con los mejores jugadores del momento.
Tiempo después de asumir como presidente y mientras Vilas comenzaba a escribir su leyenda, Morea puso en marcha la Escuela Nacional de Tenis, el primer programa de desarrollo liderado por el chileno Patricio Rodríguez y Alejandro Echagüe. La idea era captar a los mejores jugadores de los clubes y darle, de manera institucional, las herramientas para insertarse en el profesionalismo. De ese primer programa surgieron José Luis Clerc, Fernando Dalla Fontana y Alejandro Gattiker.
El tenis, paralelamente, no paraba de crecer. Vilas continuaba con sus triunfos y  la demanda no cesaba. Con un avance inusitado y desordenado, cada cancha o club tenía su escuela y profesor de tenis. Se multiplicaron las competencias y se desarrollaron muchísimos jugadores. Cada con su maestro. Y esa cultura, una vez finalizada la era de Vilas y de Clerc fue determinante para encauzar un modelo que se alejó de aquella primera escuela nacional desaparecida tras aquel mandato de Morea.
Al mismo tiempo que la Argentina comenzaba a vivir su primavera democrática, el tenis también veía florecer la primera generación post Vilas. Horacio de la Peña fue el primer producto. Le siguió un chico que volvía de España, luego de haberse exiliado como consecuencia de la dictadura militar: Martín Jaite. Detrás de ellos, llegaron Gabriel Markus, Guillermo Pérez Roldán, Alberto Mancini, Franco Davin, Javier Frana y Christian Miniussi. Y como mejor exponente, la mejor jugadora argentina de todos los tiempos: Gabriela Sabatini, acompañada de Mercedes Paz, Bettina Fulco y Florencia Labat.
Formada en su mayoría en clubes del interior, esa generación obtuvo importantes resultados, pero sin torneos mayores, excepto Sabatini, campeona del US Open 90 y de los Masters 88 y 94. Cada uno iba acompañado por su coach, sin apoyo oficial de la AAT. Es más, durante ese tiempo, afloraron los clubes y centros privados en los cuales se entrenaban estos jugadores. Salieron al mundo a competir con un entrenador, un esquema parecido al de Vilas. Pero se encontraron con un planeta tenis que había cambiado su manera de trabajo y de preparación. Ergo, comenzaron a ser víctimas de diferentes lesiones que los obligaron a dejar el circuito antes de tiempo. La falta de un sistema de desarrollo continuo por parte de la AAT generó un hueco generacional que solamente fue cubierto por Hernán Gumy, Luis Lobo y Franco Squillari, entre finales de los ochenta y la primera mitad de los noventa.
Pese a ello, el impulso por la práctica del tenis no se detuvo. Bajo un esquema de autogeneración, una numerosa camada de jugadores nacidos entre 1977 y 1982 se fue gestando, en su gran mayoría en el interior del país. Era la semilla de lo que se conoció, a inicios del siglo XXI, como La Legión. El problema, como siempre, fue la falta de divisas para competir internacionalmente. Crecido en la era de la convertibilidad, ese grupo encontró una manera no oficial de solventar el salto hacia el profesionalismo a través de grupos de financistas, muchas veces ajenos al tenis, que hacían de mecenas y “trabajaban” su dinero.  El sistema, llamado “raquetas hipotecadas”, era el siguiente: un inversor decidía apostar a un juvenil (promedio 16 años). Invertía unos 70.000 dólares por temporada, designaba un entrenador y solventaba los gastos de formación por un período de cinco años. Una vez que llegaba al profesionalismo, el jugador debía devolver capital e intereses por un período de diez años, al igual que sucedía en las escribanías y los bancos para la compra de un inmueble. Esos contratos eran firmados por los padres, debido a que los tenistas eran menores de edad. Y un riesgo que existía era que si el chico abandonaba el tenis, la deuda la asumía el progenitor.
Este fenómeno fue exitoso en casos como los de Guillermo Cañas, Gastón Etlis y Mariano Puerta, entre otros. Pero fue conflictivo, por ejemplo, en el de Paola Suárez, quien padeció como pocas ese contrato y hasta tuvo problemas judiciales que le impidieron sentirse cómoda para jugar en sus primeros cinco años como profesional. La multicampeona de dobles que se conoció después fue una Paola Suárez que pudo soltarse una vez que se sintió liberada de tener que jugar para devolver los intereses y el dinero que le habían prestado. Y dentro del “sistema público”, tampoco faltaron los casos que se acercaron a la AAT y se encontraron con dirigentes que, a cambio de apoyo, sacaban de sus cajones contratos de cesión de parte de los derechos de las futuras promesas.
La historia era totalmente diferente en el resto del mundo, sin tener en cuenta a potencias como Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia, que desarrollaron esquemas profundamente sistematizados. Países como Bélgica, España o Suecia, lograron modelos de formación formidables. En Bélgica, la federación invertía unos 800.000 dólares por año en desarrollo, con aportes de varias empresas y compañías automotrices, que brindaban hasta autos para que los juveniles se movieran para competir. Con parte de ese presupuesto se solventaban los gastos de los entrenadores, que sólo se ocupaban de la formación. Como contraprestación, los jugadores debían concurrir y terminar la escuela al mismo tiempo que crecían en el deporte. Una vez que llegaban al profesionalismo, debían devolver a la federación el 10% de lo ganado en un año, con la particularidad que esa cifra no debía superar los 25.000 dólares. Quien estaba al frente de ese programa era un argentino, Juan Carlos “Tití” Rodríguez. Y las jugadoras que se favorecieron por ese sistema fueron, entre otras, Justine Henin y Kim Clijsters, dos ex número uno del mundo.
Suiza empleó un esquema similar, con la diferencia que exigía la devolución de unos 30.000 euros anuales en concepto de formación. Suecia fue pionera con otro esquema. A través de un convenio con la aerolínea SAS le permitía a los juniors viajar por todo el mundo para ayudarlos a crecer. En concepto de gratitud, los profesionales beneficiados con el programa debían llevar un parche en la remera con el logo de esa compañía. El día que Stefan Edberg ganó Wimbledon por primera vez, al levantar su trofeo, giró su cuerpo para que los fotógrafos retrataran el brazo en el que llevaba pegado el parche de SAS…
España creció gracias al impulso de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. El tenis ganó muchísimos adeptos y luego del surgimiento de los hermanos Emilio, Javier y Arantxa Sánchez, la empresa panificadora Bimbo diseñó un sistema de competencias para juveniles y profesionales que les permitía jugar por toda la península. Fue la semilla de la que germinó la notable Armada y que tuvo una particularidad: la presencia de un médico, Angel Ruiz Cotorro, contratado por la Real Federación de Tenis, quien se encargó de llevar minuciosos estudios de todos los jugadores desde sus comienzos hasta el final de sus carreras. Todos estos países, al margen de los programas, contaban con un espacio fundamental: un centro nacional de entrenamiento dedicado única y exclusivamente al tenis.
Volviendo a la Argentina, así como existían los casos citados anteriormente, también aparecieron situaciones fortuitas que sirvieron para impulsar futuros campeones: fue el propio Hernán Gumy quien le prestó a un juvenil talentoso de su club (Temperley Lawn Tennis) un puñado de dólares para que viajara a un challenger a Brasil para jugar sus primeros puntos. El que supo aprovechar esa ayuda y ocho años más tarde se convirtió en campeón de Roland Garros fue Gastón Gaudio.
A la par de estas historias, en las que también se encontraban las de Mariano Zabaleta, Agustín Calleri y Juan Ignacio Chela, aparecían las de algunos preadolescentes que deslumbraban por su juego. El lote lo conformaban Guillermo Coria, David Nalbandian, Antonio Pastorino, Edgardo Massa, María Emilia Salerni, Clarisa Fernández y las hermanas Erica y Vanesa Krauth. A diferencia de sus contemporáneos mayores, este grupo se beneficiaría con un cambio en la dirigencia. Tras una conflictiva gestión de Juan Carlos Belio, quien renunció un año después de haber asumido, en 1996, el sistema de elecciones de mandatos alternados (sistema inglés) le permitió a Enrique Morea regresar a la AAT como vicepresidente primero al frente de la presidencia. Al poco tiempo, con Modesto Tito Vázquez y Daniel García, puso en marcha nuevamente la antigua Escuela Nacional de Tenis. Con un solo objetivo: poner especial énfasis en la formación de juveniles. Los primeros resultados llegaron con la victoria de Coria y Nalbandian en la Copa Mundial de juveniles en Nagoya 96. Inmediatamente, Coria se consagró en el Orange Bowl 97, lo que le permitió firmar un contrato con Adidas y con la empresa IMG. Dos años más tarde, se coronó campeón de Roland Garros juvenil al vencer a Nalbandian en la final. El cordobés, a su vez, se impuso en el US Open 98 tras derrotar en la final a un suizo llamado Roger Federer; María Emila Salerni fue la primera argentina ganadora en Wimbledon al conseguir el título en 2000. Coria y Nalbandian fueron campeones de dobles en 1999.
El proyecto de Morea, ya acompañado en esos días en el área de desarrollo y de Copa Davis por Gustavo Luza y Franco Davín, respectivamente, daba sus frutos en cuanto a los resultados. Pero estaba pendiente la creación de un lugar que pudiese aglutinar de manera conjunta el desarrollo del tenis nacional. Durante esos años, Morea viajó por todo el mundo. En una serie de Copa Davis ante Chile, el ex presidente de la AAT se quedó deslumbrado con el centro que el país trasandino había inaugurado en la zona de San Miguel. Tenía en mente desarrollar algo similar en la Argentina. En 1998, le puso proa al Proyecto Velódromo. La idea era erigir en ese terreno abandonado (hasta hoy), un estadio, canchas de diferentes superficies, dormies y las oficinas de la AAT. Pero el proyecto se topó con la oposición de la agrupación Amigos de los Bosques de Palermo.
Al igual que a todos los argentinos, la crisis de 2001 fue un golpe para la AAT que, además, sufrió la estafa de un empleado. Eran tiempos en los que la empresa L’Egalité, de Fernando Marín tenía el gerenciamiento comercial de la Davis y el marketing de la AAT.
Sin dinero, con un déficit económico importante, y en medio de una situación del país que hacía imposible que sus juveniles pudieran competir internacionalmente como consecuencia de la devaluación, la joya que venía detrás de esa camada, Juan Martín del Potro, quedó afuera del programa. El chico del cual hablaban todos, por entonces con casi 14 años, debió apelar nuevamente a los esfuerzos personales y particulares para gestar su carrera. El tenis argentino, desafortunadamente, no le encontraba la vuelta a una de sus materias pendientes. Pese a los resultados de la Legión, la Davis seguía como única fuente de ingresos. Insuficientes para la escuela nacional. Otra vez, se impuso la apuesta individual. Desde hace tiempo, son escasos los juniors argentinos que se destacan o viajan a los torneos de Grand Slam.
Ya con Coria, Nalbandian, Gaudio, Cañas, Calleri y compañía en pleno esplendor, nunca fue posible concretar el sueño del espacio propio. A través de inversores privados y ligados al tenis se desarrolló el complejo Pilará, a unos 60 kilómetros de Buenos Aires. La AAT vendió la histórica casa de la Avenida San Juan para mudarse a unas céntricas oficinas en la calle Maipú; el Parque Roca fue ideado como una casa del tenis, pero nunca tuvo el apego por la gran distancia que lo separa de los clubes de tenis. Hubo un intento por hacer un convenio con un predio de Obras Sanitarias en la avenida Figueroa Alcorta, pero quedó trunco por incompatibilidades del acuerdo denunciadas por asociaciones vecinales en la Legislatura porteña.
La realidad también indica que hoy, la mayoría de los jugadores son del interior del país. Esto se produce, principalmente, pues los chicos que crecen en ciudades más pequeñas no padecen los encierros de aquellos que habitan los grandes centros urbanos. Vida más libre y con clubes más cercanos a sus casas posibilitan la práctica de diversas disciplinas. El tenis tiene sus epicentros de formación en Tandil, Córdoba, Santa Fe, Bahía Blanca y Corrientes, principalmente. Pero a esas promesas, en algún momento, el pago les queda chico y tienen que viajar a Buenos Aires para crecer.        
El proceso generalmente prosigue en un departamento alquilado, lejos de sus afectos o bien con algún proyecto que los lleva a los Estados Unidos, Italia y España, países los dos primeros que tienen la particularidad de tener escuelas de desarrollo y alto rendimiento dirigidas por entrenadores… argentinos, tal como ocurre en Miami con Midtown (Luis María Brest y Carlos Porfirio) o en Italia con Eduardo Infantino.
Y aquí comienza el problema, pues el juvenil muchas veces pierde el afecto de sus familiares, se desordena en la inmensidad de Buenos Aires y no llega al objetivo. El esquema, en un país de gran extensión geográfica como Argentina, debería centrarse en un esquema de trabajo en polos de desarrollo, como lo pueden ser cualquiera de las ciudades citadas, que permitan a la vez, la posibilidad de completar su educación secundaria al mismo tiempo que concluyen su formación tenística. Una descentralización coordinada que permita el crecimiento tanto de los jugadores como de aquellos formadores que, muchas veces, ven que su proyecto se aleja cuando el tenista está a punto de dar el salto hacia el profesionalismo. Detrás de esto, quizá, se encuentra el reclamo formal de Del Potro en busca de un cambio de sistema que claramente lo perjudicó en su etapa de crecimiento. El tandilense protagoniza la tercera ola después de Vilas. El aprendizaje y el roce con las grandes figuras del exterior, la posibilidad de formar parte de un póker de ases junto con Nadal, Federer y Djokovic, seguramente le hacen ver las cosas de otro modo. Hace más de 40 años que el tenis argentino genera resultados contundentes. Como hemos podido ver, la mayoría son por generación espontánea de sus talentos. Muy poco programado. Es cuestión de modificar la ecuación. Como siempre, y con resultados a la vista, podemos observar claramente que materia prima es lo que sobra.